miércoles, 26 de febrero de 2014

CAPÍTULO XLVII-VII



EFEMERIDES CANARIAS
UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS
PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1861-1870

CAPÍTULO XLVII-VII



Eduardo Pedro García Rodríguez

1869 abril  11.
Diego Crosa y Costa (Crosita): Un apunte biográfico

Por Carlos Gaviño de Franchy

Una de las figuras más interesantes, más populares, y al propio tiempo más distinguidas de Santa Cruz de Tenerife, es Diego Crosa. El buen humor -cielo azul de las almas-; la risa sin veneno; el desgobierno; la improvisación simpática, y también aquella corrección dilecta, fruto de un acabado dominio de sí mismo, constituyen la solera de su carácter. Sus bisabuelos fueron italianos; pero en este caso la vivacidad latina, los nervios impacientes -siervos del sol- del meridional, quedaron perfectamente sujetos entre las mallas exquisitas de la educación británica. Solterón travieso y artista, más hermano, por motivos raciales, de Boccaccio que de Rabelais, Crosa es -¡valga la frase!- un guanche magistralmente encuadernado a la inglesa.
    Con este párrafo, a la vez sincero y elogioso, comienza Eduardo Zamacois una Silueta del artista, que sirvió de introducción a la segunda entrega de Folías, de Diego Crosa [1]. El novelista había trabado amistad con don Diego, desde su primera estancia entre nosotros, antes de 1916.

    Al aire libre le conocí hace años, me abordó; me dio su nombre... Le supongo a usted recién desembarcado -dijo-, y considero un deber de hospitalidad ponerme a su disposición para enseñarle los alrededores de la ciudad. Acepté su invitación, y no me pesó, porque conocer a Crosa - en Tenerife le llaman Crosita- es ser amigo de todo el mundo. Su nombre es como una ganzúa que abre todas las puertas...


Don Diego Crosa y Costa
   
Nos conviene ahora detenernos en los orígenes familiares de don Diego Crosa y Costa, aquel guanche magistralmente encuadernado a la inglesa, e indagar en ellos qué cantidad de sangre isleña, y cuanta europea, corría por sus venas. Entre los naturales de estas siete naves de basalto, la procedencia, más allá de la vanidosa alcurnia, ha sido desde siempre causa de curiosa preocupación. Y comprobaremos que, a pesar de que nuestro autor se valía exclusivamente de la caudalosa fuente del mito y la leyenda para sus fines poéticos, un estudio riguroso de su propia familia, le habría llevado, generación tras generación, hasta algunos de los personajes históricos, cuyo limitado depósito documental, tuvo parte en la formación de la crónica legendaria del archipiélago [Ver apéndice].
   
Nació Diego Crosa y Costa en Santa Cruz de Tenerife, la noche del once de abril de 1869 [2]. Época de floración de las jacarandas y temperatura suave, lejanos aún los tórridos días del verano santacrucero. Fueron sus padres don Ángel Crosa y Jorge, destacado miembro del cuerpo consular y hombre de negocios, y su mujer doña Evencia Costa y de Grijalva. Él nacido en la villa de Santa Cruz de Santiago, el día dos de abril de 1830; ella en el puerto de La Orotava, que rara vez se nombraba de la Cruz por aquellos tiempos, nueve años más tarde, un doce de mayo. Habían casado en Santa Cruz, en la parroquia matriz de Nuestra Señora de la Concepción, el catorce de mayo de 1864. Fueron sus abuelos paternos, el capitán don José Crosa y Carbonell y doña Juana Jorge y Castellano. Maternos: don Diego Antonio Costa y Carvalho, escribano del número de los de Santa Cruz de Tenerife, y su mujer, doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric.

    Don Ángel Crosa y Jorge, obtuvo las patentes de cónsul de Méjico [1882] y de Italia, y fue vicecónsul del imperio del Brasil, sustituyendo a partir de 1855, a su padre, que lo era desde 1837. Desempeñó asimismo la alcaldía accidental de Santa Cruz de Tenerife, para la que fue nombrado en cinco de agosto de 1881.

Su mujer, doña Evencia Costa de Grijalva, nacida, como queda dicho, en el puerto de La Orotava, se avecindó desde niña en la villa de Santa Cruz, lugar en el que su padre ejercía como propietario de una escribanía pública.


Don José Crosa y Carbonell, abuelo paterno.
   
Podríamos establecer el asentamiento de la familia Crosa en Santa Cruz de Tenerife, en una fecha cercana a 1809, en que fija su residencia en las islas don José Crosa, nacido en Cádiz y bautizado en el Sagrario de la catedral gaditana el ocho de enero de 1784, hijo de don Ángel Crosa Isolabella, genovés, dueño de una rica casa de comercio que operaba en aquella plaza, en la que también ejerció como vicecónsul de Ragusa, y de su esposa, doña Catalina Carbonell y Bueno, oriunda de Huelva [3].
    Don José, huérfano desde 1804, hizo inventario y balance de los negocios de la empresa denominada Ángel Crosa en 1808, y con el capital resultante, tras una estancia de diversión en Génova y Liorna, trasladó su casa al puerto de Santa Cruz, donde más tarde declararía ante escribano

    haber experimentado considerables atrasos el establecimiento mercantil de Don José Crosa, ocasionados en gran parte por su emigración a estas islas, en las cuales sufrió deplorables reveses hasta el año de mil ochocientos treinta y dos, en que suspendió toda clase de giro y de comercio; quedando desde entonces (conforme a un resumen que se hallará entre sus papeles) reducido el capital del enunciado establecimiento aproximadamente a la suma de un millón quinientos ocho mil ochenta y seis reales dieciséis maravedíes vellón, consistentes en una finca y en créditos así en esta Provincia, como fuera de ella [4].

    A poco de su llegada, en 1815, desempeña ya la alcaldía de Santa Cruz, cargo que volverá a ejercer, esta vez por elección, entre el once de septiembre de 1833 y el treinta y uno de diciembre de 1834. Fue asimismo teniente de cazadores y capitán de voluntarios nacionales, compañía ésta última que había financiado de su peculio. A este respecto dice don Francisco María de León:

    También de aquella época [1820] fue el establecimiento de la milicia nacional, que en realidad no llegó a estar en auge y brillantez, sino en la villa de Santa Cruz, en la ciudad de Las Palmas, y en tal o cual otro pueblo; pues en la mayor parte, sin armamento, sin instrucción y sin que sus comandantes llegasen a sacrificarse con crecidos gastos, como lo hicieron don José Crosa y don Francisco María de León y Romero, en los dos pueblos citados, ni llegó a reunirse una sola vez, ni tampoco de ello hubo ni habrá jamás en las islas graves faltas; por que en una provincia en que las facciones, que a otras con frecuencia aquejan, son imposibles, todos estos cuerpos no pasarán nunca de gravar al jornalero que se alista, y de dar cuando más, como entonces sucedió, algún paseo militar a los pueblos inmediatos [5].

    Poco antes, en 1819, y por Real Orden de 26 de marzo, se dispuso el traslado del Real Consulado Marítimo y Terrestre desde su sede, la vieja ciudad de La Laguna, que permanecía adormecida en su fértil campiña, al próspero y mercantil puerto de Santa Cruz. La resolución no hizo más que acrecentar las viejas rencillas entre ambas poblaciones. Finalmente, y tras las dimisiones del prior del Consulado, don Juan Próspero de Torres Chirino, y del segundo cónsul, don Ventura de Salazar y Porlier, el primer cónsul, don José Crosa, aceptó presidir en funciones la sesión que se celebró en Santa Cruz de Tenerife, el 22 de junio de aquel año, convirtiéndose en el primer prior del Real Consulado, en su nueva etapa santacrucera [6].

Don José Crosa, individuo comprometido con la política local, obtuvo un acta de diputado provincial en 1822.

    El día once de marzo de 1858, otorgó testamento cerrado, que fue abierto solemnemente el día 23 de septiembre ante el escribano don Diego Antonio Costa y Carvalho, un mes después de su fallecimiento ocurrido el veintiuno de agosto de dicho año. En el declara no conocer otros parientes a no ser mi primo D. Luis Crosa, del comercio de Cádiz, hijo de un hermano de mi venerado padre, a quien también crié y eduqué conservándolo en mi compañía, desde el año 1800, hasta mi traslación a estas Islas, sin que por eso haya dejado, durante nuestra dilatada separación, de darme, no interrumpidas pruebas de afecto filial, extendiéndolas hasta socorrerme en lo que puede en mis necesidades. Por tanto, le amo como a propio hijo, fundando en él y en su protección la única esperanza que puedo concebir acerca del porvenir, de los desventurados huérfanos [...] a los que amo con la mayor ternura por ser acreedores de ello, en cuyo concepto se los recomiendo, en este momento supremo, suplicándole bañado en lágrimas, les sirva de padre, protegiéndolos y proporcionándoles una carrera, o medios decorosos de subsistir, especialmente al desvalido Ángel, que con nada cuenta en el mundo; aún cuando por otra cosa no sea, a lo menor, en memoria de mi buen padre, quien en circunstancias idénticas le dispensó igual beneficio de aquel que ahora reclamo de su cariño y amistad a favor de dos seres desventurados y desvalidos, dignos de su aprecio [...].

    Declaro además, consistir en la actualidad, los restos de mi cuantiosa fortuna y caudal en las fincas, créditos, acciones y derechos de mi propiedad que me pertenecen; cuya legitimidad y procedencia aparece y consta en mis libros de comercio, así de Cádiz, como de esta Plaza; en mis demás papeles y correspondencias; en varias obligaciones y expedientes existentes en mi escribanía o despacho, en la alacena de mi librería y entre mis otros papeles y, finalmente, en los diferentes expedientes que promoví y se encontrarán archivados en las escribanías de esta capital y, esencialmente, en la del extinguido Tribunal del Real Consulado de esta provincia [...].
    Por último declaro ser vicecónsul del Imperio del Brasil en estas Islas, desde el año 1837 con imperial nombramiento y [...] execuator de S. M. Católica; en cuyo concepto debo manifestar quedan en el archivo correspondiente los diplomas, correspondencia, libros y demás papeles relativos a dicho consulado, advirtiendo que los sellos, láminas, escudos, cuadros, libros, etc, son de mi propiedad particular, habiéndolos costeado sin recibir abono alguno por este respecto; en cuyo caso se hallan iguales enseres relativos al consulado de Portugal, que también corrió a mi cargo hasta mediados de este corriente año por cuya razón, serán estos, unos de los objetos de que deberán tomar posesión mis herederos.

    Muero en paz con los hombres y conmigo mismo, llevando a la tumba la íntima convicción de haber llevado todos mis deberes, no haber hecho mal a nadie, no haber cometido acciones que desmientan mis antecedentes y buena educación recibida y aunque podría quejarme de las personas, a quienes más favorecí en la prosperidad, por haberme correspondido con la más pérfida ingratitud, las perdono, rogando a Dios, los preserve de los perjuicios y disgustos que me ocasionaron.

A mis idolatrados hijos [...] únicos objetos de mi ternura, les bendigo y abrazo con toda mi alma en este momento supremo. ¡ Ojalá mis fervientes súplicas alcancen que el Todopoderoso no los desampare y derrame sobre ellos todos los bienes y felicidades que les desea mi corazón paternal. ! Hijos míos, el mayor y más amargo dolor que llevo al sepulcro, es separarme de vosotros y la posición desgraciada en que os dejo; por que os amo como lo merecéis, esto es con toda la vehemencia de mis facultades [...].
    Mediante estar nombrado Agente Comercial del Imperio del Brasil en estas Islas, mi hijo [...] D. Ángel Crosa, con facultad de desempeñar las funciones de cónsul del mismo Imperio, en mis ausencias, enfermedades y demás casos que puedan ocurrir, como consta de imperial diploma y de Real Orden del gobierno español, existentes en estos archivos consulares, deberá el enunciado D. Ángel, a mi fallecimiento, hacerse cargo del insinuado archivo y de todo cuanto corresponde al citado consulado, despachando y autorizando todos los negocios que ocurran, hasta tanto que el gobierno imperial designe a la persona que haya de encargarse de ello, mediante el inmediato aviso de mi muerte, que se le deberá dar, como igualmente a las autoridades superiores de esta provincia.

    Don José Crosa, el que fuera acaudalado comerciante, falleció en la incertidumbre de que sus herederos lograran percibir el importe de los numerosos créditos que se le adeudaban, algunos de los cuales daba ya por incobrables. En el testamento se inserta un extenso inventario de sus propiedades y otro en que describe los bienes muebles y el menaje que se encontraba en su casa de la calle de La Marina.

    Nombró albaceas a su primo don Luis Crosa y Nuche y a su amigo don Bartolomé Cifra y fueron testigos del acto de otorgamiento de sus últimas voluntades don Miguel de Cámara, quien firmó en su nombre, por tener la mano derecha rota; don Matías y don Carlos Guigou; don Francisco Noda; don Francisco Estrello; don Romualdo García-Panasco y don Manuel Sansón y Tapia. Dejaba por universales y únicos herederos a sus dos hijos don José y don Ángel Crosa [7].

Doña Juana Jorge y Castellano, abuela paterna
   
 Poco sabemos de doña Juana Jorge y Castellano, quien debió morir muy joven. Había nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1811, hija de don Gregorio Jorge y Castellano, de la misma naturaleza y bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción el treinta de noviembre de 1778, y de su mujer, doña María Antonia Castellano López, fallecida el veintiséis de enero de 1833. Entre otros hijos, tuvo también el matrimonio a doña Margarita Jorge, mujer del comerciante catalán don Agustín Guimerá y Fonts, y madre con él, de uno de los canarios más célebres en el ámbito de la cultura española y, en particular, de la literatura catalana: don Ángel Guimerá y Jorge [8]. Los abuelos paternos de doña Juana Jorge fueron don José Antonio Jorge y Pérez-Corona, nacido en La Victoria de Acentejo, y doña Josefa María Castellano Perera, natural de San Cristóbal de La Laguna. Los maternos, don Domingo Castellano Albertos y doña Antonia del Rosario López, ambos naturales de Güímar.
   
La familia Jorge procedía, como queda dicho, de La Victoria de Acentejo y, originalmente, del pueblo de El Sauzal, donde se había establecido, procedente de Portugal, Salvador Jorge, quien casó en su parroquia el seis de octubre de 1619, con Francisca González, probablemente también de ascendencia lusitana. Los Castellano, vinculados al valle de Güímar, y los términos adyacentes de Arafo y Candelaria, descendían del conquistador Guillén Castellano y por sus alianzas con los linajes de apellido Albertos y Marrero, de los primitivos pobladores, entre los que se encontraba el régulo de Abona.

Don Diego Antonio Costa y Carvalho, abuelo materno
   
 Don Diego Antonio Costa y Carvalho vino al mundo en Santa Cruz de Tenerife y fue bautizado, en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, el día ocho de septiembre de 1800. Sus padres, don Bonifacio Diego Costa y Payant y doña Dominga Carvalho de Ocampo, habían casado en dicha iglesia el día veintiocho de diciembre de 1797. Fueron sus abuelos paternos el capitán de marina don Andrés Costa y Costa, natural de la república de Génova y doña Bárbara Payant, nacida donde su hijo, de padre marsellés y madre oriunda de las islas de Gran Canaria y La Palma.

    Don Diego Costa, así llamado, pues rara vez usaba su primer nombre, era marino de profesión y en calidad de segundo piloto, participó junto a sus compañeros don Nicolás Franco Cordero, don José Agustín García y don Juan de Herrera, a las órdenes del alférez de fragata y capitán de puerto don Carlos Adam, en la defensa que Santa Cruz opuso al ataque naval de la escuadra inglesa al mando del contralmirante Nelson de Nilo en julio de 1797, encargados del manejo de los cañones violentos, desempeñando bien sus respectivas obligaciones, según se desprende de la propuesta de ascensos elevada al secretario de la guerra por el comandante general don Antonio Gutiérrez, en catorce de diciembre de aquel año [9]. Luego proseguiría su carrera, llegando a ocupar la capitanía de puerto del de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Doña Dominga Carvalho, quien a pesar de escribir su apellido con la grafía portuguesa, era descendiente de franceses establecidos en La Laguna, volvió a casar, una vez viuda, con el también capitán de mar don José Joaquín de Iturzaeta, pasando a vivir al puerto de La Orotava, donde su marido ejercía el empleo de subdelegado de Marina.

    Don Diego Antonio Costa y Carvalho, como ya se ha dicho, era propietario de una escribanía en Santa Cruz de Tenerife, donde se estableció con su esposa doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric, después de una larga estancia en Filadelfia.

Doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric, abuela materna
   
 Doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric, nació en el Puerto de La Orotava, lugar en cuya parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia habían casado sus padres, don Pedro Grijalva de la Porta y doña Josefa Emeric Lenard, el día nueve de noviembre de 1795.

    Su abuelo paterno, don Pedro Miguel de Grijalva e Ibáñez, bautizado en Fuenmayor, de La Rioja, el día nueve de octubre de 1745, fue contador principal de Pósitos y Alhóndigas y administrador de la Real Renta del Excusado. Obtuvo una carta ejecutoria de amparamiento de nobleza en Madrid, el once de octubre de 1758, a los trece años de edad, y vino a la isla en calidad de administrador de la Hacienda de los Príncipes de Ásculi, situada en Los Realejos.

    Casó en Los Remedios de San Cristóbal de La Laguna, el diecisiete de agosto de 1773, con doña Ana de la Porta y Castejón, hija de M. Jean de Saint André de la Porte y de doña María Vizcaíno Castejón y Mucso, en cuyas ascendencias se enlazaban familias vascas, genovesas y andaluzas.

    Doña Josefa Emeric y Lenard, fue hija del matrimonio formado por el doctor Jean Emeric Chauvín, médico de la armada francesa, natural de Tolosa, establecido definitivamente en el Puerto de La Orotava, y doña María de la Encarnación Lenard de Echimendi, cuyos padres, el teniente capitán don José Lenard y Beron [10], y doña Josefa de Echimendi y Salazar de Frías, eran naturales de Dublín y La Laguna, respectivamente y la doña Josefa, descendiente de vascos, portugueses y flamencos.

Diego Crosa y Costa: Un guanche magistralmente encuadernado a la inlgtesa

    Hemos abusado de la paciencia de nuestros lectores, con este largo preámbulo genealógico, con el único fin de establecer los orígenes raciales de Diego Crosa y Costa. En cifras, podemos añadir, que sus padres eran canarios, como lo eran también tres de sus cuatro abuelos, el otro, gaditano. De los ocho bisabuelos, uno era genovés, otro andaluz y seis canarios. Entre los dieciséis terceros abuelos, encontramos tres genoveses, dos andaluces, un francés, un riojano y nueve canarios y, finalmente, en la lejana serie de los treinta y dos cuartos abuelos, un frondoso árbol incluye trece canarios, seis genoveses, cinco franceses, cuatro andaluces, dos riojanos, un irlandés y un vasco.
   
 La encuadernación de Diego Crosa, podría parecer inglesa, pero las tripas del libro de sus orígenes, estaban llenas de referencias a otras muchas nacionalidades. Zamacois, con los prejuicios frecuentes en la actitud de muchos viajeros europeos, estaba dispuesto a encontrar en las islas las maneras más toscas y rudimentarias. No es de extrañar que al conocer a un prototipo de perfecto caballero, le adjudicara la finura de su trato a la educación inglesa.

    También es cierto que el contacto frecuente y secular con la amplia colonia británica establecida en el archipiélago, hizo que muchas de sus costumbres se integraran en los hábitos de la burguesía canaria, produciéndose una suerte de amalgama en los modos, que hace extremadamente difícil distinguir dónde comienzan o acaban las influencias mutuas.

    Uno de esos ritos sociales, compartido por ingleses e isleños, es el consumo frecuente de whisky, bebida que en las islas se toma en compañía, con hielo y agua de soda, despaciosamente.
Nada turba su elegancia interior; y el whisky en su boca se hace donaire y madrigal. Ni un solo momento la luz de su inteligencia parpadea; es como si su conciencia -toda su conciencia- fuese una brújula. Yo juraría que tras una noche báquica, nadie en el frac de este hombre encantador ha visto una mancha... escribe Zamacois en su Silueta del artista.
   
Es posible que el poeta Emeterio Gutiérrez Albelo tuviera presente a Zamacois cuando escribió, en 1954, este soneto [11]:

Epitafio A Diego Crosa

Rebosante de whisky su tintero,
y su pluma, de humor siempre cargada;
alma guanche en un gentleman grabada,
siempre a golpes de artista verdadero...
Periodista, pintor, mimo y coplero,

él nos deja una crónica rimada,
un fulgor de postal iluminada
y un perfil de canario romancero.
Del vivir quiso hacer una pirueta.
Confundió a Dioscorilla con Mussetta;
y a través de su amable juglaría
-a que nunca causó pena ni agravio-
siempre supo tener a flor de labio
una loa, un piropo una folía.

    Con ocasión del homenaje que se le tributó en el Teatro Guimerá en 1934, escribió el poeta Manuel Verdugo otro soneto dedicado a Diego Crosa en el que destaca, como lo hacen todos cuantos le conocieron, a la par de sus cualidades artísticas, y su esmerada educación, su notoria predilección por el agua de vida escocesa [12].

    Admirable don Diego de noche... y de día:
no nací para divo, y de veras lo siento,
porque fuera oportuno, llegado este momento,
cantarte un homenaje con aire de folía;
mas recibe esta ofrenda, humilde por ser mía...
    En catorce renglones manifestar intentomi devoción por tu arte, fina gracia, talento
y por lo que hoy es raro: tu afable cortesía.
    Ahora, en público, debo revelar una cosa:
que tu tinerfeñismo lo pongo en duda, Crosa;
pues a pesar que al Teide y hasta el gofio cantaste,
y el culto a lo canario que toda tu obra encierra,
nunca te ví en salones bailar el tajaraste
¡y prefieres el whisky al vino de la tierra!

 El propio don Diego contribuía a su bien ganada fama de bebedor de whisky, en confesiones como ésta:

    Un buen día fui nombrado nada menos que mantenedor en una fiesta literaria, homenaje a la mujer. Celebrábase en la capital de una de las islas más hermosas del archipiélago y como, según malas lenguas, algunos de los oradores que actúan en estos espectáculos suelen cobrar sus pesetillas, recibí un telegrama de la comisión diciéndome: Indique precio discurso. A lo que contesté, lacónico: Botella whisky escenario. Y agradecidos a mis desprendimiento y modestia, recibiéronme como a diputado que visita el distrito: disparos de cohetes, música, comisiones, y después de Mantenedor, mantenido, porque me trataron a cuerpo de monarca, pasando unos días deliciosos, inolvidables. Banquetes tras banquetes; hoy una jira, mañana una playera; hoy un brindis, mañana cuatro. Enronquecido y maltrecho, descansé al tercer día, preparando mi discurso en asonantes endecasílabos y mi garganta con corifina para salir airoso de la empresa...

    Señoras y señores: permitidme
que busque en este aprieto una defensa,
no se expresarme en prosa, fue la rima
la vestidura usual de mis ideas
y con ella preséntome en este acto
de exaltación a la mujer isleña.
    A la noche siguiente de mi... éxito, recibo la visita de una comisión aldeana: la señora del alcalde, la maestra y un buen cura rechoncho y sin afeitar. Éste fue el que habló primero: Como usted es tan caritativo, sabio y complaciente, venimos a pedir su valiosa cooperación en una fiesta de caridad que tenemos organizada: sinfonía por un sexteto; un coro de alumnas con trajes del país, y un discurso de la maestra, también con traje.
-Tendré sumo gusto en asistir...
-Gracias, pero... como usted sabe otros cobran y queremos saber... somos muy pobres... ya usted me entiende...
-Entendido; pregunten lo que he cobrado anoche en la capital y lo mismo cobraré a ustedes.
    Y me lucí en la fiesta, presentándome en un diminuto escenario, al fondo de un salón repleto de gente aplaudidora y agasajadora.
Benahoare, Benahoare,
la libertad te robaron;
ya de tu rey la corona
cayó al suelo hecha pedazos...
    Y yo también me caí, pues aunque la leyenda era triste, el público se reía a carcajadas mientras yo, creyendo que el presbítero hacía burlas a mi espalda, volví la cabeza y me encontré, en medio del escenario, sobre una mesita con tapete rojo, un Apollinaris y... la botella de whisky.
- ¡Son mis honorarios, señores...!
- Y se acabó la leyenda y luego, el whisky [13].

    Leoncio Rodríguez, compañero en tantas aventuras literarias y editor de varios de los escasos libros
impresos del poeta, en el Perfil de Diego Crosa, que publicó en su periódico La Prensa, en agosto de 1950, relata la anécdota siguiente:
    Crosa, como todos sabemos, tuvo siempre su doble: la copa de whisky. Donde él se hallaba, solía estar siempre un frasco de la rubia bebida escocesa.

    Tales antecedentes dan más relieve al caso que vamos a referir.

    Crosa y Manuel Verdugo, contrariando sus hábitos de poco o nada madrugadores, se habían dado cita una mañana en las afueras del Círculo Mercantil, junto a una de las lujosas tiendas de los Indios. Iban a ejercer sus funciones de jurados en un concurso literario organizado por el Taller Patriótico que dirigía don Pelayo López y Martín Romero. Puntuales al encargo, procedieron al desempeño de su cometido, bastante difícil por el copioso número de trabajos y poesías presentados al certamen, y ya bastante después de las dos de la tarde dieron fin a su laboriosa tarea. Redactaron el acta correspondiente y ultimado el dictamen correspondiente, hicieron sonar los timbres para llamar al conserje, y como nadie les respondiese no oyeran rumor alguno en los vastos salones del Círculo, optaron por retirarse tras larga espera.
    Dejaron los papeles sobre la mesa y encima de ellos colocaron una cuartilla, que ambos redactaron, con el siguiente texto:

Pelayo: es extraña cosa,
estando en pleno verano,
tener a Verdugo y Crosa
juzgando versos y prosa
como jueces de secano.

    Los dos poetas, sin decir palabra, marcharon a un café inmediato -creo que al Cuatro Naciones-; pidieron unas copas de whisky, y ordenaron al mozo que pasara la cuenta al Taller Patriótico.
   Al fin apareció don Pelayo López, medio consternado, y todo se arregló amistosa y satisfactoriamente,
pagando los whiskys.

    Su íntimo amigo Ramón Gil-Roldán, creía saber distinguir entre las dos personalidades de Crosa; por un lado, Crosita, la figura popular que mantiene el tipo a toda costa, el arquetipo de bohemio seductor y mundano, por el otro don Diego, el caballero que sobrelleva, a duras penas, una vida llena de economías y disimulada pobreza. Y de ambos habla en este soneto, leído en el homenaje que se tributó al poeta en 1934 [14]:

    Yo se lo que es Crosita y lo que es Diego Crosa.
Crosita es risa clara que todo lo consuela;
coplero de la broma y de la bagatela;
poeta de alma triste y de parla jocosa.
Su alter-ego, don Diego, es más donosa cosa.
Es la tierra canaria, toda luz de acuarela;
Clavileño o Pegaso que sin espuela vuela,
alado, igual que el águila y que la mariposa...
Por el bien que has sembrado en el surco labrado
de esta tierra bendita, por cuanto te ha inspirado
y cuajaste en tus coplas ardidas de emoción.
Que la mujer canaria te ofrezca palpitante
la impoluta blancura de nieve del semblante
y el fuego que crepita dentro del corazón.

De estos dos don Diego, nos habla Zamacois, describiéndole como de mediana estatura, enjuto, flexible, prodigiosamente dotado de esa cualidad victoriosa que en la jerga de bastidores se denomina don de público, este hombre calvo, de ojos apicarados, de labios finos, a la vez hilarantes y amargos, y de manos pulidas, hubiera sido, a proponérselo, un actor excepcional, transformista o caricato, a lo Frégoli o a lo Paravicini; porque él, antes que el retrato de una persona ve su caricatura. Más que en su obra, a Diego Crosa conviene estudiarle a través de su propia vida -que ya va siendo larga-, y en la cual, como en los almanaques de pared, todos los días hay una anécdota y una sonrisa. Su espíritu, asombrosamente polifacético, conoce, si no el soplo -siempre algo triste- de la verdadera inspiración, sí todas las muecas y piruetas de la gracia. Según las circunstancias lo dispusieron, Crosa acertó a ser dramaturgo aplaudido, o caseur amenísimo, o periodista de caudal vena cómica, o poeta autor de romances y de folías, que hoy, en todas las islas del archipiélago canario, se canta de memoria. Posee, además, la capacidad de improvisar en verso, sin tropiezos ni fatiga, durante horas; baila bien; hace juegos de manos, y, sin saber idiomas, remeda con sorprendente exactitud tipos de todos los países. En los banquetes, a la hora ruidosa y feliz de la sobremesa, la presencia de Crosa es indispensable. Si no está allí -casualidad inverosímil-, se indaga su paradero; se le llama por teléfono; se le envía un automóvil para que vaya enseguida; y cuando aparece -porque siempre aparece- en el comedor resuena un aplauso. Mundano, locuaz, campeón en el arte de la réplica, reparte sonrisas y apretones de manos; acepta cuantas copas de champagne se le ofrecen... -acaso por su propia iniciativa se sirve alguna- y en seguida el rostro afeitado le resplandece, y es como si su alma, vestida de cascabeles, se hubiese bañado en la alegría de todos. Entonces inventa farsas, se sienta al piano, imita tipos; sus parodias de la mistress que canta, y la del virtuoso alemán, son dos caricaturas ejemplares.

    Pero el novelista concluye su retrato destacando la faceta de artista plástico de Crosa, más allá de su labor literaria, de la que apenas pudo tener conocimiento, dado que, en la fecha en que se conocieron, poco, muy poco, había publicado el poeta. En la mocanera, Leyenda canaria, en 1903. Las comedias de costumbres Isla adentro y Senderos, impresas en 1910 y 1923 respectivamente, año este último en que dio a la estampa la primera entrega de sus Folías [15]. Ciertamente no era una obra -por lo escueto de su volumen- sobre la que el escritor pudiera emitir un juicio sin arriesgarse en extremo. No tuvo Diego Crosa la fortuna de ver sus obras editadas en libro. Una segunda edición de Folías y algún que otro folleto autobiográfico, el resto permaneció inédito o disperso en revistas y periódicos. Tal es el caso de Romancero Guanche, una de las piezas literarias que, probablemente, haya padecido más intentos frustrados de publicación, en lo que a la segunda mitad del siglo XX se refiere.
Continua en la entrega siguiente.

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