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domingo, 21 de abril de 2013

CANARIAS LACERADA, II- VI



ALZAMIENTOS Y MOTINES CONTRA LA  REPRESIÓN COLONIAL EN CANARIAS

Capitulo XIII


 

1911 noviembre 15.

En el siglo XIX, más precisamente en la primera década del 90, se originaron los primeros intentos para formar organizaciones integradas por obreros; podemos inferir, que comenzaban los procesos organizativos de la clase obrera en Canarias.
La huelga general se va instrumentando en poderosa herramienta de lucha. Del mismo modo y en forma simultanea y a manera de respuesta, comienza la represión.
El Estado colonial utiliza la violencia contra los trabajadores y el pueblo en forma directa,  la represión sistemática es ya una constante en todo el territorio de la colonia.
“La represión al conjunto del pueblo trabajador ha tomado distintas formas a lo largo de la historia, con el único objetivo de subyugar la fuerza de trabajo al capital. Por esto, cuando todavía el movimiento obrero no estaba desarrollado como fuerza sindical y política, la represión ya había nacido contra la “natural” resistencia de los proletarios a someterse a los ritmos de trabajos extenuantes de las fábricas y los campos. Frente a esto, los capitalistas desarrollaron una gran cadena de mando, similar a la de un ejército, para vigilar  y someter a los trabajadores a la disciplina colonial, donde cabían desde multas por comportamientos inadecuados hasta elaboración de listas negras para evitar emplear a trabajadores que destacaban por su rebeldía ante la naciente esclavitud del capital.
A medida que el movimiento obrero se fue desarrollando, paulatinamente, en forma de sindicatos y asociaciones obreras, la represión traspasó la fábrica el campo y los puertos, trató de exterminar las organizaciones que los trabajadores estructuraban en pos de sus derechos. Por desgracia, contamos con infinitos ejemplos de cómo la clase capitalista y caciquil dependentista arremete contra los trabajadores a través de los aparatos represivos del Estado colonizador.” (Roberto Guijarro, 2013).

La masacre de obreros de Arenales

Sergio Millares Cantero

“En la historia del archipiélago hay pocos sucesos que sinteticen y condensen, bien a las claras, lo que fue toda una época. Lo que ocurrió a las cuatro y cinco minutos de la tarde del 15 de noviembre de 1911 puede considerarse como un acontecimiento singular, una coyuntura muy concreta, pero que pone en cuestión, de manera poderosa, la estructura caciquil de un régimen político, el de la Restauración, cuyos cimientos acabarían desmoronándose por el imperativo de la realidad social. No es que los hechos que vamos a analizar provocaran reacciones en cadena que cambiaran las cosas. Nada más lejos de la realidad, los obreros se replegaron, no se exigieron las responsabilidades con la contundencia necesaria, las fuerzas del republicanismo se perdieron en sus propias contradicciones y los caciques de siempre permanecieron en sus puestos. Pero fue un aviso del despertar de la clase obrera canaria que escribiría sus páginas más gloriosas en la década de los años 30.
Los protagonistas principales de la historia son bastante identificables: un alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Felipe Massieu y Falcón, que quiere ganar unas elecciones por goleada, incluso con apaños y componendas ilegales; un Delegado del Gobierno que es cómplice de las ansias de poder del alcalde; una guardia civil y una guardia municipal que está al servicio del poder oligárquico y caciquil; una oposición republicana-federal y disidente liberal que quiere tener presencia, aunque fuera exigua, en las instituciones locales y que está dispuesta a usar todas las armas legales para que no se repita el falseamiento de la voluntad popular; unos obreros de La Isleta que confían ciegamente en sus dirigentes federales, que adoran a su líder Franchy y Roca y que no están dispuestos a permitir más apaños electorales. Estos son los actores. El lugar: la entrada de un colegio electoral en el barrio obrero de Arenales. El motivo de la matanza: una piedra que cae a los pies del jefe del destacamento de la guardia civil. El resultado: seis obreros muertos por las descargas de la fusilería.
Ese día, naturalmente el 15 de noviembre de 1911, el ambiente estaba bastante caldeado. Al abrirse el colegio electoral Molino de Viento, en la calle denominada La Marina, entre las arterias de León y Castillo y Carvajal, una muchedumbre de apoderados y candidatos se abalanza al interior del local. Era miércoles, y el domingo se habían suspendido las elecciones en ese colegio porque un desalmado había roto la urna, posiblemente encomendado por los que no querían que el candidato republicano y un independiente, triunfasen.
La candidatura del alcalde ya había obtenido una victoria aplastante en toda la ciudad. Tenía ya asegurado 21 concejales de 25 y ese distrito elegía a sólo dos. La votación del colegio de Molino de Viento podía inclinar la balanza a la oposición, pero el alcalde no estaba dispuesto a ceder, quería humillar a sus contrincantes y tensó la cuerda. Discusiones, gritos, impugnaciones, amenazas, todo un guirigay en la mañana del miércoles 15 de noviembre.
El presidente de la mesa, parece que un hombre fiel a las directrices de arriba, expulsa a todo un notario que había acudido allí reclamado por la oposición. Decisión salomónica: sólo pueden haber en el interior del colegio cinco representantes por cada uno de los cinco candidatos en liza. Se quedan dentro 20 apoderados y los miembros de la mesa. Los votantes van entrando, depositan sus votos y salen, abucheados o jaleados por los espectadores de la calle. Las sedes de los partidos rodean el colegio electoral. Naturalmente, la más cerca es la de los candidatos del Alcalde, los republicanos no la tienen tan cerca, en la Plaza de la Feria. Desde la azotea de la sede oficialista se detectan piedras y se denuncian los hechos, pero no parece que las autoridades hagan mucho caso. La guardia municipal hace algunas detenciones de entre las filas republicanas por alteración del orden público.
A las 12 del mediodía se corre el falso rumor de que Franchy ha sido detenido. Eso basta para que cientos de obreros del Puerto abandonen sus trabajos y acudan al Colegio de Molino de Viento para averiguar lo que pasa. Los republicanos lo desmienten y se disuelve el grueso de la multitud, aunque permanece vigilante en los aledaños. La guardia civil ya estaba sobre aviso y acude inmediatamente a las puertas del local. Los tenientes Abella y Almansa están prestos a intervenir a la menor alteración. La hora de comer, la tensión se suaviza.
Muchos se van a sus casas o a ver los barcos que entran o salen del Muelle y que se ven perfectamente desde el muro que está muy cerca. Por fin, las cuatro de la tarde, se cierra el colegio, la gente se acerca a conocer los resultados, hay alguna tensión. Un cabo de la guardia municipal, un “guindilla” conocido por sus actitudes prepotentes, es increpado por la multitud pero no va a más. De repente, una piedra o dos, según las versiones, caen desde no se sabe dónde.
El jefe de la guardia civil se altera y ordena disparar, sin aviso, sin advertencia previa, sin pensárselo dos veces. No es una descarga, son varias que se dirigen a los que se mueven. Un joven va a ayudar a uno de los abatidos y una nueva descarga acaba con su vida. Cae encima del primero formando una equis, o una cruz, según se mire. Quedan en el suelo tres muertos, posteriormente morirían otros tres. Caras de terror, indignación, pánico, un temblor helado recorrió la ciudad y se quedó paralizada.
¿Y qué pasó después? El alcalde siguió en su puesto, los 23 concejales muy liberales tomaron posesión, el teniente Abella reconvenido por su exceso de celo, el gobernador civil de la única provincia canaria, con sede en Tenerife, acudió al entierro compungido, Fernando León y Castillo, el gran cacique benefactor que movía los hilos de la política canaria desde Biarritz impertérrito, como siempre, y los hijos, madres, nietas, abuelas, sobrinos, nueras, cuñados, padres y concuños de los seis asesinados, jodidos, como siempre.”

Cronología

12 de noviembre: Elecciones municipales en las Palmas de Gran Canaria. El Partido Liberal pretende ir al copo de los 25 concejales. Ganan los candidatos oficialistas del Partido Liberal, liderado por el alcalde de la ciudad Felipe Massieu y Falcón. En uno de los colegios electorales de Arenales, el de Molino de Viento, un testaferro rompe la urna y se anulan las elecciones en esa mesa.
13 de noviembre de 1911: La Junta Municipal del censo decide repetir la elección en la mesa del colegio de Molino de Viento en Arenales.
14 de noviembre de 1911: Ante los rumores de pucherazo y de violencia, algunas personas, como Juan Rodríguez Quegles, intentan evitar la elección haciendo gestiones ante Felipe Massieu para que deje a la oposición republicana algún puesto en virtud del art. 29 de la Ley electoral por el que no se realizarían elecciones en caso de presentarse el mismo número de candidatos que de elegibles.
15 de noviembre de 1911: Tensa jornada en el colegio electoral de Molino de Viento, con discusiones entre apoderados sobre la validez o no de los votantes. Un notario, convocado por la oposición, es conminado a abandonar el local. Numerosos obreros acuden a las puertas del colegio ante la noticia, infundada, de la detención del republicano federal José Franchy y Roca. La guardia civil hace acto de presencia y, junto a guardias municipales, custodian la entrada del colegio.
A los cinco minutos de cerrarse las urnas, a las 16,00 horas, una piedra cae al pie de los guardias y estos, sin previo aviso, dispara varias ráfagas con sus máussers en dirección a los concentrados. Mueren seis personas, todos ellos trabajadores de La Isleta.
16-18 de noviembre de 1911: La guardia civil emite un comunicado en el que dice que fueron atacados por una multitud de más de 3.000 que les arrojaron piedras y les dispararon. Las autoridades prohiben asistir a los entierros de los asesinados. Rumores de que Franchy y Roca va a ser procesado.
19 de noviembre de 1911: Acto multitudinario en las calles de Las Palmas, presidido por el gobernador civil de Canarias, Sr. Eulate, que desemboca en el cementerio de Las Palmas, donde se depositan numerosas coronas de flores.” (Tomado de: Fundación Archipiélago 2021:2007)
Por su parte el investigador Jorge Pulido Santana, recoge los siguienet:  
“A principios de febrero de 1912, el Tribunal militar que instruía el sumario, ordenó la prisión del Teniente, señalando la celebración del Consejo de Guerra, para el 28 de marzo de 1912, presidiendo el Consejo el Sr. March, Capitán General del Archipiélago y notificándose que el Coronel Burguete sería el encargado de la defensa, a pesar de estar previsto para esta fecha, el Consejo de Guerra, no se celebró hasta principios de 1913.
Durante la vista fueron llamadas a declarar numerosas personas, lo que ofreció una cantidad importante de versiones, algunas muy contradictorias en lo esencial de lo que juzgaba, primero si la Guardia Civil había sido agredida ysegundo si se había procedido a los avisos reglamentarios antes de abrir fuego.
JUAN BAEZ, el candidato independiente en las elecciones de ese colegio, al estar presente cerca de la mesa, apuntó un hecho importante ya que según su versión, Santiago Lorenzo entregó al presidente de la mesa un documento y que este lo firmó sin leer, según Baez “debía ser la protección de auxilio a la guardia civil”. Sobre el momento en él que se produjeron los disparos, Baéz añadió que en ese momento se encontraba en una de las ventanas del colegio hablando con Juan Sintes, que se encontraba por fuera y sintió una piedra en la pared, inmediatamente oyó “preparen, apunten, fuego” y las ráfagas. Según la declaración de Báez, a parte de la piedra que chocó contra la pared del colegio, no oyó ninguna piedra más, ni disparos de pistolas, ni siquiera algún insulto a la Guardia Civil.
ISIDRO DÍAZ QUEVEDO, actuaba en aquellas elecciones de apoderado del partido republicano, según su testimonio fue él mismo el encargado de salir a desmentir la noticia, que había circulado, en relación con la detención de Franchy Roca, con lo que se calmaron bastante los ánimos, manifestó también que dentro del colegio electoral se encontraban varios guardias municipales, vestidos de paisanos que entraban y salían de la sede del partido liberal y del colegio y en ningún momento se les llamó la atención por tal extremo, ni siquiera a un funcionario del ayuntamiento que saliendo del comité del Partido Liberal entró en el colegio para repartir candidaturas dentro del mismo, en cuanto al momento de la descarga Isidro Díaz comentó que se encontraba junto a la ventana sur del colegio esperando el comienzo del escrutinio, cuando se oyó un ruido junto a la ventana, ruido al que las personas que estaban dentro del colegio no le dieron ninguna importancia, sonando a continuación dos descargas, ocultándose en el patio con otras personas hasta que finalizaron las descargas.
Importante dato en esta declaración, es que tampoco oyó ningún toque de atención ni escuchó más disparos que los realizados en las descargas.
ANTONIO MILLARES LÓPEZ, que se encontraba en el momento del suceso en la calle Carvajal manifestó durante su declaración que no oyó toques de atención, ni tampoco provocación o insultos a la Guardia Civil por parte de los presentes.
TENIENTE ALMANSA, manifestó que en el momento que el Teniente Abella se encargaba de ponerse al frente de las fuerzas de caballería fue agredido, dando la orden de fuego, teniendo que ponerse él mismo al frente de la caballería hasta la llegada del Capitán Valdés.
FRANCHY ROCA, curiosamente la defensa y la acusación renunciaron a oír su declaración.Tras las declaraciones, la defensa y la acusación expusieron sus informes, el fiscal solicitó la pena de doce años de prisión mayor, separación del servicio y una indemnización de mil quinientas pesetas por cada una de los fallecidos. Por su parte, la defensa solicitó la absolución del Teniente. Posteriormente, el juez ordenó la presencia del acusado para comprobar si tenia algo que agregar a sus declaraciones anteriores, el Teniente Abella se reafirmó en todo lo que había declarado con anterioridad, manifestando que había cumplido estrictamente con las ordenanzas y reglamentos del cuerpo. Quedando después de todas las declaraciones a la espera del dictamen del Capitán General.
En julio de 1913, fue dictada la sentencia del Consejo de Guerra, absolviendo al Teniente Abella, creando un enorme revuelo popular, convocándose una manifestación por las calles de la ciudad, colocándose al frente de la manifestación un vehículo con coronas de flores en recuerdo y respeto de las víctimas, la manifestación culminó en el cementerio, depositándose las coronas en las tumbas, el periódico “El Tribuno” publicó el siguiente artículo:
“No esperaba eso el pueblo de Las Palmas. Creía este sencillo pueblo, que el hombre que mandaba las fuerzas que el 15 de noviembre de 1911 dieron muerte a seis obrero indefensos, contra los cuales no existe acusación alguna; creía este pueblo que el teniente Abella era digno de castigo, que por lo menos sería incapacitado para seguir vistiendo el uniforme de la guardia civil. Mas por lo visto, el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, por lo visto el Código de Justicia Militar, estiman y califican lo hecho aquí por el teniente Abella, de muy distinto modo a como lo ha estimado y calificado el pueblo de Las Palmas que presenció aterrado los sangrientos sucesos y considera sorprendido el fallo recaído en la causa que a consecuencia de ellos se seguía al teniente Abella. La manera de apreciar los hechos es distinta. El Tribunal, absuelve. La vindicta pública condena. No discutimos. Afirmamos que la vindicta pública no está satisfecha.Triste es el hecho, pero es preciso anotarlo como un caso más en que el sentido de Justicia innato en todas las almas honradas y en todas las sociedades, se halla en absoluto desacuerdo con la Justicia escrita y elevada a la práctica”.
VICENTE HERNÁNDEZ VERA, PEDRO MONTENEGRO GONZÁLEZ, JUAN PÉREZ CRUZ, COSME RUÍZ HERNÁNDEZ, JUAN TORRES LUZARDO Y JUAN VARGAS MORALES, se merecen todas las honras que se les tributen.” (Jorge Pulido Santana, 2012)




sábado, 20 de abril de 2013

CANARIAS LACERADA, II- VI







ALZAMIENTOS Y MOTINES CONTRA LA  REPRESIÓN COLONIAL EN CANARIAS

Capitulo XII



Eduardo Pedro García Rodríguez



1851 julio 21: Relacionado en el motín de las papas el expediente del ayuntamiento colonial de winiwuada (Las Palmas de Gran Canaria) acerca del estado de las cosechas de papas y granos de la isla, cuya apertura fue certificada el 21 de julio, se puso en marcha a finales de mes y los despachos comenzaron a recibirse entre el 3 y el 11 de agosto. De los 35 dictámenes que llegaron procedentes de 17 municipios (fallaron los de Teror, Valsequillo, San Bartolomé, Santa Lucía y Artenara), hubo 17 favorables a la libre exportación, cinco que la aceptaban con algunas condiciones, siete en contra y otros ocho sin pronunciarse por dudas y vacilaciones.

Las negativas correspondieron a las municipalidades de San Lorenzo, Valleseco, Mogán y Tejeda.

Los alcaldes de Agaete y de la Aldea de San Nicolás optaron por abstenerse, lo mismo que el beneficiado de aquel término, el cura de Guía y otros cuatro particulares (la condesa de la Vega Grande, Miguel Massieu en Jinámar, José de Quintana en Firgas y en La Aldea Policarpo Alemán, que acudió para informarse al administrador del mayorazgo de los marqueses de Villanueva del Prado). Por una admisión condicionada de la libertad de tráfico estuvieron el primer munícipe de Guía, el terrateniente Agustín Manrique de Lara, el comisionado regio de agricultura Francisco María de León y Falcón, Francisco Pérez en San Mateo y Leandro Sánchez en Las Palmas.

La mayor parte de las corporaciones, con las de superior peso, apostaron sin cortapisas por el librecambio: las alcaldías de Telde, Arucas, Gáldar, Firgas, Moya, Santa Brígida, San Mateo, Agüimes e Ingenio, acompañadas por el cura de Moya, el párroco interino de Santa Brígida, el coronel Ruperto Delgado González desde su Hacienda de San Fernando y los vecinos José Antonio Rivero en Arucas, Mateo López del Valle en Gáldar y José Rafael Pérez Naranjo en Ingenio. (Agustín Millares Cantero)

1851 agosto 2: Como consecuencia del denominado motín de las papas en winiwuada Tamarant en esa noche fueron detenidos cuatro sujetos por la ronda que recorría «la parte de Triana» y el alcalde corregidor accidental los puso a disposición del juzgado. Al día siguiente pidió Díaz al gobernador militar que le prestase los auxilios oportunos para no «verse desairada la autoridad y hasta cierto punto alentados los alborotadores»

1851 agosto 3: En bando del Ayuntamiento colonial de winiwuada (Las Palmas de Gran Canaria), durante el motín de las papas. Entre otras disposiciones, obligaba a despejar las calles en el supuesto de repetirse las intemperancias, prohibía toda reunión en las vías públicas, especialmente por las noches, y encomendaba a los párrocos el cierre de los templos a fin de «evitar que los revoltosos se apoderen de las campanas»

Por otro lado, en el homónimo impreso del 8 siguiente la alcaldía-corregimiento accidental pretendió deshacer la “refinada hipocresía” de los falsos patriotas, que «han abusado y abusan de la credulidad de las personas más sencillas y pacíficas», intimidando a los “intrigantes” y “malévolos alborotadores” con todo el peso de la ley.

Esta inducción conspirativa, que el criollo e intelectual Chil y Naranjo compartió plenamente, no sólo dio entrada a la maquinaria represora colonial. Los matriculados del mar que protagonizaron los disturbios estaban inmersos en un paro casi general que los dejó al borde de “la mayor miseria, que les hubiera hecho perecer de hambre a no ser por el socorro que diariamente la municipalidad les suministra”. Por ello exhortó Díaz al gobierno civil colonial la concesión de fondos por parte de la comandancia de Marina hasta que se reanudaran las faenas, aparte de inversiones en obras públicas para la fábrica del Hospital de San Lázaro, la continuación del camino de Tafira o la apertura del provincial desde Las Palmas a Gáldar.

1851 agosto 4.
La agricultura de mercado interno y de autoconsumo sobrellevó en Tamarant (Gran Canaria) durante los meses de la epidemia colérica bastantes sinsabores por la sequía o las plagas, de los que muy pocos municipios escaparon. Si la mortalidad catastrófica redujo los consumidores, no por ello mejoró en demasía el destino de los supervivientes. El alcalde teldense Juan Mireles, quien contó con el parecer de algunos de sus administrados, expuso el 4 de agosto que, a pesar de las pérdidas humanas y económicas ocasionadas por el cólera, la jurisdicción producía suficientes papas para el consumo local y para expedir de 500 a 600 fanegas. En el puerto de Melenara, no obstante, hubo según ciertos indicios alguna oposición «con mano armada» a los embarques el mismo día, obligando al alcalde de mar a requerir la protección del comandante de las armas (un cabo y cuatro soldados)

A principios de septiembre, el propio regidor Jerónimo Navarro reconocía en la capital colonial insular que, «a causa del monopolio» que algunos detentaban en la extracción de papas, podrían haber escaseado en la recoba durante los último días de no mediar las diligencias municipales.

 El vicepresidente de la Junta de Comercio estipuló así las contradicciones del librecambio, a menos de un año de distancia del real decreto del criollo Bravo y Murillo. Los marineros de la ciudad que habían alentado las conmociones del 21 de julio y del 2 de agosto las padecían mayormente en sus propias carnes, inmersos en el síndrome del hambre de 1846-1847. Y los artesanos conservaban ese hálito un lustro después, en el amanecer de las franquicias.

Las agitaciones palmenses de mayo de 1856, silenciadas por el criollo e historiador Millares Torres, tuvieron en Chil y Naranjo su único analista gracias a las páginas inéditas de los Estudios. Nos encontramos aquí ante dos típicos motines de subsistencia colindantes, réplicas a un fuerte encarecimiento de los artículos de primera necesidad, que hicieron presentir la reproducción de las hambrunas previas a los puertos francos.

1851 agosto 7: Autorizó el ayuntamiento de winiwuada (Las Palmas) durante el motín de las papas «por ahora» la expedición de 1.200-1.400 fanegas de papas de Rey (incluyendo las de Gaspar Medina Báez), más otras 600-700 de Rolo. Los embarques se realizaron sin contratiempo alguno entre el 9 y el 13 con la custodia de efectivos militares de las fuerzas españolas de ocupación.

1851 agosto 8: Expediente sobre que se permita..., oficios del alcalde al administrador de Rentas (8 de agosto) y al gobernador civil (9 y 12 de agosto). El acuerdo tomado por el ayuntamiento colonial el día 7 decía así: “Visto un oficio del Señor Gobernador de la Provincia, disponiendo que de ninguna manera se impida el embarque de frutos, ínterin las circunstancias no demanden otra cosa; se determinó estar a lo acordado en sesión del 21 del mes próximo anterior, pasar a la comisión el expediente mandado instruir, y que se halla adelantado, para que se proponga su dictamen, y que el Señor Alcalde-Corregidor esté a la mira para que con el pretexto de esta insignificante extracción no se alcen indebidamente los precios de los artículos de primera necesidad”. Libro de Actas, sesión del 7-VIII-1851.


1851 agosto 10. Motín de las papas: “Allí quedó mancillada la autoridad, allí se cometió un gran crimen y allí en fin quedaron desairadas las armas de Su Majestad». En contraste alabó el «celo» y la «eficacia» de Ignacio Díaz. Oficio del gobernador civil Antonio Halleg al teniente primero y alcalde corregidor accidental, Santa Cruz de Tenerife, 10-VIII-1851.


1855 mayo 7. Motín. El millo comenzó a escasear en Gran Canaria durante los primeros días del verano y los fuertes aguaceros y vientos de finales del otoño y comienzos del invierno serían desastrosos. En la primavera de 1856 la alhorra atacó al trigo, el oidium a las viñas y la lagarta al millo.

Las únicas cifran que reflejan el encarecimiento aparecen en el artículo que tomó de  La Reforma del 7 de mayo, de las cuales se deduce que la fanega de millo subió de 40-45 rvon. a 75 rvon.; la de papas de 25-30 a 45 rvon., y la libra de pan de cinco a ocho cuartos; el trigo alcanzó los 75 rvon., por fanega, aunque la tasación del pan entrañaba los 105 rvon.

Allí leemos que la proliferación de “algunos robos y raterías” era «síntoma que demuestra de una manera terminante la miseria y consiguiente degradación de la clase proletaria...”. Ateniéndonos a los promedios mensuales calculados por el gobierno civil, el cereal comestible por excelencia llegó a su cenit en el mes de mayo precisamente.

La amplitud del precio medio del trigo entre enero de 1855 y septiembre de 1856 fue en Santa Cruz de Tenerife del 14 por 100 y en Las Palmas del 20 por 100; la del de la cebada, respectivamente, del 16 y del 31 por 100.

1856. Con motivo del motin de las papas y el pan el Ayuntamiento Constitucional de Las Palmas. Año de 1856. Expediente instruido a consecuencia de la pérdida de la cosecha “Que si las papas se exportaran para la América o para el Extranjero, V.I. tratara de impedirlo, enhorabuena, a pesar de que siempre lo condenarán los buenos principios de la economía, pero negar absolutamente la licencia de extraer las papas dentro de la misma provincia, los que suscriben sin faltar a la consideración y respeto que se merece V.I. y que le tributan, creen que no está en sus facultades. (...) La razón, la beneficencia y la humanidad claman contra una disposición tan tiránica”. Los firmantes eran Gaspar Medina, Bartolomé Curbelo, Francisco López, Miguel Cabrera, José Medina, Francisco Espino, Lucas Medina, Manuel Hernández, Andrés Bolaños, Pedro Santos, José Casimiro, José Espino Díaz, Francisco Suárez, Miguel Cabrera Caraballo, Salvador Rodríguez, Blas Santos Yánez, Antonio Artiles, Domingo Marrero y Juan de Alvarado.  Libro de Actas.

No hubo delegaciones del Gabinete ni del Liceo. La Económica estuvo representada por Miguel Massieu y Tello y Antonio López Botas; la Junta de Comercio por Jerónimo Navarro, Luís Inglott y Juan Hernández Talavera, y la Junta de Agricultura por Domingo José Navarro. Sólo comparecieron seis de los nueve vecinos previstos: Vicente Suárez Naranjo, Rafael Massieu, Serafín Zumbado, Tiburcio Miranda, José Medina y José Cecilia de Santana.  Libro de Actas..., sesión del 14-V-1856.

1856 mayo 9.
En relación al motín, los artesanos de winiwuada decidieron: “Encarecer al gobernador civil de la provincia que se pusiera en contacto con los de Cádiz, Sevilla, Málaga, Pontevedra, Santander y Palma de Mallorca, para que a través de los  Boletines Oficiales incitaran al comercio a transportar cereales a las Islas; oficiar a los alcaldes de Telde, Agüimes, Valsequillo, San Bartolomé de Tirajana, Arucas, San Lorenzo y Aldea de San Nicolás, recomendándoles que informasen a sus labradores «la notable estimación» que en la capital insular tenían el trigo, el millo y las papas y «haciéndoles ver las ventajas que conseguirán si en vez de vender estos frutos a los especuladores a un mediano precio, los reservan y ocurren a venderlos a esta población»; y finalmente, «que se prevenga al celador de policía que recorra todos los días los caminos que dan entrada a esta Ciudad e impida que los revendedores se hagan con los comestibles y cereales que se conducen a esta plaza para su consumo, y haga que éstos vayan a ser expendidos al mercado público por los mismos que los traen a vender, con cuya medida se podrá reprimir el monopolio que se nota». Los regidores de abastos debían poner «el mayor celo y eficacia para impedir y corregir los abusos y fraudes».  Libro de Actas..., sesión del 9-V-1856.

1856 mayo 11. Motín de las papas en winiwuada: “El portavoz argumentó entre otras cosas que «la clase no acomodada está sufriendo bastantes penurias, viéndose en los conflictos que son de inferir», señalando que el desabastecimiento era obra de «los manejos» de los especuladores que acaparaban granos o los extraían en «gran porción».
Zumbado contó «que habiendo comenzado a venderse una partida de mi- llo al precio de cinco pesos fanega, partida que fue negociada aquí mismo a cuatro y medio pesos, de un momento a otro se subió aquel precio hasta cinco y medio pesos sin otro motivo que la prontitud con que se expendía». Libro de Actas..., sesión del 11-V-1856,

“El Jefe Civil estaba en el campo y por lo tanto el Ayuntamiento tuvo que obrar por sí solo. Ahora espero el latigazo del Gobernador de la Provincia, pues parece han ido muchas exposiciones del comercio contra tal medida, y lo que se debe sentir es que si por ahora se contradice aquella disposición hayan algunas desgracias, porque según parece la gente a eso está dispuesta. En este momento está diciendo el Portero Bautista que en casa de Suárez el Alcalde está Serafín y una porción de artesanos, no sabe con qué objeto; hoy a la una hay Ayuntamiento, veremos a ver en qué paran estas cosas». Carta cit. de Prudencio Morales. El subdelegado de Marina, José Clavijo, notificó el día 12 haber dado cumplimiento a la prohibición de los embarques.

«Y por último que se oficie además a los mismos Alcaldes pidiéndoles noticias de las existencias que puedan haber en sus pueblos, estado de la cosecha y cuál será aproximadamente el producto de la misma». Igualmente fue leída una comunicación del secretario de la jefatura civil del distrito, Miguel Béthencourt Sortino, en torno a «los grupos que circulan por esta población en estos momentos», indicando de conformidad con las instrucciones recibidas que se deliberase sobre sus motivaciones. «Por de pronto se me ocurre —decía el secretario—, que V. I. debe ejecutar su influjo y autoridad, a fin de que esté el mercado bien provisto, y en atención a la alhorra que ha caído sobre los cereales, tomar todas aquellas medidas legales que, sin perjuicio al labrador, concilien en lo que sea dable los intereses del consumidor».


1856 mayo 13.
Con relación al motín, “Ya hacía muchas noches que varios grupos de artesanos recorrían la población presentándose unas veces al Jefe [civil], otras al Alcalde, pidiendo se prohibiese la extracción de papas y cereales, atendido el subidísimo precio que tienen y la mala cosecha que se presenta. Efectivamente el trigo está a cinco y medio pesos fanega y al mismo precio el millo [82,5 rvon.], pero las papas si bien estuvieron hasta dos libras y media por fisca, ya en el día están hasta siete y ocho”. Prudencio Morales a Laureano Hernández, Las Palmas, 13-V-1856.

viernes, 19 de abril de 2013

CANARIAS LACERADA, II- VI






ALZAMIENTOS Y MOTINES CONTRA LA  REPRESIÓN COLONIAL EN CANARIAS

Capitulo XI-II




Eduardo Pedro García Rodríguez

Viene de la pagina anterior


Los ánimos estaban tan crispados que hubo hasta quien pensó en agredir físicamente a este último, al paso que otros reclamaban el cese del más aborrecido de los concejales

La paciencia de Vidaurre llegó al colmo y mandó al sargento Manuel Díaz Monagas a por los 30 provinciales del cuartel de San Francisco, disponiendo que el comandante de Carabineros trajera todos sus hombres.

Al aparecer estas falanges concluyó el motín por completo a las 22,30 horas, por lo tanto más de 90 minutos después del embate a la patrulla del concejal Navarro.

Las «dulzuras» del gobernador militar con los perturbadores despertaron la indignación del grueso del consistorio y de los vecinos que lo apoyaron. El criterio general era que el «mal precedente» y la «condescendencia» del alcalde corregidor Delgado el 21 de julio, dieron chance al pandemónium del 2 de agosto.

Las preocupaciones no acabaron incontinenti, pues se barruntó que muchos marineros y demás abonaban la creencia en el voto de Vidaurre para denegar las exportaciones de papas.

El juez Bravo de Laguna sugirió «una inteligencia» entre el militar y «las masas sublevadas» que tenía por norte reforzar su poder.

La desautorización del gobernador civil planteaba la inadmisible transacción con los amotinados en las dos jornadas y la falta de nervio en el cumplimiento del deber que exteriorizaron Delgado y Vidaurre

En la noche del mismo 2 de agosto fueron detenidos cuatro sujetos por la ronda que recorría «la parte de Triana» y el alcalde corregidor accidental los puso a disposición del juzgado. Al día siguiente pidió Díaz al gobernador militar que le prestase los auxilios oportunos para no «verse desairada la autoridad y hasta cierto punto alentados los alborotadores»

El 7 de agosto autorizó el ayuntamiento «por ahora» la expedición de 1.200-1.400 fanegas de papas de Rey (incluyendo las de Gaspar Medina Báez), más otras 600-700 de Rolo. Los embarques se realizaron sin contratiempo alguno entre el 9 y el 13 con la custodia de efectivos militares

 Entre otras disposiciones, el bando municipal del día 3 obligaba a despejar las calles en el supuesto de repetirse las intemperancias, prohibía toda reunión en las vías públicas, especialmente por las noches, y encomendaba a los párrocos el cierre de los templos a fin de «evitar que los revoltosos se apoderen de las campanas» l homónimo impreso del 8 siguiente la alcaldía-corregimiento accidental pretendió deshacer la «refinada hipocresía» de los falsos patriotas, que «han abusado y abusan de la credulidad de as personas más sencillas y pacíficas», intimidando a los intrigantes» y «malévolos alborotadores» con todo el peso de la ley.

.Esta inducción conspirativa, que Chil compartió plenamente, no sólo dio entrada a la maquinaria represora. Los matriculados del mar que protagonizaron los disturbios estaban inmersos en un paro casi general que los dejó al borde de «la mayor miseria, que les hubiera hecho perecer de hambre a no ser por el socorro que diariamente la municipalidad les suministra». Por ello exhortó Díaz al gobierno civil la concesión de fondos por parte de la comandancia de Marina hasta que se reanudaran las faenas, aparte de inversiones en obras públicas ara la fábrica del Hospital de San Lázaro, la continuación del amino de Tafira o la apertura del provincial desde Las Palmas  Gáldar.

El expediente del ayuntamiento de Las Palmas acerca del stado de las cosechas de papas y granos de la isla, cuya aperura fue certificada el 21 de julio, se puso en marcha a finales de mes y los despachos comenzaron a recibirse entre el 3 y el 1 de agosto. De los 35 dictámenes que llegaron procedentes de 7 municipios (fallaron los de Teror, Valsequillo, San Bartolomé, Santa Lucía y Artenara), hubo 17 favorables a la libre exportación, cinco que la aceptaban con algunas condiciones, siete en contra y otros ocho sin pronunciarse por dudas y vacilaciones.

Las negativas correspondieron a las municipalidades de San orenzo, Valleseco, Mogán y Tejeda, junto a los párrocos de lastres iniciales

Los alcaldes de Agaete y de la Aldea de San Nicolás optaron por abstenerse, lo mismo que el beneficiado de quel término, el cura de Guía y otros cuatro particulares (la ondesa de la Vega Grande, Miguel Massieu en Jinámar, José de Quintana en Firgas y en La Aldea Policarpo Alemán, que acudió para informarse al administrador del mayorazgo de los marqueses de Villanueva del Prado). Por una admisión condicionada de la libertad de tráfico estuvieron el primer munícipe e Guía, el terrateniente Agustín Manrique de Lara, el comisionado regio de agricultura Francisco María de León y Falcón, Francisco Pérez en San Mateo y Leandro Sánchez en Las Palmas

La mayor parte de las corporaciones, con las de superior eso, apostaron sin cortapisas por el librecambio: las alcaldías e Telde, Arucas, Gáldar, Firgas, Moya, Santa Brígida, San Mateo, Agüimes e Ingenio, acompañadas por el cura de Moya, l párroco interino de Santa Brígida, el coronel Ruperto Delgado González desde su Hacienda de San Fernando y los vecinos osé Antonio Rivero en Arucas, Mateo López del Valle en Gáldar y José Rafael Pérez Naranjo en Ingenio

La agricultura de mercado interno y de autoconsumo sobrellevó en Gran Canaria durante los meses de la epidemia colérica bastantes sinsabores por la sequía o las plagas, de los que muy pocos municipios escaparon. Si la mortalidad catastrófica edujo los consumidores, no por ello mejoró en demasía el destino de los supervivientes. El alcalde teldense Juan Mireles, quien contó con el parecer de algunos de sus administrados, expuso l 4 de agosto que, a pesar de las pérdidas humanas y económicas ocasionadas por el cólera, la jurisdicción producía suficientes papas para el consumo local y para expedir de 500 a 600 anegas. En el puerto de Melenara, no obstante, hubo según ciertos indicios alguna oposición «con mano armada» a los embarques el mismo día, obligando al alcalde de mar a requerir la protección del comandante de las armas (un cabo y cuatro soldados)

A principios de septiembre, el propio regidor Jerónimo Navarro reconocía en la capital insular que, «a causa el monopolio» que algunos detentaban en la extracción de apas, podrían haber escaseado en la recoba durante los último las de no mediar las diligencias municipales

El vicepresidente de la Junta de Comercio estipuló así las contradicciones del ibrecambio, a menos de un año de distancia del real decreto de ravo y Murillo. Los marineros de la ciudad que habían alentado las conmociones del 21 de julio y del 2 de agosto las padecían mayormente en sus propias carnes, inmersos en el síndrome del hambre de 1846-1847. Y los artesanos conservaban ese álito un lustro después, en el amanecer de las franquicias.

Las agitaciones palmenses de mayo de 1856, silenciadas por Millares Torres, tuvieron en Chil su único analista gracias a las páginas inéditas de los  estudios

Nos encontramos aquí ante os típicos motines de subsistencia colindantes, réplicas a un
fuerte encarecimiento de los artículos de primera necesidad, que hicieron presentir la reproducción de las hambrunas previas a os puertos francos

El vecindario de Las Palmas tenía muy resecas en la memoria las calamidades de aquel terrible intervalo y algunos cabezas de familia no estaban dispuestos a soportar inermes su presunta reposición. Apenas copia Chil estadística alguna en torno a la fuerte carestía experimentada durante esos meses por las papas, el millo o el pan, limitándose mayormente a recoger los precios que exigían los vecinos y gestionaban los munícipes

Hoy sabemos que las cotizaciones medias el trigo en nueve plazas insulares (las capitalinas, más las tinerfeñas del Puerto de la Cruz e Icod) superaron los 64 rvon. por fanega en el año económico 1855-1856, cuando habían estado en los 41 rvon. durante el quinquenio 1849-1853; los valores de mercado pasarían los 80 rvon., cual sucedió en el de Las almas.
.
Los años inmediatamente anteriores a la promulgación de las franquicias fueron por lo común de precios bajos y en 1852-1853 casi recuperarían los niveles de 1849. Superada la coyuntura calamitosa de 1846-1847, transcurrió una fase de pingües cosechas en la cual la agricultura policultivista logró sintonizar con el rumbo expansivo de la grana y contribuir a frenar las defunciones, favorecer los matrimonios e impulsar los nacimientos. Ni siquiera el cólera morbo de 1851 alteró esas orientaciones en Gran Canaria, detectándose sólo alzas importantes de los garbanzos en la capital. Los «pueblos reguladores» de 1849-1858 incluyen cuatro puertos y dos demarcaciones provistas de litorales y cómodos accesos marítimos (véase el cuadro adjunto). El único mercado «interior» en sentido estricto es el de La Laguna  cuenta con las cotizaciones mínima y máxima del cereal panificable; el incremento tiene así mayor envergadura, superando en un 38 por 100 al que le sigue en amplitud, el de Santa ruz de la Palma. Con la cebada ocurre algo similar, pese a repararle de Las Palmas una corta diferencia

Ya que las medias decenales altas corresponden a un déficit crónico de granos, el encarecimiento reviste gran severidad ante situaciones inversas o cuando el abastecimiento desde otros municipios o islas no resultaba tan sencillo.

Los precios medios empezaron a ascender en 1854 y durante el cuatrienio siguiente asistimos en líneas generales a una carestía que remite a continuación, pero que tarda en reabsorberse del todo y torna a reaparecer en parte. Cuatro años sucesivos de flojas o malas cosechas de granos, con su cresta en el bienio 1856-1857, establecen una clara sincronía entre Canarias y la globalidad del territorio español

El alza enota escasez y ésta repercute fatalmente sobre las capas populares sin recursos. La prensa nos facilita el camino a la hora e indagar los orígenes de la crisis carencial y de los elementos que agravaron. En resumen, estaríamos ante una trilogía inexorable y contumaz: aridez extremada, precipitaciones extemporáneas unidas a tormentas y plagas múltiples. Natura semejaba ser furiosa proteccionista, dispuesta a castigar con ensañamiento los amores de nuestras clases dirigentes hacia el librecambio.

La segunda mitad del año económico 1854-1855 se había caracterizado por una módica subida primaveral. El cereal comestible por antonomasia comenzó el siguiente en un peldaño alto, que los rigores veraniegos e invernales llevaron hasta unas cifras poco habituales en fechas anteriores. Si las recolecciones de secanos y regadíos fueron defectuosas en abril-junio, el mal tiempo retrasó la siembra en octubre y sostuvo el alza un trimestre

Las expectativas creadas al verificarse el laboreo a principios de la estación invernal determinaron el descenso que inaugura 1856. Al practicarse la siega iría tomando cuerpo la convicción de unos resultados insatisfactorios y cuando llegó por fin se conquistó el pináculo del ciclo. En un solo cuatrimestre el encarecimiento medio alcanzó idéntica magnitud que durante todo el año preliminar. Dentro de las islas centrales, al mercado de la capital grancanaria correspondieron las mayores oscilaciones y los márgenes encarecidos más prolongados

Las condiciones objetivas estaban maduras para que estallase el malestar o poner en entredicho uno de los soportes del modelo arancelario de 1852, es decir, la protección del mercado agrícola interno

Los temores acerca de un desabastecimiento inminente cundieron por Las Palmas y un sector de la ciudadanía no se mostró dispuesto a admitir las delicias de aquel librecambio parcial

El concejal Miguel Arboníes llamó la atención del cuerpo el 9 de mayo sobre la «la ansiedad y alarma» popular ante el alza de los productos alimenticios y desde principios de mes estaban en danza los menestrales con protestas nocturnas

La corporación presidida por Sebastián Suárez Naranjo compartió «los graves temores» de Arboníes sobre la reiteración de «las tristes y graves circunstancias» de 1846-1847, tomando una serie de conformidades a propósito

Los tardíos aunque bien intencionados ajustes no serenaron el desasosiego de las clases laboriosas. A primeras horas de la noche del domingo 11, dice Chil, «se presentó el pueblo de un modo tumultuoso en la Plaza de Santa Ana» para reclamar del ayuntamiento que suspendiera la exportación de manutenciones. El amanuense Morales narró al comisionado madrileño Hernández la «zaragata» de esta forma: «Cosa de 300 ó 400 artesanos puramente, después de lanzar una porción de voladores, se reúnen en la plaza de Santana (sic) a cosa de las diez de la noche dando gritos para que no se permita el embarque de los frutos, y al mismo tiempo a boca chiquita, según me han impuesto, diciendo abajo los del Ayuntamiento que no han sabido defender los derechos del pueblo. Para mí tal insurrección tenía doble objeto, si bien la mayor de los peticionarios estaba de buena fe. Serafín [Zumbado] era el que los capitaneaba; éste según dicen desea ser alcalde, está dominado por Segundo Carrós y creo haber dicho bastante»

La cuantía de los reunidos resulta en verdad imponente, a pesar de que el señor Morales le restara importancia, dentro de una población que tenía 14.308 habitantes según el censo de1857.

En las casas consistoriales irrumpieron «varios grupos compuestos de artesanos» y la mancomunidad, congregada en sesión de urgencia a las 23,30 horas «a petición verbal de un considerable número de vecinos», tuvo que oír «sus sentimientos y pretensiones» por boca de Serafín Zumbado Falcón

Algunos trabajadores hicieron además relación «de hechos bientristes causados por dicha escasez y carestía»; el alcalde especificará el día 14 que sus salarios no daban para la manutención de los hogares respectivos. Una de las resoluciones adoptadas bajo esta presión fue no permitir la extracción de papas y cereales mientras durase tal escenario y hasta disponer de «un conocimiento aproximado de las existencias que hay de comestibles y el estado de la cosecha», cursando notificación ex profeso al ayudante militar de Marina

La municipalidad también comisionó a los regidores Luis Navarro y Juan Apolinario para que negociaran, con el expendedor al que hizo referencia Zumbado, la venta de la partida de millo al precio inicial de 75 rvon. por fanega. Asimismo decidió oficiar al jefe civil del distrito a fin de que participara «el conflicto en que se encuentra esta población» a los alcaldes de los pueblos de la isla «y especialmente a los de Agaete, Gáldar y Moya», animándolos «a que lo hagan notorio en sus respectivas jurisdicciones para que en vez de extraerse los frutos fuera de la isla se conduzcan aquí, donde habrán de tener muy pronta y ventajosa salida»

Las disposiciones municipales calmaron por lo pronto a la vecindad tumultuada, no así a las autoridades ni a los especuladores, celosos guardianes de las franquicias y de la libertad comercial. El ayuntamiento tornó a sesionar el 12 de mayo y encaró la exposición presentada ese mismo día por 19 negociantes, disgustados por la novedad «tan tiránica» de prohibirles expedir a otras islas las papas depositadas en el muelle

Después de «una detenida conferencia» se dispuso resolver la temática «en unión de personas que representen todas las clases» e invitar a la Real Sociedad Económica de Amigos del País, Juntas de Agricultura y de Comercio, El Gabinete Literario, El Liceo y otros nueve vecinos designados por el alcalde de conformidad con los síndicos. Al pleno extraordinario del día 14, bajo la presidencia del subgobernador José de Villasante, no asistieron todos los convocados

El jefe civil del distrito expresó su «gran disgusto» por la conmoción producida y el alcalde admitió que «no llegó a sospechar se alterase la pública tranquilidad», minimizando su cariz. Ante «un numeroso concurso» fue revocada la suspensión cautelar del embarque de las papas listas en el muelle «y de los demás que en lo sucesivo traten de extraerse para la provincia»

La solución amparada pasó por constituir una Junta que por suscripción o préstamo importase artículos de primera necesidad, para enajenarlos «a costo y gastos o a un precio en que, sin perjudicar la agricultura, estén al alcance de las clases más necesitadas y no excedan de los precios medios acostumbrados en esta plaza»

La licencia de los transportes, afirma Chil, «irritó de nuevo los ánimos y los predispuso a alterar por segunda vez el orden de nuestra pacífica población»

Los cohetes llamaron al motín en la Plaza de Santo Domingo después del anochecer del 14 de mayo y fue preciso movilizar a la Milicia Nacional al toque de generala. Hubo detenciones entre los que se negaron a disolverse y el expresado cuerpo estuvo acuartelado de forma preventiva hasta la siguiente vigilia

El epistolario de Laureano Hernández que Chil recabó nos facilita, en este punto, la
pormenorizada descripción que Prudencio Morales hizo en la carta del día 28 sobre sus andanzas personales durante el amotinamiento. Estas revelaciones, escritas con enorme frescura y muy superiores a las gacetillas de prensa, contienen detalles muy curiosos que no fueron incorporados a los  Estudios de Chil y vale la pena reproducirlas aquí pese a su extensión:

“A la noche del mismo día, estando yo en el Gabinete, sentí unos caracoles por el risco y algunos voladores. Serafín [Zumbado], que también se hallaba allí, dijo que iba a haber jarana y que querían comprometerlo varios artesanos para que se pusiese al frente de ellos y no dejar embarcar las papas. Mas él no quiso salir y todos los que estábamos allí nos fuimos a ver el ensayo de la zarzuela que acaba de representarse en este teatro. De allí a un momento corre la voz que se estaba acuartelando la Milicia Nacional, y efectivamente se nos cita para que inmediatamente ocurriésemos al cuartel. Por el puente encontramos unos cuantos grupos de hombres como que iban en retirada para sus casas, y me impuse de que reunidos como unos 200 ó 300 en la plaza de Santo Domingo, el Alcalde les dijo qué querían y no contestándoles nada les invitó que se retiraran a sus casas, yendo enseguida dicha autoridad en casa del Juez de primera instancia a participarlo de lo ocurrido. Cuando estas dos autoridades salieron, observa-
ron que los grupos se habían aumentado alguna cosa y se hallaban en la plaza de Santana (sic), en donde estaba el Jefe Civil invitándoles que se retiraran, como efectivamente lo hicieron; parte de cuyos grupos encontré por el puente según llevo dicho. Sigo mi camino y llego al cuartel de Santo Domingo donde se hallaba ya dicho Jefe, Alcalde, Juez de primera instancia, Comandante de Nacionales y porción de éstos, al mismo tiempo que observé que los seis hombres iban a tocar generala. Entonces me acerqué al Jefe Civil y Alcalde Suárez, y les dije que habiéndose disuelto los grupos creía no ser necesario alarmar el pueblo condicho toque, y entonces convinieron en suspenderlo. Mas de allí a un cuarto de hora se fueron reuniendo una porción de gente, quizá más bien por la curiosidad que por otra cosa, en el extremo de la plaza de dicho cuartel. En esto parece se le dio parte al Juez de primera instancia, que como llevo dicho se hallaba allí, de que del medio de los grupos salían voces incitando a los demás para que se fueran a apoderar del cuartel. Entonces, tomando dicha autoridad cuatro Nacionales y un cabo, se acercó a los grupos y echó mano al delincuente, pero los demás compañeros tiraron sobre de dicha fuerza con intención de salvar al reo, y en esta oleada le hubieron de tirar al Juez el sombrero, prorrumpiendo éste, entonces, con gritos desaforados,  favor a la Justicia, favor a la Justicia

Yo por lo que hace a mí, cuando sentí aquellos gritos y correr al mismo tiempo a los dichos por donde salían, consideré víctima de una temeraria imprudencia a dicho funcionario, pero salió ileso, manifestando que no había sido absolutamente nada.

Entonces inmediatamente se tocó a generala, todos los Nacionales ocurrieron a su cuartel y todo quedó como una balsa de aceite. A cosa de la una de la propia noche, después de haberse patrullado por toda la Ciudad, se formó el batallón y compañía de artillería y el Jefe Civil les dijo la alocución que usted verá en los periódicos. Por la mañana del día siguiente, pues todos nos fuimos a acostar, vi fijado en las esquinas el bando que también usted verá en dichos periódicos. Por la noche siguiente se volvió a acuartelar la Milicia, porque durante el día se corrieron voces que se trataba de sacar a los presos por aquellos sucesos, pero nada sucedió y todo quedó tranquilo. Aunque el movimiento, como dije o indiqué a usted en la mía anterior, podía nacer más bien de ciertos sujetos que a toda fuerza quieren apoderarse de los destinos municipales y otros ser Alcaldes e individuos del propio Cuerpo y Comandante de la milicia Nacional, nada de esto se dijo por los grupos, en voz alta, ni menos que se reunieran los grupos junto a la casa del Jefe dando mueras...”

El subgobernador Villasante atribuyó la asonada «a mezquinas pasiones y a intrigas de mala ley» de «unos cuantos ilusos», sirviéndose de la carestía como mero ardid para perpetrar «un delito desusado en la Gran Canaria». Amenazó con aplicar todo el rigor de la legalidad vigente a posibles revoltosos y prohibió la venta y el uso de voladores, obligando a los fabricantes a notificar sus existencias y a seguir sus instrucciones. A los milicianos les conminó a repeler los ultrajes a la seguridad y les previno que reprimiría expeditivamente a quienes deshonraran el uniforme. En una circular del 18 de mayo, por su parte, el gobernador civil Pedro García Arredondo pregonó que la exportación de cereales y papas había sido «prohibida indebidamente» y «cediendo a reclamaciones que no debieron ser atendidas», felicitándose por “la inmediata sofocación del tumulto y la entrega de varios alborotadores al tribunal ordinario”


La justicia actuó ahora con más contundencia que en 1851.

El juez de primera instancia, Eugenio Pérez, reclamó al consistorio desde el 15 de junio informes sobre «la tendencia del movimiento», sus causas y personal director

La misma jefatura civil del distrito preguntó el día 20 acerca de «la conducta pública» de trece vecinos, si se tocaron caracoles y demás pesquisas conducentes “al descubrimiento de los autores de la sedición”

Por este delito fueron procesados el 24 los electores Serafín Zumbado, Gregorio Gutiérrez, Segundo María Carrós y Andrés Melián. A la semana dirigieron todos ellos un comunicado a la prensa en el que deploraban la aplicación de la Ley marcial de 17 de abril de 1821 y la imposición de un solo abogado y procurador para su defensa ante el tribunal

Aunque Chil no lo diga, al menos los dos primeros eran notorios militantes del Partido Progresista y por ende camaradas del comisionado Laureano Hernández. De ser cierta la afirmación de Morales en torno a la instalación del Partido Demócrata en aquellos meses, con la tercería de Carrós, no caben dudas en cuanto al sesgo político que las autoridades dieron a los levantamientos artesanales del 11 y 14 de mayo, sin que debamos exagerar las ambiciones de esta peña en la génesis de los acontecimientos

La tramitación en las Cortes del proyecto divisionista del ministro Patricio de la Escosura obligó a restarles trascendencia frente a las previsibles manipulaciones nivarienses

El ayuntamiento de Las Palmas inició el 13 de mayo de 1856 la rueda de informantes por los pueblos que había convenido para evaluar la crisis agrícola

No tuvo una entidad similar a la de agosto de 1851, circunscribiéndose a las alcaldías y sin que cooperasen las de cinco demarcaciones (Agaete, Firgas, Santa Brígida, San Mateo y Santa Lucía). El común denominador de todos los partes, avalando las informaciones de prensa, fue aseverar que no disponían de acopios del año anterior o que éstos eran tan exiguos que no bastaban para cubrir el consumo local

La sequía y el ataque de la alhorra, más las ventoleras y las puntuales invasiones de la cigarra o la lagarta, dañaron enormemente a los cultivos en 1856. La recolección no alcanzó el tercio de la habitual en San Lorenzo y Valsequillo, en Mogán no daría sino para tres o cuatro meses y en Arucas e Ingenio se redujo a la mitad de las regulares, abandonándose en Moya los plantíos «en la parte de sequeros». El alcalde de San Bartolomé estimó que «el labrador que espera recolectar 12 fanegas apenas llegará a 6 ó 7». Los altos precios de las semillas habían reducido los sembrados de papas en Telde y esta vez el presidente de la corporación municipal fue partidario de prohibir su salida, temiendo una hambruna semejante a la de 1847.

En Valleseco no cultivaban esta planta sino «una décima parte del vecindario» y también planeó idéntico miedo

Al mediar el verano de 1856 persistían los indicadores críticos de la primavera. El 18 de julio, ante la pérdida de “una porción considerable” de la cosecha de papas de medio tiempo y la ostensible reducción del producto de los cereales, el concejo palmense propuso al gobierno civil la supresión por tres o cuatro meses de los derechos de importación que pagaban los granos y el cese de las extracciones de tubérculos fuera de la provincia

La “cuestión de las subsistencias” alarmaba aún a la municipalidad a finales de año y la pertinaz sequía forzó a encarecer al jefe civil del distrito que previniese “fatales consecuencias”

El gobernador Félix Fanlo daba prioridad a su obsesión por el mantenimiento del orden a toda costa y el 14 de enero de 1857 formuló “varias indicaciones” de este jaez a la alcaldía, entre ellas la incautación del armamento en manos de los particulares.

Al fin tuvo que prorrogar la libre introducción de granos y harinas hasta el 1 de junio y prohibir la salida extraprovincial de las papas en el mismo plazo

Las movilizaciones artesanales de Las Palmas habían puesto en evidencia los engorros de un régimen de franquicias imperfecto, que perjudicaba a los consumidores menos pudientes cuando las crisis de subsistencias se convertían en una triste realidad. (Agustín Millares Cantero).

jueves, 18 de abril de 2013

CANARIAS LACERADA, II- VI







ALZAMIENTOS Y MOTINES CONTRA LA  REPRESIÓN COLONIAL EN CANARIAS

Capitulo XI-I




Eduardo Pedro García Rodríguez


1851 junio 5.
Los amagos de revuelta que hubo en marzo de 1847, en medio de una espantosa hambruna, pasaron a ser verdaderas rebeldías en 1851 al acontecer la catástrofe del cólera morbo asiático

El 21 de julio y el 2 de agosto, al remitir aquella «horrorosa epidemia» que en palabras de Millares Torres «estalló como la explosión de un volcán»

Se produjo primero una agrupación facciosa y después un auténtico motín que tuvo por esenciales protagonistas a los matriculados del mar en paro forzoso. El doctor Chil fue el único historiador isleño que mencionó estos episodios, aunque lo hiciera con extrema concisión y postergando la masa documental que tuvo a la vista, procedente de los fondos municipales. Veamos su conciso enfoque antes de acometer a la detallada exploración que un tema inédito y enjundioso merece:

«A fines de Julio había ya principiado el Cólera a ceder en Las Palmas, pero la miseria era grande a causa de la paralización de los trabajos y de la incomunicación en que se hallaba la Gran Canaria con las demás Islas. Con este motivo hubo en Las Palmas disgustos causados por el embarque de patatas para América, pues habían dos expediciones y los dueños llamaron a sus marineros y allegados con el objeto de que saliese una antes que la otra, lo que dio lugar a malos procederes, hecho que tuvo efecto el 21 de Julio. En la noche del 2 de Agosto se levantó se puede decir todo el pueblo con un motivo semejante y al presentarse el vocal del Ayuntamiento don Jerónimo Navarro, acompañado de seis soldados, mandando se retirasen, aumentó el escándalo y la algaraba (sic), lo que dio por resultado que arrojasen piedras, una de las cuales dio en la cabeza del Concejal causándole una herida. Entonces huyeron a toda prisa, el señor Navarro, los soldados y el pueblo les siguió temerosos todos de lo que podía sobrevenir»

El darwinista isleño aplicó unas claves no que se ajustan exactamente a los pliegos de la documentación. La porfía empresarial jamás condujo a una pugna entre dos bandos de marineros durante los «malos procederes» del 21 de julio, o al menos ninguna de las testificaciones autoriza semejante hipótesis. Los vicios de una ligera ojeada de los papeles le llevaron a desvirtuar los eventos, trasladando la competencia entre los armadores a la movilización callejera y dando a entender un rifirrafe dentro de los propios asalariados. Tampoco al término del motín del 2 de agosto sucedió esa desbandada medrosa de quienes se levantaron en algarabía, lo cual pudo parecer muy natural tras herir a un munícipe y temerse la reacción de la superioridad. La sugerencia de una participación casi general de «todo el pueblo» entra dentro de las exageraciones típicas de los relatores entusiastas, a pesar de convenir el énfasis en la dimensión masiva. Por lo demás, Chil se dejó en el tintero muchas particularidades que no conviene omitir.

Pasemos a nuestro análisis alternativo.

Un grupo de «marineros ociosos» se congregó a primeras horas de la tarde del 21 de julio ante el local del ayuntamiento, al conocerse que la corporación trataba sobre las exportaciones de papas hacia América y que daría el visto bueno a la facturación de ciertas remesas

La exhibición fue impulsada al parecer por el armador y negociante Rafael Romero, vecino de la arteria de Triana y con intereses directos en el ramo. El regidor Fernando Báez y Cambreleng, desde su casa de la calle del Colegio, sintió llegar «un tropel de gente» y desde una de sus ventanas contempló aquella «porción de marineros» que exigía a voces la prohibición de los embarques. Inmediatamente se dirigieron los alborotadores hacia la vivienda contigua del alcalde corregidor José María Delgado, convaleciente aún del contagio colérico, uniéndose a los mismos otros acólitos que arribaron por diversas travesías.

La aglomeración, según la revista que dicho mandatario envió al juez de primera instancia del partido, alcanzó «cosa de trescientas personas»; el consistorio entendió que el cálculo era muy abultado y con «noticias más exactas» redujo la cifra «ni aún a la mitad, puesto que sólo se componía, como se ha indicado, de una parte de los matriculados que existen en la población, además de los curiosos que nunca faltan en estos casos»

Más de un centenar de manifestantes representaba de todas maneras un contingente digno de consideración, en una ciudad que en 1856 contaba con 2.201 vecinos y que un lustro atrás, con los estragos del cólera, debía tener bastantes menos.

Por ello sembró la alarma entre la mayoría de los institutos públicos, muy sensibles al mantenimiento del orden en aquel intervalo catastrófico. La actitud contestataria de los apiñados y la condescendencia que hacia ellos mostró el primer munícipe, añadieron otros factores para la inquietud de los responsables de la política reaccionaria en tiempos de Bravo y Murillo. A Delgado le costó enormemente que se disolviera la protesta, consiguiéndolo sólo tras apalabrar que serían satisfechas las reivindicaciones de origen. Uno de sus parientes, Marcial Del- gado, narró después lo sucedido en estos términos: «Que en su misma casa, situada en la calle del Colegio, sintió el día veinte y uno del mes pasado la reunión de gente que, a cosa de las dos o tres de la tarde, hubo frente [a] la casa del Señor Corregidor Don José María Delgado, para pedirle prohibiera la exportación de papas; el testigo vio y oyó del balcón de su casa que el mismo corregidor, presentándose en el de la suya, intimó en alta voz a que se retirara la gente reunida, invocando el nombre de Su Majestad la Reina; que le contestaron que no se retiraban, añadiendo otras voces que el testigo no comprendió por la distancia; que enseguida salió el declarante y se acercó por curiosidad a dicha reunión y que oyó que el corregidor repetía que se retirasen todos, que confiasen en él, puesto que las papas no se embarcarían; y que efectivamente se retiraron con esta promesa...»

La mera petición del alcalde desde los balcones de su domicilio, apelando al Trono inclusive, no bastó para calmar los ánimos de los díscolos mareantes. Tuvo que bajar al empedrado y allí encararse con quien los capitaneaba, el cual había acompañado al fletador Romero durante la entrevista concedida el díaanterior. El propio Delgado reconoció que  las turbas permanecieron «impávidas» ante su primera intimidación y que al reiterarla «continuaron sin movimiento». La demostración sin duda «era pacífica» y no podía llamarse motín, como aseguraron seguidamente los regidores, pero adoptó un tinte sedicioso al implicar la reiterada desobediencia al máximo representante del poder civil en la capital insular. La discusión entre el corregidor y el referido cabecilla fue, a buen seguro, mucho más enervante de lo que expuso el primero, empeñado sobremanera en hacer ver que preservó cuanto pudo el principio de autoridad y ocultando que transgredió una resolución corporativa. De acuerdo con su relato, el interlocutor creía actuar al amparo de una real orden y siempre exhibió un enorme respeto hacia la alcaldía, preocupado únicamente por sustraerla de los apetitos particulares

El alcalde Delgado se cuidó mucho de esconder ante la justicia el compromiso que de palabra asumió con los reclamantes, una debilidad que indignó a sus compañeros.

El instigador principal de los «malos procederes» del doctor Chil fue el susodicho traficante Rafael Romero, quien había contratado con el patrón del buque  El Trueno (el mismo que trajo el cólera) la expedición a Cuba de 700 fanegas de papas, el  pan de los pobres.

 Al saber que la Diputación provincial tenía prohibidas las remesas de tal artículo, cursó una instancia al corregidor el día 19 de julio, como hombre «interesado en que no sufra perjuicios la población», para que la interdicción afectara también a otros exportadores «hasta que no varíen las circunstancias del vecindario». Estos últimos eran sobre todo dos comerciantes de la calle de La Peregrina llamados Francisco Rey y Bernardo Rolo, los cuales presentaron al unísono otra petición para que fuesen autorizadas sus transacciones, alegando entre otras cosas la abundancia y baratura de las mercancías de primera necesidad (papas, millo, trigo y cebada). La poca estimación de las papas y la imposibilidad de facturarlas hacia otras islas debido a la incomunicación vigente, iban a deparar en opinión de ambos unas pérdidas considerables al comercio si no imperaba la libertad mercantil con la América española.

El mismo 21 de julio, el vicepresidente de la Junta de Comercio y concejal Jerónimo Navarro avaló todas estas argumentaciones librecambistas en un escrito al gobernador civil, donde afirmaba que la profusión del tubérculo había bajado las cotizaciones a 20 rvon. por fanega y que sin el tráfico americano los excedentes «se pudrirían infaliblemente por falta de consumo»

La competencia empresarial alentó desde luego los episodios del 21 de julio en Las Palmas, mas sin el desasosiego popular habría sido imposible el surtido de las manipulaciones y la explosión que tuvo lugar doce días más tarde. En términos de «farsa» e influencia personal, conforme a la lectura de la práctica totalidad de los capitulares, no pueden entenderse con rigor estos bullicios

Los bulos quizás echasen leña al fuego. Al decir del consignatario Francisco Rey se difundió, «sin duda con siniestras intenciones», la especie de que estaba determinado a cargar entre 5-6.000 fanegas de papas en la fragata  Isis (capitán Eusebio Sierra) y el bergantín-goleta  Paquete de Trinidad (capitán Luciano Rey), fondeados desde hacía tiempo en la rada de La Luz. El exportador rubricó que sus proyectos reales eran expedir 1.000 fanegas en la primera embarcación y 400 en la segunda, porciones que fueron contratadas antes de sobrevenir la epidemia de cólera y llevaban en sus almacenes más de un mes.

La comisión que el alcalde nombró el 30 de julio a fin de examinar los volúmenes y el estado de los cargamentos, formada por los regidores Manuel Sigler y Jerónimo Navarro y dos peritos de confianza (el comerciante Cayetano Inglott y el «labrador inteligente» Ventura Vázquez), calculó sin embargo que Rey disponía de 1.200 fanegas, la mayor parte en «reventazón», más otras 600 en Telde. A ellas agregó las 600 fanegas de su compañero Rolo, divididas por mitad entre las existencias de su casa y los depósitos del campo. Por último computaron las 200 fanegas de Gaspar Medina en su establecimiento de la Vica de Triana. En total, pues, 2.600 fanegas oficiales distribuidas entre las 1.700 de la ciudad y las 900 rurales

Los incidentes ante la casa del corregidor harían que el juez de primera instancia del partido, Jacinto Bravo de Laguna, ordenara la inmediata designación de patrullas y rondas a objeto de prevenir «toda consecuencia desagradable». Igualmente resolvió el día 23 la detención y el ingreso en la cárcel pública de cuatro marineros señalados con antelación por la alcaldía: Luis Caraballo, José Yanes, José Riperola y Segundo  El Manco, los probables compinches de Romero.

El inefable Delgado comunicó al gobernador civil Antonio Halleg por aquellas fechas que la tranquilidad de su jurisdicción seguía «en el estado más satisfactorio». A pesar de ello, el delegado gubernativo exigió el 1 de agosto que se impidiera por cualquier medio «toda alteración»

Las alegaciones que el ayuntamiento transmitió a éste el 29 de julio terminaron expresando la convicción de que el alcalde fuera obligado a ejecutar unos acuerdos  legales y razonables, «y que no dé motivo con su condescendencia, que en estos casos puede calificarse de debilidad, a que puedan suscitarse motines verdaderos». No sabían los ediles hasta qué punto acertaban al vaticinar estos negros presagios.

Las ocurrencias del 2 de agosto comenzaron alrededor de las diez de la mañana en el muelle. Entre 150 y 200 marineros confluyeron allí al enterarse que 500 fanegas de papas de Rey iban a ser embarcadas en la fragata  Isis

Su piloto informó en el acto al teniente y comandante de Carabineros, Jacinto Ruiz de Quevedo, el cual observó que los apiñados mostraban «intenciones hostiles» y escuchó entre los corrillos la determinación de paralizar la estiba. El oficial colocó dos centinelas en el embarcadero y mantuvo otros cinco soldados en la casilla para reforzar la guardia. Los revoltosos pasaron hasta la ermita de San Telmo y el cercado de Antonio López Botas, tratando de tocar a rebato las campanas del oratorio y de cometer «algunos otros excesos, como era el de no dejar transitar a las personas indiferentes al tumulto que por allí pasaban». Al llegar Ruiz hasta ellos e inquerir sus propósitos, un nauta que hacía las veces de cabecilla, apodado  El Fino, le espetó: «Nosotros lo que queremos es que no se embarquen las papas, pues el Señor Corregidor nos prometió el otro día que no se embarcarían y no se embarcarán, porque nosotros moriremos por las papas»

La enérgica respuesta fue seguida por «una porción de voces» de casi todos los asistentes que cercaban a Ruiz, con gritos a coro de «¡No se embarcarán las papas, no se embarcarán las papas, o de lo contrario ha de correr hoy sangre!» El uniformado replicó a la bulla que, de no mediar un mandamiento expreso del corregidor, su deber era garantizar las diligencias «a todo trance, invitándoles además a que se dejasen de añadir alborotos a las desgracias que se habían hecho ya sentir en el pueblo, y que se retirasen a sus casas»

Las amonestaciones calmaron un tanto a los soliviantados, quienes «ya no pensaron más en tocar la campana». El teniente de Carabineros, no obstante, marchó enseguida a la residencia del gobernador militar José de Vidaurre y González y le dio parte verbal de todas las incidencias, suplicándole que «por si acaso» enviara refuerzos a su «corta» tropa.

El subdelegado de Marina, en el ínterin, convocó a los patrones de todas las lanchas para «cortar por su mediación aquellos excesos». A las 13,15 horas, desde el postigo de la casilla del muelle, Ruiz de Quevedo constató que «el tumulto había desaparecido completamente» e interrumpió la redacción de su instancia. Era la calma que precede a la tempestad.

El aviso de cuanto se estaba tramando bajo cuerda lo dio poco antes del anochecer el jefe moderado y diputado provincial Antonio López Botas desde una de sus moradas y refugio campestre, por medio de la breve esquela que hizo llegar al teniente de alcalde y alcalde corregidor accidental Ignacio Díaz

En ella le destapaba: «ha corrido por aquí que esta noche o mañana habrá allí bullanga, y me apresuro a indicárselo a usted para que esté prevenido y me les dé una buena lección»

Inmediatamente el destinatario pidió al gobernador militar que pusiera a su disposición tres piquetes de ocho soldados cada uno, para montar dos rondas en Triana y una en Vegueta.

Las precauciones llegaron tarde. Al poco del toque de oraciones, hacia las 20,30 horas, se escucharon «en casi toda la población» campanadas, caracoles y bocinas que terminaron por convocar a más de 500 personas en torno a la ermita de San Telmo

El estrépito hizo que acudieran al cuartel y guardia de prevención de San Francisco el alcalde accidental y los regidores Jerónimo Navarro, Manuel de Lugo, Antonio Abad Navarro, Fernando Báez Cambreleng y Manuel Sigler, a quienes escoltarían algunos ciudadanos (Fortunato de la Cueva, capitán graduado de teniente coronel del Provincial de Guía, Gaspar Medina Báez, Gregorio Gutiérrez, Fernando Cambreleng Vázquez, Francisco Pestana Brito y Manuel Canales, sobrino de Sigler). Quien primero llegó parece haber sido el más intrépido.

El concejal Jerónimo Navarro, a pesar de que su condición de vicepresidente de la Junta de Comercio lo convertía en diana de las iras populares, salió al frente de una patrulla de seis milicianos provinciales que mandaba el cabo primero José Cipriano Díaz Monagas

Su valentía flaqueó un tanto al aproximarse al extremo de la calle Mayor de Triana y apreciar que «el tumulto era de bastante consideración por el número de los amotinados», así que envió a uno de los mílites a por refuerzos.

El referido cabo primero contó que en dicho lugar «se oían los caracoles, donde llaman el Callejón de la Vica, que allí encontraron un pequeño grupo como de diez a doce hombres a quienes trató de aprender, mas que habiendo el Concejal don Jerónimo Navarro principiado a darles con la vara que llevaba, corrieron y se escaparon todos. Que de allí se dirigió la patrulla hacia la Ermita de San Telmo, en donde encontraron ya grupos de más consideración, de los cuales principiaron [a] arrojar algunas piedras que hirieron al Concejal don Jerónimo Navarro y a uno de los soldados de la patrulla. Que dicho concejal se retiró entonces, diciéndole al declarante que permaneciese en aquel punto para impedir que el tumulto avanzase. Que desde allí mandó dicho Concejal un soldado para que viniese otra patrulla...»

La herida que sufrió el edil Navarro en la cabeza no fue de gravedad, como tampoco la del miliciano que lo acompañaba.

Los rebeldes apedrearon también la fachada de la casa habitación de la madre de aquél, situada en las inmediaciones de la ermita. En el cuartel de San Francisco, mientras tanto, el alcalde corregidor interino y sus escoltas no habían conseguido que se les entregara toda la hueste disponible. Los efectivos eran escasos, pero suficientes para liquidar el motín: 30 provinciales y unos 20 soldados del Batallón de Málaga que estaban en franquía

Las reiteradas súplicas de Ignacio Díaz, que en vano intentó de nuevo ponerse al habla con el gobernador militar, resultaron inútiles. Los oficiales no facilitaban más fuerzas sin órdenes precisas. A un pelotón del Batallón de Málaga (un cabo y cuatro soldados), formado en la plaza con el armamento de rigor, se le retiró al venir el sargento Andrés González con la respuesta de la superioridad, «reducida a que la tropa que debía salir del Cuartel, ya había salido»

Varios testigos llegaron a denunciar que la mayor parte de los granaderos de la Compañía del Batallón de Las Palmas no pasaron al acuartelamiento al escuchar las invocaciones al motín; otros apreciaron que muchos formaban con los de San Telmo.

Entre éstos reinaba la creencia de que la milicia no les iba a disparar.

El gobernador militar, al lado de una docena de subalternos, parlamentó con los soliviantados durante más de media hora sin hacerlos desistir. José de Vidaurre, otro de los enfermos de cólera, no quiso de entrada utilizar la fuerza y confió en el peso de su autoridad para disolver el levantamiento

Su actitud fue diametralmente contraria a la del juez de primera instancia Jacinto Bravo de Laguna, que compareció en San Telmo junto al promotor fiscal Mariano Vázquez y Bustamante y el escribano José Benítez Cabrera. Haciendo honor a su apellido, Bravo exigió la terminante dispersión de los revoltosos invocando el nombre de la reina y por única reacción obtuvo insultos y amenazas. El choque con la jerarquía castrense se escenificó ante la concurrencia, en medio de los «vivas» al militar y los «mueras» al juez.