jueves, 27 de febrero de 2014

CAPÍTULO XLVII-VIII





EFEMERIDES CANARIAS
UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS
PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1861-1870

CAPÍTULO XLVII-VIII



Viene de la entrega anterior
Eduardo Pedro García Rodríguez

    Estas cualidades, puramente episódicas, del hombre de salón, sirven de disfraz -prosigue Zamacois- a un gran pintor. Diego Crosa -y esto los ingleses y los yanquis lo saben bien- es un maestro de la acuarela. Los paisajes tinerfeños, bañados en una lumbrarada cegadora de luz tropical, hallaron un reflejo exacto en la paleta de este artista. Crosa quiere a su tierra, y su devoción le ayudó a sentir la policromía ardorosa de los campos canarios, donde hay ocres y verdes que el mago del color -Joaquín Sorolla- calificó de inaccesibles, y el recogimiento de las pequeñas ciudades: La Laguna, La Orotava, Puerto de la Cruz, Icod, Tacoronte, Garachico...; y de las montañas, la poesía lejana y azul. Su inspiración apreció bien el silencio de las calles desiertas, plenas de sol, en las que nunca falta un paredón blanco sobre el que parece desangrarse un rosal; el misterio conventual de los viejos balcones, con sus celosías, que les dan un aspecto de confesionarios; la reciedumbre de las clásicas puertas de cuarterón; el dolor de una torre rota... o de una carreta abandonada junto a un camino... Este es su mérito: haber ido más allá del color y de la línea; haber descendido al alma de las cosas; haber oído lo que dicen las cosas que no hablan, y ver cómo se aleja de nosotros, como nos dice adiós... lo que no se mueve...

    La realidad es que don Diego Crosa, que informaba en sus tarjetas de visita del exótico cargo de vicecónsul del Brasil, quizás más por haberlo heredado, que por la rentabilidad del mismo, pasa apuros económicos con la dignidad y el humor que la clase social a la que pertenecía convirtió en tópicos. Su gran amigo y benefactor, don Anselmo J. Benítez, fue la frecuente víctima en estos delicados momentos, proveyéndole de los útiles necesarios para la realización de sus acuarelas y pinturas, procedentes de su imprenta, que era también librería y almacén de objetos de escritorio, abierta al público en la calle de San Francisco números 6 y 8. De su correspondencia, parte de la cual se custodia en la biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife, hemos entresacado algunos fragmentos:

A un alcalde moreno y magnánimo.

Con la falta de dinero
porque estoy atravesando,
es mi apuro verdadero
y estoy de ti, abusando.
Es el caso, caro amigo,
que ahora tengo que pintar
(con franqueza te lo digo)

algo que voy a ... cobrar.
Y hoy te molesto otra vez,
pues para hacer maravillas
con qué engañar a un inglés,
necesito: dos pastillas.

    En otra misiva le propone el cambio de un boceto por materiales para pintar, algo que constituye el motivo central de casi todas ellas, y le dice:

    Amigo Anselmo:
    Siguiendo el sistema de Don Santiago Verdugo respecto al libre cambio para la destitución de la moneda, fuente de toda prosa; te envío un pequeño boceto, de un cuadro que pintaré algún día; si crees que algo vale quédatelo y dame a cambio unas pastillas de colores (acuarela) de esas que usan los delineantes, no haciendo omisión del azul Prusia que es el que más agradecería. Filpes no tiene colores ahora, más no es solo por eso mi cambio sino que Crosa no tiene dinero tampoco. Gracias anticipadas. Crosa.

    En una carta rimada, vuelve a solicitar a su amigo que le proporcione papel, conservándose por fortuna la divertida respuesta de don Anselmo:

Mi buen amigo Benítez
vulgo Anselmo:
es el último sablazo
que te doy, en este duelo,
y sólo por que resulte
pasadero,
te lo voy a dar, Benítez
casi en verso.

Hoy más papel necesito,
no es para el número ciento,
que es para copiar romances
que les dejaré a mis nietos.
Dispensa tantas molestias;
no hay remedio,
sin tu ayuda, o lavativa,

no soy hombre de talento.
Crosita

Mi buen amigo Crosita,
vulgo Diego,
no me siento del sablazo
que me das en este duelo,
y puesto que me resulta
pasadero,
te lo devuelvo Crosita
casi en verso.
Este papel tan bonito
ni es para el número ciento,
ni para copiar romances
que le dejes a tus nietos;
pues lo vendo
sin tu ayuda o lavativa
¡Oh gran hombre de talento!

    Por último, y como una muestra más de su precaria situación económica, transcribimos los párrafos finales de otra de sus peticiones de intercambio, en la que abiertamente le comunica a Benítez: y me mandará la aludida pastilla ( y no de menta) quedándose con el apunte y hasta pidiendo otro, si poco parece, como recuerdo de la ingeniosa manera de pedir de que se vale el pobre (esto de pobre lo digo en serio) pintorcillo su amigo Diego Crosa. P. D. Este es un bonito documento para cuando se escriba mi biografía. Vale.

    Diego Crosa vive con sus hermanas solteras, Adela y María. De los varones, Ángel y José, nos informa Leoncio Rodríguez, en el ya citado Perfil: Antes que Diego, fallecieron sus dos hermanos, también nombres destacados en la sociedad santacrucera. Ángel, secretario del Ayuntamiento, modelo de laboriosidad y competencia, serio y cumplidor de sus deberes profesionales, que antes había sido regidor municipal con Schwartz, Trujillo y otros de la minoría liberal, y animador con Néstor de la Torre, Ledesma, Cabrera Topham, Hardisson (don Rafael), etc., de varias empresas artísticas y teatrales, aparte de su fecunda gestión como inspector y reformador del Teatro Guimerá -la artística bombonera, como la llamaba una gran actriz-. Y Pepe Crosa, el más bohemio, pero no menos genial de los tres hermanos: músico inspirado e indolente, compositor de zarzuelas regionales y director de la masa coral Santa Cecilia, que agrupaba toda la flor y nata de la juventud santacrucera, y cuyas audiciones populares en la Plaza del Príncipe (entonces Alameda de la Libertad), aún se recuerdan con entusiasmo.

    Cómo músico y compositor, contaba además con un brillante historial. Su Te Deum, compuesto para las fiestas del Centenario de la Conquista, obtuvo un premio en el concurso de la Sociedad Económica, y fue interpretado por una gran orquesta en la Parroquia Matriz; su arreglo de los Cantos Canarios y su Sueño de un niño para orfeones, merecieron igualmente elogios de la crítica musical, y entre otros señalados triunfos, uno de los últimos fue su obra de conjunto para orquesta y voces sobre motivos de las Folías, que le fue premiado, junto con otra de Juan Reyes Bartlet, en la fiesta organizada por La Prensa.

    [...] Con Pepe Crosa perdió Tenerife un compositor de fibra y de vocación, digno secuaz de nuestro malogrado Teobaldo Power, el feliz recopilador de las melodías de la tierra en sus maravillosas páginas de los Cantos Canarios, por nadie superadas. Y perdió a la vez la ciudad, con la silueta triste y melancólica de Pepe Crosa, tan huidizo y huraño, el primer noctámbulo de Santa Cruz. Contra su bohemia y su flema fracasaron siempre los alcaldes que intentaron implantar un nuevo horario municipal. ¡Tal era de inconmovible e invulnerable contra todo lo que perturbase su manera de ser!
    La obra pictórica de Diego Crosa -lo mismo sucede con su producción literaria- permanece prácticamente inédita. Dispersa en infinidad de colecciones particulares, la mayor parte de ella se encuentra fuera de la islas y en paradero desconocido, lo que dificulta notablemente su estudio y catalogación. En sus Confesiones e intimidades [16], dedica un capítulo a su actividad plástica que titula Yo, pintor:

    Y de milagro, pues no hice más estudios en mi niñez que iluminar estampas; de jovenzuelo, con un block y lápices, tomar apuntes del natural, y más adelante, algunos escorzos. Todo esto fuera de la Academia del Municipio, porque de ella me expulsaron por inútil o por no someterme al método de enseñanza que aún ¡santo Dios!, se sigue en ella. ¿qué gana un discípulo con pasarse horas y horas copiando, pacienzudo, al creyón y al difumino, lo que llaman la muestra? ¿No es mejor muestra el natural? A este sabio maestro que gratuitamente me dio lecciones, debo el pintar como pinto, a mi manera, por intuición o por osadía. Primeramente me dediqué al óleo, sin lograr vender los paisajes, y después a la acuarela, porque este género gusta más en mi mercado londinense.

    Como pintor hiciéronme todos la competencia, pero en la busca y captura de compradores, ninguno. Ni el propio Meifrén cuando vino a Tenerife.
-¿Me acompaña a la famosa Orotava? -díjome amable-. Quisiera vender en el Taoro algunos cuadros...
-Si va conmigo lo dudo, porque los turistas de invernadero prefieren mis balcones y buganvillas. Además, no hay inglés que aumente su equipaje con un cuadro al óleo. Un apunte mío lo mete en la maleta.
Y riéndose de mi inmodestia, añadió:
-Acompáñeme, y a luchar...

-Gustosísimo; pero cada uno por su lado y con su procedimiento de venta.
    Y el insigne Meifrén llegó al Taoro en un coche de lujo y yo en un humilde simón. Al repique del gong, para la cena, se presentó en traje de pana, con un bosque de pelos en el rostro, y yo de smoking, rasurado como cura en domingo. Pidió una Marqués y yo una Viuda... y ya en hall, sus paisajes expuestos... a no venderse, y en manos de una delgada miss, heredera del pez de más libras, una water-colour con galante dedicatoria mía.

-Ésta es la acuarela que pierdo todas las temporadas -dije aparte a Meifrén-, aunque en verdad no la pierdo porque la agradecida me hace la reclame para salir de las demás. ¡Benditos ingleses que con sus guineas pagan los otros que me persiguen!
    Al día siguiente, Meifrén descolgaba sus lienzos, y yo, fingiéndome furioso con el manager por vender, sin permiso, mis acuarelas.
    Zamacois concluye su evocación sobre la personalidad de Diego Crosa, con estas palabras:

    De su arte, verdadera vocación de su espíritu, Diego Crosa habla poco. Como obedeciendo a la consigna de ser ameno, prefiere reír, explicar frivolidades agradables; y, conversador, astuto, sólo demuestra preocuparse de lo que interesa a los demás. De ahí la estela de simpatía que deja tras de sí. En Buenos Aires, en New York, en Londres..., ¡en cualquier parte! He encontrado siempre alguien que me haya dicho: Si ha pasado usted por Santa Cruz, conocería usted a Crosita...
    Este es su segundo gran triunfo: perdurar en la memoria de los errantes, tan acostumbrados a olvidar; tener afectos en muchos países, sin haber salido apenas del suyo; y sin haberse molestado en entrevistar a nadie, ser amigo y poseer retratos dedicados de todos los artistas, de todas las cupletistas, de todos los políticos... -a éstos les cito adrede en tercer lugar- que pasaron junto a él.

Ágil, risueño, cordial, pronto a servir, dispuesto a no acostarse, eternamente mozo, Diego Crosa lleva en el corazón una estudiantina.

    Su popularidad, reconocida de forma unánime, le hizo acreedor a varios homenajes. De uno de ellos, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, el miércoles diez de junio de 1942, fueron publicadas unas páginas leídas en aquel acto por José Manuel Guimerá [17]. El fino ensayista y poeta comenta la ya larga trayectoria vital de Crosa, en los siguientes términos:

    [...] La obra de Diego Crosa, que dijimos era dación, es también diversidad y desparramamiento. Pero el arte es unidad y todo artista siente su imperiosa exigencia. En el alma de Diego Crosa, tan sencilla, tan llena de evocaciones, ¡ qué de ideas sin cristalizar, se adivinan; qué de posibilidades sin cuajar; qué de propósitos en germen! Y todo este mundo de cosas non-natas que él ha sentido dentro, ha de nimbarlo interiormente de tristeza. Pero esto la gente no adivina porque él, elegante siempre consigo y con los demás, hizo florecer una sonrisa. Y eso es lo que los demás han apresado [...].

Bien hubiera querido el Círculo de Bellas Artes ornar sus paredes con cuadros y dibujos de Crosa, reflejos de sus momentos consagrados al encanto del solar isleño; darle a brazadas flores de sus campos; en recuerdo de sus intervenciones para asilos y hospitales; regalar más vuestros oídos con sus cantares y romances donde respira, amorosa, un poco fatalista y triste, como ella es, el alma canaria; pero en esto, como casi siempre en la vida, el deseo generoso y los caminos dela realidad marcharon divergentes. Al fin de esta tarde oiréis tres composiciones de su Romancero guanche, ese Romancero que él no puede publicar y que otros debieron hacerlo. Sin pararme a considerar si es o no oportuna la observación, vean las corporaciones, vean sus amigos pudientes, si es momento de dar concreción en las páginas de un libro a estas canciones que exaltarían al pueblo isleño aborigen, al tiempo de exaltarle a él en su obra de paciencia y belleza.

    Ha sido necesario el transcurso de sesenta lentos años, para que el deseo de José Manuel Guimerá, y de tantos otros, se viera realizado.

    El doce de octubre de 1954, como consecuencia de una iniciativa alentada por el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, se inauguró el monumento a Diego Crosa en el parque municipal García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife. Tras algunas controversias relativas a su propia morfología, entre las que destacó la actitud que defendía don Sebastián Padrón Acosta que, aceptando que en él debiera figurar la cabeza de Diego Crosa que había moldeado Nicolás Granados, la cual consideraba una verdadera obra de arte, se negaba, y no sin razón, a que se le añadiera el busto del que carecía, y que se pretendía fuera de mano de otro artista. No prosperó, sin embargo, la acertada observación del culto sacerdote, y la cabeza fue incorporada a un busto, obra, al parecer, de Benito Oliva.

    El de Nicolás Granados es hoy un nombre que pertenece al olvido. Constiruye uno de esos casos de injusticia que se prodigan en el ámbito de la historia del arte. No obstante, fue un artista reconocido en su época y, desde luego, un magnífico escultor. Antonio Martí publicó en El Día, el diecinueve de julio de 1981, unas redondillas alusivas a Granados, su estudio y la tertulia que en él tenía lugar, y que no podemos dejar de reproducir como nota de color que ilustre el reportaje gráfico que publicamos, en el que Crosa y Gil-Roldán beben sendas copas de whisky mientras sus alter-ego de arcilla, enfrentados dialogan.

¿El estudio de Granados? Total, nada:
una casa chiquitita
con granito artificial en la fachada.
Un tabique de madera machihembrada.
Un despacho. Una salita.
Andamios de madera con muestrarios
de piedras. Una figura.
La cruz de una sepultura
y un adorno funerario
Plumas, lápices, pinceles...
Un armario en un testero.
Tras el armario, un sombrero
y unos rollos de papeles.

La entrada era por el taller de marmolista. Luego, el tránsito del taller al estudio...

La puerta. Dos escalones.
Y, después, ¡qué maravilla!
Un cuadro sobre una silla
y esculturas a montones.
Aquí, una mano de yeso,
que finge, al paso, un saludo.
Más allá, un seno desnudo
Pidiendo, a gritos, un beso.
Entre bustos alineados,
algún cuadro se intercala.
Estamos en la antesala
del estudio de Granados.

Todo era confusión, desorden, y muestras de arte en mil detalles diferentes. Era el paso del trabajador al artista.

Después, el estudio en sí.
Mucha cosa en poco espacio.
Pero vayamos despacio

para ver lo que hay aquí.
Unos sillones. Un piano.
Un pañolito. Una jarra.
Una flor. Una guitarra.
Una mesa... Y siempre a mano,
el platito de ensalada;
la copa de cristal fino;
la botella con el vino;
un cigarro...¿ Lo ves ? Nada.
Charlas, bullicio, retazos
de conversación. Presumo
que hay cuadros, más con el humo
sólo se ven a pedazos.
La atmósfera toda baña
un olor de maravilla
a cazalla y manzanilla.
Así pues, a nadie extraña
Que, entre tanta cosa bella
Como hay aquí, encerrada,
Se nos vaya la mirada
Derechita a la botella.

Y Alonso Reyes, de un lado para otro, haciendo los honores de la casa, como ayudante en todo que fue de su gran amigo y maestro Nicolás Granados. Luego seguía yo:

Ya que caté su sabor
y el paladar se recrea,
permite, amigo, que vea
lo que hay a mi alrededor.
Deja que los otros coman,
y beban a su placer,
y vente conmigo, a ver
aquellos dos que se asoman,
el uno del otro al lado,
como pareja feliz...
Oye, ¡sin son López Ruiz
y Marrero Regalado!
Fíjate, desde esta esquina,
el parecido resalta.
A Manolo no le falta
Nada más que la chalina.
En el de Enrique hallarás,
más perfección y justeza,
que tiene una gran cabeza
sin sobrarle lo demás.

[...]

Ven conmigo aquí, y verás,
El busto de Diego Crosa:
Una muestra primorosa
del arte de Nicolás.

Sus ojillos sonrientes,
donde la ironía alienta.
Su misma boca sedienta
de beber en dulces fuentes.
Insaciable buceador
del encanto peregrino,
que, como en la pipa el vino,
guarda secreto, el amor.
Con su cráneo, mondo y terso,
no sabe de odios ni agravios.
Cada vez que abre los labios
sale por ellos un verso.
Parece viejo y es niño.
Un niño bueno, además.
¡No hay duda que Nicolás
hizo el busto con cariño!

Y seguimos recorriendo el estudio

Un florete se adivina
escondido por ahí,
que se han celebrado aquí
muchos combates de esgrima.
Esgrima de fino humor,
y agudas frases mordientes,
en que los dos contendientes
hiérense a más y mejor.
Puesto ambos en el brete
de no perdonarse nada,
y esgrimir la carcajada
como si fuera un florete.

Lo más característico, peculiar y notable, del estudio de Granados, eran los gatos.

Sobre un estante, el semblante
mansurrón muestra un minino.
¿Por dónde, cielos divinos,
se subió el gato al estante?
Un gato es solo el preludio
de lo que verás después
pues lo cierto, amigo, es
que hay muchos en el estante.
Puedes ir tomando datos.
Son nueve, sí, no te asombre.
¿Te extraña que pueda un hombre
vivir entre tanto gato?
Yo también dudé contigo.
Hasta que acerté a pensar
que un gato no puede hablar
Y es, por tanto, un buen amigo.
No hay temor de que se queje
contra el sino cruel y fiero,
ni que te pida dinero,
ni, paternal, te aconseje.
No habla mal de los demás.
No es envidioso, ni ingrato...
No hay amigo como el gato.
¿Tienes razón Nicolás!

Había muerto Ramón Gil Roldán cuando escribí estas redondillas. Y así lo hice constar, diciendo:

Mira, aquí, en este rincón.
Hay un papel, ¿lo levanto?
Veremos qué hay... ¿Cielo Santo
si es la nariz de Ramón!
Su nariz larga, ganchuda,
y su boca sonriente,
tan presta a la frase hiriente,

como a la réplica aguda.
Yo creí no verlo más.
Pero no es verdad, ¡no es cierto!
¡Ramón no puede haber muerto
como mueren los demás!
Siento ganas de llorar.
Es verdad. ¡No se había ido!
¿Lo ves? Estaba escondido.
Oyéndonos murmurar,
preparando la ironía
para dejarla caer...
Pero, ¿cómo va a beber,
si está su copa vacía?
Un vaso no, dos bien llenos,
ponle del mejor Jerez.
¡Que no se vaya otra vez!

¡Lo echamos tanto de menos!

Y terminaba aquellas redondillas, todo lo malas que se quiera, pero llenas de ternura y emoción:

De tanto y tanto beber
que estoy borracho presumo.
¿Son las lágrimas o el humo
lo que no me deja ver?
Pues si la emoción no abona
este encuentro que he tenido,
abona lo que he bebido
la borrachera llorona.
¿Los demás? Todos sentados.

Uno bebe, el otro fuma...
Ya has visto lo que es, en suma
el estudio de Granados.
Un rinconcito pequeño
donde, sin pena ni gloria,
vive su mejor historia
todo el Arte tinerfeño.


Diego Crosa y Costa, falleció, soltero, en Santa Cruz de Tenerife, el día de Navidad de 1942. (Carlos Gaviño de Franchy, 2011)

(Carlos Gaviño de Franchy, 2011)

NOTAS
[1] Folías alcanzó dos ediciones, ambas realizadas en vida de su autor. La primera, con prólogo de Antonio Domínguez Alfonso, fue impresa en la tipografía de La Prensa, bajo los auspicios de su amigo Leoncio Rodríguez, en 1923. Edición en octavo menor, se compone de setenta y ocho páginas. Esta primera edición de Folías consta de ciento cuarenta y nueve coplas, ochenta de ellas, bajo el epígrafe de Campesinas. La segunda edición de Folías, lleva fecha de 1932, tamaño similar e idéntico pie de imprenta, pero incluye ciento sesenta y cuatro coplas, divididas en dos grupos: De la ciudad y De la aldea.

[2] Diego Crosa y Costa fue bautizado en la parroquia de San Francisco de Asís de Santa Cruz de Tenerife, el día 26 de abril de 1869. Vide también, PADRÓN ACOSTA, Sebastián: Poetas canarios de los siglos XIX y XX. Edición, prólogo y notas por Sebastián de la Nuez. Aula de Cultura de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1978.
[3] Don Ángel Crosa Isolabella, nacido en Génova en 1752, hijo de don Antonio Crossa y doña Violante Isolabella, falleció en Cádiz el cinco de enero de 1804. Había testado ante el escribano público de aquella plaza, Juan Manuel Martínez, el día 2 anterior. Su mujer, doña Catalina Carbonell y Bueno, murió poco después, el trece de marzo del mismo año, en Chiclana. Partida de defunción de don Ángel Crosa. Parroquia de San Antonio de Cádiz. Libro II de funerales, f. 203. Partida de defunción de doña Catalina Carbonell. Parroquial de San Juan Bautista de Chiclana. Libro XIII de entierros, f. 82v.
[4] Testamento de don José Crosa y Carbonell, ante Francisco Rodríguez Suárez, en Santa Cruz de Tenerife, a diecisiete de julio de 1855. Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife. En adelante AHPSCT.
[5] LEÓN, Francisco María de: Historia de las Islas Canarias. 1776-1868. Aula de Cultura de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1996.
[6] León, Francisco María de: op. cit.; Cioranescu, Alejandro; Historia de Santa Cruz de Tenerife. CajaCanarias. Santa Cruz de Tenerife. 1998.
[7] Testamento cerrado de don José Crosa, abierto ante el escribano público don Diego Antonio Costa y Carvalho, el 23 de septiembre de 1858. AHPSCT.
[8] Miracle, Joseph: La leyenda y la historia en la biografía de Ángel Guimerá. Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto de Estudios Canarios. Santa Cruz de Tenerife. 1952.
[9] Rumeu de Armas, Antonio: Canarias y el Atlántico. Piraterías y ataques navales. Tomo III. Segunda Parte. Segunda edición facsímil. Madrid. 1991.
[10] Información de nobleza de don Joseph Lenard y Berón en San Cristóbal de La Laguna, el veintiocho de noviembre de 1777, ante Tomás Suárez Estévez. AHPSCT.
[11] GUTIÉRREZ ALBELO, Emeterio: Versos escogidos [1922-1969]. Ayuntamiento de Icod de los Vinos-Cabildo Insular de Tenerife. La Laguna. 1995.
[12] VV. AA.: Diego Crosa y Costa. Poetas tinerfeños. Biblioteca Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 1950.
[13] CROSA Y COSTA, Diego: Confesiones e intimidades. Poetas isleños. Biblioteca Canaria. 1950.
[14] VV. AA.: Diego Crosa y Costa. Poetas tinerfeños. Biblioteca Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 1950.
[15] Queremos agradecer a la profesora doña María Rosa Alonso, indulgente y buena amiga, la amabilidad que tuvo al habernos facilitado innumerables datos relativos a la biografía de Diego Crosa, que conserva en su archivo particular, y en especial, el conocimiento de la rara edición, en folletín, de En la mocanera.
[16] GUIMERÁ, José Manuel: Ensayos. Círculo de Bellas Artes de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1951.
1869 Agosto 16. Caridad Salazar Fernández. Escritora y educadora nacida, según todos los indicios, en Mazo. Sobrina de los insignes hawaritas (palmeros) Valeriano (1831-1925) y Juan Fernández Ferraz (1849-1904) es, por tanto, heredera de una importante tradición intelectual familiar vinculada al mundo de la educación y la cultura y de la que participó también su madre, Juana Fernández Ferraz. Afincada desde muy temprana edad en Costa Rica, a la que se trasladó con su familia, se incorporará de lleno al mundo de la enseñanza de este país donde ejercerá como maestra nacional, desarrollando una significativa labor pedagógica en la que destacará incluso como autora de un libro de texto oficial (Robinson Tico). Entre su producción literaria están obras como La Cruz de Caravaca, Celajes de Oro, Flor de Café o La partera de los Ángeles. Su fallecimiento se produjo en San José de Costa Rica el 26 de agosto de 1948. Años más tarde, el Ayuntamiento de Villa de Mazo reconocía, en la sesión plenaria que celebraba el 30 de agosto de 1959, la labor literaria y educativa desplegada por esta ilustre hawarita (palmera), acordando dejar constancia de la misma, como homenaje póstumo, en una lápida conmemorativa y dando su nombre a una calle del casco urbano. El acto de reconocimiento en el que se descubrirá la citada lápida, coloca en la fachada de las Casas Consistoriales, tuvo lugar el 25 de septiembre de 1960.

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