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domingo, 1 de noviembre de 2015

LEYENDA DE LA PRINCESA ICO



LEYENDA DE LA PRINCESA ICO


En el siglo XIV arribó a Tytheroygatra (Lanzarote) un aventurero vizcaíno llamado Martín Ruiz de Avendaño, quien tras ser invitado por el rey de la isla Zonzamas a hospedarse en su propia casa, tuvo relaciones con la mujer del mismo llamada Fayna, teniendo esta a los nueve meses una hermosa niña de tez muy blanca a la que llamarían Ico. Al morir Zonzamas le sucedió su hijo Tinguafaya que fue hecho prisionero en 1393 junto con su esposa y 160 nativos.

Le sucedería su hermano Guanarame que había casado, a semejanza de los antiguos egipcios, con su hermana la princesa Ico. De esta unión nació
Guadarfia.

Al quedar el trono en manos de la princesa Ico (de dudosa nobleza) le exigieron una prueba de su nobleza. Su piel y sus rubios cabellos recordaban demasiado la lejana llegada de Ruiz de Avendaño y si Ico no era hija de Zonzamas, no podía llevar la corona, así que tuvo que huir. Deliberaron largamente los Guaires. Finalmente decidieron que, para llegar a la verdad, la princesa fuese sometida a la prueba del humo. Quedaría encerrada en una cueva acompaña de tres criadas plebeyas. Después se llenaría el aposento con  un  humo  espeso  y  continuado;  si  la  sangre  de  Ico  no  era  noble, perecería como las otras mujeres. Si sobrevivía sería signo inequívoco de su nobleza. El día siguiente sería testigo de la prueba.

Por la noche Uga, la  niñera de  Ico, la visitó  con  el pretexto de animarla, pero nada más quedar a solas, la vieja aya le dio una esponja a la princesa diciéndole que al llegar la hora de la prueba, la empapara de agua y la pusiera en su boca, con lo cual saldría viva de la cueva. Ico hizo caso. Cuando fue abierta la cavidad las tres criadas plebeyas yacían muertas, mientras que ella salió con la irritación natural en los ojos, pero con vida. Así pudo reinar y sucederle en el trono a su hijo Guadarfía.

viernes, 30 de octubre de 2015

“El mito de Gara y Jonay ha sobrevivido porque da nombre a un lugar sagrado”




La joven grancanaria que escribe una tesis sobre la leyenda gomera ofrece durante estos días charlas en dos centros educativos organizadas por la Consejería Insular de Juventud
Gara Domínguez Curbelo es una joven de Gran Canaria cuya única vinculación con La Gomera hasta ahora ha sido su nombre. Tal vez ésta sea la razón por la que ha elegido hacer una tesis sobre la leyenda de Gara y Jonay.

 Durante estos días visita por primera vez La Gomera y ofrece una serie de charlas para los estudiantes organizadas por la Consejería de Juventud del Cabildo, en las que explica los orígenes de la leyenda. Pero a la vez también le sirven para recopilar información sobre el estudio universitario que realiza entorno a este mito. La profesora imparte las conferencias hoy martes en el colegio Mario Lehermet de Hermigua y mañana en el Instituto Poeta García Cabrera de Vallehermoso
La joven considera que si la leyenda ha sobrevivido durante siglos en la memoria de los gomeros y canarios ha sido precisamente porque da nombre a un lugar sagrado desde la época aborigen como son los Altos de Garajonay. Antes de las conferencias realiza una encuesta entre los alumnos para saber cuál es el nivel de conocimiento que tienen sobre esta leyenda y si la han leído o se la han contado.
En estas charlas la estudiosa analiza la narración de La Gomera en comparación con otras tres de España como son los amantes de Teruel, la Peña de los Enamorados en Málaga y la Isla de Ízaro en el País Vasco. También la relaciona con la historia de la Roma clásica, protagonizada por Piramo y Tisbe, en la que precisamente se basó Shakespeare para escribir la obra, Romeo y Julieta y la de Nicaragua, Omatepelt y Nagrando.
Estos estudios determinan que efectivamente la historia de Gara y Jonay es universal y se puede encontrar con las lógicas diferencias en casi todos los lugares del mundo. Con lo cual pasa de ser una simple narración a convertirse en todo un arquetipo universal: el de los jóvenes enamorados en contra de la voluntad de sus familias y que al ver que su amor es imposible deciden poner fin a sus vidas. Y es en la forma de morir donde aparecen mayor número de variantes. Las particularidades de la leyenda de Gara y Jonay son precisamente la ambientación en el mundo aborigen hasta el punto de que en algunas versiones se incluye el lenguaje del silbo.
Domínguez Curbelo cursó sus estudios universitarios de Filología hispánica en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). A continuación realizó en el mismo centro educativo un máster universitario en Formación de Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas. El trabajo de fin de máster lo centró en la enseñanza-aprendizaje de la norma canaria culta en el aula.
Esta joven actualmente imparte clases de lengua y literatura en una Academia de Las Palmas de Gran Canaria y realiza su tesis doctoral en el programa de doctorado en estudios lingüísticos y literarios en sus contextos socioculturales. Su tesis se inserta en el programa en la línea de investigación La influencia sociocultural de la tradición y se centra en el estudio de la leyenda de Gara y Jonay desde una perspectiva comparativa con otras culturas.
(Gara Domínguez Curbelo)

La Princesa Ico




Transcurría el siglo XIV. Una tormenta hizo embarrancar al navío del español Martín Ruiz de Avendaño en la costa de Lanzarote. El marino tuvo la suerte de que Zonzamas, el gran rey, le diera la bienvenida. Permaneció en la isla durante seis meses, disfrutando de la hospitalidad de los aborígenes. Pero también hubo otra razón para quedarse tanto tiempo allí. Fayna, la sublime esposa de Zonzamas, había conquistado su corazón.


Después, Martín Ruiz de Avendaño salió de nuevo a la mar. Nunca más se supo de él pero, a los cuatro meses de su partida, Fayna dio a luz una niña. Se le puso de nombre Ico y pronto se vio que era una princesita rubia y de piel blanca, lo cual alimentó los rumores entre los lanzaroteño. Ciertamente, no les había pasado desapercibido el romance entre el forastero y Fayna.

Cuando Zonzamas murió, le sucedió su hijo Tinguafaya. Sin embargo, no ejerció el poder durante mucho tiempo, porque a poco de ser nombrado rey, unos piratas españoles lo raptaron, junto con su esposa y otros setenta aborígenes que fueron vendidos como esclavos.

Después del corto reinado de Tiguafaya, le siguió en el poder Guanareme, otro hijo de Zonzamas. El nuevo rey se casó con su hermana Ico. En aquellos tiempos, esta costumbre resulta común entre los aborígenes de varias hijas del archipiélago. No obstante, tampoco a este monarca le esperaba un reinado muy largo. Perdió su vida luchando contra unos piratas que visitaron Lanzarote en busca de esclavos.

Guanareme tenía un hijo, Guadarfía, al que ahora le tocaba reinar. Pero Atchen, un pariente cercano, también reclamaba el trono. Éste administraba una dilatada región de Lanzarote y tenía tantas relaciones importantes como poder entre los guerreros. Además, Atchen sostenía que Ico no era hija de Zonzamas, sino fruto de la relación de la reina con aquel extranjero. Por tanto, su hijo Guadarfía tampoco descendía directamente de Zonzamas y no le correspondía subir al trono de madera legítima.

El consejo o tagoror de ancianos se reunió y, como suelen hacer los sabios para salvar sus espaldas cuando no saben qué decisión tomar, dejaron la resolución del problema en manos de la suerte o de sus divinidades. El consejo decidió, pues, que Ico debía someterse a una prueba sobrenatural, para comprobar su ascendencia real.

El día fijado para la prueba llegó. Llevaron a Ico y a sus tres damas de compañía a una cueva. Cientos de lanzaroteños acudieron a contemplar el macabro espectáculo. Cuando la reina estuvo en la entrada de la gruta, miró al gentío y pudo distinguir algunos rostros queridos, cubiertos de lágrimas, como el de su hijo Guadarfía. Solo su vieja matrona se atrevió a contravenir las normas y acercarse a ella para abrazarla. Un anciano hizo una seña y un par de hombres apartaron suavemente a la vieja para que el acto continuara. Aparentemente fuerte y segura de si misma, Ico entro en la cueva, seguida de sus compañeras. Delante de la gruta, se amontonaban ramas verdes. Las cuatro mujeres penetraron en aquel agujero y un guerrero encendió una hoguera sobre la que fue depositando el ramaje verde. Se produjo una gran humareda. Con hojas de palmera, dos hombres abanicaban el humo hacia el interior de la cueva.

Las mujeres encerradas comenzaron a sentir que les picaban los ojos y la garganta. Por fuera, el pueblo esperaba con expectación el resultado de la prueba: si Ico no muriera asfixiada, sería la demostración de que la sangre que fluía por sus venas era sangre real. Después de poco tiempo, se oyeron los gritos de las mujeres. Luego, una tos ahogada. Al final, los sonidos que provenían de la cueva se debilitaron y se extinguieron. Sin embargo, todavía la hoguera continuó encendida y los verdugos siguieron enviando humo hacia el interior.

Mucho rato más tarde, apagaron el fuego y los ancianos del consejo penetraron en la gruta. Delante de ellos, en el suelo, se encontraban tumbados los cuerpos sin vida de las tres compañeras de Ico. Su postura era retorcida y sus ojos continuaban muy abiertos por el terror y la agonía. Más adentro, apoyada en la pared de la cueva, se hallaba Ico, ennegrecida por el humo. Sus ojos eran dos ascuas que miraban a los viejos. Sin pronunciar una palabra, dio algunos pasos tambaleantes. Rechazó cualquier ayuda y, lentamente, salió de la cueva con la cabeza levantada, parpadeando. Atardecía y la luz de la puesta de sol bañó su figura renegrida. Se acercó a su hijo Guadarfía, el nuevo rey de la Isla, y lo abrazó. La multitud, reunida delante de la cueva, estaba delirante de júbilo ante el prodigio que acababa de realizarse ante sus propios ojos.


Como suele suceder en las historias mágicas, sólo unas pocas personas se enteraron de qué manera se había realizado aquel milagro. El resto, nunca supo cuál fue la verdadera razón por la que una de las viejas curanderas se había abierto paso hasta la princesa, a través de los asistentes a la prueba. Esa anciana mujer había ejercido durante muchos años como matrona. Ya cuando Ico nació ella había prestado sus manos sabias y hábiles para que la niña llegara sana a este mundo. Después, ayudó a Ico a tener a su hijo Guadarfía y curó a éste de no pocas heridas en sus correrías de niño y de adolescente. Para muchos aborígenes, la anciana no era sólo matrona sino también una inteligente curandera.

A nadie extrañó que la vieja abrazara a Ico, pero lo que ninguno de los presentes observó fue cómo, subrepticiamente, la matrona le entregaba una esponja marina, mojada en agua, y le rogaba que se la pusiera en la boca para respirar a través de ella cuando comenzara a entrar el humo.

Así, Ico pudo salvar su vida y el trono de su hijo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Leyendas Gomeras: donde el muerto mató al vivo





Desde entonces y sobreviviendo a los siglos, en aquel lugar del monte gomero, entre la laurisilva hay un cruce de caminos con una cruz de madera y un texto incrustado en ella que dice: “Aquí está la cruz amigo donde el muerto mató al vivo “:
Eran dos amigos que se querian tanto,
que en La Gomera se decía,
que aunque no tenían la misma sangre,
se trataban como si fueran hermanos.
Hasta que una mañana llegó ella,
su silueta y sus labios tentadores,
hizo que uno de los dos,
alimentara contra el otro, un odio feroz.
Al caer la noche en el sendero,
que cruzaba la montaña,
se encontraron frente a frente,
el amigo bueno y el que celaba,
El celoso en un arrebato de ira,
y con un palo largo entre sus manos,
se puso como una fiera asesina,
y partió el cráneo en dos de su querido amigo.
Después de tan atroz acontecimiento,
el asesino corrió montaña abajo,
llegó al puerto, y sin mediar palabra,
rumbo América marchó, subido en un barco.
Pasaron después muchos años,
y una gran fortuna, en América acumuló,
era un hombre rico y respetado,
y de vuelta a La Gomera regresó.
A los pocos días de su regreso,
quiso recordar su juventud,
cogió un palo largo y puntiagudo,
y al sendero, donde jugaba cuando niño, volvió.
No se sabe si fue su conciencia sucia,
o que el diablo lo llevó,
pero Dios quiso que se diera de narices,
con los huesos desgastados del horror.
A su mente la ira regresó,
y empuñando el palo con fuerza,
empezó a golpear las desgastadas costillas
del que fue su gran amigo en vida.
Varios minutos de imparable ira,
hizo que el palo se clavara entre dos piedras,
que pararon la conducta agresiva,
del que pegaba con fuerza.
Le dio tanta rabia al enrabietado hombre,
que con violencia tiro del palo,
guió la punta Dios con su mano,
y atravesó el corazón del arrebatado.
Cayó al lado de quien fue su amigo,
muertos los dos, cogidos de manos,
ya se vengo el muerto del vivo,
y en el olvido quedó ¿por que se odiaron?
(Autor desconocido)

viernes, 23 de octubre de 2015

Un poco de literatura: La generosidad de un guanche



Cuenta el pauliano José de Herrera en su libro, una leyenda con fundamentos históricos, la cual reproducimos, no solo por referirse a Teno, sino por aportar a la investigación histórica canaria  dos nombres de personajes guanches: Guantacaro y Asano.  

 "Un día le llegó de Buenavista al Adelantado, la noticia desprovista de fundamento pero muy bien vestida por los logreros, de que los guanches de Teno habían robado ovejas y cabras a los españoles. Don Alonso deseoso siempre de hacer negocios, cazó al vuelo el pretexto y dirigió un comunicado a Juan Méndez, que era un hacendado de Buenavista y subordinado de él en la conquista de la isla, ordenándole que exigiera al príncipe guanche Guantacaro, una contribución de 50 esclavos, como indemnización y reparación de lo robado, pero como el robo no pudo probarse, Guantacaro se  negó a ello y dispuesto a defender a sus súbditos, los llamó a guerra, cosa que Méndez trató de conjurar por medios pacíficos y envió a dos de su gente para negociar con el de Teno, que, a su vez y por el mismo motivo, el guanche había enviado a su hijo, encontrándose él y ellos a medio camino.
Los de Méndez iban en son de paz y por ello, y en nombre de su amo, en lugar de 50 esclavos le pedían solo 20.  ¡Ni veinte ni ninguno! ‑ contestó Asano ante la hipócrita oferta del español‑ ¡Libres son los de Teno  y por su libertad lucharán y morirán!
Los de Méndez trataron de llevarse prisionero a Asano, hijo de Guantacaro, pero éste avanzó hacia ellos en ademán de pegar, los otros desenvainan sus espadas y sus puntas se encontraron sobre el pecho del guanche, quien con increíble rapidez arrancó de las manos las espadas a los castellanos. Luego se las tiró lejos y sus puños cayeron sobre los dos adversarios, que rodaron por el suelo sin sentido. Bien pudo el guanche rematar su obra y terminar con los dos extranjeros, pero recordando que era guanche y cristiano, resolvió no sólo perdonarles la vida, sino devolverlos sanos y salvos. Los cargo sobre sus hombros, los llevó hasta el arroyo próximo, los lavó con agua y les hizo volver en sí; y recogiendo las espadas, como un caballero, se las devolvió sin rencor y prosiguió su camino, momentos que ellos aprovecharon para clavarles las espadas, buscándole el corazón. Así cayó el guanche, victima de su gallardía. Pero su padre, no tomó la venganza por su mano; pidió justicia y la obtuvo. Méndez ordenó prender a los criminales y colgarlos de la horca sobre la montaña de Taco desde entoncesmontaña de la horca”. (José Velásquez Méndez)

miércoles, 30 de septiembre de 2015

LEYENDAS GUANCHES CANARIAS




 

 LA CREACIÓN DEL HOMBRE
 En un principio era Achamán, dios poderoso y eterno que se bastaba a sí mismo. Antes de él sólo había la nada y el vacío, el mar no reflejaba el cielo y la luz aún carecía de colores. Achamán también se llamaba Abora y también Alcorac. A él debían su existencia las criaturas, pues creó la tierra y el agua, el fuego y el aire, y toda la vida que en ellos cabía. Achamán habitaba las alturas y a veces las cumbres de las montañas para regocijarse contemplando lo que ante su mirada se avivaba.   Un día se detuvo Achamán en la cima de Echeyde. Desde allí su obra le pareció más bella y perfecta, como si la descubriese por vez primera, y pensó que debía compartirla. Entonces decidió hacer a los seres humanos para que también ellos admirasen lo creado, para que de ellos hicieran uso y para que lo conservasen…

 LA LEYENDA DE LA REINA ICO
 Reinando Zonzamas en Lanzarote llegó a la isla una embarcación española al mando de Martín Ruiz de Avendaño. Al ver la nave a distancia los isleños se aprestaron para el combate. Transcurrido el tiempo, Ruiz de Avendaño decidió ir a tierra en son de paz, llevando consigo rico vestido que regaló al rey como muestra de amistad. Zonzamas aceptó el regalo y, en muestra de amistad, entregó al recién llegado ganado, leche, queso, pieles y conchas, invitándolo a descansar en su morada de Acatife.

Allí eran esperados por la reina Fayna y sus hijos, Timanfaya y Guanareme. Como huésped de los reyes pasó Avendano varios días en Mayantigo. Mas tarde retornó a su barco y partió.
A los nueve meses la reina Fayna dio a luz una niña de tez blanca y rubios cabellos, a la que puso por nombre Ico. El pueblo murmuraba y renegaba de la princesita y de su origen. Así transcurrió el tiempo, y la niña creció sana y hermosa al cuidado de Uga, su aya.
Transcurrido el tiempo Zonzamas y Fayna murieron. Los Guaires, reunidos en asamblea, proclamaron rey a Timanfaya. Con el paso de las estaciones Ico se fue convirtiendo en una bella joven. Guanareme se enamoró de ella y acabó por hacerla su esposa.
Tiempos después otras naves vizcaínas y sevillanas llegaron a las costas de Lanzarote en busca de esclavos. Los lanzaroteños se aprestaron para la defensa. En la lucha muchos isleños murieron, otros fueron hechos prisioneros y encadenados como esclavos para ser vendidos en la Península. Entre estos últimos estuvo Timanfaya.
Desaparecido el rey, los guaires se reunieron otra vez para elegir nuevo soberano. Este debía de ser Guanarteme, pero nadie osó pronunciar su nombre, pues si era elegido su esposa, Ico, debería ser reina y su nobleza, origen y sangre eran discutidos. Su piel y sus rubios cabellos recordaban demasiado la lejana llegada de Ruiz de Avendaño y si Ico no era hija de Zonzamas, no podía llevar la corona, así que tuvo que huir.
   Deliberaron largamente los Guaires. Finalmente decidieron que, para llegar a la verdad, la princesa fuese sometida a la prueba del humo. Quedaría encerrada en una cueva acompaña de tres mujeres no nobles. Después se llenaría el aposento con un humo espeso y continuado; si la sangre de Ico no era noble, perecería como las otras mujeres. Si sobrevivía sería signo inequívoco de su nobleza. El día siguiente sería testigo de la prueba.
Por la noche Uga, la niñera de Ico, la visitó con el pretexto de animarla, pero nada más quedar a solas, la vieja aya le dio una esponja a la princesa diciéndole que al llegar la hora de la prueba, la empapara de agua y la pusiera en su boca, con lo cual saldría viva de la cueva. Ico hizo caso. Cuando fue abierta la cavidad las tres mujeres villanas yacían muertas, mientras que ella salió con vida. En Adelante sus súbditos no dudaron de su nobleza.
MAYATIGO, PEDAZO DE CIELO
Doce eran los reinos de la Palma. Sobre el de Aridane reinaba Mayantigo, cuyo nombre significa “Pedazo de Cielo”.
Un día el soberano del reino Ahenguareme, Echentive, hizo caso omiso de un antiguo pacto de paz que estableció con Mayantigo y entraron en guerra.
 En una feroz batalla se enfrentaron los dos reyes y sus hombres. En la primera contienda Mayántigo fue derrotado y, malherido en el brazo, tuvo que huir. Pese a las curas pronto vio cómo la gangrena se extendió por el miembro dañado, entonces él mismo se lo corto por el codo.
Una vez curado, Mayántigo continuó la lucha contra Echentive al que acabó venciendo, obligándolo a firmar la Paz. Pero desde estos sucesos, Mayántigo, “Pedazo de cielo”, también sería llamado Aganeye, “Brazo cortado”
DARGOMA, GUAIRE DE GALDAR


Cada Guanarteme o rey de Gran Canaria contaba con seis Guaires en su corte, elegidos entre los nobles de su reino. De entre los de Galdar destacó por su corpulencia y fortaleza Adargoma.
 En cierta jornada Adargoma sostuvo un combate con Gariraigua. Guaire de Telde, en el valle de Tenoya. En el fragor de la lucha cayó Adargoma bajo su adversario, quedándose en una situación que era considerada como de derrota. Pero en esta posición logró estrechar con manos y piernas el cuerpo de su enemigo, con tanta fuerza que al final Gariraigua se rindió. Jamas mencionó Adargoma que ganó la lucha, pues había caído debajo de su rival.
APARICION DE LA VIRGEN DE CANDELARIA

 En la playa de Chimisay, en la desembocadura del barranco de Chinguaro, dos pastores cuidaban sus rebaños. Cuando oscurecía observaron como los animales corrían inquietos, no haciendo ningún caso de sus ordenes. Pronto quedaron sorprendidos cuando mirando hacia la costa cercana, vieron sobre un pequeño risco la presencia de una figura de mujer, que sostenía un niño en sus manos y que portaba una candela en la otra.

Probaron a hacerle señas, puesto que tenían prohibido hablar a cualquier mujer en un paraje desierto, intentando pedirle que les dejara pasar. Como quiera que no lo consiguieron, uno de los pastores intentó tirarle una piedra, mas, de inmediato observó con gran espanto que no solo no podía lanzar piedra alguna, sino que en su intento se dislocó el hombro.
Con gran cuidado se fueron acercando hasta la mujer, admirando con gran sorpresa su fisonomía y sus vestiduras. Entonces el otro, queriendo comprobar si el niño que tenia en sus manos era humano, intentó hacerle unos cortes con su tabona sin lograrlo pues para mayor maravilla y sin saber como, vio como aparecían unas heridas en sus manos.
   Estos sucesos atemorizaron a los pastores, los cuales rápidamente marcharon a su pueblo a fin de relatar a su rey, el Mencey de Güimar el extraño episodio. A la mañana siguiente el rey acompañado de su corte bajó hasta las playas de Chimisay. Allí pudo ver un imagen de piedra, maravillándose mucho de su parecido con una mujer viva. Ordenó que la llevasen de inmediato a su cueva, pero nadie osaba cogerla por el temor que les inspiraba.
Finalmente los dos pastores se atrevieron a tocar la imagen, y al momento sanaron sus heridas en el hombro y en la mano. Atónito por lo sucedido, el Mencey de Güimar quiso ser él quien la llevara, pero no pudo por la grande de su peso. Entonces todos los que habían venido ayudaron en el traslado hasta el sitio de Chinguaro, donde la colocaron sobre pieles curtidas.
 LAS PITONISAS DE FUERTEVENTURA
Dos reinos, separados por un larguísima pared de tierra, dividían la Isla de Fuerteventura. Uno, Majorata, era gobernada por Guize, otro, el de Jandía tenía como rey a Ayoce. Ambos monarcas tenían gran fe en Tibiabin y por su hija, Tamonante, las dos adivinadoras, las dos pitonisas, cuyas profecías siempre se habían visto confirmadas.
Guize y Ayoce pidieron a Tibiabin y Tamonante por el futuro de sus reinos. Después del sacrificio de una baifa, en sus entrañas leyó Tibiabin:
“Llegarán gentes poderosas por el mar en sus casas blancas. No temáis ni les tratéis con violencia. Antes bien, recibidles con alegría y entregaros a sus designios, pues sólo beneficios traerán a nuestra tierra”.
 LAS PROFECÍAS DE GUAÑAMEÑE
Bencomo, el más terrible de los menceyes, hizo matar a Guñameñe, el adivino, pero sus vaticinios no se acallaron, y el tiempo los vio cumplidos.
Ya sus palabras habían sido pronunciadas cuando Guetón, el heredero del Mencey de Güimar, fue hecho prisionero por Bencomo.
Pretextando unos robos de ganado Bencomo invadió Guimar, haciendo prisionero a Gueton y también a Guañameñe. Llamó Bencomo a su presencia al adivino y le pregunto por el futuro; esto fue lo que le dijo:
“Llegarán aves blancas y grandes alas por el mar, extrañas huellas cubrirán las arenas de las playas y se cuajará la tierra suelta de los montes. Estará todo dispuesto entonces para que se escuche el cruel sonido de la batalla. Arduo y prolongado será el combate. A su término sólo un terrible despojo será la isla, amargo, como la derrota”.
Bencomo no aceptó aquella profecía que hablaba de derrota, por eso mandó a matar a Guañameñe, el adivino. Sin embargo, pronto llegarían a las costas de Añaza galeones de guerra, y la sangre comenzaría a correr.
 LA LEYENDA DEL GAROÉ
Cuentan numerosos historiadores que en tiempos de la conquista hubo en la isla de Hero, (Hierro en la actualidad) un árbol al que los naturales llamaban Garoé, y no conocían los estudiosos otro árbol similar en todo el archipiélago o tierra conocida. Este era capaz de destilar el agua de las brumas que llegaban a él, por sus grandes hojas, siendo esta recogida en unas oquedades hechas en el suelo por los naturales de la tierra. No había más agua en Hero que la que destilaba el Garoé. Era por ello que los Bimbaches adoraban a este árbol como si de un dios se tratase, velando siempre por su bienestar y seguridad.
No obstante cuando vieron llegar a los conquistadores al puerto de Tecorone (hoy de “La Estaca”), temieron por su propia libertad y reúnen en Tagoror a toda la isla, pues no era la primera vez que los barcos piratas llegaban a aquellas islas para diezmar a su población vendiéndola como esclavos en países allende el mar. En dicha asamblea se llega a la resolución de que se deben cubrir las copas del Garoé para que no sea descubierto por los extranjeros, ya que de no encontrar agua posiblemente se fueran, abandonando la empresa de conquistar la isla.
 Todo se hizo según lo acordado, y habiendo guardado reservas de agua lo suficientemente importantes como para no volver al Garoé en varias semanas e imponiendo la horca a quien revelase tan preciado secreto, vieron como la expedición franco-española de Maciot Bethencourt comenzaba a sufrir las penalidades de la sed. Fue entonces cuando una aborigen, Agarfa, se enamoró de un joven andaluz de dicha expedición, y dejándose llevar por el amor que le profesaba reveló el valioso secreto del Garoé sin pensar que con ello estaba condenando a todo su pueblo a perder la libertad.
Estando Maciot al tanto de la buena nueva, sabía que la conquista de la isla estaba próxima. Por contra los bimbaches, viendo como su árbol sagrado estaba en manos extrañas decidieron ajusticiar a Agarfa secuestrándola del campamento extranjero en donde se encontraba, ahorcándola el rayar el alba del día siguiente.
Días más tarde Armiche (Mencey, Rey de Hero) rinde homenaje al conquistador Maciot de Bethencourt y al poco tiempo fue cautivo junto a sus más fieles vasallos, por los mismos que le habían prometido amistad y cordialidad, marchando con él, la libertad y majestad del último mencey de Hero.
LA MUERTE DE HERNAN PERAZA
Por su proceder tiránico Hernán Peraza era odiado por los gomeros.Tales fueron sus tropelías que, a poco de comenzar su gobierno en La Gomera, tuvo que hacer frente a una sublevación de los isleños. Tal fue su magnitud que debió pedir ayuda a Gran Canaria, en concreto a Pedro de Vera, para poder sofocarla y, cuando lo hizo, mas de doscientos prisioneros, entre ellos mujeres y niños, fueron reducidos a la esclavitud.
La tiranía volvió entonces a la isla y el odio de los gomeros se hizo mayor cuando se enteraron de sus amores ilícitos con la princesa Iballa. En la cueva de Guahedum los amantes ocultaban sus amores y allí tendrían lugar el drama.
En el risco de Tagulache, Hapalupo, el padre de Iballa, junto a su hijo Calahuige y el valeroso Hautacuperche planearon la venganza. Mas, sin embargo Calahuige juró y tuvo miedo de que los planes fuesen descubiertos. Su padre le atravesó el corazón con un dardo por su muestra de cobardía y tiró su cuerpo al mar.
Cuando Hapalupo y Hautacuperche regresaban, vieron tras un frondoso árbol a la vieja Tixiade, la Mujer Sabia, la cual dijo conocer sus planes. Convino con ellos en aprovechar las visitas amorosas de Hernán Peraza a Iballa, comprometiéndose a darles aviso cuando el castellano fuese a la cueva de Guahedum. La señal sería un silbido prolongado.
Sin sospechar nada llegó Hernán Peraza a su cita amorosa. Despidió a sus servidores. Mientras los amantes se encuentran en su lecho de pieles, se oyó un prolongado silbido. Era la señal convenida. De inmediato Iballa sospecha lo peor y alerta a Peraza. Incluso le presta sus vestidos para que así, disfrazado de mujer, pueda huir en la confusión. Pero la estratagema no da resultado y Hernán Peraza tiene que volver al refugio de la cueva. Allí recoge sus armas y sale al exterior donde le esperaba Hautacuperche quién, encaramado en la entrada de la cueva, arrojó su dardo contra su enemigo, atravesándole el cuello. Al mismo tiempo hapalupo dio cuenta de los criados que acudieron a defender a su señor.

Silbó entonces Tixidae para llevar la noticia a todos los rincones de la isla, y su silbido, como un eco, se propagó.
LA MUERTE DE DORAMAS
Desde las alturas de Arucas, Doramas, el Guanarteme de Telde hostigaba sin cesar las tropas de Pedro de Vera. El conquistador español, dispuesto a terminar cuanto antes con esta situación, desplegó a sus hombres en un cerro cercano a donde Doramas tenía sus guerreros. Desde allí ambos ejércitos se contemplaban en espera de la batalla decisiva.
Fue entonces cuando se oyó a Doramas lanzar un grito poderoso, desafiando a Pedro de Vera, invitándole a luchar entre ellos de modo que aquel singular combate dirimiera el resultado de la lucha sin derramar la sangre de más isleños o más castellanos.
Sin embargo, Pedro de Vera, aconsejado por sus hombres, desestimó el desafio, pero no impidió que uno de sus hombres, el hidalgo Juan de Hozes, abandonara sus filas y se lanzara en caballo en contra de Doramas. No tardó mucho tiempo el caudillo canario en frenar la acometida, pues con un certero lanzazo lo mató.
Ante esto, Pedro de Vera, cegado por el furor, arremetió contra Doramas. Lucharon ambos durante rato sin que la lid pareciese tener un claro vencedor. De repente, en uno de los lances de la batalla, uno de los escuderos del castellano hirió a Doramas por la espalda, el cual cayó a tierra sangrando y moribundo. Desde allí increpó con desprecio al conquistador por su traición.
Pedro de Vera ordenó entonces que le cortaran la cabeza y la clavaran en un pica. Así la llevaron al Real de las Palmas, exhibiéndola como un macabro trofeo.
TANAUSU, EL INDÓMITO
A poco de desembarcar Fernández de Lugo en la isla de La Palma, todos los soberanos de la isla habían pactado con él o habían sido reducidos, todos menos Tanausú, soberano de Aceró, “el lugar fuerte”, la Caldera de Taburiente.
Era éste un lugar casi inexpugnable, rodeado de escarpados cerros, al que sólo se podía acceder por dos pasos: el barranco por donde se perdían en el mar las abundantes aguas de la Caldera, y otro, menos difícil, el llamado Adamacansis. Por este último paso decidió Fernández de Lugo penetrar en el reino de Tanausú. Sin embargo, enterado el rey pálmense de este movimiento, apostó a sus hombres en el mismo y obligó a los conquistadores retirarse.
Desistió entonces el castellano de este intento. Al poco tiempo intentó una nueva penetración, esta vez por el barranco, el cual estaba menos custodiado por entender el rey pálmense que era prácticamente inexpugnable. Enterado, sin embargo, de este osado movimiento, trasladó a sus guerreros al lugar haciéndoles frente con bravura tal que los hombres de Lugo volvieron a desistir del empeño.
Convencido de la dificultad de vencer a Tanausú en su terreno, Fernández de Lugo envió a un isleño amigo, Juan de Palma, a parlamentar con el bravo caudillo palmero, solicitando por su boca una entrevista para concertar una paz aceptable para todos. Respondió Tanausú afirmativamente al ofrecimiento. El conquistador pareció aceptar tales condiciones. Cumplidas éstas, Tanausú salió de la Caldera en dirección del territorio de Aridane, acampando en la Fuente del Pino.
Nada más concertar la entrevista comenzó a Fernández de Lugo a urdir la traición. Cuando en la mañana del día acordado el caudillo pálmense se dirigía al lugar previsto, los españoles, emboscados en el paso de Admacansis, iniciaron el ataque. Poco pudieron hacer los palmeros ante una estratagema tan inesperada. Numerosos fueron los muertos isleños y la victoria traicionera de los castellanos se consumó. Tanausú fue hecho prisionero y, cargado de cadenas, lo condujeron a bordo de sus barcos para llevarlos a España.
Se cuenta que el rey palmero, al ser encadenado gritó: ¡¡Vacaguaré!!, es decir, ¡Quiero morir!. Cuando el barco que lo conducía a España se alejaba más y más de que querida tierra, más profunda era la tristeza del prisionero. Nada dijo, nada bebió. Nunca llegó a la Península el mar fue su tumba.
LA LEYENDA DE LA ISLA DE SAN BORONDON
A lo largo de los tiempos se ha hablado en las Islas de la existencia de una octava isla, llamada de San Borondón en honor a San Brandano, monje irlandés que la encontró, según la leyenda, en uno de sus viajes por estos lugares del Atlántico.
Al parecer fue el ermitaño Barinthus quien le habló de una tierra maravillosa, lugar donde Dios permitía vivir a sus santos Delicias, y resaltó la abundancia de vegetación y de frutos, así como de otros productos como las piedras preciosas. Por allí vagaron maravillados hasta que un ángel se les apareció y les ordenó que embarcaran de nuevo.
San Brandano quedó fascinado por tal relato, así que sin perder tiempo propuso a San Maclovio y a catorce discípulos suyos iniciar un viaje en busca de ese paraíso.
Durante siete años de travesía, avistaron muchas islas, pero ninguna como la que descubrieron en un día de Pascua. Sucedió que los monjes llevaban navegando largo tiempo sin que divisasen tierra alguna. Oró entonces San Brandano al Señor para que le permitiera celebrar misa en tierra firme. Dios oyó sus plegarias y, milagrosamente, surgió del mar una isla. Allí desembarcaron, erigieron un altar y celebraron la Pascua. Cuando terminados los oficios, se dispusieron a comer, la tierra comenzó a temblar y a moverse, alejándose del barco. Rápidamente entonces los monjes embarcaron de nuevo y desde la nave observaron como la isla iba desapareciendo como una ballena.
    Este es el relato que da pie a la leyenda de la existencia de una isla al oeste del Archipiélago que aparece y desaparece regularmente, de tal manera que, aún en nuestros días hay quien asegura haberla visto.
LA LEYENDA DEL DRAGO MILENARIO
Otra leyenda que vincula la tradición mítica-clásica en el Drago Milenario, y que relatan con entusiasmo y convicción los viejos marineros del litoral es la siguiente:
Una tarde en la remota antigüedad, cierto navegante mercader llegaba de las costas mediterráneas en busca de sangre de Drago producto muy en boga y de gran importancia en la elaboración de ciertas preparaciones de la farmacopea, y desembarcó por la playa de San Marcos, de Icod de los Vinos para llevar a efecto su lucrativo propósito.
Estando ya en la playa sorprendió allí a unas infantas o damas de esta tierra, que conforme al rito tradicional se bañaban solas en el mar aquella tarde veraniega. El intruso navegante las persiguió, logrando apoderarse de una de ellas. Esta trató astutamente de conquistar el corazón del extraño viajero para mejor buscarlo y lograr huir, y mostrándoles signos de consideración y amistad les ofreció algunos hermosos frutos de la tierra. Para aquel navegante que venía detrás de la sangre del Drago, y traía metido en la imaginación y en el alma el mito helénico de las Hespérides, los frutos que aquella dama de esta tierra le ofreciera, pudieron muy bien parecerle las manzanas del mítico jardín. Mientras él comía gustosamente desprevenido, la bella aborigen saltó ágil al otro lado del barranco, y a todo correr huía hacia el bosquecillo cercano escondiéndose tras la arbólela. El viajero sorprendido en principio trató de perseguirla de cerca, pero vio con sorpresa que algo se interponía en su camino, que un árbol extraño movía sus hojas como dagas infinitas, y que el tronco parecido al cuerpo de una serpiente se agitaba con el viento marino y entre sus tentáculos se ocultaba la bella doncella guanche. El navegante lanzó el dardo que llevaba en sus manos, contra lo que a él se le figuró un monstruo, con gran miedo y asombro  y al quedarse clavado en el tronco, del extremo de la jabalina empezó a gotear sangre líquida del Drago.
Confuso y atemorizado el hombre huyó laderas abajo, se metió en su pequeña barca y se alejó de la costa; porque iba pensando en su corazón,que había sorprendido en el jardín a una de las Hésperides a la que salió a defender el mítico Dragón. Esta narración no tiene, como es lógico, ningún valor histórico, pero como toda leyenda, resulta poética y encantadora.
LA LEYENDA DE AMARCA
En viejos romances canarios corría de boca en boca la triste historia de Amarca, la celebrada doncella indígena. Tan gallarda era su figura, tan peregrina su belleza que llegó a ser envidiada de todas las doncellas. Tenía su morada en las bellas alturas de Icod. Su rústico albergue parecía como un nidal colgado en las crestas de la montaña, para sustraerse a las miradas y a la ambiciones esas aves rapaces, embaucadoras, que se llevan a las muchachas guapas.
 Hasta el rústico hogar de la doncella llegó un día Belicar, el último Mencey , Rey y señor de estos dominios de Icod y quedóse atónito y deslumbrado ante la extraordinaria belleza de la joven. Desde aquel día memorable acrecentóse su fama y corrió como fausta noticia por todo el Menceyato. Una condición tenía la moza que contrastaba con lo humilde de su linaje: su natural altivo y desdeñoso. Amarca veiáse continuamente asediada de amores por muchísimos hombres y otras tantas sembró el dolor y la decepción en sus amantes. ¿A quién amará Amarca?, preguntabánse intrigada los zagales. ¿Para quién será el corazón de aquella belleza hija del Teide?. Guarecida a las faldas del coloso siempre entre las nieves.
Lo Sorprendente nueva no se hizo esperar mucho tiempo. Uno de los más aguerridos vasallos del Reino, Garigaiga, el pastor, había enloquecido por Amarca. Amarca esquivaba su cariño; repudiaba su pasión local, desenfrenada. Repelía al hijo del Volcán, el de la tez hirauta y morena y los brazos recios como robles.
Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, una tarde mientras los horizontes teñíanse de sangre y el sol moribundo plateaba las aguas del Océano como un riera de luna en una noche de misterio, vióse que Garigaiga, en el borde de un alto precipicio, agitaba sus brazos como banderas en la premura.
Vióse arquear el cuerpo hacia delante, hundir la cabeza sobre el pecho y partir veloz hacia el abismo. La noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes. Las mujeres, culpaban su egoísmo, y a sus desdenes atribuían la muerte del pastor.
   De pronto Amarca desapareció, nadie sabía cual había sido el destino de la doncella. Sólo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, hallabase en posesión del secreto. Qué no la buscasen, más parecía decir sus labios fríos y trémulos plegados para siempre y el anciano aquél lo contó todo. Una semana al brillar los primeros destellos del sol, vio que Amarca se arrojaba al abismo, y después de luchar con el bravo oleaje, llevábasela mar adentro una ola alegre y corretona como un niño.
Era la época del “Beñesmen”, de la sazón y de la riqueza de las mieses, eran los días de placidez y de luz, y todo sumióse en sombras y lágrimas… Amarca había aparecido muerta sobre las arenas de la playa, la habían matado un remordimiento muy hondo. El Mencey Belicar mandó que se cantasen tristes endechas; que se encendiesen luminarias en los cerros, y que los más fornidos mozos, como real costumbre en los días aciagos, azotasen con sus varas las aguas del mar. Mandó también que se ungiese su cuerpo con los más olorosos perfumes, que no en vano era la flor más preciada de la comarca.
   Al cabo de los años cuando algún nocturno caminante cruzaba las cumbres del Teide, un lamento extraño escalofriante, deteníale acongojado. Era una voz débil, apagada, dolorida, que se aparecía surgir del fondo del barranco. Era aquel mismo clamor de súplica, de pena, de trágica agonía que tantas veces balbucearan los labios febriles de Garigaiga, el loco: “Amarca……hermana Amarca”.
Tomado de: https://laciudaddeldrago.wordpress.com/losguanches/

miércoles, 22 de julio de 2015

LEYENDAS ABORÍGENES EN LA PLUMA DEL CRONISTA ALFONSO DE PALENCIA



Carolina Real Torres

ALFONSO DE PALENCIA Y LA HISTORIOGRAFÍA CANARIA


 Cabe destacar la necesidad de recuperar materiales que por alguna razón hallan caído en el olvido, como es el caso de las crónicas dentro de la historiografía general. La conquista de Canarias es un tema de gran interés para nuestra historiografía y las primeras referencias históricas que se escribieron son las crónicas.1  Mucho se ha escrito sobre la colonización de las  Islas,  pero  Alfonso  de  Palencia  es  un  autor  al  que,  a  pesar  de  haber  participado directamente en el proceso de la conquista, no se le ha prestado la debida atención en la tradición historiográfica canaria. Por su labor como secretario y cronista de los Reyes Católicos, nos proponemos recuperar la documentación recogida sobre los indígenas a lo largo de su obra y demostrar que su testimonio debe incluirse entre las principales fuentes de estudio.

El escaso interés que los investigadores han prestado a las crónicas antiguas, cuyas noticias califican como “vagas” o “confusas” cuando, en realidad, constituyen una valiosa información sobre el modo de vida de los aborígenes, ha determinado que testimonios como el de nuestro cronista hayan sido relegados a simples citas o breves comentarios sobre su obra. Y, aunque es cierto que las noticias referentes a Canarias no constituyen el tema fundamental de su crónica, sino que preferentemente se centra en aquellos hechos que se relacionan con la política  exterior  de  España,  su  obra  constituye  una  fuente  complementaria  de  indudable valor.2

Al igual que otros cronistas de su época, Palencia estuvo vinculado a los círculos oficiales y su obra responde al interés y encargo de los monarcas. Su conocimiento de la historia se debe a la estrecha relación que mantuvo con importantes personajes que tomaron parte en estos sucesos, así como a su participación directa en los acontecimientos, pues interviene como cronista oficial de los Reyes Católicos en la conquista de Gran Canaria entre 1478 y
1480. Años más tarde, participa también en la organización de la conquista de La Palma.3

Las  cualidades  de  Palencia  como  cronista  son  muchas.  La  información  que  nos proporciona, a pesar de que se refiere sobre todo a la etapa final del proceso de colonización y de que su obra está escrita lógicamente desde una mentalidad occidental, no es en modo alguno superficial ni partidista. Al contrario, cabe destacar el hecho de que no pertenecía a ninguna orden religiosa, con lo cual refleja una visión laica y analítica de la historia, así como su implicación en la conquista de Gran Canaria, por lo que su testimonio representa una fuente directa. Hallamos numerosas referencias a Canarias en varias de sus obras: además de su correspondencia epistolar, que contiene interesante información sobre las Islas, su fundamental aportación a la historiografía canaria se halla en dos obras en particular, los Anales de la Guerra de Granada y las Décadas. Estas referencias aluden principalmente a los conflictos que mantuvieron castellanos y portugueses durante todo el proceso de la conquista y a la posterior fase de ocupación.4 Por lo que respecta a su relato sobre Gran Canaria, isla por la que el autor muestra una especial predilección, la importancia del texto, escrito hacia 1490, radica en el hecho de que es la primera fuente histórica de la que tenemos constancia para este período.5

ALFONSO DE PALENCIA Y LOS PRIMEROS POBLADORES DE CANARIAS

Desde el punto de vista etnográfico, el propio perfil humanista de Palencia y su trato con tantos y tan variados personajes que intervinieron en la conquista, entre los que se incluyen algunos indígenas llegados a Sevilla por aquella época, hacen de sus comentarios noticias de primera mano. Pero, mucho antes de que Palencia arribara a nuestro archipiélago, ya circulaba por Europa una serie de relatos que catalogaban a los antiguos canarios como bárbaros en base a las pocas afinidades culturales que mostraban. Aquel extraño pueblo que se resistía a todo intento de colonización y que por sus costumbres se asemejaba a las tribus de salvajes, sorprendió por su valor y coraje a cuantos presenciaron u oyeron sus hazañas. Como afirma José Farrujía, el descubrimiento de grupos humanos que “practicaban costumbres totalmente contrarias a las enseñanzas cristianas pareció confirmar la tradicional visión medieval de que aquellos grupos (…) eran los que más lejos se hallaban de la revelación divina y, por lo tanto, los más degenerados moral y tecnológicamente” (Farrujía, 2004, p. 39). Esta visión degeneracionista, recogida ya por el genovés Nicoloso da Recco en 1341, se mantuvo en los testimonios etnohistóricos posteriores.6 Entre estos, Palencia fue el primer autor que designó explícitamente a los indígenas de Gran Canaria con el término de bárbaros, al afirmar que “en algunas ocasiones les es permitido a los marinos, según acuerdo, conversar breves momentos con aquellos bárbaros (…) para conseguir orchilla” (Morales, 1993, p. 475). La idea que subyace  bajo  este  calificativo  implicaba  que  los  habitantes  de  estas  islas  debían  ser colonizados y evangelizados, lo que nos lleva a pensar que nuestro autor, en la misma línea que otros cronistas coetáneos como Fernando del Pulgar, Mosén Diego de Valera o su mentor Alvar García de Santa María, describe a los indígenas como bárbaros con el único objetivo de justificar la intervención de España en las Islas. Añadiríamos una tercera razón, el hecho de que, durante los siglos XIV al XVI, los isleños constituyeron un preciado botín para el tráfico de esclavos en los mercados de los núcleos peninsulares y de Europa.7 Sus cualidades físicas los convirtieron en objeto de frecuentes incursiones de negreros y corsarios, tal y como refleja Palencia que ocurre especialmente en dos de las islas del archipiélago, Tenerife y La Palma.8

También el comercio de la orchilla aparece registrado en varias ocasiones como uno de los principales motivos para la conquista del archipiélago.9

Por lo respecta al resto de la información etnográfica transmitida por Palencia, sabemos que los cronistas, por lo general, no son muy explícitos a la hora de describir el régimen económico o el modo de vida de los nativos. No obstante, en las décadas palentinas hallamos una serie de datos muy valiosos para conocer el modo de vida de los antiguos habitantes de nuestras islas. Las tres islas en cuya conquista de alguna manera interviene Palencia, Gran Canaria,  La  Palma  y  Tenerife  —esta  última  con  un  censo  de  sesenta  mil  habitantes—, aparecen como las más pobladas y las que ofrecen mayor resistencia al invasor. La Palma, en concreto,  por  su  peculiar  geografía,  cumbres  salvajes,  profundos  barrancos  y numerosos riscos, ofrece un paisaje que se adivina difícil para los castellanos. En cuanto a la isla de Tenerife consta que opuso una mayor resistencia por sus dimensiones mayores que las demás, así como por la beligerancia que mostraron sus habitantes. El carácter guerrero y la bravura de los  indígenas  son  también  una  cualidad  a resaltar de los  habitantes  de  Canaria  o  Gran Canaria, isla que Palencia considera muy superior a las demás por distintas razones —según sus palabras— “en salubridad y fecundidad”, así como por el ingenio y las cualidades físicas de sus habitantes.

En cuanto a la Geografía, comienza la descripción de las Islas señalando su situación geográfica para, luego, continuar narrando con detalle las características más sobresalientes de cada una. Palencia, como hicieron otros cronistas, destaca ante todo la fertilidad de la tierra y la abundancia de todo tipo de ganado, señalando como actividad principal el pastoreo y la agricultura (Décadas, IV,31,8, p. 333). Otros datos que aparecen registrados son la dieta alimenticia, basada fundamentalmente en carne, leche, gofio, miel y frutos, especialmente dátiles, así como el comercio de la orchilla, algunas referencias a la artesanía y a cierto tipo de construcciones  como  es  el  caso  de  la  existencia  de  graneros  en  Tenerife,  embalses  en Lanzarote y templos y torretas en Gran Canaria.

Respecto a la indumentaria aborigen, Palencia, al hablar de la isla de La Palma, describe a los nativos cubiertos con vestidos hechos de hojas de palma (Décadas, IV,35,2, pp. 337-39). Este dato no se encuentra en las fuentes escritas anteriores o contemporáneas a nuestro autor, las cuales los retratan por lo general desnudos o vestidos con pieles de animales.10 El uso de tejidos de fibra vegetal —sobre todo de palma y junco— ha sido atribuido a la isla de Gran Canaria, aunque fuentes arqueológicas indican la existencia en la isla de La Palma de un tipo de cerámica impresa que muestra la huella de tejidos vegetales (Diego, 1961, pp. 526-27).

En cuestiones militares, hallamos algunos datos interesantes acerca de las primitivas armas de los canarios. Según la crónica palentina, estos portaban armas de madera y de piedra, en su mayoría palos  y lanzas  sin  especificar sus  características.  Asimismo,  se describe  que,  a menudo, luchaban con piedras y dardos, e iban provistos de teas y saetas (Décadas, IV,35,2), aludiendo posiblemente a la espada corta de tea tostada que los nativos manejaban con una sola mano y solían usar como arma arrojadiza.11 Palencia elogia la abundancia de madera por las grandes superficies de bosques, especialmente en La Palma y en Tenerife. A este respecto, sabemos que de los pinos canarios se extraía la madera de tea que, por su dureza, es la que más se utilizó para cortar y labrar la mayoría de las armas (Diego, 1961, p. 514). En cuanto a las tácticas militares, Palencia nos indica que los canarios preferían luchar desde los riscos o en terreno fragoso antes que un combate a campo abierto, donde eran inferiores. En general, los nativos son retratados como expertos  en  el manejo de las  lanzas  y en todo  tipo de lanzamientos, sobre todo de piedras.

En lo que a organización social se refiere, nos encontramos con sociedades más o menos complejas, divididas en estratos o grupos sociales que se distinguen entre sí por su diferente nivel de riqueza y grado de apropiación de los medios de producción, fundamentalmente la tierra y el ganado. Palencia confirma la existencia de dos grupos bien diferenciados: nobles y plebeyos, así como formas de jerarquización política basada en la monarquía en la isla de Tenerife o distintos jefes de clanes en el resto de las islas (Décadas, IV,31,8, p. 337). De su testimonio se desprende que en Tenerife existían jefes o encargados para la recolección del grano, al servicio del mencey, que poseía la propiedad de la mayor parte del ganado y, posiblemente, también la propiedad de las tierras de cultivo.12

SOBRE LA RELIGIÓN DE LOS INDÍGENAS

Antonio Rumeu de Armas (1998, p. 585) se queja de que los cronistas no se interesan por los aspectos religiosos ni por la acción que los misioneros llevaron a cabo en todo nuestro archipiélago. En efecto, Palencia, al igual que otros historiadores, no muestra un excesivo interés por estas cuestiones, pero desde luego no disimula en ningún momento su desprecio hacia los frailes. Estos hombres religiosos, en su mayoría franciscanos andaluces, fueron los encargados de relatar los acontecimientos, pero su testimonio, aunque valioso, introduce una serie  de  conceptos  monoteístas  con  connotaciones  propias  de  la  mentalidad  cristiana.13

Podemos suponer que nuestro autor conocía bien la manera de actuar de los clérigos, pues su estancia en Sevilla durante esa etapa de la conquista, bajo la protección del arzobispo de esta ciudad, le permitió conocer de cerca a la mayoría de los misioneros, en especial a los que evangelizaron en Tenerife a partir de 1458, quienes habían sido reclutados en el sur de la Península.  Nuestro  cronista  hace  responsable  del  fracaso  de  los  castellanos  a  la  mala actuación de los sacerdotes, como es el caso del obispo Juan de Frías, bajo cuyo mando participa en la segunda expedición a Gran Canaria. Al obispo, considerado por otros autores como el artífice de la conquista —o “verdadero fundador del pueblo canario moderno”, según lo  retrata  Wölfel  en  su  biografía  (Wölfel,  1953)—,  Palencia  por  su  parte lo  califica  de “hombre   estúpido”   y   “desconocedor   de   los   asuntos   militares”   (Décadas,   IV,35,2, pp. 366-369). Cuando Frías llega a Gran Canaria ya había establecimientos cristianos a cargo de misioneros mallorquines y catalanes. En esta segunda mitad del siglo XV, la repercusión que tuvo el establecimiento del núcleo misional en Telde, del que partirían los primeros evangelizadores hacia Tenerife, fue mínima, contrariamente a lo que defendió la mayor parte de los cronistas y etnohistoriadores.14 Esta es la visión que nos ofrece Alfonso de Palencia en sus Décadas cuando escribe: “Ni el hombre de fe más encendida ha podido convertir a los canarios a la verdadera religión, ni con las razones más convincentes, ni con la continua afabilidad  de trato;  antes  por lo  contrario,  dieron  cruel  muerte a muchos  de los  que lo intentaron, después de haberlos acogido con fingida amabilidad. Únicamente la perseverancia en una guerra futura era para los nuestros la sola esperanza de someter a Canaria” (Décadas, IV,31,9, p. 341). Tal vez nuestro cronista se refiera a la destrucción de las ermitas erigidas años atrás en La Isleta y en La Aldea.

A pesar de que Palencia centra su interés en el proceder de estos clérigos, nos deja algunas impresiones sobre distintos aspectos de las manifestaciones religiosas de los indígenas como, por ejemplo, la existencia de ídolos o figuras posiblemente vinculadas a prácticas religiosas, especialmente en Gran Canaria (Navarro, 2005, pp. 80-82). En esta isla, Palencia confirma la presencia de templos “bien cargados para sus supersticiones”, situados en las cumbres de Tirajana y Thirma.15 Sabemos que muchos lugares de culto estaban en la cima de montañas, consideradas medianeras entre la tierra y el cielo, y asimismo nos consta también la existencia en esta isla de dos grandes santuarios en lo alto de impresionantes riscos: Tirma, en Agaete, y Umiaga en los Riscos Blancos de Tirajana. Respecto a los templos fortificados a la manera de castillos de los que nos habla Palencia, en la cima de algunas montañas se han descubierto diversas construcciones y recintos fortificados a los que se ha atribuido funciones rituales (Navarro, 2005, pp. 70-71).

ACERCA DE ALGUNAS LEYENDAS ABORÍGENES

Entre el conjunto de supersticiones de los indígenas canarios se conservó una serie de relatos  que  fueron  conformando  su  identidad  cultural  y  que  contribuyó  —como  afirma Antonio Tejera (1995, p. 75)— a su “singularización como grupo étnico bien diferenciado”. Entre estos mitos que formaron parte del patrimonio cultural de las antiguas poblaciones prehistóricas de Canarias podríamos destacar varios relatos de la pluma de nuestro cronista.

Palencia, sin llegar a profundizar en el posible origen de los isleños, hace algunas observaciones sobre la organización política y territorial de la isla de Tenerife, confirmando un dato ampliamente recogido por otras fuentes históricas: la división de la isla en nueve reinos o menceyatos.16 Desde una perspectiva diacrónica, este sistema de organización de tipo segmentario que presenta la isla en el momento de su conquista, con el tiempo convertido en relato histórico por las distintas fuentes que lo transmiten, es, en la opinión de algunos investigadores, el resultado de un proceso del que desconocemos sus inicios, lo que nos hace pensar que forma parte de su mitología o conjunto de relatos legendarios, precisamente en los que se apoyó Diego de Herrera para levantar el acta de posesión de la isla en 1464. Este documento servirá de base a los cronistas posteriores para afirmar la división de Tenerife en nueve reinos.17

Un segundo relato de tipo legendario que merece ser destacado por su singularidad se refiere a la isla de La Palma. Sabemos que nuestro cronista siguió de cerca todo el proceso de su conquista, ya que participó en la organización junto con el Asistente de Sevilla Diego de Melo. En su crónica nos habla de la existencia de un grupo de mujeres guerreras que, por su bravura, nos recuerdan a las amazonas de la mitología clásica. De estas asombrosas mujeres destaca ante todo su carácter belicoso y la gran corpulencia física que les permitía enfrentarse a  cualquier  hombre.18   La  indumentaria  de  estas  amazonas  consistía,  según  el  texto  de Palencia, en una especie de coraza, fabricada con cortezas de árboles, y armadas con largas pértigas que empleaban para avanzar sobre el terreno, en su mayor parte constituido por riscos y desfiladeros.

La belicosidad de las mujeres auaritas es un hecho insólito en la sociedad canaria, donde la presencia femenina se distinguió más en el plano espiritual o religioso que en lo material (Pérez, 1997, pp. 13, 236 s.). No obstante, el poder de la mujer está mucho más acentuado en la isla de La Palma, donde hombres y mujeres guerreaban por igual, a diferencia de lo que ocurría en otras islas del archipiélago en las que las mujeres únicamente colaboraban en actividades  auxiliares.19   Avalan  este  relato  testimonios  posteriores  al  de nuestro  cronista como, por ejemplo, el de Leonardo Torriani, quien escribe que “las mujeres iban por delante de los hombres en los combates y peleaban virilmente, con piedras y varas largas” (1959, p. 224), o el de Abreu Galindo, quien pensaba que la estructura social era próxima al matriarcado, lo que hacía posible la existencia de mujeres guerreras entrando en combate, mujeres  —según  sus  palabras—  de  “ánimos  varoniles”  y  cuya  “ferocidad  ejecutaba  sin perdón a los cristianos” (1977, p. 275).20  Ejemplos puntuales de la predisposición bélica de las auaritas, anteriores a la conquista, quedaron también reflejados en la obra de este autor, como es el caso de la hermana del capitán palmero Garehagua,21  en el término de Tigalate (Mazo), o de Guayanfanta22 en Aridane, mujer “de grande ánimo y gran cuerpo, que parecía gigante”, apresadas ambas por los herreños durante una de tantas incursiones en busca de esclavos.

El porqué del carácter belicoso de las auaritas es algo que aún no ha sido explicado aunque, como apunta Pérez Saavedra (1997, pp. 239-243), podría estar relacionado con la existencia de una sociedad matriarcal o el elevado estatus social del que gozaban las mujeres, similar al de otras sociedades primitivas. Tal vez la explicación más apropiada para este temperamento belicoso sea la que nos proporciona Abreu Galindo (1977, p. 275), quien concluye diciendo que “las mujeres, para su estado, se mostraban varoniles, y ellos, para los grandes cuerpos que tenían, no hacían tanto cuanto de ellos se esperaba”. Así pues, podemos afirmar que las mujeres palmeras superaban en agresividad, valor y bravura a sus compañeros del sexo opuesto, y esto es lo que sorprendió a cuantos tuvieron noticia de ello. Otro detalle que sorprendió a Palencia hasta el punto de inmortalizarlo en su obra es el hecho de que a las mujeres “no les es permitido, como a los hombres, evitar el peligro por medio de la huida”. Esta supuesta desigualdad de condiciones en la lucha podría finalmente explicar el extraordinario valor de estas mujeres.

Hasta aquí hemos intentado mostrar la necesidad de una revisión histórica de algunas fuentes importantes para la historiografía de nuestro archipiélago, como es el caso de las Crónicas de Alfonso de Palencia. Su vinculación con los círculos oficiales y eclesiásticos hizo posible su acercamiento al mundo indígena y a sus tradiciones, por lo que pudo ofrecernos detalles reveladores de gran riqueza temática. Podemos concluir diciendo que su aportación a la historiografía canaria radica, ante todo, en la fiabilidad de su testimonio. (Leyendas aborígenes en la pluma del cronista Alfonso de Palencia

XVIII Coloquio de Historia Canario-Americana)

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NOTAS

1  Consideramos que las crónicas como fuentes etnohistóricas forman parte de la historiografía general. Cf.
Aróstegui, 2001, p. 24; Rama, 1981, p. 7; Real, 2005, p. 781; Suárez et alii, 1988, p. 7.

2 Cf. Jiménez, 1998, pp. 203-205; Morales, 1993: 41-42; Real, 2005, p. 781.

3  Entre las principales relaciones que mantuvo Alfonso de Palencia se encuentran personajes tan destacados en la historia de nuestro archipiélago como Juan Rejón, Pedro del Algaba, Pedro de Vera, Diego de Melo, Hernán Darias de Saavedra, Juan Bermúdez, Juan de Frías, etc., y, en especial, su gran protector y amigo Alfonso de Cartagena, conocido defensor de los derechos de Castilla sobre las Canarias y autor de las Allegationes en contra de las pretensiones del rey de Portugal. Cf. Álvarez, 1963, pp. 56-60; Aznar, 1983, p. 42; Jiménez, 1998, pp. 205-212; Morales, 1964, pp. 179-234; id., 1993, pp. 21-42; Real, 1998, pp. 617-
618; Vizcaya, 1960, p. 392; Wölfel, 1953, pp. 6-8. Vid. González Rolán (1994).

4 Cf. Morales, 1971, p. 458; Real, 1998, p. 618 s.

5 Cf. López de Toro, 1970, pp. 325-29; Farrujía, 2004, pp. 78-79. Para los textos que citamos hemos seguido la selección que hace López de Toro en su artículo “La conquista de Gran Canaria en la Cuarta Década del cronista Alonso de Palencia (1478-1480)”, Anuario de Estudios Atlánticos, 16, 1970, pp. 325-393.

6  Nicoloso da Recco, genovés y segundo jefe de la primera expedición portuguesa a Canarias redactó un informe que fue publicado entre 1342 y 1345 por Giovanni Boccacio en una miscelánea titulada De Canaria et insulis reliquis ultra Hispaniam noviter repertis. Cf. Bernáldez, 1993, p. 510; Espinosa, 1980, p. 39; Farrujía, 2004, pp. 37-39; Navarro, 2005, p. 21.

7  Cf. Martínez, 1994, p. 246; id., 1996, pp. 168-170; Morales, 1971, pp. 446-49; Real, 1998, pp. 619-620; Suárez et alii, 1988, p. 54. Vid. Cortés, 1995, Rumeu, 1947-1950, Silva, 1991.

8 Décadas IV,31,8, p. 337; IV,31,9, p. 341; IV,32,3, p. 349. Cf. Real, 1998, p. 620.

9 Décadas, IV,31,8, p. 337; IV,32,3, p. 349.

10 Cf. Diego, 1961, pp. 521-22: “Los cronistas de Béthencourt, Boutier y Leverrier (1402-1406, ediciones de
1630, 1874; ver la ed. de Le Canarien, 1960), al narrar la campaña normanda de principios del siglo, hablan también de los vestidos tejidos con hoja de palma, pero señalan que, al mismo tiempo, muchas mujeres iban vestidas con pieles”. Cf. Navarro, 2005, pp. 46-47, 61-62.

11 Cf. Diego, 1961, p. 506; Navarro, 2995, pp. 49, 63.

12 Décadas, IV,31,8, p. 335. Cf. Morales, 1993, p. 63; Pérez, 1997, pp. 216-17.

13 Cf. Tejera 1987, p. 14; DeLuca, 2007.

14 Cf. Farrujía, 2004, p. 41; Millares, 1975, pp. 166-170; Rumeu, 2006, p. 33.

15 “Al día siguiente unos quinientos soldados con cuatrocientos jinetes, bajo el mando del Obispo, del Deán y de Fernando Peraza… avanzan y acometen a Tirajana, un pequeño pueblo montaraz y uno de los refugios de  los  canarios; el  otro  era  Thirma. En  ambas partes  se  alzaba  un  templo  bien  equipado para  sus supersticiones. Suben los nuestros a la cumbre del monte. En el cuerpo de guardia del templo, construido a manera de un castillo con toda clase de fortificaciones, no encontraron a nadie más que a un joven y a una bella muchacha que estaba con él… Los nuestros al punto se apoderaron de la joven y destruyeron el templo incendiándolo” (Décadas, IV,35,2, p. 371).

16 “Toda la población, dividida en nueve bandos, obedece a nueve reyes, entre los cuales se desenvuelve una falsa nobleza que se aprovecha a fondo del trabajo de la plebe más desdichada, y que tiene por misión estimular los diversos partidos y agrupar en partes al populacho dividido” (Décadas, IV,31,8, p. 335).

17 Cf. Abreu Galindo, 1977, p. 292 s.; Álvarez, 1985, pp. 61-132; Bonnet, 1936, p. 57; id., 1938, pp. 33, 46; Espinosa, 1980, p. 33, 40-41. Cf. Álvarez Delgado 1945:72; Tejera, 1995, pp. 82-89.

18  “Niguaria ofrece pocas facilidades para que los nuestros capturen a sus habitantes para convertirlos en esclavos. Además, hace más difíciles estos intentos la fortaleza de las mujeres, que se distinguen por su forma maravillosa, por la fortaleza de sus cuerpos y el vigor de sus espíritus, aunque no les es permitido, como a los hombres, evitar el peligro por medio de la huida. Por ello, de cortezas de árboles, se tejen las mujeres una especie de coraza para cubrir su pecho y con largas pértigas se atreven a pelear con los invasores; y aun —si aquel ímpetu femenino no es entorpecido por alguna herida— se recurre a la lucha cuerpo a cuerpo, con tal superioridad de fuerzas por parte de ellas, que una sola mujer es capaz de coger por sorpresa a un hombre armado y aplastarlo o destrozarlo” (Décadas, IV,31,8, p. 337).

19 Para Tenerife, tanto Alonso de Espinosa (1980, p. 43) como Abreu Galindo (1977, p. 229) aseguran que la mujer guanche participaba en la guerra de forma auxiliar. “Aunque algunos antropólogos por las fracturas craneales de los esqueletos femeninos, deducen que tuvieron una participación directa” (Pérez, 1997, pp. 208-9). Para la isla de Gran Canaria encontramos testimonios similares: “Si [los enemigos] los seguían i buscaban peleaban bravísimamente hasta las mujeres, que tiraban / muchas piedras arrojadizas i dardos i mucho aiudaban. Venían con ellos a la pelea a traerles la comida i retirar los muertos suios i a el pillaxe de los caídos i a dar armas a sus maridos i hijos, i a dar voces i gritos i hacer visajes i echar retos y amenasas” (Gómez Escudero, 1993, p.  333).  En  Lanzarote, Torriani (1959, pp.  85-87)  menciona un episodio a propósito de hazañas realizadas por un grupo de mujeres con ocasión de las invasiones piráticas agarenas en los siglos XVI y XVII. Cf. Navarro, 2005, p. 51; Pérez, 1997, p. 169.

20 Otros textos donde se menciona la existencia de amazonas en las Islas Canarias son el de Cristóbal Colón (Diario de a bordo. Edición conmemorativa por el Instituto Gallach-Historia 16, Barcelona, 1985, pp. 45- 46), o el Itinerarium de Alejandro Geraldini, escrito entre 1521 y 1522 (Itinerarium ad Regiones sub Aequinoctiali plaga constitutas Alexandra Geraldini Amerini, Episcopi Civitatis S.Dominici, Roma: G. Facciotti, 1631).

21 “y los cristianos que fueron en su alcance prendieron un palmero y una palmera, [...]. La cual, como se vió presa, volvióse contra el cristiano herreño, que se decía Jacomar, y púsolo en tanto aprieto, que le convino favorecerse de las armas; y así le dió de puñaladas y la mató” (Abreu Galindo, 1977, p. 279).


22 “de grande ánimo y gran cuerpo, que parecía gigante, y era mujer de extremada blancura. La cual, como los cristianos la cercaron, peleó con ellos lo que pudo y, viéndose acosada, embistió con un cristiano y, tomándole debajo del brazo, se iba para un risco, para se arrojar de allí abajo con él” (Abreu Galindo, 1977, pp. 278-9).