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jueves, 30 de julio de 2015

¿Qué sucedió en el año 536?


 
 
Francisco García-Talavera Casañas *
 
 


 
Todos sabemos que a lo largo de la historia geológica de nuestro planeta hubo extinciones masivas de seres vivos (animales y vegetales) provocadas por fenómenos naturales de gran intensidad, como puede ser el impacto de un asteroide. Debemos saber, también, que el ser humano, desde que existe como tal, se ha visto afectado por estos acontecimientos catastróficos, y que el éxodo masivo de los pueblos, las grandes migraciones de la humanidad, casi siempre responden a estas causas excepcionales, unas veces de origen natural (cambios climáticos, violentas erupciones volcánicas, tsunamis...) y otras causadas por el hombre, que provocan la dinámica de poblaciones en busca de refugio (guerras, invasiones, imperialismos...).
 
Sin embargo, apenas conocemos lo que sucedió en torno al año 536 de nuestra era. Por aquellas fechas ocurrió un brusco episodio de enfriamiento global, cuyas causas aún están por dilucidar, aunque son dos las hipótesis que prevalecen: una gran erupción volcánica en los trópicos o el impacto de un enorme meteorito. Lo que sí está claro es que sus efectos, fundamentalmente meteorológicos, alteraron durante años el clima de la Tierra, provocando fuertes sequías, hambrunas, epidemias, muerte... Y así, el historiador Procopio de Cesarea, en su informe sobre la guerra contra los vándalos, en el año 536 decía: "Durante este año tuvo lugar el signo más terrible, porque el sol daba su luz sin brillo, como la luna, durante este año entero, y se parecía completamente al sol eclipsado, porque sus rayos no eran claros, tal como acostumbra. Y desde el momento en que eso sucedió, los hombres no estuvieron libres ni de la guerra, ni de la peste, ni de ninguna cosa que no llevara a la muerte. Y sucedió en el momento en el que Justiniano estaba en el décimo año de su reinado".
 
Mucho se ha especulado, no sin base científica, sobre estos acontecimientos. Es el caso del escritor David Keys, quien en su libro "Catástrofe: en busca de los orígenes del mundo moderno" (1999), afirma que ese cambio climático del año 536 fue causado por el célebre volcán Krakatoa, en Indonesia, basándose en las investigaciones del vulcanólogo Ken Wohletz. Por su parte, Robert Dull, John Southon y otros (2010) sugieren que el causante de esa brusca alteración meteorológica fue el volcán Ilopango, en El Salvador, que dio origen a una inmensa caldera, hoy ocupada por un lago, tras una violenta erupción explosiva que emitió más de 84 kilómetros cúbicos de piroclastos, y cuyos restos han sido investigados en sedimentos marinos del Pacífico centroamericano por el equipo de Steffen Kutterolf.
También se ha conjeturado sobre la posibilidad de que ese repentino cambio climático fuese debido a la enorme cantidad de polvo proyectado a la atmósfera, tras el fuerte impacto de un gran meteorito.[1] En cualquier caso, en las últimas décadas diversos autores nos hablan de las probables consecuencias históricas asociadas a este insólito acontecimiento, como son las llamadas "invasiones bárbaras", el fin del imperio persa, la aparición de la peste de Justiniano, la expansión del islamismo o la caída de la ciudad de Teotihuacan (México).
 A la vista de esto, lo que sí queda claro, aparte de especulaciones, es la estrecha relación y la fuerte dependencia entre el ser humano y las anomalías climáticas, sobre todo si se prolongan en el tiempo- a veces originadas por causas extraterrestres. Basta con observar los efectos del último periodo glaciar, cuando hace tan solo (geológicamente hablando) 18.000 años buena parte del Norte de Europa (incluidas las islas Británicas) y de Norteamérica estaba sepultada por un casquete de hielo de 2 kilómetros de espesor, al tiempo que el nivel del mar se encontraba 120 metros por debajo del actual. Con lo cual, no es difícil imaginar el durísimo panorama que tenían ante sí los humanos de la época, que en Europa, siguiendo el patrón comentado, ya habían dado "buena cuenta" de los neanderthales.
 Y por esas mismas fechas, aquí enfrente, en el continente africano, las condiciones no estaban siendo menos duras, pues el desierto del Sahara era bastante más árido y extenso que en la actualidad. Y en el caso de nuestras Islas, nos encontramos con que al estar el nivel del mar bastante más bajo, Fuerteventura, Lanzarote y el archipiélago Chinijo formaban una gran isla (a la que bautizamos como Mahan)[2], tentadora "terra incognita" que podía ser contemplada por los primitivos habitantes de la vecina costa de Tarfaya a simple vista, pues la distancia que las separaba era solamente de 60 kilómetros (hoy son 95).
 


Reflexión final: debemos aprender las lecciones que nos van dando la Historia y la Ciencia, ya que, como hemos visto, en este pequeño mundo la Naturaleza es la que manda.

Los Hernández Canarios



«» Francisco García-Talav era Casañas
En la actualidad, 150.000 canarios (un 10 por ciento de la población autóctona) son portadores del apellido Hernández, de los cuales 90.949 nacieron en la provincia de Santa Cruz de Tenerife y 59.250 en la de Las Palmas. Pero lo más importante es que este apellido es mucho más abundante en Canarias que en cualquier otra región del Estado español. Por ejemplo: en Madrid -con una población que triplica (6.500.000) a la de Canarias (2.120.000) y cuyos habitantes, en gran parte proceden de otras provincias españolas (lo que nos permite extrapolar ese censo como promedio español)-, "sólo" hay 74.907 personas apellidadas Hernández, la mitad que en Canarias (datos del INE, 2013).

Veamos por qué sucede esto. En repetidas ocasiones hemos comentado y demostrado que la población guanche, tras la conquista del Archipiélago, quedó en mayoría con respecto a los colonizadores que se asentaron en las Islas tras su sometimiento. También hemos hecho referencia a los múltiples documentos (datas, protocolos notariales, tazmías, actas sacramentales, etc.) donde aparecen centenares de guanches con nombres y apellidos castellanos y portugueses (muchos de ellos Hernández y Hernandes) que ya habían sido bautizados y estaban integrados en la nueva sociedad. De esta manera observamos que, desde el principio, en las propias familias reales guanches ya empieza a proliferar el apellido Hernández. Y así, leyendo a Nicolás Díaz Dorta (1913), en su "Árbol genealógico de la Familia Real indígena de Tenerife", nos encontramos con que, entre otros, Adjoña, el mencey de Abona, fue bautizado como Gaspar Hernández; la princesa Guacimara, hija del Mencey Beneharo de Anaga, recibió el nombre de Ana Hernández; Acaimo, mencey de Tacoronte, se casó con su prima María Hernández, viuda de Diego de Güímar. A su vez, Juan González Benza, hijo o primo del mencey de Adeje, se casó con María Juana Hernández; Hernando de Ibaute, que se supone hijo del mencey de Daute, se casó con Ana Hernández; Asano Imobach (o Pedro Afonso Ibaute) se casó con Chachiñama o Felipa Hernández, infanta de Taoro; Duriman, bautizado como Cristóbal Hernández de Taoro, posible último príncipe heredero de la casa real de Taoro, se casó con Añagua, luego llamada Ana Hernández Tacoronte.
Por su parte, en la nobleza de Gran Canaria vemos que la hija de Guanarteme, la princesa Masequera, fue bautizada como Catalina Hernández Guanarteme. Además, es sabido que parte de la familia real de Gáldar fue trasladada (a consecuencia de la política de desarraigo practicada por la corona de Castilla) a Tenerife y se emparentó con la nobleza guanche. Y así tenemos a Fernando Guanarteme, príncipe de la casa real de Gáldar, casado con Inés Hernández Tacoronte. A su vez, la infanta Collorampa de Taoro, bautizada como María Ana Hernández, se casó con Juan Doramas, conquistador grancanario (probablemente, de él proceden los Oramas tinerfeños). Y entre los más de 150 canarios (guanches de Gran Canaria) -muchos de ellos conquistadores, que fueron datados en Tenerife por el Adelantado Alonso Fernández (o Hernández) de Lugo, especialmente en el Valle de Taoro (fundadores del Realejo)- encontramos a Rodrigo Hernández Guanarteme ("El Cojo"), Luis Hernández y Juan Hernández. (Basado en Gabriel Betancor Quintana, 2002).
Y si ahora prestamos atención a la tazmía (censo poblacional para calcular las reservas de grano en épocas de escasez) de Tenerife (1559), en La Laguna (Aguere), de un total de 1.095 vecinos, 94 se apellidaban Hernández (casi el 10 por ciento, una cifra que coincide con la proporción actual). Asimismo, es sabido que el núcleo fundacional de la capital de la isla se formó en el entorno de la iglesia de La Concepción, antes de trasladar la administración a la Villa de Abajo (plaza del Adelantado), y que muchos de sus vecinos eran guanches.
Y en La Orotava, segunda ciudad en importancia de la isla en aquella fecha, tenemos que de 313 vecinos, 38 tenían el apellido Hernández (el 12 por ciento) y que, curiosamente, 26 de ellos figuraban escritos como Hernándes, debido a la gran influencia portuguesa en toda esa zona de Tenerife (La Orotava, Icod, Garachico, Buenavista, Los Silos...). (Datos de la tazmía de 1559 basados en M. A. Gómez Gómez, R.J. González Zalacaín y J.M. Bello León, 2008).
Pues bien, el análisis final que podemos hacer a la vista de estos datos es que la estadística resulta muy útil cuando se trata de indagar y leer "entre líneas" en la "nebulosa" de la tergiversada Historia que nos han contado. En este sentido, también la genealogía, influenciada por el aislamiento y la endogamia genética (5.265 canarios se apellidan Hernández Hernández, frente a los 750 de Madrid), ha propiciado el que ahora, 518 años después de la conquista, podamos ir conociendo hechos reveladores que nos acercan, cada vez más, a nuestros heroicos antepasados. En definitiva, Hernández, un patronímico que se nos antojaba muy común, ahora se convierte, conocida su diferenciada génesis insular, en un interesante apellido del que gran parte de las decenas de miles de sus portadores canarios (en las Islas y en América) pueden y deben sentirse orgullosos de poseer una más que probable estirpe guanche.









Homos sapiens: nosotros y los otros

  

 
 
Francisco García-Talavera Casañas
 
Desde que salió de África, hace unos dos millones de años, el grupo humano conocido como Homo ergaster/erectus, la humanidad ha tenido que pasar por muchos avatares. Tuvo que soportar durísimos cambios climáticos (glaciaciones), prolongadas migraciones, costosas adaptaciones a los nuevos ecosistemas que iba colonizando, luchas con los depredadores, violentas erupciones volcánicas, terremotos..., pero sobrevivió y consiguió dispersarse y poblar dos nuevos continentes (Europa y Asia), mucho antes de dar el salto a los dos restantes (Australia hace unos 60.000 años y América hace unos 20.000).
Su presencia en regiones y climas tan diferentes, la dispersión y el aislamiento dieron paso a las mutaciones genéticas y a la consiguiente evolución. Y así comienza a "ramificarse" el "árbol filogenético" humano y, en consecuencia, a complicarse su estudio para quienes, dos millones de años después, tratamos de indagar en ese proceso.
Los desconcertantes hallazgos, en los últimos años, de restos de homínidos en Dmanisi (Georgia), Flores (Indonesia) y Denisova (Siberia) vienen a enredar aún más el asunto, especialmente para los que siguen pensando, amparados en la genética molecular (ADN mitocondrial), que todos los humanos actuales descendemos de aquellos Homo sapiens que salieron de África hace 60.000 años. Por el contrario, los multiregionalistas, entre los que me encuentro, creemos que en la evolución humana se llegó a la especie sapiens a través de encuentros y desencuentros -con el correspondiente flujo genético- en distintas regiones de África y Eurasia, entre aquellos grupos humanos descendientes del ergaster/erectus.
Y así se ha llegado a la controversia actual, que se complica con la creación de excesivas especies nuevas de humanos, cuando en realidad probablemente solo se trataba de meras subespecies o razas. El más claro ejemplo lo tenemos en los neandertales que, con el avance de las investigaciones, han pasado de ser inicialmente representados como rudos antropomorfos simiescos -de los que incluso se dudaba si podían hablar- hasta humanos como nosotros, con todas las características bioantropológicas, culturales e intelectuales (tenían incluso más capacidad craneal) para ser considerados como tales. A los detractores de esta idea -los que siguen considerando a los neandertales como una especie aparte, que no tiene nada que ver con el "hombre moderno"-, tras los resultados obtenidos por S. Pääbo y otros (Instituto Max Planck de Leipzig), en la secuenciación del ADN mitocondrial de sus restos óseos, no les ha quedado mas remedio que admitir que hubo intercambio genético (se encontró hasta un 4 por ciento de genoma neandertal en la humanidad actual y, más recientemente, B. Vernot y J.M. Akey de la Universidad de Seattle, Washington, ya están hablando de un 20 por ciento).
Los neandertales, probablemente descendientes del Homo erectus/ergaster, vía H. antecessor y H. heildelbergensis, evolucionaron en Europa, Oriente Próximo y, probablemente, en el Norte de África desde hace más de 200.000 años, adaptándose en su anatomía a los rigores de las últimas glaciaciones cuaternarias, lo que quizás les restó ventajas frente a la irrupción en Europa, hace unos 45.000 años, del invasor "hombre moderno", también conocido como cromagnon. En los milenios en que convivieron estos dos tipos humanos hubo suficiente intercambio genético y cultural, como ya se ha verificado, para poner en duda de que se trataba de especies diferentes. La prueba la tenemos en la propia definición de especie: dos individuos (masculino y femenino) de especies distintas no son interfecundos y, por lo tanto, no pueden tener descendencia, pero si sucediera (híbridos), éstos no serían fértiles, como es el caso de los mulos y las mulas (cruce de caballo y burro).
Los conceptos taxonómicos de especie, subespecie y raza, cuyas fronteras aún no están del todo claras, pueden llevar a conclusiones erróneas. Y así, un dálmata, un chihuaua, un gran danés y un pastor alemán, con diferencias anatómicas tan palpables, son simples razas de una sola especie de perro (canis familiaris) y, por lo tanto, pueden tener descendencia sin ningún problema, salvo el anatómico, claro (lo que sufriría un pobre chihuahua con una gran danés).
Y en el caso humano, también se puede hablar de razas o tipos humanos (dejando a un lado cualquier connotación racista), aunque debemos tener en cuenta los constantes cruces genéticos ocurridos desde la aparición del género Homo hasta el hombre actual, acelerados en los últimos tiempos con la gran movilidad entre poblaciones, que se ha visto favorecida por los avances tecnológicos (barcos, aviones, trenes, etc.). Por lo tanto, no podemos hablar de razas puras. Pero aun así, podríamos distinguir, si los colocásemos juntos, a individuos pertenecientes a grupos humanos que han permanecido más o menos aislados en sus regiones durante mucho tiempo, como pueden ser un pigmeo centroafricano, un esquimal, un aborigen australiano, un bosquimano o un indio amazónico, con diferencias físicas muy evidentes, pero todos pertenecientes al género Homo y a la especie sapiens. Lo que me resulta chocante es cuando oigo hablar de "la raza humana", eufemismo absurdo que quizás se emplee como respuesta a intolerantes posturas racistas.
En definitiva, el que me atreva a hacer estos comentarios y a escribir este artículo (tenía muchas ganas de hacerlo) sobre un tema tan controvertido y que para muchos es tabú (parece increíble que a estas alturas en algunos Estados de USA, confundiendo ciencia y religión, esté vetada la enseñanza de la evolución biológica), es porque llevo muchos años dándole vueltas al asunto y deseo compartir -aun con el riesgo de estar equivocado- las ideas y conocimientos acumulados durante décadas. Para mí fue un privilegio tener como profesor de paleontología humana al eminente antropólogo Emiliano Aguirre, el "padre" de Atapuerca (años 60, Universidad Complutense de Madrid). En este sentido, y ya aquí, en Tenerife, muchos años más tarde (2002) compartí conferencia y coloquio sobre la Evolución del Hombre, con el célebre codirector de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, en unas jornadas celebradas en el Castillo de San Felipe (Puerto de la Cruz), en las que disertaba sobre las relaciones genéticas entre las poblaciones canaria y norteafricana, al tiempo que constataba el origen líbico-bereber de los guanches y la pervivencia de sus genes en la población actual (entre el 40 y 70 por ciento del ADN mitocondrial).
Y a modo de conclusión final: Como se ha dicho, en "nosotros" vive una buena parte del genoma de "los otros" y, con toda probabilidad, veremos cómo en los próximos años los avances de la paleontología y la genética molecular irán "podando" y recomponiendo nuestro árbol genealógico.


Matanza en Güigüi

Francisco García-Talavera Casañas
Indignado por la noticia que acabo de ver y escuchar en la televisión canaria, quiero expresar mi más rotundo rechazo a la "burrada" ecológica y etnográfica que el Cabildo pretende hacer en la Reserva Natural Especial de Güigüí, en Gran Canaria.
Se trata de una de tantas "boutades" a que nos tiene acostumbrados la institución grancanaria en los últimos tiempos, aunque en este caso parece que, para más INRI, han conseguido que esté amparado en un Proyecto Life de la Unión Europea. Ahora quieren eliminar, de manera drástica y cruel, los centenares de cabras que pastan en aquellos agrestes parajes, porque van a hacer una repoblación de sabinas y cedros, entre otras especies vegetales, y la presencia de las cabras sería perjudicial para la misma.


Ellos dicen que son de "raza guanila", cuando en realidad no existe ninguna raza con esta denominación, pues el término guanil es una palabra guanche que podría traducirse como "la que es libre". El ganado guanil es el que nuestros pastores, desde época inmemorial, dejaban en libertad en las dehesas comunales hasta que llegaba la fecha de las "apañadas". No es un ganado salvaje sino, podríamos decir, semisalvaje, y controlado, pues cada pastor conoce a sus cabras -y a los nuevos baifos que acompañan a las madres- por las marcas particulares que les hacen en las orejas. Aunque es posible que las de Güigüí se hayan asilvestrado por culpa de la forzada desaparición del pastoreo en Canarias, en aras del "progreso".


Si en la Consejería de Medio Ambiente de la hermana isla redonda tuvieran un mínimo de sensibilidad y conocimiento del riquísimo patrimonio natural y cultural canario, se darían cuenta de que las cabras guanilas son un recurso en lugar de un problema, y deberían tomar ejemplo del Cabildo de Fuerteventura, que fomenta las apañadas como una de las expresiones más genuinas de la etnografía insular. Hace años tuve ocasión de asistir a una de ellas en Cofete (Jandía) y quedé impresionado al ver bajar a los sudorosos pastores por aquellas empinadas laderas dando saltos con sus lanzas, acompañados de sonoros silbos y ajijides, reuniendo las cabras hasta conducirlas a un recinto cerrado (gambuesa), donde se separaban los baifos. Espectáculo inolvidable, rebosante de auténtica canariedad, el vivido por muchísimas personas autóctonas y foráneas allí congregadas, que celebraban con júbilo el popular acontecimiento.
Pero, señores míos, cómo se puede mandar matar a tiros a unos animales que durante tantos siglos fueron el sustento principal de nuestros antepasados, que ya están integrados en el ecosistema insular, pues llevan miles de años allí, y, sin embargo, la mayoría de las plantas endémicas han sobrevivido. No es el caso de los muflones foráneos introducidos en las Cañadas del Teide o los arruis en la Caldera de La Palma, que han dañado sensiblemente a la vegetación autóctona de estos sendos Parques Nacionales.
Y es que el Cabildo grancanario tampoco se da cuenta de que las cabras son, además, uno de los elementos principales para la prevención de incendios forestales, al mantener a raya la hierba que, al no ser comida y secarse, será el "combustible" (como lo llama mi admirado y sabio amigo Wladimiro Rodríguez Brito) que prenda con facilidad en el estío de nuestros montes.

Sepan, también, que mucho mas daño está haciendo a la vegetación autóctona del oeste grancanario, el "rabo de gato" (Pennisetum setaceum), introducido en la isla hace años y que ya es prácticamente imposible de erradicar. En definitiva, corrijan, que aún están a tiempo, este disparate y de paso ejerzan un control fitosanitario mas riguroso en los puertos y empresas importadoras de plantas y animales vivos, en lugar de organizar despiadadas matanzas de nuestras ancestrales cabras guanilas. Estaremos atentos para ver quienes son los cazadores que van a participar y si alguno viene de fuera, o es "amiguete" de alguien.

APELLIDOS CANARIO-PORTUGUESES



Francisco García-Talavera Casañas

    La industria azucarera se constituyó en el principal motor económico de Canarias después de la injusta y cruenta conquista del Archipiélago. Con tal motivo, los ingenios productores del “oro blanco” proliferaron en las islas, fundamentalmente en las de realengo (Gran Canaria, Tenerife y La Palma) y trajeron consigo un numeroso contingente de especialistas (maestros y oficiales azucareros, cañavereros, almocrebes, desburgadores, etc.). De ellos, una buena parte procedían de Madeira, donde se cultivaba la caña de azúcar y se exportaba a Europa desde hacía décadas. Curiosamente, entre esos inmigrantes vinieron algunos guanches retornados, con nombres y apellidos portugueses, que habían sido llevados allí como esclavos– y que volvieron a integrarse en su país de origen, mezclándose de nuevo con su pueblo, en una sociedad que ya había cambiado. También del continente vinieron judíos portugueses, huyendo de la persecución a que fueron sometidos.
    En realidad, gran parte –quizás la mayoría– de los colonos (agricultores, artesanos, especialistas azucareros…) que emigraron a Canarias en las primeras décadas post-conquista, fueron portugueses. De ahí el centenar y medio de apellidos lusos enraizados en nuestro archipiélago, los numerosos topónimos localizados a lo largo y ancho de la geografía insular y el sinfín de palabras portuguesas que aún perviven en el habla común de los canarios.
    Para elaborar el listado de apellidos que relacionamos a continuación, acudimos a dos fuentes principales: El programa del Instituto Nacional de Estadística español (INE), Distribución territorial de apellidos (Padrón del 1-1-’08); y el libro de Manuel de Sousa (2002): “As origens dos Apelidos das Familias Portuguesas”, editado en Portugal. De igual manera fueron consultados los trabajos publicados sobre esta temática (genealogía, onomástica, antroponimia, etc.) de autores como Nicolás Díaz Dorta, Carlos Platero y Melchor Zárate, entre otros. Asimismo, investigamos las referencias de publicaciones y documentos históricos de Gabriel Betancor, Eduardo Aznar, Manuela Marrero, Roberto González Zalacaín, Leopoldo de la Rosa, José Pérez Vidal, Manuel Betancort, Alejandro Cioranescu y un largo etcétera.
    La relación (por orden alfabético) de los 100 apellidos de origen portugués, o galaicoportugueses más comunes, enraizados en la población canaria, y castellanizados muchos de ellos, es la siguiente: Abrante, Abreu, Acevedo, Acosta, Acuña, Afonso, Aguiar, Amaral, Arbelo (también Albelo y Arvelo), Araña, Arrocha y Arocha, Avero, Bacallado, Báez, Barreto, Bello, Borges, Brito, Camacho, Carballo, Castañeda, Castro, Cejas, Chávez (Chaves), Coello, Concepción, Correa, Corujo, Curbelo, Dávila, Delgado, Déniz, Dévora (Évora), Dorta, Estévez, Fagundo, Fajardo, Falcón, Falero, Fariña, Farías, Farrais, Felipe, Feo, Ferrera, Figueroa, Fleitas, Fontes, Fraga, Fragoso, Fumero, Galván, Govea, Goya (de Goia), Guedes, Henrriquez, Jorge, Leal, Lemes, Lemus, Lima, Luis, Machado, Marante, Marrero, Mascareño, Matos, Mederos, Melo, Méndez, Mendoza, Meneses, Mesa, Mora, Morera, Núñez, Oliva, Olivera, Pacheco, Padrón, Pais, Perdigón, Perera, Perestelo, Pestano y Pestana, Pinto, Portugués, Ramallo, Ramos, Rancel, Ravelo, Rivero, Silva, Silvera, Sosa, Tabares, Tavío, Tejera, Viera y Yanes. A todos esos habría que añadir los Alvares, Cabreira, Dias, Domingues, Fernandes, Gomes, Gonçalves, Hernandes, Lopes, Martins, Peres o Pires, Rodrigues, Soares… que fueron sencillamente castellanizados al cambiarles la s final por la zeta castellana. Además, apellidos como Dorta (De Horta) y Yanes (Eanes), aunque de claro origen portugués, son genuinamente canarios.
    Conviene aclarar que varios de esos apellidos tienen su origen remoto en la España medieval (Galicia y Asturias fundamentalmente), e incluso en Italia, pero luego alguna de sus ramas pasó a Portugal y de esta manera, cuando llegaron a Canarias sus portadores ya eran portugueses, pues como tales figuran en los documentos consultados (Datas, Protocolos notariales, Registros sacramentales, etc). También debemos decir que, sin duda, una gran parte de los numerosos guanches que sobrevivieron a la conquista fueron bautizados con esos mismos apellidos portugueses y castellanos que, a su vez, transmitieron a la población actual. Todos ellos son más abundantes en Canarias que en el resto del Estado español.
    Como datos estadísticos destacables, cabe señalar que 550.000 canarios autóctonos –o sea, uno de cada tres– son portadores de alguno de estos 100 apellidos portugueses. Los más abundantes son: Ramos (35.700), Marrero (28.500), Delgado (28.000), Acosta (20.000), Rivero (18.500), Méndez (18.000), Sosa (17.750), Afonso (17.000), Luis (16.500) y Padrón (15.250), que suman un total de 215.000.
    Otro dato sorprendente es que tan sólo los portadores de los tres apellidos más frecuentes en la población canaria autóctona actual (un millón y medio de personas): Rodríguez (183.000), González (177.000) y Hernández (160.000), suman 520.000, que también representan a más de la tercera parte de la población canaria nacida en las islas. Por lo tanto, la estadística nos está indicando que al menos la mitad de los apellidos de los canarios proceden de Portugal. Igualmente nos sorprendemos al observar que hoy en día hay más personas apellidadas Hernández en la provincia de Santa Cruz de Tenerife (98.500) que en Madrid (98.000) y, por supuesto, que en el resto de provincias del Estado español, y si a esto le añadimos que es precisamente este apellido el que aparece con más frecuencia –junto con González y Rodríguez– en los documentos donde figuran guanches bautizados, nos da mucho que pensar. Y es que estamos en lo de siempre. A poco que escarbes en la nebulosa de nuestra Historia, te encuentras con la manipulación, la tergiversación interesada y el ocultamiento de la verdad. En fin, para nuestra fortuna los tiempos están cambiando –y no sólo los metereológicos– pues estamos viviendo en una época en la que la libertad de expresión y los avances de la ciencia, la tecnología y, sobre todo, de la comunicación y la información, van a permitir que veamos la luz al final del túnel.

Atentado en El Hierro


Francisco García-Talavera Casañas *
No es mi intención intranquilizar a los lectores con unos titulares que, en estos tiempos convulsos, nos lleven a pensar inmediatamente en un acto terrorista. Pero sí es una manera de llamar la atención sobre unos lamentables hechos que, desgraciadamente, se vienen repitiendo con cierta frecuencia en los últimos años. La descoordinación entre administraciones y la dejadez e inoperancia de las mismas está permitiendo la pérdida irreparable o la degradación paulatina de nuestro rico patrimonio cultural y natural. Parece mentira que sean colectivos y asociaciones a los que les duelen estos atentados, como en este caso Ossinissa, los que den la voz de alarma ante esta nueva forma de terrorismo cultural, promovido o permitido, para más inri, por las propias instituciones.
Esta vez le ha tocado a la Caleta de El Hierro. Allí se encuentra la estación de grabados rupestres líbico-bereberes más importante de Canarias y, en su género, una de las más representativas de todo el noroeste africano, la cual, sobre el papel, está declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Canarias. Las competencias sobre la salvaguarda de este valioso patrimonio recaen sobre la Consejería de Cultura del Cabildo correspondiente. Señora consejera, hay que actuar con previsión y no esperar a que el daño esté hecho y a que los ciudadanos y asociaciones privadas pongan el grito en el cielo, con toda la razón del mundo.
Por un lado, la Administración del Estado, en este caso Costas y Medio Ambiente, pasa olímpicamente y, con total menosprecio -como en tantas ocasiones- de la legislación autonómica que tiene competencias en la materia, acometiendo obras sin previos informes de conservación de patrimonio y de impacto ambiental. Y, por el otro, la Consejería de Cultura del Cabildo de El Hierro, garante de la integridad de su valioso patrimonio, se dedica ahora a echar balones fuera, cuando entre sus misiones está la de la inspección y prevención. No me diga usted que en una isla como El Hierro, donde todo el mundo sabe cuándo estornuda el vecino, no tenía conocimiento de que se estaban haciendo esas obras, para paralizarlas inmediatamente.
Tampoco nos sorprendemos demasiado, pues esto viene de atrás. Hace años, y estando precisamente al frente de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Canarias un señor de El Hierro, ya se le dieron las primeras "mordidas" al valioso yacimiento de la Caleta, con unas obras "de acondicionamiento y mejora" como las que ahora se están realizando. En aquella ocasión se perdieron para siempre unos grabados alfabetiformes, del mismo tipo, que estaban sobre una gran roca suelta, separada de la estación principal.
Pero ahí no queda la cosa. Señora consejera, entérese de una vez: junto a los grabados rupestres hay también un yacimiento paleontológico, una playa fósil del Cuaternario con futuro tratamiento de BIC (catalogo-inventario de los yacimientos fósiles de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, Instituto de Estudios Canarios, 1989) que también se ha visto afectado por la dichosa escalerita.
Por todo ello, señora consejera de Cultura, señor presidente del Cabildo de El Hierro, aunque el mal ya está hecho, pónganse las pilas y, con el asesoramiento técnico correspondiente, aprovechen la ocasión y los fondos europeos de estas desafortunadas obras para dejar delimitados y protegidos, de una vez por todas, los yacimientos afectados. Una pequeña valla acorde a la estética del entorno y, sobre todo, un panel informativo (con un tratamiento especial contra la maresía) resaltando las peculiaridades patrimoniales de tan importantes yacimientos son suficientes. Su puesta en valor supondría, además, un importante atractivo añadido en la promoción turística de la isla y sería el propio pueblo el encargado de su vigilancia y salvaguarda. Hechos tan lamentables como éste, que ponen en entredicho la cultura y diligencia de las autoridades ¿competentes? no deberían producirse nunca más. Suya es la responsabilidad.
* Director del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife
Publicado en periódico El Día, 17-08-2006


miércoles, 29 de julio de 2015

"LOS CANARIOS SIEMPRE FUIMOS MAS ALTOS"




Francisco García-Talavera Casañas

A muchos le sorprenderá este título, pero no es de extrañar dado el desconocimiento generalizado que sobre nuestro propio pueblo se arrastra secularmente. Hemos observado, además, que en los últimos tiempos, y casi sistemáticamente, ha existido cierta tendencia -deliberada o no- a minusvalorar todo lo referente a nuestros aborígenes y la estatura no es una excepción.
Tratando de probar ésto abordamos, dentro de los estudios antropológicos del Proyecto Cronos, el tema de la estatura de los guanches. Para ello se midieron más de 500 huesos largos correspondientes a una veintena de necrópolis repartidas a lo largo, ancho y alto de la geografía de Tenerife, aplicándose las más modernas técnicas antropométricas y tablas comparativas de osteometría.
Los resultados se dieron a conocer en el Ier Congreso Internacional de estudios sobre momias organizado por el Museo Arqueológico del Cabildo de Tenerife, celebrado en Febrero de 1992. No obstante, podemos adelantar que la estatura media de nuestros antepasados era de 170.6 cm para los hombres y 156.7 para las mujeres, cifra bastante más alta que la aceptada hasta ahora y que sitúa a los guanches entre los pueblos de estatura elevada.
EPOCA PREEUROPEA
Decían los cronistas normandos Bontier y Le Verrier, que acompañaron a Jean de Bethencourt en la conquista de Lanzarote y Fuerteventura, acerca de los aborígenes canarios en general: "recórrase todo el mundo y no se hallará en parte alguna gente mejor formada y más hermosa". Y refiriéndose a Fuerteventura en particular añaden: "sus habitantes eran de grande estatura".
Por su parte Alonso de Espinosa, cuando aludía a los guanches de Tenerife, comentaba: "esta gente era de muy buenas y perfectas facciones de rostro y disposición de cuerpo; eran de alta estatura y de miembros proporcionados a ella".
A pesar de que también hubo quien les asignaba una estatura mediana, la creencia general de aquella época fue que los aborígenes canarios eran altos, fuertes y, por qué no decirlo, guapos.
 LA CONTINUIDAD
En las últimas décadas y desoyendo las opiniones de eminentes antropólogos y etnólogos como Verneau, Quatrefages, Berthelot, Fusté, Schwidetzky, Camps, Chil, Bethencourt y tantos otros, gran parte de nuestros recientes prehistoriadores abogan por la desaparición física, casi total, de los guanches después de la conquista.
Pero nada más lejos de la realidad. Siguiendo el lógico razonamiento de Bethencourt Alfonso: "Al celebrarse la paz de Taoro o de Los Realejos existían en Tenerife unos 20.000 guanches; cifra no muy descabellada si se piensa en el número de hombres que presentaron batalla y casi aniquilaron en Acentejo a un ejército mucho más equipado y poderoso. De esas 20.000 personas de todas las edades y sexos, aunque predominando las mujeres y niños, 5000 continuaron rebelados en medio de los montes (los alzados) sin querer darse a partido y los otros 15.000 se mezclaron con un millar entre conquistadores y pobladores, formando los núcleos de más de veinte poblaciones actuales. Las mujeres europeas, como aconteció en las demás islas, eran contadas.
De los 1000 entre conquistadores y pobladores que se avecindaron durante los primeros lustros, salvo unos cuantos extranjeros que por su escaso número nada significan, unas pocas docenas eran portugueses; como 200 indígenas isleños -en su mayoría de Canaria- y el resto españoles, que siendo casi en la totalidad solteros se casaron con las guanchas. Aparte de que esto era natural, sábese por tradición, por lo que arrojan los archivos y, sobre todo, por el testimonio nada sospechoso de un inquisidor de aquella época, que hizo un padrón secreto de todas las Islas, sacado a la luz por el erudito A. Millares.
En lo esencial, los hechos expuestos son exactos y sólo falta aplicarles las conocidas leyes de la herencia y cruzamiento; con la circunstancia en esta ocasión de hallarse favorecido el coeficiente o grado de afinidad sexual, por estar comprendido en el grupo llamado por Broca de homogenesia eugenésica o absoluta, puesto que tanto los naturales de las otras islas, portugueses y españoles como los guanches, procedían de troncos raciales comunes, aunque separados por largo tiempo.
Siguiendo (según las propias palabras de Bethencourt Alfonso) con el ejemplo de los 1000 conquistadores y pobladores casados con otras tantas guanchas, pues los pocos que ya lo estaban para el caso es lo mismo porque se amancebaron, resultó:
1º.- Hijos mestizos de primera sangre.
2º.- Simplificando el ejemplo para la más fácil comprensión, mestizos de segunda sangre (que es el primer grado de retorno), que comprende a los vástagos del cruzamiento de los mestizos anteriores con guanchas, que eran las que abundaban.
3º.- Mestizos de tercera sangre (segundo grado de retorno) o sea, los nacidos de los de segunda sangre casados con guanchas de pura raza y así sucesivamente hasta que en el quinto o sexto cruzamiento de retorno, como la población no era alimentada con elementos de fuera sino de la tierra (América era mucho más atractiva), desapareció por lo general todo vestigio de mestizaje y reapareció el tipo racial de la madre o séase del guanche con todos sus caracteres.
Tenemos una prueba decisiva de que las cosas debieron acontecer así, en la igualdad de los caracteres osteométricos que ofrecen los osarios de las iglesias y cementerios de los pueblos y los recogidos en los antiguos panteones guanches. Claro es que hay otras clases de mestizos, así como fenómenos de atavismo, pero hablando en términos generales y excluyendo determinadas localidades y hasta familias, el fondo de la población retornó al tipo guanche".
Hemos respetado casi al pie de la letra lo escrito por Bethencourt Alfonso porque, como ya dijimos, sus aseveraciones son de lo más lógicas y ponderadas, proveniendo además de un médico ilustre, con amplios conocimientos antropológicos, que mantenía estrechos contactos con la élite de la Antropología Física europea de la época y que conocía, como el que más, el mundo aborigen canario y sus aportaciones físicas y culturales a la población actual.
De esta manera tenemos una versión diferente, más ajustada a la realidad, acerca de la pervivencia de los caracteres genéticos y físicos de los guanches. Es ésta una versión contrapuesta a la que circula en la actualidad, en la que se afirma que los aborígenes desaparecieron y que su presencia en la población actual es prácticamente vestigial. Una versión que nunca interesó que el pueblo la conociera porque resultaría muy peligroso, ya que se iba a dar cuenta de una cosa muy sencilla: de que prácticamente todos los canarios cuyas familias lleven establecidas en las Islas varias generaciones poseen, en mayor o menor medida, sangre guanche.
El argumento de los apellidos no es válido, pues todos sabemos que a los guanches por fuerza imperativa los bautizaron y les cambiaron el nombre, idioma, religión, cultura... pero no pudieron con la genética. Sin embargo, sí que resulta válido el tema que nos ocupa: la estatura, al igual que otros que daremos a conocer en su momento.
 EPOCA RECIENTE
Según el antropólogo español Hoyos Sainz, la estatura media de los hombres españoles a principios de siglo era 162.1 cm, oscilando entre 163.6 de los catalanes y 160.0 de los gallegos. Estas son medidas tomadas básicamente durante la talla de los reclutas para el servicio militar.
En esas fechas y según datos recogidos por Bethencourt Alfonso, en el reclutamiento del año 1906 en Canarias, había un 30% de tallas altas, o sea, superiores a 170.0 cm en los jóvenes de Tenerife y Fuerteventura, lo que supone una estatura media aproximada de 167.5 cm. Por esos años los escoceses medían 171.0, los suecos 169.5, los alemanes 169.2, los bereberes 167.5, los franceses 164.7, los italianos 164.5 y los rusos 164.2.
A comienzos de los años sesenta, y según cifras comunicadas a la UNESCO por el soviético Vlastowsky, la talla media de los españoles era 163.3 cm, la de los suecos 175.0, la de los ingleses 173.6 cm, la de los alemanes y rusos 169.0 y la de los franceses del Sur 163.0.
Según datos publicados por I. Schwidetzky, en 1960 la estatura media de los canarios era 169.1 cm, con lo que se observa que se mantiene la diferencia de 5 ó 6 cm de más en los canarios con respecto a la media española.
Antes de pasar al estado actual, se hace necesaria la siguiente reflexión: ¿a qué se deben estas diferencias?. De todos es sabido que en la estatura de las poblaciones influye fundamentalmente la genética, aunque también en gran medida las condiciones ambientales, el nivel de vida, la alimentación, etc. A este respecto el antropólogo norteamericano R. Beals (1965) decía: "Una desnutrición crónica ocasiona pérdidas considerables de estatura, que alcanzan del 2.5 al 4% cuando se mantienen durante un largo período de tiempo. Según parece, sin embargo, se llega a un mínimo irreducible, por debajo del cual la estatura media no desciende. Límites semejantes existen asímismo para la estatura máxima en circunstancias de óptima alimentación. Es probable que estos límites estén genéticamente determinados".
Si esto es así ¿por qué los canarios somos más altos?. No es porque nos hayamos distinguido, precisamente, por vivir en una región desarrollada, con alto nivel económico y bien alimentados, como los vascos o catalanes. Aquí ha habido hambrunas terribles que han obligado a la gente a emigrar o a alimentarse de raíces de helechos o gofio de vidrio. En nuestro caso, ha sido la genética la que ha determinado que seamos así. Dentro de la lógica variabilidad, el canario se distingue físicamente, sobre todo a nivel popular, del castellano, del catalán, del vasco o del gallego, porque ha heredado un bagaje genético bastante diferente al de esos pueblos europeos.
Para los que proclaman que aquí sólo quedaron cuatro guanches y que las Islas fueron repobladas por los conquistadores y colonos, la siguiente pregunta: ¿éstos, de donde venían fundamentalmente? Pues eran andaluces (castellanos del Sur), extremeños y portugueses, que son y eran, precisamente, de los más bajos de la Península Ibérica. ¿Y cuál sería la estatura media de esta gente? Pues a la vista de las cifras de principios de este siglo (161 cm) y del tamaño de las armaduras y altura de las puertas medievales, en todo caso inferior a 160.0. Ya hemos visto que la media de los guanches era 170.6 cm y que, por lo tanto, había una diferencia de más de 10 cm, lo que hace que no parezcan tan disparatadas las referencias de los que los veían agigantados. Y eso que no hemos hablado de la media de los mahos de Fuerteventura (177.0 cm) o de los canarios de Gran Canaria (172.0).
EN LA ACTUALIDAD
Para valorar el estado actual de la estatura en los canarios, acudimos a los datos de la Unidad de Estadística del Ministerio de Defensa, en donde figura la talla del reemplazo militar de 1990 por provincias de origen. Datos que fueron facilitados amablemente por los responsables en Santa Cruz de Tenerife.
Al figurar las medidas en cifras absolutas para cada provincia, tuvimos que reconvertirlas primero a porcentajes y luego agruparlas por comunidades autónomas, obteniendo finalmente los resultados que figuran en la siguiente tabla:
TALLA DEL REEMPLAZO MILITAR DE 1990 POR COMUNIDADES AUTONOMAS DE ORIGEN
(Según datos de la Unidad de Estadística del Ministerio de Defensa)
ESTATURA
+ 175 cm
(%)
+ 180 cm
(%)
+ 190 cm (%)
EST. MEDIA APROX.
CANARIAS
49,7
24,2
1,90
175,2 cm
MADRID
48,3
22,6
1,5
174,5
NAVARRA
48,2
22,2
1,4
174,5
ARAGON
47,9
21,4
1,63
174,5
PAIS VASCO
47,8
21,8
1,1
174,5
CATALUÑA
47,5
22,2
1,6
174,2
MURCIA
45,2
21,1
1,2
173
BALEARES
45,1
19,8
1,1
173
CASTILLA-LEON
44,9
20,4
1,21
173
CANTABRIA
44,7
20,6
1,3
173
ASTURIAS
44,3
20,0
1,1
172,5
RIOJA
44,2
21,0
1,3
172,5
VALENCIA
43,2
19,1
1,06
172
C.-LA MANCHA
40,9
17,6
1,08
171
EXTREMADURA
38,5
16,3
0,65
170
ANDALUCIA
38,4
15,4
0,81
170
GALICIA
37,1
15,5
1,1
169,2



MEDIA:
172,8 cm

(Francisco García-Talavera, 1991)

A la vista de este cuadro observamos que los canarios seguimos siendo los más altos del estado español, con 2.5 cm sobre la media, a pesar del fuerte incremento en la estatura experimentado en los jóvenes de los últimos 15 años a consecuencia, fundamentalmente, de la notable mejoría del nivel de vida y de la alimentación; cambios que han sido mucho más apreciables en la población peninsular.

* (Publicado en 1992)


De libios a guanches y tuaregs


 
Francisco García-Talavera Casañas
 
 […,los libyos consiguieron establecerse en las feraces tierras del Delta del Nilo y hacerse con el poder en el año 950 antes de Cristo. Y así, durante las dinastías XXII y XXIII, los faraones libyos Sheshonq I, Osorkon II, Takélot I y otros reinaron en Egipto durante 200 años. A estos antiguos libyos podemos considerarlos como protobereberes… También podemos aventurarnos a decir que una parte de la antigua población libya, que -por las presiones antrópicas y climáticas citadas- emigraba hacia el Oeste, se estableció en la llamada Costa de Berbería, frente a Canarias, y muy bien pudieron "dar el salto" por sus propios medios (en embarcaciones rudimentarias) a una tierra, Fuerteventura, que veían en los días claros desde Tarfaya.]
 
Hace 7.000 años, el Sahara era una extensa sabana, con ríos, lagos, praderas, bosques de acacias y baobabs, elefantes, jirafas, cocodrilos, leones..., que compartían su hábitat con los humanos, mayoritariamente negros, y que ya habían desarrollado una cultura neolítica, fundamentalmente pastoril, aunque complementada, en menor medida, con la agricultura, la caza, la pesca y la recolección. Al mismo tiempo, lo que hoy conocemos como el Maghreb albergaba poblaciones de raza blanca, producto de la mezcla de los antiguos autóctonos "cromañoides" (Mechta el Arbi), robustos y de elevada estatura, con otros contingentes "mediterranoides" venidos de Oriente y portadores de la cultura, también neolítica, conocida como capsiense. Estas poblaciones proliferaron numéricamente -favorecidas por el benigno clima mediterráneo de aquella época-, ocuparon el territorio a su alcance y explotaron los recursos naturales disponibles, desde las extensas llanuras litorales hasta los fértiles valles montañosos (Atlas, Rif, Aurés, Kabylia, etc.) del Norte de África.
 
Pero llegó el cambio climático, y de esta manera, hace unos 4.500 años, comenzó la desertización de los ecosistemas norteafricanos. Duro golpe, acusado inexorablemente por la numerosa población humana, que se había adaptado perfectamente a su hábitat y que se vio obligada a emigrar. Los antiguos egipcios llamaban "lebu" (libyos) a todos los pueblos que vivían al Oeste del Nilo, y con ellos tuvieron encarnizadas confrontaciones bélicas, de las que casi siempre salían victoriosos, debido a su superior tecnología armamentística (carros de combate tirados por caballos) y tácticas de guerra. Son célebres las batallas en las que intervino el faraón Ramsés II, quien, tras su victoria, esclavizó a miles de libyos y los incorporó a sus ejércitos, por sus buenas cualidades guerreras. Estas gestas quedaron grabadas en los templos y palacios, en donde se representaba a los prisioneros libyos, tatuados, vestidos con pieles, con la barba en punta, con dos plumas coronando la larga cabellera, trenzada a lo "rasta" y con un característico mechón, o trenza, colgando en el lado derecho de la cara.
 
A pesar de esas derrotas, los libyos consiguieron establecerse en las feraces tierras del Delta del Nilo y hacerse con el poder en el año 950 antes de Cristo. Y así, durante las dinastías XXII y XXIII, los faraones libyos Sheshonq I, Osorkon II, Takélot I y otros reinaron en Egipto durante 200 años. A estos antiguos libyos podemos considerarlos como protobereberes.
 
Y siglos más tarde, con la presencia romana en el Norte de África, aparecieron en escena unos libyo-bereberes, los garamantes, establecidos en el Fezzán (Sur de la Libia actual), portadores de una avanzada cultura y creadores de un original sistema subterráneo de regadío, conocido como "foggara". Los garamantes también fueron célebres como expertos jinetes en su lucha contra Roma. Con toda probabilidad, los numerosos grabados y pinturas rupestres representando a carros con caballos a galope tendido, conducidos por personajes de indudable aspecto libyio (plumas en la cabeza, barba en punta...) encontrados desde el Fezzán (Targa) hasta Mauritania, se refieren a ellos.
 
Asimismo, la mayoría de los investigadores piensa que los tuareg actuales son descendientes de los garamantes (sustituyeron el caballo por el camello), los cuales fueron desplazándose al Oeste y al Sur, a medida que les presionaban las nuevas potencias invasoras (especialmente los romanos y, sobre todo, los árabes en el siglo VII), hasta refugiarse en los macizos montañosos del desierto (Tadrart Akakus, Ahaggar, Adrar de los Iforas). Son muchas las coincidencias que parecen confirmar esta hipótesis, pues aparte de las costumbres, indumentaria, cultura material y características antropológicas, los tuareg son los únicos bereberes que han conservado el alfabeto tifinagh, cuyos caracteres claramente derivan de la antigua escritura líbyco-bereber, que figura en muchos yacimientos norteafricanos con grabados rupestres alfabetiformes.
 
También podemos aventurarnos a decir que una parte de la antigua población libya, que -por las presiones antrópicas y climáticas citadas- emigraba hacia el Oeste, se estableció en la llamada Costa de Berbería, frente a Canarias, y muy bien pudieron "dar el salto" por sus propios medios (en embarcaciones rudimentarias) a una tierra, Fuerteventura, que veían en los días claros desde Tarfaya. A favor de esta hipótesis, entre otros, están los siguientes argumentos: a) La antigua escritura líbyco-bereber está documentada arqueológicamente en todas las Islas. b) Muchas de las características bioantropológicas y genéticas de los guanches (entiéndase como tales a todos los primeros pobladores de Canarias) coinciden con las de los tuareg del Ahaggar, los menos "contaminados" y arabizados entre los bereberes. c) La presencia de dos o tres plumas en el cabello, la barba en punta y la elevada estatura de los mahos (recordemos que los antiguos egipcios también llamaban tamahu a los libyos) referenciadas por algunos "cronistas" de la conquista de Lanzarote y Fuerteventura. d) La presencia de "boomerangs" en los hawara de La Palma, que también figuran en los grabados con escenas de caza de los antiguos egipcios y libyos. Y e) Hawara es una localidad de Egipto en donde se encuentra una gran pirámide, semiderruida, de la dinastía XII. Hawaras son también los tuareg habitantes del macizo del Ahaggar (el propio nombre es una deformación de Hawwara) y de algunas zonas de Marruecos, Argelia y Libia. Además, Hawara era una de las principales confederaciones bereberes que invadieron la península Ibérica en el siglo VIII, al igual que los que se establecieron en Sicilia en el siglo X.
 
Una nueva visión que no creemos descabellada sobre el origen líbyco de los guanches, así como de su conexión indirecta con el antiguo Egipto y con los tuareg del Haggar argelino.  




TIGALATE, EL DRAGUILLO HAWARA

  

 
 
Francisco García-Talavera Casañas




 Dragos en la isla de Socótora

Actualmente existen seis especies arbóreas de drago en todo el mundo, aunque en el pasado hubo algunas más, como lo demuestra el registro fósil. Y de ellas, dos viven en Canarias: nuestro drago, el de toda la macaronesia (Dracaena draco) y el recientemente descubierto (1998) en Gran Canaria (D. tamaranae). El resto se encuentra distribuido en África oriental (D. ombet  y D. schizanta), en la isla de Socótora, frente al “cuerno de África” (D. cinnabari ) y en la península arábiga (D. serrulata). Además, ahí enfrente, en las escarpadas montañas del Antiatlas marroquí, se descubrió, también recientemente (1996), una población de centenares de dragos que, tras las investigaciones correspondientes, resultó ser una subespecie del “nuestro” y  cuyo nombre (D. draco subespec. ajgal) hace alusión a la denominación en amazigh (bereber) que le dan los acogedores habitantes de esas montañas. Cabe destacar, como dato curioso, y relacionado con la evolución insular, que este drago del Antiatlas está más emparentado con el  macaronésico (es una subespecie de éste), que con el de Gran Canaria, que es una especie diferente.


 En la Antigüedad, el  drago era considerado como un recurso muy apreciado, sobre todo por su resina, la célebre “sangre de drago”, producto de gran interés comercial por sus variadas propiedades y usos: en farmacología (coagulante, cicatrizante, astringente), en la coloración de vidrios, como dentífrico, etc. También se utilizó como colorante para la pintura y, parece ser, que hasta el propio Antonio Stradivari la usó para barnizar sus famosos violines. No es de extrañar, por lo tanto, que uno de los motivos por los que recalarían en nuestras islas, fenicios, púnicos y romanos, sería precisamente para el comercio de tan valioso producto. Los guanches, por su parte,  sin duda supieron aprovechar este excelente recurso como medicina, para la momificación, para teñir de rojo las pieles, para colorear las “rodelas”  (escudos de corteza de drago) o, incluso, para pintar su propio cuerpo en determinadas ocasiones (Lázaro Sánchez Pinto, 2009). Asimismo, Leonardo Torriani (1588) también comenta que los canarios (guanches de Gran Canaria) hacían embarcaciones de troncos de grandes dragos, con las que se aventuraban hasta arribar a las costas de Tenerife y Fuerteventura.
 
Centrándonos ahora en al aspecto lingüístico, hemos llegado a la conclusión de que Tigalate (hoy un barrio de la Villa de Mazo) es el término que utilizaban los antiguos palmeros (los hawaras, no los auaritas, como frecuentemente leemos) para nombrar a los dragos jóvenes (draguillos). Partiendo de la “denominación de origen” de los bereberes del Antiatlas, que llaman ajgal al drago,  y conociendo que en amazigh el femenino y el diminutivo se construyen anteponiéndole una t y añadiéndole otra t al final de la palabra, tendríamos que el diminutivo de ajgal sería tajgalt (que existe como topónimo en el Antiatlas). Y si lo comparamos con Tigalate -con las correspondientes correcciones y deformaciones sufridas por las sucesivas transcripciones del guanche (hawara) al castellano-, vemos que, con toda probabilidad, se trata de vocablos análogos, con lo cual ya tendríamos, por fin, la traducción de este conocido topónimo palmero, y de paso poder conocer la denominación del diminutivo guanche de nuestro emblemático drago. Su nombre común posiblemente sería a(j)gal , pues en La Orotava, Tenerife, aparece el topónimo aígal, que tendría  una  pronunciación parecida (según Bethencourt Alfonso).


 Pero  este topónimo no es exclusivo de La Palma, ya que aparece también en La Gomera como Tegeleche (risco que domina el Valle de Alojera), en Fuerteventura como Chajalete (mareta y región en el Time de Tetir, según Bethencourt Alfonso) y en El Hierro como Tigalache (pago en la isla, según P.A. del Castillo), y como Tejeleita (barranco cercano a Valverde). Todos estos lugares son apropiados para una vegetación potencial de dragos. Y como decía anteriormente, siempre hay que tener en cuenta las numerosas  deformaciones fonéticas  y copias sufridas por estos vocablos a lo largo del tiempo, desde que los pronunciaron los guanches hasta nuestros días, sabiendo, además, que en amazigh solo hay tres vocales: ae, i, u; y que la “a”  casi nunca se pronuncia como “a”, sino como un sonido entre “a” y “e” (ae). También se confunden, a veces, los sonidos de la “e” y la “i”, la “ch” con la “t” (como Chinguaro y Tinguaro) y la “j” con la “g”.
 
Y volviendo a Tigalate, sabemos que es así como se nombraba antiguamente en Lanzarote, Fuerteventura y Tenerife -y  aun hoy en día, en La Palma- a las personas altas, delgadas y desgarbadas. Tal es la apariencia de muchos dragos jóvenes que todavía no se han ramificado.
 
Llama poderosamente la atención que, precisamente en las islas más pobladas (Tenerife y Gran Canaria), no aparezca este topónimo guanche, aunque sí lo encontramos en la versión castellana como “El Draguillo”. Un hecho a tener en cuenta en este sentido es que, al igual que sucede en el Antiatlas -cosa que pudimos constatar en Agadir u Ajgal- las poblaciones relícticas naturales de dragos se encuentran confinadas en los roques y acantilados inaccesibles a las cabras, su principal predador. Se sabe, sin embargo, que entre los grandes dragos centenarios que aún perviven en Canarias,  algunos fueron objeto de culto por parte de los guanches, al igual que ocurría con los pinos longevos (Pino Santo de Teror y otros). De igual manera, el culto a ciertas montañas, árboles, etc., es también frecuente en el mundo bereber. Y eso es lo que sucedía con el “Drago Santo” de Chacacharte (en La Fuente del Valle de San Lorenzo, Sur de Tenerife) al que, según Bethencourt  Alfonso, acudían los guanches con gran veneración por sus propiedades sanadoras y  curativas, tanto del cuerpo como del espíritu.