viernes, 5 de junio de 2015

Brujas y hechiceras en la raya de Teror


De entre los muchos mitos e invenciones relacionados con la historia de Teror, cabe destacar el caso del mal llamado «Parque, Patio o Llano de las brujas» situado en la conocida Finca de Osorio. En los últimos 25 ó 30 años hemos sido testigos de cómo el paraje popularmente conocido como «La Alameda» o «Parque de la fuente» ―suponemos que deben existir otras denominaciones― ha ido cambiando su nominación tradicional por el ya aludido «topónimo» de «Parque de las brujas». Este cambio de nombre se debe al éxito y rapidez con la que se han extendido las historias que sitúan en este bello lugar la práctica en tiempos pasados de todo tipo de aquelarres y ritos brujeriles, a los que se suman leyendas de duendes y un sinfín de personajes fantásticos. Sin duda, el éxito de tales relatos y la implantación de la denominación «Parque de las brujas» cabe atribuirlo en primer lugar, a la amplia cobertura y difusión de la que han gozado estas historias en los medios de comunicación. Sirva como ejemplo el reciente vídeo promocional dedicado a la Finca de Osorio, realizado por el canal de televisión Antena 3 de Canarias. Por si fuera poco, el que suscribe ha sido testigo en más de una ocasión, de cómo toda una legión de guías, animadores socio-culturales o monitores medio-ambientales, divulgan y «enseñan» alegremente este tipo de fábulas entre los grupos de escolares que suelen visitar la finca. Unos relatos, que al margen de su contenido fantástico, nada tienen que ver con la Finca de Osorio.


Es posible que a estas alturas más de uno piense que estamos en contra de que a los niños y niñas se les relaten o narren cuentos de brujas, de aparecidos o de duendes. Incluso, no faltará quien piense que por nuestra condición de historiador somos incapaces de disfrutar con este tipo de relatos fantásticos y que vivimos encorsetados y apegados al dato histórico, objetivo y mensurable. Nada de eso. Los cuentos y leyendas sobre seres fantásticos forman parte de nuestro bagaje cultural y han cautivado a lo largo de miles de años a generaciones enteras de niños (y también de adultos). Sin embargo, en el caso de la Finca de Osorio la difusión de este tipo de relatos ha dado lugar a la implantación de una denominación artificial que, al contrario de lo que ocurre con el resto de topónimos de nuestra localidad, no se ajusta a la realidad o a la tradición. Y es que las historias que se cuentan sobre la celebración de aquelarres y reuniones de brujas en el paraje al que hemos venido haciendo mención, son lisa y llanamente falsas. Bastaría con darse un paseo por la finca y preguntar a las familias de arrendatarios que aún viven y trabajan en ella, para comprobar que nos encontramos ante las conjeturas descabelladas y absurdas de una serie de pseudo-investigadores. Unas «teorías» ―por llamarlas de algún modo― basadas en la ciencia infusa ―que no en la investigación― y por supuesto, sin contar con el más mínimo apoyo documental, ya sea escrito u oral.

      Por el contrario, nuestra localidad es rica en todo tipo de fábulas o relatos sobre aparecidos o almas en pena, alguna de las cuales se han ido transmitiendo de forma verbal a lo largo de varias generaciones. Sirva como ejemplo el caso del llamado «Jacho de la Laguna» que a buen seguro aterrorizó a más de un vecino de Teror o Valleseco de los siglos XIX y parte del XX. Asimismo, en el rico archivo de El Museo Canario se custodian interesantísimos documentos sobre supuestas brujas o hechiceras ―naturales de Teror― perseguidas o procesadas por el Tribunal del Santo Oficio. Precisamente a una de ellas, llamada María García ―condenada en el año 1608 por «hechicería y pacto con el Demonio»― dedicaremos nuestro próximo artículo.

El caso de María García 

       Desde su implantación en el año 1478 hasta su abolición definitiva en 1834, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición persiguió con ahínco cualquier tipo de comportamiento o conducta que atentara o pusiera en entredicho la ortodoxia y los dogmas de la Iglesia Católica. Entre los delitos castigados por este tribunal eclesiástico, cobraron especial importancia los procesos seguidos contra mujeres ―y en menor medida contra los varones― acusadas de practicar la brujería o hechicería. Como no podía ser menos, durante los siglos XVII al XIX la jurisdicción de Teror no fue ajena a este fenómeno. En el archivo de El Museo Canario, institución donde se custodian los fondos del Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición de Canarias, se conservan algunos estos procesos seguidos contra mujeres naturales de Teror, quienes sufrieron en sus propias carnes todo el rigor y la dureza de esta temida institución. Uno de los casos más antiguos que conocemos fue el de la terorense María García, procesada en 1608 por «hechicería y pacto con el Demonio».

Debemos decir que el ejemplo y circunstancias de María García fueron bastante parecidos al del resto de féminas de la época, acusadas del mismo delito. Por lo general, se trataba de mujeres de condición humilde y que ya soportaban sobre sí otro tipo de «máculas» o «tachas» como la de ser madres solteras, alcahuetas o esclavas. En el caso de María García, comprobamos como a pesar de haberse casado con Juan Estévez, éste acabó repudiándola, argumentando «que andaba con otro hombre», razón por la cual fue encarcelada durante dos largos años. Ante la ausencia del esposo se vio precisada a refugiarse en el hogar materno, donde se ganaba la vida ―según declara ella misma― vendiendo «algunas cosas de comer y amasando». Quizá fue esta ausencia de marido lo que le llevó a convertirse en la manceba o amante del vecino de la localidad Amaro García, una relación que daría como fruto el nacimiento de un hijo ilegítimo, toda vez que el querido acabó por abandonarla para casarse con la terorense María Gutiérrez. Asimismo, no sería descabellado pensar que fue su condición de mujer abandonada y con pocos recursos, lo que la llevaría al ejercicio de todo tipo de ritos y prácticas hechiceras, como medio para ganarse la vida. Tales rituales y sortilegios le eran ampliamente demandados por las mismas personas que ―ironías del destino― acabaron denunciándola ante el Santo Oficio. Y es que la condición de «cristiano viejo» no impedía acudir ―llegado el caso― a las artes de una bruja o hechicera, una vez agotadas otras vías más ortodoxas. En definitiva, María García encarna a la perfección el prototipo del personaje literario de la Celestina, o mujer de «mal vivir». Una verdadera proscrita que vivía al margen de la sociedad, pero a la que sin embargo se solía acudir en busca de consejos y remedios, entre los que cabe destacar todo tipo de asuntos de índole sexual o sentimental. De hecho, entre las culpas que se le achacan se encuentra la siguiente: «Y que la dicha rea [María García] no sólo es mujer de mal vivir, sino que es públicamente alcahueta de mujeres casadas y solteras, juntándolas en su casa con hombres solteros y casados. Y siendo causa de muchas descensiones y de gran escándalo y murmuración».

Y es que efectivamente, parece que fueron las cuestiones de carácter sexual o afectivo las más demandadas por los terorenses del siglo XVII. Así, para conseguir paz con el esposo o pretendiente y lograr que éste no olvidase a su amada, María García sugirió a varias mujeres que cuando les «bajase su regla, tomase[n] de aquella sangre, lavando la camisa donde estuviese. Y le echase[n] de aquello en el vino y se la diesen a beber. Y que con aquello nunca la[s] olvidaría[n]».


      María García satisfizo con todo tipo de rituales y sortilegios los anhelos amorosos y los apetitos sexuales de buena parte de los terorenses de los últimos años del siglo XVI y comienzos del XVII.

      Igual de escatológico era el remedio empleado para conseguir el efecto contrario, pues la propia María García, viendo como su amante Amaro García la repudiaba para concertar matrimonio con una vecina del lugar, pidió a Ana García ―hermana del enamorado― que le diese un camisón de éste para sahumarlo «con un poco de mierda» de la futura esposa ―que ella ya tenía guardada― «y que con aquello no se casarían». Otra manera de intentar conseguir el amor incondicional o los favores del hombre amado nos la ofrece la declaración de la negra Antona de Arencibia, quien relató como una ocasión María García le dijo le trajese de Arucas la calavera de un muerto y unas turmas o testículos de un perro «y que las salarían y secarían y las pondrían en las fajas, con lo qual aunque el hombre que quisiesen estuviese en cavo del mundo, le harían venir luego a donde quisieren».

            En otras ocasiones, lo que se buscaba era quitarse de encima o deshacerse de una amante o pretendiente que ya comenzaba a resultar molesta. Tal le sucedió a Serafín Domínguez, que acudió a María García en busca de remedio, pues pretendía desembarazarse de una mujer que estaba «aficionada» de él. Ante tal situación, María García le aconsejó «que tomase un freno [de caballo] y se lo pusiese en su propia natura [pene] diciendo: refrénate bestia fiera» y que con aquello la olvidaría. Otras peticiones consistían en averiguar si el esposo le era fiel a su cónyuge. Así, Catalina Pérez de Villanueva, ante las vejaciones y maltratos de su marido Sebastián de Toro, solicita los servicios de nuestra protagonista, diciéndole que «quería echar unas suertes para ver si su marido estaba amancebado». De esta manera, María García «tomó un harnero y clavó unas tijeras en él. Y tomó de él un anillo que hizo trabar a ésta del otro y dijo algunas palabras que la testigo no entendió», tras lo cual le contestó que era verdad que estaba amancebado.

            Sin embargo, no fueron los amores no correspondidos, el sexo, la lujuria o la pasión irrefrenable, los únicos negocios que atendió la terorense María García. Asuntos más oscuros, como la de provocar la muerte de un recién nacido, se encuentran entre los delitos que se le achacaron. Aunque ésta será una cuestión que abordaremos en una próxima entrega.

(Gustavo A. Trujillo Yánez)


PARA SABER MÁS:

FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Vicente: «Brujerías, curanderas, santiguadoras», en La obra de Vicente Hernández Jiménez. Homenaje al cronista de la Villa de Teror. Anroart Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, pp. 342-344.

JIMÉNEZ SÁNCHEZ, Sebastián: Mitos y leyendas: prácticas brujeras, maleficios, santiguados y curanderismo popular en Canarias. Editorial Faycan, Las Palmas de Gran Canaria, 1955.
FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Casadas, monjas, rameras y brujas. La olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid, 2005.

MILLARES TORRES, Agustín: Historia General de las Islas Canarias de Agustín Millares Torres, complementada con elaboraciones actuales de diversos especialistas. Cedirca S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. III, pp. 244-245.





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