sábado, 25 de agosto de 2012

CAPITULO III: DE LA ANTIGÜEDAD AL SIGLO XIV


EFEMÉRIDES DE LA NACIÓN CANARIA UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS

 

CAPITULO III: DE LA ANTIGÜEDAD AL SIGLO XIV

 

 

Eduardo Pedro García Rodríguez



1411 – 1420



1413.
Famara era uno de los poblados guanches más importantes de Lanzarote, los restos de cerámica localizados en la zona así lo demuestran.

Cuando los franciscanos que llegan con los conquistadores deciden buscar un lugar en la isla para levantar un oratorio, nos dice el libro de historia de esta orden, que escogen un lugarcillo a una lengua del poblado de Famara allí se establecen en 1413 permaneciendo en Famara unos 33 años.

Esta construcción fue el inicio de la primera ermita de Canarias dedicada a la Virgen, la ermita de Las Mercedes.

En la Confirmación y Acrecentamiento de los privilegios de los vecinos de Lanzarote hecha por Maciot de Bhetencourt en pergamino de cuero firmada en su Palacio de Lanzarote dice entre otras cosas,

“Que en la dicha isla...........las dos mares de Famagui”

En las Pesquisas de Cabitos, aparece el termino Famagui, refiriéndose a unas aguadas. Wölfel afirma que Famara es un derivado de Famagui. La interpretación que se le da es de maretas, o depósitos seminaturales de agua de lluvia. Son estas aguadas las conocidas como Fuentes de la Poceta o Fuentes de Famara, aguadas que fueron una de las principales razones que motivaron a Sancho de Herrera para que en 1534, escribiera en su testamento el mandato de que se construyera en su huerta de Famara un monasterio de frailes.

Y es Sancho de Herrera el que consciente del valor del agua para los vecinos de esta isla decide cuando hace merced de la huerta de Famara a Juan de León, las fuentes sin embargo las deja para el bien común, es decir para el disfrute de todos los habitantes de Lanzarote. En el inventario de los bienes del común de Lanzarote realizado el 20 de julio de 1560, figuran entre otros los Pozos, Chafarices y Fuentes de Famara. Torriani en el siglo XVI describe esta zona como un lugar donde hay pozos de agua. (Francisco Delgado Hernández)

1414. El Papa Benedicto XIII, en Zaragoza (?),  no se sabe a ciencia cierta porqué motivos (aunque posiblemente por su participación en la esclavización de los naturales) retira al pirata Juan de Bethencourt las indulgencias y privilegios que le había concedido para la invasión y conquista de las Islas Canarias; y suspende al obispo Fray Alonso de Sanlúcar de Barrameda de sus funciones episcopales.

1414. La secta católica de los franciscanos fundan su primer convento en Canarias en
Rubicón, Titoreygatra (Lanzarote) e inician la evangelización en Titoreygatra (Lanzarote) y  Erbania (Fuerteventura), ya sometidas por los piratas normandos-castellanos.

1414 diciembre 8.
Primeros intentos de penetración del catolicismo en el Archipiélago Canario según el clérigo católico e historiador José de Viera y Cavijo.

“De fray Alonso de Barrameda, segundo obispo de estas islas
No  descuidó el activo pontífice en dar es­poso propio a la nueva iglesia Rubicense, nombrando aquel mismo año para la mitra a fray Alonso de Barrameda, religioso de San Francisco, varón recomendable por su doctrina y virtud; pues aunque no se encuentra en el archivo Vati­cano la bula de la provisión hecha en él, se ha hallado otra dirigida al mismo Alfonso episcopo Rubicensi, facultativa para su consagración. Con­sagróse, en efecto; pero parece que nunca pasó a su obispado de Canarias, ni fue reconocido por Juan de Béthencourt y los franceses sus sucesores, como veremos.

Entre tanto, sabemos que en marzo de 1412 asistía en Sevilla al concilio provincial que cele­braba el arzobispo don Alonso de Exea, patriarca de Costantinopla, y que el mismo don Pedro de Luna, por otra bula dada en Peñíscola el año vi­gésimo de su tenaz pontificado (1414), le absolvía de la suspensión ab execut/one pontificaHum en que había incurrido, tal vez por no haber pasado a su iglesia. Estrechábalo a que pasase dentro de tres meses, y le confería facultad para que llevase consigo algunos religiosos, con tal que fuesen ejemplares y de la aprobación del metropolitano referido.

Véase aquí la bula: Benedicto, etc. Al venera­ble fray Alonso, obispo Rubicense, salud, etc. El afecto de tu sincera devoción hacia nos y la Santa Iglesia Romana merece que atendamos benigna­mente a tus súplicas, en cuanto podamos, según Dios. De aquí es que, habiendo tenido por con­veniente el suspenderte de algún tiempo a esta parte, por ciertos motivos muy justos, del ejerci­cio de las funciones pontificales, movidos ahora, no obstante, de tus ruegos sobre este particular, te restituimos al uso de ellas, y por el tenor de los presentes y autoridad apostólica te concedemos que puedas llevar y transportar contigo a tu dió­cesis libre y lícitamente cualesquiera personas re­ligiosas de ejemplo loable y buena fama que quieran ir, pedida la licencia a sus superiores, aunque no concedida, por esta vez no más, no obstante la referida suspensión ni las constitucio­nes u ordenanzas apóstol ¡cas,, como ni tampoco los estatutos y costumbres de los monasterios y órdenes, por más que sus personas estén premu­nidas de juramento o confirmación apostólica, o tengan otra cualquiera firmeza...

Asimismo es nuestra voluntad que, pasados tres meses, contados de la presente data, no uses de las funciones pontificiales fuera de tu diócesis y que, de no cumplirlo, entiendas que desde luego volverás a quedar privado del honor y ejercicio del orden episcopal. También queremos que las mencionadas personas que hubieren de partir contigo, como queda dicho sean elegidas por nuestro venerable hermano el arzobispo de Sevi­lla y por ti mismo, sobre cuya idoneidad y sufi­ciencia os encargamos a entrambos las concien­cias, y que después de emprendido el viaje, per­manezcan y estén bajo de tu obediencia. Nú/// ergo hominum, etc. Dada en Peñíscola, de la dió­cesis de Tortosa, a 8 de diciembre, año vigésimo de nuestro pontificado [1414].

Aun tenemos otro breve del antipapa Bene­dicto, con fecha de aquel año, dirigido al mismo obispo don Alonso, a fin de que protegiese en Fuerteventura el nuevo convento de franciscanos que se pensaba hacer con limosnas y para cuya fundación se les había concedido facultad por la Santa Sede.” (José de Viera y Clavijo, 1987. T. 2: 219 y ss.)

1415.
Existe diversa documentación notarial que indica que en 1415 vivía cautiva una mujer llamada Antonia, de Nación de Canaria. Esta mujer canaria estuvo sirviendo muchos años al matrimonio compuesto por don Francisco Masqueró y doña Bárbara, y en el testamento que el citado otorgó dispuso como determinada voluntad que al fallecer Antonia fuese libre y ahorrada.

1416. Fray Pedro de Pernia y Fray Juan de Baeza, de la secta de los franciscanos evangelizadores en Canarias, se encuentran el 25 de marzo en Peñíscola para pedir al Papa Benedicto XIII autorización para fundar convento en la isla de Erbania (Fuerteventura) y otras gracias. Quizá también para interesarse por el obispo.

1416. El Papa Benedicto XIII, por la bula Pía fídelíum, de Peñíscola, a 1 de abril de 1416, autoriza a  colonos de la secta de los franciscanos para fundar un convento en Erbania (Fuerteventura) y les concede otras indulgencias.

1416. El Papa Benedicto XIII, por la bula Síncerae devotíonís, del 18 de mayo de 1416, vuelve a dar licencia a Fray Alfonso de Sanlúcar de Barrameda, de la secta franciscana (O.F.M.), obispo de Rubicón, para ejercer las funciones episcopales y para volver a su antigua diócesis con religiosos ejemplares.

1417. Fray Alfonso de Sanlúcar de Barrameda, de la secta católica de los franciscanos (O.F.M.), impuesto como obispo de Rubicón, es trasladado por el Papa Benedicto XIII, por la bula Romani pontificis, de Peñíscola, a 2 de abril de 1417, a la sede Lirbariense
(de Lyrba).

1417. Fray Mendo de Viedma, O.F.M., es nombrado por el Papa Benedicto XIII, en Peñíscola, a 2 de abril de 1417, como colono obispo de  Rubicón.

1417. Fray Mendo de Viedma, O.F.M., obispo de Rubicón, se enfrenta a Maciot, sobrino y lugarteniente del «rey de Canarias» el pirata Juan de Bethencourt, porque esclaviza a indígenas ya cristianizados y los vende en Sevilla; y, mediante un hermano suyo (del obispo), lo denuncia a la reina regente de Castilla doña Catalina de Lancáster y le comunica la conveniencia de que se le eche de las Islas Canarias, pues no le quieren por señor (Hist., I, 19; BAE, XCV, 76a-b). Comienza así los enfrentamientos entre colonos eclesiásticos y seglares por el predominio de los diezmos y supuestas jurisdicciones sobre los isleños. (Las Casas)

1418. Pedro Barba de Campos es enviado por la reina regente de Castilla con tres navíos a las islas para tomarlas y con poder de la reina regente, trata con Maciot que éste le venda las islas, el cual se las vende con poder de su tío el pirata Juan de Bethencourt (Ibid., p. 76b); menos Titoreygatra (Lanzarote).

1418. Enrique de Guzmán, conde de Niebla, vasallo de Castilla, en noviembre de 1418 (después de la muerte de la reina regente), adquiere supuestos derechos sobre las islas (Ibid.); menos Titoreygatra (Lanzarote).

1419 Noviembre.? “Al terminar Juan de Letancur sin oposición la empresa de La Gomera, en el mismo año de 1419 (1),  a treinta de noviembre se embarcó para El Hierro, con su misma gente, y navíos. Y habiendo sido vistos por los herreños, creyeron que aquel era el Dios profetizado por su Joner por las velas blancas que veían. Por lo cual corrieron todos a la costa, haciendo allí, en la playa, saltos y bailes, y cantando la feliz llegada del nuevo Dios a quien esperaban. Refieren algunos escritores que, como los navíos se balanceaban en sus amarras, estos bárbaros creían que también bailaba su Dios.

Empezaron a desembarcar los cristianos, y fueron recibidos con grandísima fiesta y alegría. A todos les parecían que eran Dioses, y no hombres mortales como ellos; y con
esta ilusión empezaron los bárbaros que estaban más cercanos al mar, a entrar en las barcas, queriendo ir a los navíos. Viendo esto los cristianos, dejaron que se llenasen las barcas y los botes con ellos; y tantos embarcaron, hasta que los navíos fueron cargados.

A todos los llevaron a Lanzarote y después de allí los enviaron a vender, en diferentes partes

Al año siguiente volvió Letancur a esta isla,  con gentes y navíos pensando que otra vez obtendría igual número de esclavos, con el engaño pasado. Fueron tan bien recibidos como la primera vez, y otra vez se embarcaron, de prisa los herreños, hombres, mujeres ancianos   y niños, por él deseo que tenían de ver sus familiares y al nuevo Dios. Pero los soldados cristianos  impedían que se embarcaran los ancianos el cual fue causa que ellos empezaran a sospechar del engaño. Par esta razón, pensándolo así uno de aquello ancianos  ordenó A su hija que se retirase de allí, porque a él no le parecía que los forasteros fuesen todos buenas  gente.

Pero un soldado cogió por la mano a la joven porque era hermosa  y, como quería embarcarla por fuerza, el   anciano padre le rompió la cabeza con un palo, Y, viendo el viejo la sangre, empezó a gritar a todos los suyos, que 1os soldados eran hombres como ellos, y sus enemigos. A su voz, todos los isleños que allí se hallaban se retiraron un poco para reunirse; y, hecho esto, empezaron fuertemente a tirar piedras contra los cristianos, ya darles palos. Estos, como quiera que antes de la pelea habían ya embarcado en sus navíos un buen número de isleños, también se retiraron, y dieron vela para volver a Lanzarote.

Letancurt consideró que algunos de aquellos isleños bautizados podrían persuadir a los demás que quedaban, en la isla, que se hiciesen cristianos. Así, puso de nuevo en orden navíos y gente, con algunos de ellos, y todos, con la pequeña armada, fueron llevados últimamente a las cosas de esta isla, por un capitán Lázaro vizcaíno. Éste, sin encontrar ninguna resistencia, tomó posesión de la isla, por los buenos oficios que le hicieron los isleños herreños que había llevado consigo. Pero después, a éste, con el descuido, estando enviciado por el veneno de Cupido, le parecieron las mujeres hermosas y simples y empezó con desenfrenado deseo a forzar a aquéllas que más le gustaban. Ello
fue causa de que los isleños se rebelasen otra vez y se pusiesen en defensa. El dicho capitán Lázaro prendió a algunos hombres de los principales y los mandó a ahorcar. Con este temor se rindieron todos y le dieron la obediencia y se hicieron cristianos.”
(Torriani;218-20) (1) Esta fecha no consta en ninguna otra fuente conocida. Además, es cierto que no puede ser verdadera, pues en 1419 Béthencourt no podía embarcar para El Hierro, tanto porque estaba en Normandía como por haber cedido ya el señorío de sus islas al conde de Niebla.

1419 enero 27.
Primeros intentos de penetración del catolicismo en el Archipiélago Canario según el clérigo católico e historiador José de Viera y Cavijo.

El deán Le Verrier, administrador y coadjutor del obispado del Rubicán, capellán que fue del pirata Juan de Bethencourt.

“Había tenido don fray Mendo la singular desgracia de ser promovido a nuestra mitra por Benedicto XIII, a tiempo que este memorable antipapa había sido depuesto del pontificado en el concilio Constanciense, que la corona de Casti­lla, adhiriendo a esta deposición, le había subs­traído la obediencia; que las Canarias, siendo contadas en el número de los reinos de la misma corona, debían tener voz de nación en las con­gregaciones; y que Otón Colona, habiendo sido elegido por legítimo papa en 1417, tomaba el nombre de Martino V.

Sin embargo, es constante que, si nuestro obispo de Rubicón hubiese reconocido sin de­mora al nuevo santo padre, también su iglesia lo hubiera reconocido a él; pero este prelado se mostró tan adicto al deplorable partido de don Pedro de Luna, y parecía tan tenaz como éste en sus opiniones, que, faltando en Lanzarote toda esperanza de que quisiese pasar a ser recibido en su iglesia, se hizo por parte de las Islas un recurso a Martino V, que residía en Florencia, exponién­dole el triste estado de la diócesis y pidiéndole un administrador o coadjutor del obispado. Concedióselo así el sumo pontífice en 1419 y nombró para tan grave encargo el célebre presbítero Juan Le Verrier, deán de la santa iglesia de Rubicón, antiguo cura de nuestras islas, capellán, cronista y compañero de Juan de Béthencourt. Esta curiosí­sima bula estaba concedida en estos términos:

Martino, obispo, siervo de los siervos de Dios, a nuestro amado hijo Juan Vitrario (LeVerrier), deán de la iglesia Rubicense, salud y apostólica bendición. Presidiendo, por divina disposición, aunque sin ningún mérito, al régimen de la iglesia universal, nos hallamos angustiados de cuidados continuos, y estimulados de nuestro paternal afecto, a fin de que las iglesias de todo el orbe, en especial las que carecen de la presencia de sus pastores, estén bien gobernadas, y que el pueblo obsequioso a su criador pueda evadirse de las fauces de los lobos.

Por parte, pues, de nuestros amados hijos y no­bles varones Juan de Béthencourt, barón de la ba­ronía de Béthencourt, de la diócesis de Roán y de Mateo (Maciot) de Béthencourt, caballero, y de Juan de Béthencourt, doncel, como asimismo por parte del pueblo cristiano de las islas de Canaria, conquistadas por el

referido barón, se nos ha pre­sentado una petición, cuyo contenido decía que Pedro de Luna, que en su obediencia se llamó Benedicto XIII, había erigido en catedral la iglesia Rubicense, fundada desde el principio de la con­quista de las referidas islas, y la había provisto de obispo y de pastor en la persona de nuestro vene­rable hermano Alfonso, destinándolo para que enseñase y predicase la fe a aquel pueblo adqui­rido para el Señor y rigiese y gobernase la dicha iglesia saludablemente en lo espiritual y temporal. Pero que el mencionado Alfonso no sólo no había procurado pasar a dichas islas, a fin de ejercer en ellas su ministerio pastoral, sino que tampoco cuidó de dirigir aquel pueblo cristiano ni de gran­jear otro para Dios.

Asimismo exponían que nuestro venerable hermano Mendo, que está reputado por actual obispo Rubicense, no estaba todavía recibido, por razón de que, no habiendo sido promovido a la dicha iglesia de Rubicón (luego que se consideró vacante por la traslación del expresado Alfonso a la iglesia Libaniense) sino por el mismo Pedro de Luna, cuando ya el reino de Castilla, de cuyos dominios son las sobredichas Islas, había subs­traído su obediencia a este alimentador del perni­cioso cisma y perturbador de la unión de la Igle­sia universal del Señor, no se esperaba quisiese pasar personalmente a residir en su obispado.

Nos, deseando ocurrir lo referido, con el auxi­lio de la correspondiente providencia, y espe­rando que tú, que eres presbítero y, según esta­mos informados, has estado domiciliado en estas Islas desde el tiempo de su conquista y erección de su iglesia en catedral, y tienes conocimiento de los gentiles infieles de las otras vecinas, de modo que entiendes y hablas con bastante pro­piedad sus idiomas; estando recomendado a Nos con fidedignos testimonios por tu literatura, pu­reza de vida, honestidad de costumbres, provi­dencia en las cosas espirituales, circunspección en las temporales y otros dones de multiplicadas virtudes, tanto que sabrás y podrás desempeñar fielmente el oficio de administrador, o coadjutor del obispo de la mencionada iglesia y serle pro­vechoso de varios modos, te ordenamos y consti­tuimos por autoridad apostólica, y por el tenor de los presentes, en calidad de administrador de la dicha iglesia o coadjutor del referido obispo, por su ausencia de ella y durante el tiempo de nuestra voluntad, como asimismo te destinamos para usar el oficio de tal administrador, o coadjutor, conce­diéndote plena y libre potestad, de suerte que, du­rante el dicho nuestro beneplácito, puedas regir y gobernar la referida iglesia en lo espiritual y tem­poral, y percibir los frutos, réditos, rentas, dere­chos, obvenciones y emolumentos que pertenez­can a la mesa episcopal, y convertirlos en uso de la misma iglesia, como también hacer y ejercer todas y cada una de las funciones que correspon­den de cualquier modo al oficio de coadjutor, bien entendido que se te prohibe absolutamente la enajenación, ya sea de los bienes inmuebles, ya de los muebles más preciosos de la dicha igle­sia.

Igualmente queremos que estés obligado a dar cuenta de todo lo obrado y recibido durante tu administración al mencionado obispo, conforme a la constitución de Bonifacio VIII, nuestro prede­cesor de feliz memoria, promulgada sobre este particular. Por tanto, pedimos a tu discreción, en virtud de las presentes letras apostólicas, que en el cuidado, régimen y administración de la dicha iglesia, así como en el ejercer solícita y fielmente el oficio de administrador o coadjutor mientras durare, te muestres tan atento, que la misma igle­sia, bajo de tu próvida y saludable administración y con el favor de la divina clemencia, se aumente de continuo en conveniencias espirituales y tem­porales, como es de desear, logre adelantarse en saludables incrementos y Nos podamos encarecer en el Señor el fructuoso estudio de tu circunspec­ción y diligencia con dignas alabanzas. Dada en Florencia a 27 de enero, el año tercero de nuestro pontificado [1419].

Con las luces de este precioso monumento se disiparán ya aquellos antiguos errores en que casi todos los escritores nos tenían y en que yo no pude dejar de incurrir en mi primer tomo (pág. 370), sentando por cosa segura que nuestro obispo Mendo había sido promovido a la mitra por Martino V en 1417, y que este papa le regaló un pontifical.

No sabemos el tiempo que duró la administra­ción y coadjutoría episcopal del deán Juan Le Verrier, ni el año en que el obispo, reconciliado con el papa, pasó por fin a Rubicón. Lo cierto es que el deán se hallaba en Normandía a la muerte de Juan de Béthencourt, en 1425, y que entre tanto sobrevinieron en las Canarias aquellas funestas novedades que referimos en el lugar citado. Por­que Maciot tiranizó su pueblo, y Lanzarote pasó con las demás islas al vasallaje del conde de Niebla, sin que sus naturales, siempre esclavos y siempre vendidos, mejorasen por eso de fortuna. En esta época nos hablan mucho nuestros histo­riadores del pontificado de don fray Mendo, por el cual empezaron siempre el catálogo de nues­tros obispos; y dándonos una idea sublime de él, por sus contiendas con Maciot y el conde de Nie­bla sobre la libertad de los isleños, lo hacen com­parable en aquellos siglos crueles al otro célebre obispo de Chiapa fray Bartolomé de Las Casas, pariente de su predecesor don fray Alberto.” (José de Viera y Clavijo, 1987. T. 2: 222 y ss.)

1420. Maciot de Bethencourt pasa a vivir en la isla portuguesa de Madeira, descubierta el año anterior, donde se enriquece (Hist., I, 17; BAE, XCV, 66b).

1420. El rey Juan II de Castilla, por Real Provisión, de Avila, a 29 de agosto de 1420, da en fuero real a Alfonso de Casaus (o de las Casas) las islas de Tamarant (Gran Canaria), (Tenerife), Gomera y Benahuare (La Palma) para que las invada y conquiste «a Dios y al rey»; “donación” que es confirmada por el jefe de los católicos el Papa Martín V por bula del 2 de mayo de 1421.

1420. Alfonso de Casaus (o de las Casas) muere el 16 de noviembre de 1420 y reparte el feudo real de las Islas Canarias que le fue otorgado entre sus hijos: da Tamarant (Gran Canaria) y Gomera a Guillén  de las Casas, Chinet (Tenerife) y Benahuare (La Palma) a Pedro de las Casas.

1420. El rey castellano Juan II cede a favor de Alfonso de Las Casas  los supuestos derechos de conquista sobre las islas no dominadas en el Archipiélago Canario, que eran Tamaránt (Gran Canaria), Benahuare (La Palma), Chinet (Tenerife) y Gomera, no es un suceso casual sino que corresponde aun criterio político bien meditado, una vez que se consideró agotada la vía abierta en 1402 por los piratas Juan de Bethencourt y Gadifer de La Salle, e inadecuada la cesión total de la empresa isleña a un gran noble como era el conde de Niebla. La merced hecha por Juan II, respaldada en los tiempos que siguieron por su privado Álvaro de Luna, era una intervención nueva, indirecta pero efectiva, de la monarquía castellana en la rapiña de las islas.

Alfonso de Las Casas había muerto en 1428 y fue su hijo Guillén quien compró los supuestos derechos al conde de Niebla, es decir, el señorío de Titoreygatra (Lanzarote), Erbania (Fuerteventura) y Esero (Hierro).

El costo de la operación fue de 5.000 doblas de oro, algo más de medio millón de maravedíes de aquel tiempo. Si suponemos, como es lo habitual, que se hizo el cálculo capitalizando la renta que se percibía a razón de un 4 por 100, y evaluando los «vecinos» a tanto la unidad en función de su capacidad contributiva, se concluye que la renta señorial en las tres islas no superaba los 12.000 a 15.000 mrs./año, lo que es una suma muy modesta, incluso suponiendo que fuera neta, después de gastos, pero el poder ostentar un señorío por alejado  y pobre que fuese bien valía la inversión. Por otra parte, la posibilidad que ofrecían estas islas como escala para el saqueo y captura de esclavos en las otras aún no invadidas era atrayente como negocio que rentaba pingüe beneficios.

La compra se hizo por Guillén para él y para su pariente, acaso su tío, todo ello con el respaldo político de Álvaro de Luna, porque por entonces Guillén era su vasallo y recibía un «acostamiento» o cantidad anual por ello. Así fue más fácil, seguramente, que el conde de Niebla se aviniera al acuerdo, cuyos resultados no se hicieron esperar en las Islas: Maciot de Bethencourt conservó, desde 1432, la tenencia de titoreygatra (Lanzarote) vitaliciamente, en «foro» de los nuevos señores que, a decir verdad, actuaron generosamente con él. Guillén de Las Casas tomó para sí el señorío del Hierro, Juan el de Fuerteventura, y ambos partieron por mitad los «quintos» de los «rescates», presas y comercio que se hicieran en las islas sin conquistar, que habían sido del señorío de Alfonso de Las Casas.

1420.
Relatos de Francisco Alcaforado sobre la expedición en busca de la mítica isla de San Borondón. de Acompañante de Juan González Zarco, refiere que habiendo llegado la pequeña escuadra a Puerto Santo, les aseguraron los portugueses, establecidos allí desde hacía dos años, como al Sud-Oeste de aquel horizonte se veían ciertas tinieblas impenetrables que se levantaban desde el mar hasta tocar con el cielo, sin notarse en ellas disminución, añadiendo que estas espesas sombras estaban defendidas de un ruido espantoso, cuya causa era oculta, y que no las consideraban sino como un abismo sin fondo o como la misma boca del infierno. Sin embargo, las personas que se imaginaban dotadas de más crítica sostenían que aquella era la célebre isla de Cipango, tan nombrada en los escritos de Marco Polo de Venecia, y que la Providencia se complacía en mantenerla oculta bajo aquel velo misterioso, por haberse retirado a ellas algunos obispos españoles y portugueses con muchos cristianos, a fin de evadirse de la opresión y esclavitud de los moros, así que no se podía lícitamente pretender examinar este alto secreto, supuesto que el cielo aún no había permitido precediesen a su descubrimiento aquellas señales previas que anunciaron aquellos profetas, hablando de este raro milagro. Lejos de intimidar al comandante estos vanos terrores, le determinaron a mirar aquellas sombras como unos indicantes infalibles de la tierra que solicitaba; con todo, quiso esperar hasta la luna nueva y, como no se percibiese todavía alteración en el pretendido fenómeno, empezaron todos los aventureros a penetrarse de un terror pánico tan vivo, que se hubiera malogrado la empresas si el comandante Zarco, firme en su determinación, no hubiese hecho ver que siendo aquélla, a lo que mostraban las apariencias, una isla cubierta de bosque, debía levantarse sobre ella una humedad constante que producía aquella eterna nube, objeto de sus temores y aprehensiones; el suceso confirmó la solidez de este dictamen.



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