viernes, 25 de abril de 2014

DESVENTURAS DE LA CONCIENCIA NACIONAL (I)




Frantz Fanón
Que el combate anticolonialista no se inscribe de golpe en una perspectiva nacionalista es lo que la histo­ria nos enseña. Durante mucho tiempo el colonizado dirige sus esfuerzos hacia la supresión de ciertas iniqui­dades: trabajo forzado, sanciones corporales, desigual­dad en los salarios, limitación de los derechos políticos, etc. Este hombre por la democracia contra la opresión del hombre va a salir progresivamente de la confusión neoliberal universalista para desembocar, a veces labo­riosamente, en la reivindicación nacional. Pero la impreparación de las élites, la ausencia de enlace orgá­nico entre ellas y las masas, su pereza y, hay que decirlo, la cobardía en el momento decisivo de la lucha van a dar origen a trágicas desventuras.

La conciencia nacional, en vez de ser la cristali­zación coordinada de las aspiraciones más íntimas de la totalidad del pueblo, en vez de ser el producto inmedia­to más palpable de la movilización popular, no será en todo caso sino una forma sin contenido, frágil, aproxi­mada. Las fallas que se descubren en ella explican am­pliamente la facilidad con la cual, en los jóvenes países independientes, se pasa de la nación a lo étnico, del La debilidad clásica, casi congénita, de la con­ciencia nacional de los países subdesarrollados no es sólo la consecuencia de la mutilación del hombre colonizado por el régimen colonial. Es también el resultado de la pereza de la burguesía nacional, de su limitación, de la formación pro­fundamente cosmopolita de su espíritu.
La burguesía nacional que toma el poder
La burguesía nacional, que toma el poder al con­cluir el régimen colonial, es una burguesía subdesarrollada. Su poder económico es casi nulo y, en todo caso, sin semejanza con el de la burguesía metropolitana a la que pretende sustituir. En su narcisismo voluntarista, la burguesía nacional se ha convencido fácilmente de que podía sustituir con ventaja a la burguesía metropolitana. Pero la independencia que la pone literalmente contra la pared va a desencadenar en ella reacciones catastróficas y a obligarla a lanzar llamadas angustiosas a la antigua metrópoli. Los cuadros universitarios y los comerciantes que constituyen la fracción más ilustrada del nuevo Esta­do se caracterizan, en efecto, por su escaso número, su concentración en la capital, el tipo de sus actividades: negocios, explotaciones agrícolas, profesiones liberales. En el seno de esta burguesía nacional no hay ni indus­triales ni financieros. La burguesía nacional de los países subdesarrollados no se orienta hacia la producción, los in­ventos, la construcción, el trabajo. Se canaliza totalmente hacia actividades de tipo intermedio. Estar en el circuito, en las combinaciones, parece ser su vocación profunda. La bur­guesía nacional tiene una psicología de hombre de nego­cios no de capitán de industria. Y en verdad que la rapaci­dad de los colonos y el sistema de embargo establecido por el colonialismo no le permitieron escoger.

En el sistema colonial, una burguesía que acumula capital es imposible. Pero, precisamente, parece que la vo­cación histórica de una burguesía nacional auténtica en un país subdesarrollado es negarse como burguesía, negarse en tanto que instrumento del capital y esclavizarse absolu­tamente al capital revolucionario que constituye el pueblo.

En un país subdesarrollado, una burguesía nacio­nal auténtica debe convertir en deber imperioso la trai­ción de la vocación a la que estaba destinada, ir a la escuela del pueblo, es decir, poner a disposición del pueblo el capital intelectual y técnico que ha extraído a su paso por las universidades coloniales. Veremos cómo, desgraciadamente, la burguesía nacional se desvía fre­cuentemente de ese camino heroico y positivo, fecundo y justo para emprender, con el alma tranquila, el camino terrible, por antinacional, de una burguesía clásica, de una burguesía burguesa, lisa, estúpida y cínicamente burguesa.
Partidos nacionalistas: Programa económico
El objetivo de los partidos nacionalistas a partir de cierta época es, ya lo hemos visto, estrictamente na­cional. Movilizan al pueblo en tomo a la consigna de inde­pendencia y, en cuanto a lo demás, se remiten al futuro.
Cuando se interroga a esos partidos acerca del programa económico del Estado que propugnan, sobre el régimen que se proponen instaurar, se muestran incapaces de responder porque, precisamente, ignoran en absoluto todo lo que se refiere a la economía de su propio país.

Esta economía se ha desarrollado siempre al mar­gen de ellos. De los recursos actuales y potenciales del suelo y del subsuelo de su país no tienen sino un cono­cimiento libresco, aproximado. No pueden hablar de eso, en consecuencia, sino en un plano abstracto, general. Después de la independencia, esta burguesía subdesa-rrollada, numéricamente reducida, sin capitales, que re­chaza la vía revolucionaria, va a estancarse lamentable­mente. No puede dar libre curso a su genio del que podía afirmar, un poco ligeramente, que fue coartado por el dominio colonial. Lo precario de sus medios y la escasez de sus cuadros la reducen durante años a una economía de tipo artesanal. En su perspectiva inevita­blemente muy limitada, una economía nacional es una economía basada en lo que se llama los productos loca­les. Se pronunciarán grandes discursos sobre la artesanía. En la imposibilidad en que se encuentra de establecer fábricas más rentables para el país y para ella, la burgue­sía va a rodear a la artesanía de una ternura chauvinista que coincide con la nueva dignidad nacional y, además, le procurará sustanciales utilidades. Ese culto a los pro­ductos locales, esa imposibilidad de crear nuevas direc­ciones se manifestarán igualmente por el hundimiento de la burguesía nacional en la producción agrícola ca­racterística del periodo colonial.

La economía nacional del periodo de independen­cia no es reorientada. Siempre se trata de la cosecha de ca­cahuete, de la cosecha de cacao, de la cosecha de aceituna.
Ninguna modificación se introduce tampoco en la elabora­ción de los productos básicos. Ninguna industria se instala en el país. Se siguen exportando las materias primas, se si­gue en el plano de pequeños agricultores de Europa, de es­pecialistas en productos sin elaborar.
Nacionalización: Transferencias de los privilegios del colonialismo
No obstante, la burguesía nacional no deja de exigir la nacionalización de la economía y de los secto­res comerciales. Es que, para ella, nacionalizar no signi­fica poner la totalidad de la economía al servicio de la nación, decidir la satisfacción de todas las necesidades de la nación. Para ella, nacionalizar no significa ordenar el Estado en función de relaciones sociales nuevas cuya eclosión se decide facilitar. Nacionalización significa para ella, exactamente, transferencia a los autóctonos de los privilegios heredados de la etapa colonial.

Como la burguesía no tiene ni los medios mate­riales, ni los medios intelectuales suficientes (ingenieros, técnicos), limitará sus pretensiones al manejo de los des­pachos y las casas de comercio ocupados antes por los colonos. La burguesía nacional ocupa el lugar de la anti­gua población europea: médicos, abogados, comercian­tes, representantes, agentes generales, agentes aduanales. Estima que, por la dignidad del país y su propia seguri­dad, debe ocupar todos esos puestos. En lo sucesivo exigirá que las grandes compañías extranjeras recurran a ella, ya sea que deseen mantenerse en el país, ya sea que tengan la intención de penetrar en éste. La burguesía nacional descubre como misión histórica la de servir de in­termediario. Como se ve, no se trata de una vocación de transformar a la nación, sino prosaicamente de servir de correa de transmisión a un capitalismo reducido al camuflaje y que se cubre ahora con la máscara neocolonialista. La burguesía nacional va a complacerse, sin complejos y muy digna, con el papel de agente de negocios de la burguesía occidental. Ese papel lucrativo, esa función de pequeño gananciero, esa estrechez de visión, esa ausencia de ambi­ción simbolizan la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir su papel histórico de burguesía. El aspecto dinámi­co y de adelantado, el aspecto de inventor y descubridor de mundos que se encuentra en toda burguesía nacional está aquí lamentablemente ausente. En el seno de la burguesía nacional de los países coloniales domina el espíritu de dis­frute. Es que en el plano psicológico se identifica a la burgue­sía occidental cuyas enseñanzas ha absorbido. Sigue a la bur­guesía occidental en su lado negativo y decadente, sin haber franqueado las primeras etapas de explotación e invención que son, en todo caso, un mérito de esa burguesía occidental. En sus inicios, la burguesía nacional de los países coloniales se identifica con la burguesía occidental en sus finales. No debe creerse que quema etapas. En realidad, comienza por el fi­nal. La está en la senectud sin haber conocido ni la petulan­cia, ni la intrepidez, ni el voluntarismo de la juventud y la adolescencia.
Turismo: Aspectos decadentes
En su aspecto decadente, la burguesía nacional será considerablemente ayudada por las burguesías oc­cidentales que se presentan como turistas enamorados del exotismo, de la caza, de los casinos. La burguesía nacional organiza centros de descanso y recreo, curas de placer para la burguesía occidental. Esta actividad tomará el nombre de turismo y se asimilará circunstancialmente a una industria nacional. Si se quiere una prueba de esta eventual transfor­mación de los elementos de la burguesía ex colonial en or­ganizadores de fiestas para la burguesía occidental, vale la pena evocar lo que ha pasado en América Latina. Los casi­nos de La Habana, de México, las playas de Río, las jovencitas brasileñas o mexicanas, las mestizas de trece años, Acapulco, Copacabana, son los estigmas de esa actitud de la burguesía nacional. Como no tiene ideas, como está en­cerrada en sí misma, aislada del pueblo, mimada por su in­capacidad congénita para pensar en la totalidad de los pro­blemas en función de la totalidad de la nación, la burguesía nacional va a asumir el papel de gerente de las empresas occidentales y convertirá a su país, prácticamente, en lupa­nar de Europa.

Una vez más hay que tener ante los ojos el es­pectáculo lamentable de ciertas repúblicas de América Latina. Tras un corto vuelo, los hombres de negocios de los Estados Unidos, los grandes banqueros, los tecnócra-tas desembarcan «en el trópico» y durante ocho o diez días se entregan a la dulce depravación que les ofrecen sus «reservas».
Propietarios rurales: Explotación de los obreros agrícolas en nombre del esfuerzo nacional
El comportamiento de los propietarios rurales na­cionales se identifica con el de la burguesía de las ciuda­des. Los grandes agricultores han exigido, desde la procla­mación de la independencia, la nacionalización de las pro­piedades agrícolas. Con ayuda de múltiples combinaciones, logran apoderarse de las fincas poseídas antes por los colo­nos, reforzando así su dominio sobre la región. Pero no tratan de renovar la agricultura, de intensificarla ni de inte­grarla dentro de una economía realmente nacional.

En realidad, los propietarios agrícolas exigirán de los poderes públicos que centupliquen a su favor las facilidades y los privilegios de que se beneficiaban antes los colonos extranjeros. La explotación de los obreros agrícolas será reforzada y legitimada. Manipulando dos o tres slogans, estos nuevos colonos van a exigir de los obreros agrícolas un trabajo enorme, por supuesto en nombre del esfuerzo nacional. No habrá modernización de la agricultura, no habrá plan de desarrollo, no habrá iniciativas porque las iniciativas, que implican un míni­mo de riesgos, producen pánico en esos medios y des­orientan a la burguesía rural vacilante, prudente, que se sumerge cada vez más en los circuitos creados por el colonialismo. En esas regiones, las iniciativas se deben al gobierno. Es el gobierno quien las ordena, las alimen­ta, las financia. La burguesía agrícola se niega a correr el menor riesgo. Es contraria al azar, a la aventura. No quiere trabajar sobre la arena. Exige solidez, rapidez. Los bene­ficios que se embolsa, enormes si se tiene en cuenta el ingreso nacional, no son reinvertidos. El atesoramiento en el colchón domina la psicología de esos propietarios rurales. Algunas veces, sobre todo en los años que si­guen a la independencia, la burguesía no vacila en con­fiar a los bancos extranjeros los beneficios que obtiene en el territorio nacional. Por otra parte, importantes su­mas son utilizadas en gastos de aparato, en automóviles, en mansiones, caracterizados por los economistas como típi­cos de la burguesía subdesarrollada.

La burguesía colonizada acapara los puestos del colonizador
Hemos dicho que la burguesía colonizada que llega al poder emplea su agresividad de clase para acaparar los puestos detentados antes por los extranjeros. Inmediatamente después de la independencia tropieza, en efecto, con las secuelas humanas del colonialismo: abogados, comercian­tes, propietarios rurales, médicos, funcionarios superiores. Va a combatir implacablemente a esa gente «que insulta la dignidad nacional». Esgrime enérgicamente las ideas de na­cionalización de los cuadros, de africanización de los cua­dros. En realidad, su actitud va a teñirse cada vez más de racismo. Brutalmente, plantea al gobierno un problema pre­ciso: necesitamos esos puestos. Y no disminuirá su malhu­mor, sino cuando los haya ocupado en su totalidad.
Lucha contra los africanos no nacionales: Motines racistas
Por su parte, el proletariado de las ciudades, la masa de desempleados, los pequeños artesanos, los que suelen llamarse los pequeños oficios, se unen a esa acti­tud nacionalista, pero hay que hacerles justicia: no ha­cen sino calcar su actitud de la actitud burguesa. Si la burguesía nacional entra en competencia con los euro­peos, los artesanos y los pequeños oficios desencade­nan la lucha contra los africanos no nacionales. En la Costa de Marfil, son los motines propiamente racistas con­tra los dahomeyanos o los naturales del Volta. Los dahomeyanos y los voltianos que ocupaban importantes sectores en el pequeño negocio son objeto, inmediata­mente después de la independencia, de manifestaciones de hostilidad por parte de los indígenas de la Costa de Mar­fil. Del nacionalismo hemos pasado al ultranacionalismo, al chauvinismo, al racismo. Se exige la partida de esos extranje­ros, se queman sus tiendas, se destruyen sus puestos, se les lincha y, efectivamente, el gobierno de la Costa de Marfil los insta a partir, para complacer a los nacionales. En Senegal, son las manifestaciones antisudanesas las que harán decir a Mamadou-Dia: «En verdad el pueblo senegalés no ha adop­tado la mística de Mali sino por apego a sus dirigentes. Su adhesión a Mali no tiene otro valor que la de un nuevo acto de fe en la política de esos últimos. El territorio senegalés no estaba menos vivo, tanto más cuanto que la presencia sudanesa en Dakar se manifestaba con demasiada indiscre­ción para hacerlo olvidar. Es este hecho lo que explica que, lejos de suscitar lamentaciones, el final de la Federación haya sido acogido por las masas populares con alivio y que en ninguna parte se haya manifestado una opinión tendente a mantenerla.»

Mientras que ciertas capas del pueblo senegalés aprovechan la ocasión que les ofrecen sus propios diri­gentes para desembarazarse de los sudaneses que les molestan, sea en el sector comercial o en el de la admi­nistración, los congoleños, que asistían sin creerlo a la partida en masa de los belgas, deciden presionar a los senegaleses instalados en Leopoldville y en Elizabethville para que se vayan.
Como se ve, el mecanismo es idéntico en los dos tipos de fenómenos. Si los europeos limitan la voracidad de los intelectuales y de la burguesía de los negocios de la joven nación, para la masa popular de las ciudades la com­petencia está representada principalmente por los africanos de una nación distinta. En la Costa de Marfil son los dahomeyanos, en Ghana, los nigerianos, en Senegal, los sudaneses.

Cuando la exigencia de negrificación o arabización de los cuadros planteada por la burguesía no procede de una empresa auténtica de nacionalización, sino que corresponde simplemente al deseo de confiar a la bur­guesía el poder detentado hasta entonces por el extran­jero, las masas plantean en su nivel la misma reivindica­ción, pero restringiendo a los límites territoriales la no­ción de negro o de árabe. Entre las afirmaciones vibran­tes sobre la unidad del Continente y ese comportamien­to inspirado a las masas por los cuadros, pueden descri­birse múltiples actitudes. Asistimos a un ir y venir per­manente entre la unidad africana, que se desvanece cada vez más, y la vuelta desesperante al chauvinismo más odioso, al más arisco.

«Por el lado senegalés, los dirigentes que han sido los principales teóricos de la unificación africana y que, en más de una ocasión, han sacrificado sus organizacio­nes políticas locales y sus posiciones personales a esta idea tienen, de buena fe es verdad, innegables responsa­bilidades. Su error, nuestro error, ha sido, con pretexto de luchar con la balcanización, de no tomar en conside­ración ese hecho precolonial, que es el territorialismo. Nuestro error ha sido no haber prestado suficiente aten­ción en nuestros análisis a ese fenómeno, fruto del colo­nialismo, pero también hecho sociológico que una teo­ría sobre la unidad, por loable o simpática que sea, no puede abolir. Nos hemos dejado seducir por el espejismo de la elaboración más satisfactoria para el espíritu y, toman­do nuestro ideal como una realidad, hemos creído que bas­taba condenar el territorialismo y su producto natural, el micronacionalismo, para suprimirlos y asegurar el éxito de nuestra quimérica empresa.» Del chauvinismo senegalés al tribalismo ulufh dis­tancia no es muy grande. Y, en realidad, dondequiera que la burguesía nacional por su comportamiento mezquino y la imprecisión de sus posiciones doctrinales no ha podido lo­grar ilustrar a la totalidad del pueblo, plantear los proble­mas principalmente en función del pueblo, dondequiera que esa burguesía nacional se ha mostrado incapaz de dilatar suficientemente su visión del mundo, asistimos a un reflujo hacia las posiciones tribalistas; asistimos, airados, al triunfo exacerbado de las diferencias raciales. Como la única con­signa de la burguesía es: hay que sustituir a los extranjeros, y en todos los sectores se apresura a hacerse justicia y tomar sus lugares, los demás nacionales, menos elevados chofe­res de taxi, vendedores callejeros, limpiabotas- van a exigir igualmente que los dahomeyanos se vayan a su país o, yen­do más lejos, que los fulbésy los peules vuelvan a su selva o a sus montañas.

En esta perspectiva hay que interpretar el hecho de que, en los jóvenes países independientes, triunfe aquí y allá el federalismo. El dominio colonial ha privile­giado, como se sabe, a ciertas regiones. La economía de la colonia no está integrada a la totalidad de la nación. Siempre está dispuesta en relaciones de complemento con las diferentes metrópolis. El colonialismo no explota casi nunca la totalidad del país. Se contenta con algunos recursos naturales que extrae y exporta a las industrias metropolitanas, permitiendo así una relativa riqueza por sectores mientras el resto de la colonia continúa, si no lo ahonda, su subdesarrollo y su miseria.
Después de la independencia, los nacionales que habitan las regiones prósperas toman conciencia de su suerte y por un reflejo visceral y primario se niegan a alimentar al resto de los nacionales. Las regiones ricas en cacahuate, cacao, diamantes, se destacan frente al panora­ma vacío constituido por el resto de la nación. Los naciona­les de esas regiones observan con odio a los otros, en quie­nes descubren la envidia, el apetito, impulsos homicidas. Las viejas rivalidades anticoloniales, los viejos odios interraciales resucitan. Los balubas se niegan a alimentar a los luluas. Katanga se constituye en Estado y Albert Kalondji se hace coronar rey del sur de Kasai.

La unidad africana, fórmula vaga a la que los hom­bres y mujeres de África se habían ligado emocionalmente y cuyo valor funcional consistía en presionar terrible­mente al colonialismo, revela su verdadero rostro y se desmenuza en regionalismos dentro de una misma reali­dad nacional. La burguesía nacional, como piensa sólo en sus intereses inmediatos, como no ve más allá de sus narices, se muestra incapaz de realizar la simple unidad nacional, incapaz de edificar a la nación sobre bases só­lidas y fecundas. El frente nacional que había hecho retro­ceder al colonialismo se desintegra y consuma su derrota.

Esta lucha implacable que libran las razas y las tribus, esa preocupación agresiva por ocupar los pues­tos que han quedado libres por la marcha del extranjero van a dar origen, igualmente, a competencias religiosas. En el campo y en la selva, las pequeñas sectas, las reli­giones locales, los cultos morabíticos vuelven a cobrar vitalidad y reiniciarán el ciclo de las excomuniones. En las grandes ciudades, en el nivel de los cuadros administra­tivos, asistiremos a la confrontación entre las dos grandes religiones reveladas: islamismo y catolicismo.
El colonialismo moviliza rivalidades «espirituales»

El colonialismo, que se tambaleó frente al nacimiento de la unidad africana, recupera sus dimensiones y trata ahora de quebrantar esa voluntad utilizando todas las debilidades del movimiento. El colonialismo va a movilizar a los pueblos africanos revelándoles la existencia de rivali­dades «espirituales». En Senegal, es el periódico África Nue­va, que cada semana destilará odio hacia el Islam y los ára­bes. Los libaneses, que poseen en la costa occidental la mayoría del pequeño comercio, son señalados a la vindicta nacional. Los misioneros recuerdan oportunamente a las masas que grandes imperios negros, mucho antes de la lle­gada del colonialismo europeo, habían sido destruidos por la invasión árabe. No se vacila en afirmar que fue la ocupa­ción árabe la que preparó el camino al colonialismo euro­peo; se habla de imperialismo árabe y se denuncia al impe­rialismo cultural del Islam. Los musulmanes son apartados generalmente de los puestos de dirección. En otras regiones se produce el fenómeno inverso y los indígenas cristianiza­dos son señalados como enemigos objetivos y conscientes de la independencia nacional.
El colonialismo utiliza desvergonzadamente to­dos sus hilos, feliz de enfrentar entre sí a los africanos que ayer se habían ligado contra él. La noche de San Bartolomé resucita en ciertos espíritus y el colonialismo se burla por lo bajo cuando escucha las magníficas de­claraciones sobre la unidad africana. Dentro de una mis­ma nación, la religión divide al pueblo y enfrenta entre sí a las comunidades espirituales mantenidas y fortalecidas por el colonialismo y sus instrumentos. Fenómenos totalmente inesperados irrumpen aquí y allá. En países con predomi­nio católico o protestante, las minorías musulmanas demues­tran una devoción inusitada. Las fiestas islámicas son esti­muladas, la religión musulmana se defiende del absolutis­mo violento de la religión católica. Algunos sacerdotes afirman entonces que si esos individuos no están contentos, pueden irse a El Cairo. Algunas veces, el protestantismo nor­teamericano transporta a territorio africano sus prejuicios anticatólicos y fomenta a través de la religión las rivalidades tribales.
África, filosofía racista: Blancos y Negros
En el plano continental, esta tensión religiosa pue­de revestir la forma del racismo más vulgar. Se divide al África en una parte blanca y una parte negra. Los térmi­nos sustitutos de: África del Sur o al norte del Sahara no logran disimular ese racismo latente. Aquí se afirma que el África Blanca tiene una tradición cultural milenaria, que es mediterránea, que prolonga a Europa, que parti­cipa de la cultura grecolatina. Se concibe al África Negra como una región inerte, brutal, no civilizada... salvaje. Allá se escuchan todo el día reflexiones odiosas sobre violaciones de mujeres, sobre la poligamia, sobre el su­puesto desprecio de los árabes por el sexo femenino. Todas estas reflexiones recuerdan por su agresividad las que se han descrito tan frecuentemente como propias del colono. La burguesía nacional de cada una de esas dos grandes regiones, que ha asimilado hasta las raíces más podridas del pensamiento colonialista, sustituye a los europeos y establece en el Continente una filosofía ra­cista terriblemente perjudicial para el futuro de África. Por su pereza y su mimetismo favorece la implantación y el for­talecimiento del racismo que caracterizaba a la etapa colo­nial. No es sorprendente así, en un país que se dice africano, escuchar reflexiones racistas y comprobar la existencia de com­portamientos paternalistas que dejan la impresión amarga de que uno se encuentra en París, en Bruselas o en Londres.

En ciertas regiones de África los balidos paternalistas respecto de los negros, la idea obscena tomada de la cultura occidental de que el negro es impermeable a la lógica y a las ciencias reinan en toda su desnudez. Inclusive algunas ve­ces se tiene la ocasión de comprobar que las minorías ne­gras se encuentran confinadas en una semiesclavitud que justifica esa especie de circunspección, de desconfianza, que los países del África Negra sienten por los países del África Blanca. No es raro que un ciudadano del África Negra, al visitar una gran ciudad del África Blanca, se oiga llamar «ne­gro» por los niños o sea tratado como «negrito» por los funcio­narios.

No, desgraciadamente no es raro que los estu­diantes del África Negra inscritos en colegios estableci­dos al norte del Sahara escuchen preguntas de sus com­pañeros de colegio acerca de si hay casas en su país, si conocen la electricidad, si en su familia practican la an­tropofagia. No, desgraciadamente no es raro que en ciertas regiones al norte del Sahara, africanos procedentes de países situados al sur del Sahara se encuentren con indi­viduos que les pidan «llevarlos a cualquier parte donde haya negras». Igualmente, en algunos estados jóvenes del África Negra parlamentarios y ministros afirman se­riamente que el peligro no está en una nueva ocupación de su país por el colonialismo, sino en la eventual invasión de «los árabes vándalos del Norte».
Limitaciones de la burguesía
Como se ve, las limitaciones de la burguesía no se manifiestan únicamente en el plano económico. Des­pués de llegar al poder en nombre de un nacionalismo mezquino, en nombre de la raza, la burguesía, a pesar de herniosas declaraciones formales totalmente desprovistas de contenido, manejando con absoluta irresponsabilidad fra­ses salidas directamente de los tratados de moral o de filo­sofía política de Europa, va a dar prueba de su incapacidad para hacer triunfar un catecismo humanista mínimo. La bur­guesía, cuando es fuerte, cuando dispone el mundo en fun­ción de su poder, no vacila en afirmar ideas democráticas con pretensión universitaria. Esa burguesía, sólida econó­micamente, necesita condiciones excepcionales para no res­petar su ideología humanista. La burguesía occidental, aun­que fundamentalmente racista, consigue casi siempre dis­frazar ese racismo multiplicando los matices, lo que le per­mite conservar intacta su proclamación de la eminente dig­nidad humana.

La burguesía occidental ha levantado suficientes barreras y alambradas para no temer realmente la com­petencia de aquellos a quienes explota y desprecia. El racismo burgués occidental respecto del negro y del bicot es un racismo de desprecio; es un racismo empequeñecedor. Pero la ideología burguesa, que pro­clama una igualdad esencial entre los hombres, se las arregla para permanecer lógicamente consigo misma in­vitando a los subhombres a humanizarse por medio del tipo de humanidad occidental que ella encarna.

El racismo de la joven burguesía nacional es un racis­mo defensivo, un racismo basado en el miedo. No difiere esen­cialmente del vulgar tribalismo, es decir, de las rivalidades en­tre fofso sectas. Es comprensible que los observadores inter­nacionales perspicaces no hayan tomado en serio las grandes parrafadas sobre la unidad africana. Es que el número de grie­tas perceptibles a simple vista es tal que se presiente claramen­te que tendrán que resolverse todas esas contradicciones antes de que pueda sonar la hora de la unidad.

Los pueblos africanos se han descubierto reciente­mente y han decidido, en nombre del Continente, pesar de manera radical sobre el régimen colonial. Pero las burgue­sías nacionalistas que se apresuran, región tras región, a entablar su propia lucha y a crear un sistema nacional de explotación, multiplican los obstáculos para la realización de esa «utopía». Las burguesías nacionales, perfectamente conscientes de sus objetivos están decididas a cerrar el ca­mino a esa unidad, a ese esfuerzo coordinado de doscien­tos cincuenta millones de hombres por vencer al mismo tiem­po la ignorancia, el hambre y la inhumanidad. Por eso es necesario saber que la unidad africana no puede hacerse, sino bajo el impulso y la dirección de los pueblos, es decir, descartando los intereses de la burguesía
Dictadura burguesa: Partido único
En el plano interior y en el marco institucional, la burguesía nacional va a demostrar igualmente su inca­pacidad. En cierto número de países subdesarrollados, el juego parlamentario es fundamentalmente falseado. Económicamente impotente, sin poder crear relaciones sociales coherentes, fundadas en el principio de su dominio como clase, la burguesía escoge la solución que le parece más fácil, la del partido único. No posee todavía esa buena conciencia y esa tranquilidad que sólo el poder económico y el dominio del sistema estatal podrían conferirle. No crea un Estado que dé seguridades al ciudadano sino que lo in­quieta.
El Estado que, por su robustez y al mismo tiempo por su discreción debería dar confianza, desarmar, ador­mecer, se impone al contrario espectacularmente, se ex­hibe, maltrata, molesta, haciendo ver al ciudadano que está en peligro permanente. El partido único es la forma moder­na de la dictadura burguesa sin máscara, sin afeites, sin es­crúpulos, cínica.

Esta dictadura, es un hecho, no va muy lejos. No deja de segregar su propia contradicción. Como la bur­guesía no tiene los medios económicos para asegurar su dominio y distribuir algunas migajas a todo el país; como, además, está ocupada en llenarse los bolsillos lo más rápidamente posible, pero también lo más prosaicamente, el país se sumerge más en el marasmo. Y para esconder ese marasmo, para disfrazar esa regresión, para asegurar y darse pretextos de enorgullecerse, a la burguesía no le queda más recurso que elevar en la capital grandiosos edificios, hacer lo que se llama gastos de ostentación.
La burguesía necesita un dirigente patriota
La burguesía nacional vuelve la espalda cada vez más al interior, a las realidades del país baldío y mira hacia la antigua metrópoli, hacia los capitalistas extranje­ros que buscan sus servicios. Como no comparte sus beneficios con el pueblo y no le permite aprovechar las prebendas que le otorgan las grandes compañías extranje­ras, va a descubrir la necesidad de un dirigente popular al que corresponderá el doble papel de estabilizar al régimen y perpetuar el dominio de la burguesía. La dictadura bur­guesa de los países subdesarrollados obtiene su solidez de la existencia de un diligente. En los países desarrollados, como se sabe, la dictadura burguesa es el producto del poder econó­mico de la burguesía. En los países subdesarrollados, por el contrario, el líder representa la fuerza moral al abrigo de la cual la burguesía desguarnecida y desmedrada de la joven nación decide enriquecerse.

El pueblo que, durante años, le ha visto u oído ha­blar; que de lejos, en una especie de sueño, ha seguido las relaciones del dirigente con la potencia colonial, otorga es­pontáneamente su confianza a ese patriota. Antes de la in­dependencia, el dirigente encarnaba en general las aspira­ciones del pueblo: independencia, libertades políticas, dig­nidad nacional. Pero, después de la independencia, lejos de encamar concretamente las necesidades del pueblo, le­jos de convertirse en el promotor de la verdadera dignidad del pueblo, el dirigente va a revelar su función íntima: ser el presidente general de la sociedad de usufructuarios impa­cientes de disfrutar, que constituye la burguesía nacional.

A pesar de su frecuente honestidad y a pesar de sus sinceras declaraciones, el dirigente es objetivamente el de­fensor decidido de los intereses, ahora conjugados, de la burguesía nacional y de las antiguas compañías coloniales. Su honestidad, que era un puro estado de ánimo, se desva­nece progresivamente. El contacto con las masas es tan irreal que el diligente llega a convencerse de que se quiere aten­tar contra su autoridad y que se ponen en duda los servicios que prestó a la patria. El dirigente juzga duramente la ingra­titud de las masas y se sitúa cada día un poco más resuelta­mente en el campo de los explotadores. Se transforma en­tonces, con conocimiento de causa, en cómplice de la nueva burguesía que se mueve en la corrupción y el disfrute.
Los circuitos económicos: Estructura neocolonialista
Los circuitos económicos del joven Estado se hun­den irreversiblemente en la estructura neocolonialista. La economía nacional, antes protegida, es ahora literal­mente dirigida. El presupuesto se alimenta de préstamos y donaciones. Cada trimestre, los mismos jefes de Estado o las delegaciones gubernamentales se dirigen a las anti­guas metrópolis o a otros países, a caza de capitales.

La antigua potencia colonial multiplica las exi­gencias, acumula concesiones y garantías, tomando cada vez menos precauciones para disfrazar la sujeción en que mantiene al poder nacional. El pueblo se estanca lamentablemente en una miseria insoportable y poco a poco pierde conciencia de la traición incalificable de sus dirigentes. Esa conciencia es tanto más aguda cuanto que la burguesía es incapaz de constituirse en clase. La distri­bución de las riquezas que organiza no se distingue en sectores múltiples, no es escalonada, no se jerarquiza por semitonos. La nueva casta es tanto más insultante y repulsiva cuanto que la inmensa mayoría, las nueve dé­cimas partes de la población siguen muriéndose de ham­bre. El enriquecimiento escandaloso, rápido, implacable de esa casta va acompañado de un despertar decisivo del pueblo, de una toma de conciencia prometedora de violencias futuras. La casta burguesa, esa parte de la na­ción que suma a sus ganancias la totalidad de las rique­zas del país, por una especie de lógica, por lo demás ines­perada, va a formular sobre los demás negros o los demás árabes juicios peyorativos que recuerdan en más de un con­cepto la doctrina racista de los antiguos representantes de la potencia colonial. Es a la vez la miseria del pueblo, el enriquecimiento desordenado de la casta burguesa, su des­precio por el resto de la nación lo que va a endurecer las ideas y las actitudes.
El dirigente patriota apacigua al pueblo

Pero las amenazas que estallan van a provocar el fortalecimiento de la autoridad y la aparición de la dictadura. El dirigente, que tiene tras de sí una vida de militante y de patriota dedicado, al avalar la actividad de esa casta y cerrar los ojos ante su insolencia, ante la mediocridad y la inmoralidad arraigadas de esos burgueses, actúa de panta­lla entre el pueblo y la burguesía rapaz. Contribuye a frenar la toma de conciencia del pueblo. Ayuda a la casta, oculta al pueblo sus maniobras y se convierte así en el artesano más celoso de la obra de mixtificación y embotamiento de las masas. Cada vez que habla al pueblo recuerda su vida, que ha sido con frecuencia heroica, los combates que ha librado en nombre del pueblo, las victorias que ha obtenido en su nombre, haciendo saber así a las masas que deben seguir teniéndole confianza. Abundan los ejemplos de patriotas africanos que indujeron en la lucha política precavida de sus mayores un estilo decisivo de carácter nacionalista. Esos hombres vinieron de la selva. Decían, con gran escándalo del dominador y gran vergüenza de los nacionales de la capital, que venían de esa selva y que hablaban en nombre de los negros. Esos hombres, que cantaron a la raza, que asumieron todo el pasado, la degeneración y la antropofa­gia, se encuentran ahora a la cabeza de un equipo que da la espalda a la selva y proclama que la vocación de su pueblo es seguir, seguir todavía y eternamente a otros.

El dirigente apacigua al pueblo. Años después de la independencia, incapaz de invitar al pueblo a una obra con­creta, incapaz de abrir realmente el futuro al pueblo, de lan­zar al pueblo por el camino de la construcción de la nación, de su propia construcción en consecuencia, vemos cómo el líder resucita la historia de la independencia, recuerda la unión sagrada de la lucha de liberación. El dirigente, como se niega a quebrantar a la burguesía nacional, solicita del pueblo que refluya hacia el pasado y se embriague con la epopeya que ha conducido a la independencia. El dirigente objetivamente- detiene al pueblo y se dedica a expulsarlo de la historia o a impedir que penetre en ella. Durante la lucha de liberación, el líder despertaba al pueblo y le pro­metía una marcha heroica y radical. Ahora, multiplica los esfuerzos por adormecerlo y tres o cuatro veces al año le pide que se acuerde de la época colonial y aprecie el inmen­so camino recorrido.
Continuará…
Abril de 2012.

Tomado de: Textos anticoloniales
Ediciones La Marea
ISBN: 84-93021-3-7 (Para la portada)
Deposito Legal. TF.2044/98
Islas Canarias 1998.

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