miércoles, 29 de julio de 2015

TIGALATE, EL DRAGUILLO HAWARA

  

 
 
Francisco García-Talavera Casañas




 Dragos en la isla de Socótora

Actualmente existen seis especies arbóreas de drago en todo el mundo, aunque en el pasado hubo algunas más, como lo demuestra el registro fósil. Y de ellas, dos viven en Canarias: nuestro drago, el de toda la macaronesia (Dracaena draco) y el recientemente descubierto (1998) en Gran Canaria (D. tamaranae). El resto se encuentra distribuido en África oriental (D. ombet  y D. schizanta), en la isla de Socótora, frente al “cuerno de África” (D. cinnabari ) y en la península arábiga (D. serrulata). Además, ahí enfrente, en las escarpadas montañas del Antiatlas marroquí, se descubrió, también recientemente (1996), una población de centenares de dragos que, tras las investigaciones correspondientes, resultó ser una subespecie del “nuestro” y  cuyo nombre (D. draco subespec. ajgal) hace alusión a la denominación en amazigh (bereber) que le dan los acogedores habitantes de esas montañas. Cabe destacar, como dato curioso, y relacionado con la evolución insular, que este drago del Antiatlas está más emparentado con el  macaronésico (es una subespecie de éste), que con el de Gran Canaria, que es una especie diferente.


 En la Antigüedad, el  drago era considerado como un recurso muy apreciado, sobre todo por su resina, la célebre “sangre de drago”, producto de gran interés comercial por sus variadas propiedades y usos: en farmacología (coagulante, cicatrizante, astringente), en la coloración de vidrios, como dentífrico, etc. También se utilizó como colorante para la pintura y, parece ser, que hasta el propio Antonio Stradivari la usó para barnizar sus famosos violines. No es de extrañar, por lo tanto, que uno de los motivos por los que recalarían en nuestras islas, fenicios, púnicos y romanos, sería precisamente para el comercio de tan valioso producto. Los guanches, por su parte,  sin duda supieron aprovechar este excelente recurso como medicina, para la momificación, para teñir de rojo las pieles, para colorear las “rodelas”  (escudos de corteza de drago) o, incluso, para pintar su propio cuerpo en determinadas ocasiones (Lázaro Sánchez Pinto, 2009). Asimismo, Leonardo Torriani (1588) también comenta que los canarios (guanches de Gran Canaria) hacían embarcaciones de troncos de grandes dragos, con las que se aventuraban hasta arribar a las costas de Tenerife y Fuerteventura.
 
Centrándonos ahora en al aspecto lingüístico, hemos llegado a la conclusión de que Tigalate (hoy un barrio de la Villa de Mazo) es el término que utilizaban los antiguos palmeros (los hawaras, no los auaritas, como frecuentemente leemos) para nombrar a los dragos jóvenes (draguillos). Partiendo de la “denominación de origen” de los bereberes del Antiatlas, que llaman ajgal al drago,  y conociendo que en amazigh el femenino y el diminutivo se construyen anteponiéndole una t y añadiéndole otra t al final de la palabra, tendríamos que el diminutivo de ajgal sería tajgalt (que existe como topónimo en el Antiatlas). Y si lo comparamos con Tigalate -con las correspondientes correcciones y deformaciones sufridas por las sucesivas transcripciones del guanche (hawara) al castellano-, vemos que, con toda probabilidad, se trata de vocablos análogos, con lo cual ya tendríamos, por fin, la traducción de este conocido topónimo palmero, y de paso poder conocer la denominación del diminutivo guanche de nuestro emblemático drago. Su nombre común posiblemente sería a(j)gal , pues en La Orotava, Tenerife, aparece el topónimo aígal, que tendría  una  pronunciación parecida (según Bethencourt Alfonso).


 Pero  este topónimo no es exclusivo de La Palma, ya que aparece también en La Gomera como Tegeleche (risco que domina el Valle de Alojera), en Fuerteventura como Chajalete (mareta y región en el Time de Tetir, según Bethencourt Alfonso) y en El Hierro como Tigalache (pago en la isla, según P.A. del Castillo), y como Tejeleita (barranco cercano a Valverde). Todos estos lugares son apropiados para una vegetación potencial de dragos. Y como decía anteriormente, siempre hay que tener en cuenta las numerosas  deformaciones fonéticas  y copias sufridas por estos vocablos a lo largo del tiempo, desde que los pronunciaron los guanches hasta nuestros días, sabiendo, además, que en amazigh solo hay tres vocales: ae, i, u; y que la “a”  casi nunca se pronuncia como “a”, sino como un sonido entre “a” y “e” (ae). También se confunden, a veces, los sonidos de la “e” y la “i”, la “ch” con la “t” (como Chinguaro y Tinguaro) y la “j” con la “g”.
 
Y volviendo a Tigalate, sabemos que es así como se nombraba antiguamente en Lanzarote, Fuerteventura y Tenerife -y  aun hoy en día, en La Palma- a las personas altas, delgadas y desgarbadas. Tal es la apariencia de muchos dragos jóvenes que todavía no se han ramificado.
 
Llama poderosamente la atención que, precisamente en las islas más pobladas (Tenerife y Gran Canaria), no aparezca este topónimo guanche, aunque sí lo encontramos en la versión castellana como “El Draguillo”. Un hecho a tener en cuenta en este sentido es que, al igual que sucede en el Antiatlas -cosa que pudimos constatar en Agadir u Ajgal- las poblaciones relícticas naturales de dragos se encuentran confinadas en los roques y acantilados inaccesibles a las cabras, su principal predador. Se sabe, sin embargo, que entre los grandes dragos centenarios que aún perviven en Canarias,  algunos fueron objeto de culto por parte de los guanches, al igual que ocurría con los pinos longevos (Pino Santo de Teror y otros). De igual manera, el culto a ciertas montañas, árboles, etc., es también frecuente en el mundo bereber. Y eso es lo que sucedía con el “Drago Santo” de Chacacharte (en La Fuente del Valle de San Lorenzo, Sur de Tenerife) al que, según Bethencourt  Alfonso, acudían los guanches con gran veneración por sus propiedades sanadoras y  curativas, tanto del cuerpo como del espíritu.

 

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