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martes, 24 de febrero de 2015

LOS DRAGOS MILENARIOS

Los dragos milenarios
 ¡Dragos…! he aquí a los magnates de nuestra flora. Recios, ciclópeos, sombríos, todo en ellos tiene un sello característico de grandeza, de monumento prehistórico, que no lograron remover ni reducir a pavesas las fraguas de los volcanes. Fuertes e inconmovibles en sus sillares de roca, ahíncan sus raíces en el corazón de la tierra, y el jugo que la sorben lo convierten en savia de color de púrpura.


 ¡Qué adustez tan especial tienen estos árboles milenarios, que no han logrado “familiarizarse” con el pueblo! Recluidos generalmente en solitarios lugares, a extramuros de los pueblos, en oquedades sombrías como los del barranco del Infierno, en Adeje, o en las escarpas de las rocas, como los de “Los dos riscos”, de Taganana, dijérase que les atrae la soledad. Misántropos del reino vegetal, dan siempre, al contemplarlos, una sensación de rigidez, de aplomo, de consistencia pétrea. Pasan los ciclones sobre ellos y ni siquiera estremecen sus ramas. Los vientos se desflecan en sus hojas cortantes y aceradas como dagas, y acállanse sus rumores bajo la copa sombría, de recia urdimbre, como si temieran despertar al monstruoso dormido...
 Apologistas ilustres –Humboldt, Dumont d’Urville, Leopoldo de Buch, Leclercq, entre otros– han ensalzado su belleza, considerándolos como una de las especies más curiosas del mundo vegetal. Por su parte, el conocido escritor español, Eugenio Noel, lamentábase de que todos hablasen de ellos, menos los escritores nacionales. Lo mejor que se ha escrito sobre la vegetación de Canarias, decía, es extranjero, alemán casi siempre. “Y, no obstante –añadía–, vale la pena de trasladarse a Icod, aún con los ojos llenos de deslumbramiento de la Orotava, y ver al Teide desde el drago, desde su sombra legendaria y prehistórica contemplar aquel cono impasible, lleno de sol, que sacude los nervios con bárbara valentía. Desde ninguna parte el Teide es más bello. Y hasta esa belleza parece prestársela el árbol. Dignos el uno del otro, este gigante vivo inspira la idea de que ha de perpetuarse en el tiempo más, mucho más, que la mole muerta del enorme picacho”.
Y un ilustre botánico, gran enamorado de nuestros árboles, el doctor Masferrer, recordando que los aborígenes del archipiélago veneraban el drago como un genio bienhechor, decía que debiera castigarse al que se atreviera a cortarles algún gajo y premiar, en cambio, al que mejores y mayor número de ejemplares hubiese propagado en cierto espacio de tiempo. Y añadía que donde existió el célebre drago de la Orotava, debiera erigirse un monumento histórico, con cuatro jóvenes dragos que señalaran en su alrededor los cuatro puntos cardinales.
 La edad de estos monstruos vegetales ha sido objeto de grandes disquisiciones científicas. Todas coinciden en que tales árboles existían antes de la Conquista, corroborándolo las escrituras de datas que hicieron los conquistadores al repartir las tierras ocupadas por los bosques, respetando los dragos. Piazzi Smith cifraba la edad del antiguo drago de la Orotava en cuatro o cinco mil años, y como prueba de su antigüedad se cita el testimonio de Cadamosto, de que al visitar Tenerife, a mediados del siglo XV, ya se encontraba el árbol en decadencia.

Otro tema de discusión científica ha sido la procedencia de esta especie. Algunos la consideraron oriunda de las Indias orientales o del norte de África. Otros, como los señores Webb y Berthelot, tan conocedores de la flora canaria, a la que dedicaron largos y minuciosos estudios, coinciden en que se trata de una especie indígena comprendida en las del primer clima, y particular de nuestro archipiélago, así como de la Madera y Porto Santo.
 No ha faltado tampoco algún historiador, dado a la fantasía y a la leyenda, que ha creído ver en estos árboles el fabuloso Dragón de las Hespérides, guardador de las manzanas de oro, ni quien, más explícito aún, asegurase haber descubierto, a través de su lente, la imagen del monstruo terrible reflejada en el interior del fruto.
 En cuanto a su clasificación botánica, algunos autores los incluyen en la familia de las palmas; otros, en la de los lirios, por la forma de sus brazos, redondos y lisos, de cuyos dedos parte la hoja, “semejante a la del lirio cárdeno”, y casi todos considéranlos pertenecientes a la clase de los espárragos por la especial estructura de su tronco sin madera, de sustancia esponjosa, que utilizaban los indígenas para rodelas o construcción de corchos para abejas.
 Entre los dragos que más celebridad han tenido en la isla debe citarse, en primer lugar, el que existía en el antiguo jardín de Franchy, en la villa de la Orotava. Su fama trascendió a todos los países del mundo, y en libros y crónicas aparece mencionado como una de las grandes maravillas de la Naturaleza.
Piazzi Smith, que lo muestra en curiosa estampa litográfica, le dedica extensas páginas en sus impresiones de viaje. ¡Pobre y anciano árbol, exclama, cuyo tronco está hueco! Cuando Lugo y sus conquistadores, en 1496, establecieron allí el dominio español, su tronco sirvió de capilla para la celebración de los santos misterios: antes sirvió para las reuniones druídicas entre las tribus guanches por muchos siglos. ¡Cuán frágil no está ahora! Una tempestad, en 1819, arrancó una rama, y más recientemente unos bárbaros cortaron un trozo grandísimo de su hueco tronco para el museo de botánica de Kew. Así que, en vez de crecer en anchura, este árbol se iba aniquilando, hasta que el señor marqués del Sauzal, propietario inteligente, entró en posesión de él.
 Por su parte, el naturalista Le Dru, de la expedición francesa del año 1796, dice: “Vi en el jardín de Franchy un drago, el más hermoso de cuántos hay en las islas, y quizás en todo el globo: tiene 20 metros de altura, trece de circunferencia en su parte media, y veinte y cuatro en su base”.
 Entre los gajos de su elevada copa había una mesa, con asientos para catorce personas, en la cual se sirvió un banquete el año 1792, en honor de la embajada inglesa, presidida por lord Macartney, que hacía viaje para el Extremo Oriente. La distinguida comitiva pudo albergarse perfectamente en el amplio espacio que dejaban los cuatro grandes brazos del árbol, donde se improvisó una sólida plataforma con galería exterior para el servicio y una cómoda escalera para subir a ella.
 Desde los “ventanales” del original comedor, abiertos a los cuatro vientos, pudieron admirar los ilustres comensales los distintos paisajes del valle, desde las lejanas cumbres de los Realejos hasta las orillas de la costa, orlada de blancas espumas. ¡Un espectáculo que sólo podía ofrecerles Tenerife con su gigantesco drago y su maravilloso escenario!
 En junio de 1819, un violento huracán destruyó la soberbia copa del drago, quedando únicamente el tronco, en el que se colocó una plataforma para tapar la hendidura abierta e impedir la infiltración de las aguas, y así se conservó hasta el año 1867, en que otro huracán acabó de destruir el histórico árbol, verdadero monumento de la Naturaleza, que causaba la admiración de propios y extraños.
Otro de los dragos notables de la isla, por su majestuoso porte y su amplia y contorneada copa –el de Santo Domingo, en La Laguna–, era el horóscopo de los campesinos para sus barruntos del tiempo. Si el árbol florecía por el lado norte, el año era de lluvia en los altos; si por el sur, tiempo de costa. Y ¡ay de nuestros campos cuando los dragos no florecían! A este propósito, un observador anotó el hecho de que el año 1851, que fue de espantosa sequía en la isla, florecieron todos los dragos al llegar el mes de agosto. Al siguiente invierno, las lluvias fueron generales en las islas, y costas y medianías se cubrieron de verdes sementeras.
De este drago, como de los demás, se extraía por incisiones en el tronco un jugo resinoso de color encarnado, que al contacto del aire se solidificaba en la corteza; tal era la famosa “sangre de drago”, de la que decía un escritor extranjero: “Estando la luna llena sudan estos árboles una goma clara y colorada, mucho más astringente que el ‘sanguis draconis’, que nos viene de Goa y de otras partes de las indias orientales, porque los judíos, que son los droguistas de esos lugares, para ganar y engañar lo falsifican y multiplican con tantos ingredientes que de una libra hacen cuatro”.
 Este preciado producto fue objeto de un gran comercio con los antiguos romanos y hasta el siglo XIX con muchos países de Europa que lo utilizaban para curas medicinales, fabricación de tintes y barnices y especialmente para usos dentífricos. La industria llegó a ser de tal importancia que se estableció diezmos sobre ella, proporcionando considerables ingresos al erario insular.
 El escritor Bory de Saint-Vincent, que en 1804 visitó el drago de La Laguna, decía hablando de la famosa droga isleña: “La mayor parte de los viajeros de nuestra expedición de exploradores, adquirieron en La Laguna, en un convento donde había unas encantadoras religiosas, paquetes con residuos vegetales de color encarnado (‘sang de dragón’), que les recomendaban para la conservación de dientes y encías. El mejor elogio que puede hacerse de la pequeña mercancía es que las jóvenes religiosas tenían todas la ‘boca fresca y bella’”.
 De los demás supervivientes de la especie, que son motivo de orgullo para Tenerife por el interés que despiertan entre cuantos extranjeros visitan la isla, corresponde el título de honor al drago de Icod, considerado como el más antiguo del archipiélago.
 Los naturalistas han coincidido casi todos en asignarle una edad de más de 3.500 años. Su base tiene un perímetro de doce metros y la altura del tronco, hasta la copa, más de catorce metros.

Hasta tal extremo es famoso y digno de estudio este árbol, que siendo ministro de Fomento el señor Gasset, en un decreto que publicó sobre Parques Nacionales, en febrero de 1917, decía: “Igualmente deben catalogarse todas las demás particularidades aisladas notables de la Naturaleza patria, como grutas, cascadas, desfiladeros, y los árboles que por su legendaria edad, como el Drago de Icod, por sus tradiciones regionales, como el ‘Pino de las tres ramas’, junto al santuario de Queralt, o por su simbolismo histórico, como el árbol de Guernica, gozan ya del respeto popular”.
 El gigantesco drago, consignaba también en un informe oficial el ingeniero jefe de Montes, señor Ballester, “simboliza el ocaso de una flora antediluviana, tan próxima a ser del dominio paleontológico, que acaso sean estos ejemplares que nos restan en Canarias y otros muy contados del continente africano, la última representación del paso de esta colosal especie por nuestro planeta”.
 El año 1907, con motivo de la visita que hicieron a esta isla los profesores y alumnos del Colegio Politécnico de Zúrich, estuvieron en Icod ocho días dedicados a estudiar el drago y sus características más esenciales. De dichos estudios dedujeron que su edad era de 2.500 años.
 En los últimos tiempos, el árbol ha sido objeto de solícitos cuidados por parte de la municipalidad de Icod, lo que habla muy alto de la cultura de sus habitantes, contrastando con la enemiga que en pasadas épocas se sentía en Tenerife por todo lo que representaba belleza y ornato para nuestra tierra. Refiere a este propósito, el señor Masferrer el siguiente episodio:
 –Hace ya no sé cuántos años que al propietario del hermoso drago de Icod se le había ocurrido cortar el árbol porque le perjudicaba. Acertó en aquel mismo tiempo a ir a Tenerife un naturalista inglés que, con el propósito de ver todo lo que de notable tiene la isla, fue a Icod con el principal objeto de estudiar aquel famoso ejemplar de drago. “Muy a tiempo ha venido usted –le dijeron al llegar a Icod–. Dentro de poco no habría podido usted satisfacer los deseos de ver el citado árbol, ya que su dueño lo va a cortar de un día a otro”. “¡Ah! –exclamó sorprendido el inglés–, en ese caso ya no sólo me interesa ver el árbol, sino que quisiera, además, tener el gusto de conocer a su dueño”. “¿Y para qué?”, le preguntaron. “Para pedir su retrato, que pienso publicar en alguno de los periódicos ingleses ilustrados, poniéndole al pie: ‘Fulano de Tal, canario civilizado aún, que acaba de cortar el más hermoso drago de Tenerife’”.
Afortunadamente, el histórico árbol sigue en pie, venerado y admirado de todos, y continúa exhibiéndose al visitante, con su rugoso tronco carcomido por los siglos, como una de las más notables curiosidades de la isla.
Admirable vestigio del pasado, bien pudo decirse de él, como de la vieja encina de Gabriela Mistral:
El peso de los nidos fuerte no te ha agobiado.
Nunca la dulce carga pensaste sacudir,
no ha agitado tu fronda sensible otro cuidado
que ser ancha y espesa para saber cubrir."
(Leoncio Rodríguez, en Rincones del Atlántico)
Bibliografía
Rodríguez, Leoncio. Los árboles históricos y tradicionales de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: la Prensa, ca. 1940, pp. 99-110.
 Imagen: Drago del Barranco de Araguy o del Seminario en La Laguna.



PARQUE DEL DRAGO ICOD

1993.
Por iniciativa municipal, en Icod  se constituyó el Comité Técnico para el Estudio y Conservación del Drago, formado por especialistas en diferentes materias: botánica, edafología, fitopatología, etc., cuya finalidad es la de asesorar a las autoridades locales sobre aquellos aspectos relacionados con la salud del drago.
El Parque del Drago.

 El municipio de Icod de los Vinos está situado en el noroeste de Tenerife, y abarca una superficie de unos 95 km2 que se extiende desde el mar hasta las cumbres. Según la tradición, en esta comarca se asentaron los primeros pobladores de Tenerife, los guanches, hace más de 2.500 años, y desde allí fueron colonizando el resto de la isla. A finales del siglo XV, en tiempos de la conquista europea, Tenerife estaba dividida en nueve tribus o menceyatos, uno de los cuales era Ycoden, cuyo territorio ocupaba casi la misma superficie que el actual municipio. Tras la conquista, pronto adquirió fama por la fertilidad de sus tierras de origen volcánico, buena parte de las cuales se destinaron al cultivo de la viña, de donde procede su nombre actual.
 Hoy en día, Icod de los Vinos es uno de los municipios más importantes de Tenerife, tanto por su relevancia histórica y cultural como por su gran actividad agrícola, comercial y turística. La bondad de su clima, la espléndida arquitectura tradicional, la acogedora playa de arenas negras de San Marcos, el intricado laberinto subterráneo de la Cueva del Viento o sus grandes bosques de pinos y laurisilva, son algunos de los muchos atractivos naturales que se ofrecen al visitante.
 El drago de Icod
 El Drago Milenario es el legendario árbol que más fama ha dado a la ciudad y que siempre ha sido el mayor reclamo para el turismo. Ya se menciona en una data o repartimiento de tierra que otorgó el adelantado Alonso Fernández de Lugo en 1503 a Pablo Martín, un aborigen de Gran Canaria que participó en la conquista de Tenerife: “Un asiento de colmenas en Ycode, atrás del drago grande en el camino hacia Daute”. Hace más de cinco siglos era un ejemplar de envergadura y, como otros muchos dragos viejos, sirvió de referencia a la hora de repartir tierras entre los conquistadores de la isla.
 Después de la muerte del famoso Drago de La Orotava (1867), el de Icod comenzó a adquirir protagonismo y a ser conocido mundialmente a través de dibujos y fotografías publicadas en numerosas revistas nacionales y extranjeras. En 1916, la finca donde se encontraba fue adquirida por el ayuntamiento, y un año más tarde el drago fue declarado Monumento Nacional, al igual que el Árbol de Guernica (País Vasco), el Pino del Santuario de Queralt (Cataluña) y otros árboles notables que por su edad, simbolismo histórico, tradición religiosa, etc., son merecedores de esta distinción. Sin que sepamos la razón, en 1919 esta propiedad fue cedida al Estado, pero se recuperó en 1928. El consistorio había remitido un informe al Consejo de Ministros en el cual se hacía esta curiosa descripción del drago:
 “El drago de Icod de los Vinos es el más hermoso ejemplar de la especie Dracaena draco, y el único ejemplar existente de una flora antediluviana, según Alexander von Humboldt. Árbol histórico, a su sombra pactaron los cuatro menceyes guanches la sumisión a la corona de Castilla”. Altura 15 metros y perímetro de base 12 metros.
 A mediados de los años 80, el ayuntamiento contrató los servicios de Kenneth Allen, un especialista americano en arboricultura cuya experiencia estaba avalada por numerosos trabajos, varios de ellos realizados en el Jardín Botánico de Madrid. Éste llevó a cabo una importantísima labor en el drago de Icod en 1984 y 1985. Revisó concienzudamente la copa, podando algunas ramas que se encontraban en mal estado. Abrió un hueco por el lado norte para poder acceder a la cavidad. Allí efectuó una limpieza a fondo de la madera podrida y, posteriormente, instaló un ventilador para que circulara el aire y para controlar la elevada humedad ambiental del interior. Esta medida fue muy acertada, pues, al bajar la humedad, la madera se vio menos afectada por los hongos y bacterias que causan la podredumbre. También disminuyó considerablemente la presencia de algunas especies de insectos patógenos, cuyas larvas se alimentan de madera debilitada provocando los mayores estragos que sufren los dragos.
 Por iniciativa municipal, en 1993 se constituyó el Comité Técnico para el Estudio y Conservación del Drago, formado por especialistas en diferentes materias: botánica, edafología, fitopatología, etc., cuya finalidad es la de asesorar a las autoridades locales sobre aquellos aspectos relacionados con la salud del drago.
 El Parque del Drago
 A principios de los años 90 se creó lo que hoy en día se conoce como el Parque del Drago. En la actualidad, el parque ocupa una superficie de unos 30.000 m2, donde se reflejan los diferentes tipos de vegetación natural propios de esta comarca. La flora del piso basal, que se extiende desde el nivel del mar hasta los 300 metros de altitud, está representada por diferentes especies de arbustos y plantas suculentas, la mayoría endemismos canarios, como cardones, tabaibas, balos, cardoncillos y verodes, entre otros. Entre los 300 y los 500 metros de altitud se desarrolla de forma natural el llamado bosque termófilo, que en el parque se manifiesta con árboles muy comunes y conocidos de la flora canaria, entre ellos palmeras, almácigos, acebuches, sabinas y, naturalmente, dragos, de los que se ha creado un pequeño vivero. Por último, existe una buena representación de la selva de laureles, la famosa laurisilva, que es un tipo de bosque subtropical de origen muy antiguo, cuyos límites potenciales se encuentran entre los 500 y los 1.200 metros de altitud en la vertiente norte de la isla. El parque cuenta con hermosos ejemplares de laureles, viñátigos, tiles, barbusanos, adernos, mocanes, madroños, brezos, fayas y otros árboles propios de este tipo de vegetación, junto con numerosos arbustos característicos del sotobosque, como malfuradas, chajorras, magarzas, etc.
 El Parque del Drago, que en pocos años se ha transformado en un espléndido jardín de plantas canarias, se complementa con algunos aspectos etnográficos: una bodega tradicional con el típico lagar, una muestra de cómo antaño se obtenía carbón vegetal, y una gruta natural donde se representa el enterramiento de una momia guanche.
 (Juan Manuel Luis Zamora, miembro del Comité Técnico para la Conservación del Drago Milenario.)


DRAGOS EN EL ANTI-ATLAS



Se descubrió una importante colonia de miles de dragos en una abrupta región del macizo del Anti Atlas, en Marruecos. El drago del Atlas se conoce localmente con el nombre bereber de ajgal, que significa ‘inalcanzable’, debido a que crece en paredones escarpados y de difícil acceso, incluso para las cabras. Se considera una subespecie del drago común, de ahí su nombre científico: Dracaena draco ssp. ajgal.
Sangre de drago
En la madrugada de un día de agosto de 1403, una pequeña nave al mando del caballero normando Gadifer de La Salle fondeó en la bahía de Gando, el gran puerto natural situado entre Telde y Agüimes, como es descrito en Le Canarien, la crónica francesa de la conquista de Canarias. Al amanecer, en la playa se habían congregado unos 500 canarios que observaban atentamente los movimientos de la barcaza y su tripulación. A través de Pedro el Canario, el intérprete o “lengua” que iba a bordo, Gadifer les propuso realizar algunos trueques, a lo que se avinieron los canarios, no sin cierta desconfianza por ambas partes. La crónica añade que les trajeron “higos en gran cantidad y sangre de drago que cambiaron por anzuelos, viejos utensilios ferrugientos y agujas para coser; y obtuvieron sangre de drago que valía a lo menos doscientas doblas de oro y todo cuanto les entregaron no valía más de dos francos”.
Ésta es la primera información histórica fidedigna sobre la sangre de drago de Canarias.
 La sangre de drago en la Antigüedad
 La sangre de drago fue un producto famoso y muy apreciado en la Antigüedad por las extraordinarias propiedades medicinales que se le atribuían. Su origen, sin embargo, era desconocido y se mantuvo envuelto en un halo de misterio durante mucho tiempo.
Una leyenda oriental cuenta la historia de un elefante y un basilisco –una especie de dragón o serpiente con patas y alas– que se enfrentan en una encarnizada lucha a muerte. El basilisco se enrosca en el cuerpo del elefante y le desgarra la piel con sus zarpas y dientes. La pérdida de sangre debilita al robusto paquidermo, que cae estrepitosamente al suelo, aplastando de paso al extraño reptil. En su letal agonía, la sangre de ambas bestias se mezcla y, al coagularse, forma una masa amorfa que resulta poseer virtudes maravillosas. Esta leyenda fue recogida por Plinio el Viejo (siglo I d.C.) en su monumental Historia naturalis, y posteriormente se extendió por toda Europa. Plinio la llamó sanguis draconis, y con ese nombre latino figura en numerosos textos medievales europeos.
Una versión parecida se encuentra en la literatura árabe clásica, donde los protagonistas son dos hermanos que pelean entre sí, muriendo ambos en un baño de sangre, dam al-ajawayn, que quiere decir ‘sangre de los dos hermanos’, y así se conoció y comercializó en el mundo islámico medieval, incluyendo los califatos de al-Ándalus.
 En realidad, el auténtico origen de la sangre de drago ya se conocía desde mucho antes, pero se mantuvo oculto por puro interés económico. Conviene aclarar que no se trataba de la sangre de los dragos canarios, cuyo comercio es muy posterior (principios del siglo XV), sino de la procedente de los dragos de Socotora, una isla situada frente al Cuerno de África. En Periplus maris Erythraei, una obra del siglo I d.C. que narra el viaje de navegantes griegos por el mar de Arabia, se describe la isla Dioscórida, donde crecen unos árboles que exudan una resina de color rojo llamada cinnabaris. Sin duda se referían a los dragos de la especie Dracaena cinnabari, endémicos de Socotora.
 Un fármaco fabuloso
La sangre de drago de Socotora llegó a Europa con la expansión del Islam a partir del siglo VIII, junto con otros famosos productos vegetales de esa isla, como el acíbar (jugo de plantas del género Aloe), la mirra (resina de arbustos del género Commiphora) y el incienso (resina de árboles del género Boswellia).
Poco después de la penetración musulmana en la Península Ibérica, esos fármacos ya se podían adquirir en las boticas de al-Ándalus. El médico granadino al-Dinawari (siglo IX), autor de un voluminoso libro sobre productos naturales, parece confirmarlo: “Me han informado que la sangre de drago (dam al-ajawayn) y la mirra (murr) la traen de Socotora (Suqutra), de donde vienen con el acíbar socotrino (sabir suqutri)”.
 Ibn Yulyul, otro médico andaluz que ejerció en Córdoba en el siglo X, había oído decir que en Cádiz crecía un árbol que producía esa droga: “La hay en al-Ándalus, en la península de Cádiz. Eso me dijo un verdulero que lo vio con sus propios ojos, pero no hay muchos, sino un único árbol1.
 Sin embargo, para el agrónomo sevillano al-Isbili, autor de un tratado sobre viñedos en el siglo XII, la auténtica naturaleza de la sangre de drago no estaba clara: “Hay diversas opiniones al respecto, unos dicen que dam al-ajawayn es el jugo de una planta, otros que la goma de un árbol, otros que un compuesto artificial”. Los árabes también comercializaban una resina roja que obtenían de algunas palmeras del sureste asiático, de propiedades parecidas a las de la sangre de drago.
Para mayor confusión, la planta de la que se obtenía el preciado fármaco recibía diferentes nombres, como sâyyãn, citado por la mayoría de los galenos de al-Ándalus. Algunos opinaban que era un árbol, otros que una palmera, mientras que para otros se trataba de una planta suculenta. Todavía en el siglo XIII, el físico al-Baytar, oriundo de Benalmádena (Málaga), advertía del impreciso significado de la palabra sâyyãn: “Observad que en al-Ándalus se denomina así vulgarmente a la gran especie de telefio”.
El telefio al que se refiere el autor debe corresponder a alguna de las crasuláceas de la Península Ibérica, todas ellas parientes lejanas de los verodes canarios del género Aeonium. No deja de ser curioso que, en algunas localidades isleñas, al verode lo llamen sayón.
 Con un origen tan misterioso y unas virtudes tan extraordinarias, no sorprende que la sangre de drago se convirtiera en un producto muy cotizado en la Europa medieval. Aparte del interés terapéutico, se le atribuían propiedades mágicas y entraba en la composición de pócimas, elixires e, incluso, de la piedra filosofal. Su comercio se fue extendiendo, y en el siglo XIII ya se conocía en Francia, probablemente a través de los mercaderes árabes de al-Ándalus. Así lo sugiere un texto del cirujano Henri de Mondeville: “Sanguis draconis, en árabe dam al-alkhwein, es el jugo de una planta cuyas virtudes son medianamente calientes y secas en segundo grado”.

En la farmacopea medieval, las plantas medicinales se clasificaban en función de su actividad sobre los cuatro elementos que, según la filosofía clásica, constituían la naturaleza de todas las cosas: agua, tierra, aire y fuego. Así, existían plantas con virtudes frías y húmedas (agua), frías y secas (tierra), calientes y húmedas (aire), y calientes y secas (fuego). También se indicaba el grado, según su mayor o menor eficacia terapéutica. Por ejemplo, para curar una quemadura (caliente y seca) debía emplearse una planta con propiedades antagónicas, esto es, frías y húmedas; para las flatulencias (calientes y húmedas), una planta fría y seca, etc. El objetivo era recuperar el equilibrio natural del paciente, lo mismo que pretende la medicina actual. La diferencia es que entonces sólo se trataban los síntomas de la enfermedad, no su origen, que, en la mayoría de los casos, se desconocía.
En este sentido, sobre la sangre de drago no existía una opinión unánime entre los galenos medievales. Para unos era “fría y seca en grado tercero” (al-Gazzar, siglo X; Guillame de Salicet, siglo XIII); para otros, “caliente y seca en grado segundo” (Henri de Mondeville, siglo XIII); en fin, para otros, como el marroquí al-Gassani (siglo XVI), no estaba claro: “fría y seca en grado segundo, aunque otros dicen que es cálida”. Es posible que las diferentes opiniones se debieran a la propia confusión sobre el origen del producto: goma de telefio, resina de una palma asiática, sangre de los dragos de Socotora o de los dragos que crecen en las montañas del Anti Atlas (Dracaena draco subespecie ajgal)2.
 Los médicos medievales la recomendaban, básicamente, para cicatrizar heridas abiertas y regenerar los tejidos dañados, y también como un elemento más en la composición de remedios para diferentes enfermedades. El citado al-Baytar resume sus principales virtudes: “Conviene a las heridas de espada y armas parecidas [...] corta las hemorragias [...] cicatriza las heridas frescas y sangrantes [...] estriñe la vagina [...] fortifica la dentadura [...] es útil contra las escoriaciones de los intestinos [...] es astringente [...]”. A esas propiedades medicinales se le añadían otras muchas, también supuestamente extraordinarias, como su eficacia en el tratamiento de hernias, gonorrea, impotencia sexual, incontinencia urinaria. En siglos posteriores, la sangre de drago siguió figurando en los principales tratados farmacológicos europeos. En The Herball, libro de plantas medicinales escrito por el médico inglés John Gerarde a finales del siglo XVI, se recomendaba para contener los flujos, contra la disentería y para afianzar los dientes. John Parkinson, en su obra Theatrum Botanicum (1640), la prescribía en casos de gonorrea, ojos acuosos y pequeñas quemaduras. En fin, para el médico alemán Schroeder, autor de una Pharmacopea (1698), se trataba de una droga que servía para casi todo: “Es refrigerativa, desicativa, estíptica y repercusiva; si se coloca un emplasto encima de la cabeza, cura el catarro; contra la disentería debe colocarse por encima del ombligo; en polvo sirve para detener las hemorragias, fortificar las encías y en curas de rejuvenecimiento y belleza”. Una de las virtudes más curiosas que también se le atribuyó fue la de devolver la virginidad a las jóvenes que la habían perdido, “per la vergenitá de la ragazze”, como reza en un manuscrito italiano del siglo XVII3.
 No cabe duda de que la sangre de drago, más que un fármaco, se consideraba una auténtica panacea.

Tintes, lacas y barnices
 Su empleo como pigmento rojo figura en textos muy antiguos, aunque a veces se confundía con otras sustancias, sobre todo con el minio o cinabrio, que es un mineral de la clase de los sulfuros, rico en mercurio. El propio Plinio advertía del error: “No hay otro color que en pintura dé la sangre como éste [...] pero ¡por Hércules! como los médicos también lo llaman cinnabaris, emplean como fármaco ese minio, que es venenoso”.
No aparece esa confusión en los escritos del iraní Jabir ibn Hayyan (siglo VIII), considerado el padre de la química moderna, ya que menciona ambos productos, sangre de drago (dam al-alkhwein) y cinabrio (isrinj), en la coloración de vidrios. Tampoco la hay en uno de los tratados técnicos más importantes de la Edad Media, De diversis artibus schedula, obra atribuida al monje benedictino Teófilo (siglo XII), donde se explica el modo en que iluminadores, vidrieros, orfebres, esmaltadores, etc., usaban la sangre de drago o “polvo de basilisco”, como la denomina el autor, recordando su legendario origen.
 Las técnicas modernas de identificación química (cromatografía, espectroscopía Raman, etc.) han demostrado su antiguo empleo en diferentes objetos de metal, mármol, cerámica, madera, etc. Según algunos estudiosos, la sangre de drago fue utilizada por Antonio Stradivari, el conocido luthier italiano del siglo XVII, para barnizar sus famosos violines. Se trataba de un secreto que él nunca desveló, ya que supuestamente contribuía a proporcionarles su inigualable sonoridad. Pero esto aún no se ha comprobado, entre otras razones por la dificultad para obtener muestras de esos instrumentos tan extraordinarios4.
 La sangre de drago de Canarias
Según la tradición, la sangre de drago formaba parte de los ungüentos que utilizaban los guanches en el proceso de la momificación, pero hasta ahora no se han encontrado evidencias arqueológicas que lo confirmen. No es de extrañar que los guanches conocieran sus propiedades medicinales y la emplearan para cicatrizar heridas o contra golpes y contusiones, tal como se siguió utilizando en remedios populares tras la conquista. También es posible que la usaran para teñir la pieles de rojo, para colorear sus escudos de corteza de drago o, incluso, para pintar su propio cuerpo. Pero esas prácticas sólo se conocen a través de referencias indirectas que aparecen en las crónicas antiguas5.
 A mediados del siglo XIV, la cotización de la sangre de drago estaba en alza y su comercio era muy rentable. Y es precisamente en esa época cuando se establecen los primeros contactos modernos entre navegantes europeos y aborígenes canarios. El principal beneficio de esas expediciones procedía de los esclavos, las pieles curtidas y la orchilla, un liquen tintóreo muy abundante en los acantilados costeros de Canarias, pero también de las conchas marinas, la sangre de drago y otros extraños productos propios de las islas6<7sup>.

Parece evidente que los aborígenes canarios conocían el interés que mostraban los europeos por la sangre de drago, y prueba de ello es que, en 1403, tenían almacenada una buena cantidad que les sirvió para comerciar con los normandos. No sabemos si se trataba de sangre del drago común (Dracaena draco) o del drago endémico de Gran Canaria (Dracaena tamaranae), ya que ambas especies convivían en la isla. En cualquier caso, parece claro que los canarios desconocían su valor y que los normandos hicieron un negocio redondo: “obtuvieron sangre de drago que valía a lo menos doscientas doblas de oro, y todo cuanto les entregaron no valía más de dos francos7.
 Jean de Bethencourt y los sucesivos propietarios de las islas sometidas por los normandos (islas de señorío: Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro), procuraron hacerse con el monopolio de su comercio, pero toparon con los intereses de la Iglesia, que pronto quiso participar en tan lucrativo negocio exigiendo el pago de diezmo, un impuesto del 10 % sobre el valor de las mercancías que comenzaron a exportarse a medida que la colonización europea se iba consolidando. En la bula Super Canariae pro rege Castellae allegationes, promulgada por Eugenio IV en 1434, se ordenaba pagar diezmo por “la sangre de drago, la orchilla, el ámbar, las conchas” y otras exóticas producciones de Canarias. Bien a través de mercaderes relacionados con el clero, con los señores feudales o con las autoridades reales, lo que sí está claro es que, en el siglo XV, la sangre de drago de Canarias ya se comercializaba en Europa y competía con la procedente de Socotora y del sureste asiático8.
 No hay constancia de que en esa época hubiera dragos en las islas de señorío, excepto en La Gomera, donde debieron de ser bastante numerosos, como se describe en Le Canarien: “El país está lleno de dragos en gran cantidad”. Es probable que existieran colonias importantes en las laderas de los grandes barrancos de la isla, donde las condiciones ambientales son óptimas para su desarrollo. Sin embargo, la mayoría desapareció en pocos años por la sobreexplotación a la que fueron sometidos. Se cree que actualmente sólo sobrevive un descendiente de esos primitivos dragos en un barranco de Alajeró, que figura en el escudo heráldico municipal.
 A comienzos del siglo XVI, cuando todas las islas habían sido conquistadas y ya existían relaciones comerciales regulares, la explotación de la sangre de drago se intensificó. Gran Canaria, Tenerife y La Palma, que fueron conquistadas bajo los auspicios de la corona, albergaban las mayores colonias de dragos, pero sufrieron el mismo destino que las de La Gomera. El proceso para extraer la sangre debió de influir en la decadencia de estos árboles, ya que se obtenía realizando cortes profundos en el tronco y las ramas con “una hoz o espada y poniéndole debajo un vaso en que caiga”, como informa el viajero portugués Gaspar Frutuoso, en la segunda mitad del siglo XVI. Este tipo de heridas facilita la penetración de bacterias, hongos y, sobre todo, de larvas de insectos que se alimentan de madera, que constituyen el mayor peligro para la estabilidad de los dragos9.
Como medida proteccionista, en 1574 el Cabildo de Tenerife acordó prohibir su recolección, bajo pena de 100 azotes. Pero de poco sirvió, pues se siguió exportando masivamente a los mercados europeos. Se comercializaba bajo dos formas: sangre común, que era la que se extraía por incisión, y sangre en gota o lágrima, que es la que exuda el árbol de forma natural por pequeñas fisuras del tronco y las ramas, sobre todo durante las épocas de calor. Ésta se consideraba de mayor calidad y, por tanto, era más cara10.
A finales del siglo XVI, la mayoría de los dragos habían sido sangrados hasta la saciedad. Lo mismo estaba ocurriendo en los archipiélagos portugueses de Madeira y Cabo Verde, que también exportaban grandes cantidades de sangre de drago. La oferta era mucho mayor que la demanda, y el precio cayó en picado. En 1595, una libra (460 g) de sangre enjuta se vendía a cuatro cuartos y medio, que era aproximadamente lo que entonces costaba un kilo de azúcar, el principal producto de exportación de Canarias. A partir de entonces, el negocio dejó de ser rentable, convirtiéndose en una actividad económica marginal. Para los dragos ya era tarde; sus poblaciones habían sido esquilmadas y apenas sobrevivían algunos ejemplares, la mayoría en riscos inaccesibles11.
 En el siglo XVII siguieron enviándose pequeñas cantidades a Europa, principalmente a través de las compañías inglesas que comerciaban con azúcar, vino, orchilla y otros productos de las islas. A España se exportaban unos palillos de tabaiba dulce untados en sangre de drago, que se pusieron de moda como dentífrico entre las clases altas de la sociedad. Lope de Vega, Tirso de Molina y otros autores del Siglo de Oro mencionan esa práctica en algunas de sus obras, resaltando su eficacia para limpiar y fortificar la dentadura.
 El drago de La Orotava y otros viejos ejemplares que aún existían en el siglo XVIII, se hicieron famosos en Europa a través de los viajeros de la época. La mayoría de los relatos están adornados con historias fantasiosas sobre su origen antediluviano, su extraordinaria longevidad o la veneración que le tenían los guanches, pero la sangre de drago apenas se menciona como un antiguo recuerdo. Viera y Clavijo, como otros autores canarios de ese siglo, se lamentaba de la poca atención que recibía un producto tan valorado en tiempos pasados, criticando la desidia de las autoridades ante la tala indiscriminada de los escasos dragos que aún sobrevivían12.
A principios del siglo XIX sólo la empleaban algunos campesinos en remedios populares, pero prácticamente había desaparecido como fármaco en la medicina moderna. Sin embargo, muchas personas aún confiaban en su eficacia como dentífrico. Incluso se podía adquirir en algunas ciudades importantes, como señala el oficial francés Bory de Saint Vincent (1803), al comentar que algunos miembros de su expedición la habían comprado en La Laguna, en un convento de religiosas, cuyo mejor reclamo era que “tenían la boca fresca y hermosa”. Posiblemente, el producto que vendían las monjas procedía del famoso Drago del Seminario, que a duras penas sobrevive en la huerta del antiguo convento de frailes dominicos13.
 A finales de ese siglo, la sangre de drago se consideraba un artículo exótico, sin valor comercial ni medicinal. Apenas merece un pequeño comentario en algunos tratados farmacológicos de la época, como en Tratado de materia farmacéutica vegetal (1893), del Dr. Gómez Pamo: “Para extraer esta resina se hacen incisiones en el tronco, por las cuales fluye con lentitud en las épocas de calor, que se recoge en un gánigo [...] la recolección se hace siempre en pequeña escala y sin objeto comercial”.
 Composición química
 La sangre de los dragos canarios tiene la consistencia de una resina densa y blancuzca cuando sale del árbol. En contacto con el aire, va endureciéndose y adquiriendo su característico color rojo sangre. En estado sólido es frágil, y cuando se rompe forma lascas concoideas, vítreas, brillantes y casi translúcidas por los bordes. Al triturarla, se obtiene un polvo cristalino muy brillante, que se vuelve pegajoso al manosearlo. Es insípida e inodora a temperatura ambiente, pero al calentarse suavemente, se hace maleable a la vez que desprende un agradable olor balsámico. No se disuelve en agua pero sí en alcohol.
 A pesar de su fama, hasta hace poco apenas se conocía su composición química. En los últimos años, sin embargo, se han llevado a cabo numerosas investigaciones, gracias a las cuales se ha ido desentrañando su compleja composición, en la que se han descubierto varias sustancias químicas desconocidas hasta entonces. Por ahora se han identificado más de 20 compuestos orgánicos, la mayoría, flavonoides, saponinas y chalconas14.
 Varios de los productos aislados han sido objeto de diferentes ensayos para conocer sus propiedades farmacológicas, y los resultados obtenidos confirman muchas de las virtudes tradicionalmente atribuidas a la sangre de nuestros dragos. Los flavonoides, por ejemplo, muestran una actividad antioxidante, antiinflamatoria, antiviral y antialérgica, así como un papel protector frente a enfermedades cardiovasculares, cáncer y otras patologías. Sin embargo, también se ha constatado que, en dosis altas, esas sustancias pueden provocar efectos contraproducentes.
 La diosgenina es una saponina esteroidea que baja el nivel de colesterol en sangre. También tiene propiedades estrogénicas, esto es, potencia la actividad de las hormonas femeninas, lo que explicaría la eficacia de la sangre de drago en el tratamiento de trastornos menstruales y menopáusicos, como incontinencia urinaria, sequedad vaginal, etc.
 Otra saponina, la ruscogenina, tiene propiedades antiinflamatorias y ha demostrado ser muy útil para aliviar las hemorroides. Actualmente se está experimentando su actividad en combinación con otras sustancias que también están presentes en la sangre de drago. Con las chalconas, parece que es eficaz en el tratamiento de algunos problemas de próstata, y combinada con los flavonoides favorece la regeneración de la piel, una de las legendarias virtudes de la sangre de drago.
 El drago tiene unas raíces grandes y robustas que le sirven para afianzarse al terreno, y otras que son pequeñas y delgadas, a través de las cuales incorpora el agua y los nutrientes que necesita para vivir. Esas raíces absorbentes están recubiertas por una fina corteza de color anaranjado, que contiene algunas de las saponinas presentes en la sangre de drago, pero en mayor concentración. Una de ellas es la dracogenina, que ha resultado poseer propiedades antibacterianas y antifúngicas. Ésa puede ser la razón, entre otras, por la que se recomendaba masticar “raicillas” de drago para conservar la “boca fresca y hermosa”, como las monjas de La Laguna. Otra es la icogenina, que muestra una potente actividad citotóxica contra la línea celular HL-60 de leucemia humana. Se ha podido determinar que la muerte celular es por apoptosis, es decir, las células cancerígenas dejan de reproducirse y se descomponen.
Conviene aclarar que las aplicaciones terapéuticas de estas sustancias aún están en fase experimental, pero también es cierto que los resultados de las investigaciones más recientes han abierto nuevas posibilidades. La sangre de drago es un producto natural que puede ser de provecho en temas de gran interés para la sociedad actual: rejuvenecimiento, antioxidantes, leucemia, cardiopatías, próstata, menopausia, etc. De hecho, figura en la composición de cremas regenerativas, protectores solares y otros artículos cosméticos que todavía no se comercializan, pero que ya han sido patentados, algunos hace tan sólo unos pocos meses15.
 Si su demanda aumenta y se consolida en los próximos años, habrá que recordar lo que ya ocurrió hace cinco siglos, cuando la mayoría de los dragos desaparecieron por sobreexplotación. ¿Podría ser el cultivo intensivo de dragos la alternativa a los plátanos? Siendo económicamente rentable, no hay razón para descartar esa posibilidad. Los dragos requieren mucha menor cantidad de agua y se desarrollan muy bien en las mismas zonas que las plataneras. Son longevos, pero crecen con rapidez y, en pocos años, pueden estar produciendo cantidades aceptables de sangre. En Canarias ya existen casos parecidos, como el Aloe vera, que en la actualidad se cultiva en varias islas con resultados muy interesantes.
 Otras “sangres de drago”
 Hoy en día, como ocurría en la Antigüedad, el nombre “sangre de drago” sigue siendo bastante confuso, ya que se aplica a varias resinas de origen vegetal, que proceden de diferentes plantas de distintas regiones del planeta y que, además, pertenecen a varias familias botánicas. Se trata, en su mayoría, de resinas de color rojo sangre que presentan ciertas propiedades farmacológicas comunes, sobre todo en lo que se refiere a su acción cicatrizante. Aunque no existe una opinión unánime, se considera que la sangre de drago “antigua”, incluyendo la de Canarias, es la que se conocía antes del descubrimiento de América. La “nueva” tiene su origen en el Nuevo Mundo y, en la actualidad, es la que más se utiliza en medicina, particularmente en homeopatía.
 La sangre de drago “antigua” procede de dos tipos de plantas monocotiledóneas: especies arbóreas del género Dracaena, de la familia de las ruscaceae, y palmas ratán de los géneros Daemonorops y Calamus, de la familia de las arecáceas.
 Las especies de Dracaena productoras son D. draco (Madeira, Canarias, Cabo Verde y Marruecos), D. tamaranae (Gran Canaria) y D. cinnabari (Socotora). Existen otras especies menos conocidas (D. schizantha, D. serrulata y D. ombet) que se distribuyen por regiones montañosas semiáridas en torno al Mar Rojo. Probablemente, también fueron explotadas para obtener su sangre, pero poco se sabe al respecto.
  Otra sangre de drago antigua, a veces llamada resina draconis, se obtiene de los frutos de varias palmeras de los géneros Daemonorops y Calamus, que crecen en las selvas tropicales del sureste asiático. Actualmente su producción mundial se estima en unas 50 toneladas anuales, que en su mayor parte proceden de Indonesia, desde donde se exporta a los mercados de Hong Kong, Singapur y Pakistán. Su destino final es incierto, ya que desde esos mercados se reenvía a otros lugares. Es probable que se utilice principalmente como barniz en la pujante industria asiática de muebles y, en menor medida, como fármaco en medicina tradicional. Sus propiedades terapéuticas son parecidas a las de la sanguis draconis: contra golpes, heridas, encías sangrantes, disentería, irregularidades menstruales, impotencia, etc.16.
La sangre de drago “nueva” procede de América, y se obtiene de varias especies de los géneros Jatropha y Croton, de la familia de las euforbiáceas, y del género Pterocarpus, de la familia de las leguminosas. Las distintas variedades ya eran empleadas por los indios americanos y fueron incorporadas a la farmacopea occidental tras el descubrimiento del Nuevo Mundo. Por eso recibieron la misma denominación, aunque a veces con variaciones, como “sangre de grado”, “sangredo” o “sangregado”, nombres que se aplican indistintamente a la planta y al producto.
 En la extensa literatura que existe sobre las diferentes sangres de drago, desde los textos antiguos y los tratados medievales hasta los artículos científicos más recientes, se aprecia un enorme interés por identificar correctamente el origen y la naturaleza de las mismas. Esto se interpreta no sólo como una actitud honrada y seria de los autores, sino por las nefastas consecuencias que podría acarrear una falsa identificación del producto en un tratamiento terapéutico. A las personas que hoy en día siguen confiando en las legendarias propiedades de cualquier sangre de drago, muchas de ellas comprobadas científicamente, les recomendamos lo que ya advertía Plinio hace dos milenios:
! no se confundan...
¡Hércules Lazaro Sánchez-Pinto (Director del Museo de Ciencias Naturales)
Rafael Zárate (Investigador del Instituto Canario de Investigación del Cáncer (ICIC) en: Rincones del Atlántico)
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 Notas
1 La presencia en Cádiz de ese árbol ya había sido mencionada mil años antes por el geógrafo e historiador griego Estrabón, en su descripción de la Península Ibérica: “En Gádeira (Cádiz) hay un árbol cuyas ramas se doblan hacia el suelo y sus hojas, a veces de un codo de largo y cuatro dedos de ancho, tienen la forma de una espada... Si se corta una rama exuda leche, si es una raíz, destila un jugo de color rojo”. Por la descripción no parece que se trate de un drago, pero hay que tener en cuenta que Estrabón no lo había visto personalmente, sino que se basó en los escritos de Posidonio, un autor griego que lo citó casi un siglo antes. Por otro lado, no se puede descartar que en esa época aún existieran dragos salvajes en algunas localidades concretas del sur de la Península Ibérica, testigos supervivientes de una flora desaparecida del continente europeo durante la última gran glaciación. En cualquier caso, es curioso que Cádiz se haya conocido tradicionalmente como la “ciudad de los dragos”, y buena prueba de ello son los hermosos ejemplares –algunos de ellos varias veces centenarios– que hoy en día crecen en muchos parques y jardines de la “tacita de plata”.
2 En 1995 se descubrió una importante colonia de miles de dragos en una abrupta región del macizo del Anti Atlas, en Marruecos. El drago del Atlas se conoce localmente con el nombre bereber de ajgal, que significa ‘inalcanzable’, debido a que crece en paredones escarpados y de difícil acceso, incluso para las cabras. Se considera una subespecie del drago común, de ahí su nombre científico: Dracaena draco ssp. ajgal. Los dragos silvestres que crecen en el Peñón de Gibraltar también pertenecen a esta subespecie (Cortés, 1994). Por allí desembarcaron las primeras tropas musulmanas que invadieron la Península Ibérica a principios del siglo VIII. Más información sobre la sangre de drago en tratados árabes medievales en: Llavero Ruiz (1990), Cabo González (1995) y Cabo González & Bustamante Costa (2000-2001).
3 Becciani, Ugo. Un manoscritto pistoiese di “secreti” del tardo ’600: lettura critica e commento. Pistoia: Il Papyrus, 2000. (Resumen disponible en la red).
4 Sobre el empleo de la sangre de drago en técnicas artísticas, se recomienda el excelente trabajo de Pilar González Araña: Análisis de la resina sangre de drago: técnicas y procedimientos artísticos, que se puede consultar en la red (http://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=1029).
5 Una bolita de sangre de drago (17 mm de diámetro) apareció en una cueva de habitación guanche, en La Orotava, junto a lascas de obsidiana (tabonas), huesos de animales y fragmentos de cerámica aborigen. (Lorenzo Perera, 1977). Sobre su empleo por los guanches, ver Bethencourt Alfonso (1991-1997), Bosch Millares (1962), Oliva Tacoronte (1982).
6 Entre esos contactos destaca la expedición a las islas realizada por el capitán genovés Nicolás de Recco en 1341, al mando de dos naves proporcionadas por Alfonso IV, rey de Portugal. Entre otras mercancías, a su regreso trajo “palo rojo para tinte, corteza de árboles para teñir de rojo, tierra bermeja y otras cosas para el mismo fin”. Es posible que alguna de esas otras cosas fuera sangre de drago, pero no lo sabemos. En Europa, los pigmentos rojos eran muy cotizados en aquella época, de ahí su gran interés comercial (Millares Torres, 1977-1981).
7 La equivalencia actual de una dobla de oro de esa época es difícil de establecer, porque entonces coexistían doblas de oro de diferente valor y procedencia (castellana, francesa, árabe). Sin embargo, en otros capítulos de Le Canarien aparecen referencias que permiten, por comparación, tener una idea de su cotización a principios del siglo XV. Por ejemplo, cuando Jean de Bethencourt, el socio de Gadifer, abandonó las islas y regresó a España en busca de más apoyos económicos y materiales para concluir la conquista de Canarias, unos mercaderes de Sevilla le ofrecieron 1.500 doblas de oro por su nave, pero él no aceptó. En otro capítulo se dice que con el sebo y las pieles de las focas monje de Isla de Lobos se podía obtener un beneficio anual de 500 doblas ó más. Esto es, en un solo intercambio comercial, los normandos ganaron casi la mitad de lo que podrían obtener de las focas en todo un año, y si hubieran realizado siete u ocho trueques similares, podrían haberse comprado un barco.
8 Se podía adquirir incluso en las principales ciudades mercantiles italianas, que tradicionalmente importaban sangre de los dragos de Socotora, como refleja el Riccetario florentino (1498): “Sangue di drago é una gomma di un albero che nasce nelle isole Canarie”. (Resumen disponible en
http://www.edicolaweb.net/am_1030.htm).
9 El drago también fue objeto de otros aprovechamientos que, sin duda, contribuyeron a la merma de sus poblaciones. Por ejemplo, en 1501, apenas cinco años después de concluida la conquista de Tenerife, se ordenó que los soldados estuvieran equipados con escudos de drago “de un grosor de un pulgar y no menos”. En un acuerdo de 1513 y por temor a una invasión francesa, el cabildo extendió esa orden a todos los vecinos entre 18 y 60 años, aclarando que los escudos debían tener “a lo menos de tres a cuatro palmos de ancho”. También los troncos fueron aprovechados para hacer colmenas o corchos, que eran muy valorados a tenor de sus frecuentes menciones en los acuerdos del Cabildo de Tenerife y los protocolos notariales del siglo XVI.
10 Los envíos de particulares eran frecuentes y solían superar los 100 kilos de peso. Por ejemplo, en 1557 Francisco Rodríguez, que tenía un negocio de joyería en Tenerife, había conseguido reunir 242 libras de sangre común y 13 libras y tres cuartos de sangre en gota, que envió a Lisboa en un solo cargo (Cioranescu, 1977). Una libra equivale a 460 gramos.
11 Según Gaspar Frutuoso, a finales del siglo XVI la mayoría de los dragos de La Palma sólo se encontraban “en lugares ásperos y tan abruptos que parece imposible llegar donde están, pero también van y cogen de ellos una goma tan roja como la sangre, que llaman sangre de drago”.
12 “Pero el ningún cuidado que se tiene de multiplicar tan hermoso árbol, ni el poco dolor con que se han ido cortando los que había, ha hecho escasear mucho un ramo de cosecha, de que se podría sacar notable utilidad”. (Viera y Clavijo, 1942).
13 “La mayor parte de los viajeros de nuestra expedición adquirieron en La Laguna, en un convento de monjas encantadoras, unos pequeños paquetes con raicillas que no tenían ningún sabor ni propiedad en sí mismas, pero que estaban coloreadas con resina de sangre de drago, con el propósito de masticarlas para fortificar los dientes y las encías. El mejor elogio que puede hacerse de esos pequeños productos, es que las religiosas que los vendían, tenían la boca fresca y hermosa” (Bory de Saint Vincent, 1803).
14 Gran parte de los análisis realizados hasta la fecha se han llevado a cabo en Canarias, por equipos científicos encabezados por el Dr. Antonio González y, más recientemente, por el Dr. Jaime Bermejo (Instituto de Productos Naturales y Agrobiología, CSIC, Instituto Universitario de Bio-Orgánica “Antonio González”, Instituto Canario de Investigación del Cáncer, Museo de Ciencias Naturales de Tenerife).
15 “De la presencia de sapogeninas, especialmente la ruscogenina y de isoflavonas en la composición de la sangre de drago se derivan de forma sorprendente propiedades antioxidantes para las células, lo que conlleva, cuando las células son epidérmicas, efectos regenerativos de la piel si se aplica vía tópica y, cuando se ingiere en forma de bebidas, alimentos o aditivos nutricionales o dietéticos, una menor muerte celular, lo que conlleva efectos antidegenerativos y antienvejecimiento del organismo y un efecto general vigorizante y tonificante en general” (parte del texto de varios productos patentados en 2009 en la World Intellectual Property Organization: (WO/2009/063105) Use of extracts of Dracaena draco in the preparation of pharmaceutical, cosmetic, dietetic and nutritional products). WIPO: http://www.wipo.int/portal/index.html.en
16 Para más información sobre el comercio mundial de la sangre de drago y otras resinas de origen vegetal, pueden consultarse documentos de la FAO disponibles en la red: http://www.fao.org/docrep/v9236e/v9236e00.htm.



REPRESENTACI0N ICONOGRAFICA DEL DRAGO


Las representaciones iconográficas del drago, ya en pleno s. XX –donde se suceden en corto tiempo numerosos movimientos pictóricos, a veces relacionados con la política o con tendencias artísticas internacionales–, tienen un carácter más estético y vitalista o muestran otra simbología desligada de lo religioso o científico.
Iconografías draconianas: paseos por el arte y la ciencia
 Desde los primeros conocimientos históricos escritos que hacen alusión a las islas Canarias se inician las referencias a plantas que se han incorporado al imaginario, más o menos fantástico, de este archipiélago. Estas alusiones se inician con las famosas ferulas de Plinio el Viejo (S. I d.C.), los laurotaxa de los botánicos prelinneanos, la leña noel y el herreño árbol santo o árbol de la lluvia. Sin embargo, ninguno de los vegetales precedentes ha generado tanta literatura y admiración como el drago (Dracaena draco), a pesar de tratarse de una especie macaronésico-africana, distribuida por los cuatro archipiélagos y el suroeste de Marruecos (montañas del Antiatlas), cuyas características, distribución y usos se detallan en otros artículos de este mismo número.
 Si bien los dragos son conocidos desde la época clásica grecorromana, hace más de 2.000 años, es muy probable que estos primeros conocimientos haya que referirlos a los parientes de los dragos atlánticos situados en el entorno del Mar Rojo (Egipto, Eritrea-Djibuti, Etiopía, Somalia y mitad sur de la península de Arabia) y del Océano Índico, en particular a los dragos de la isla de Socotora, en donde conviven con otras interesantes especies, sometidas a explotación comercial desde tiempos remotos por ser productoras de resinas o por su valor medicinal (sangre de drago, incienso, mirra y sabia de aloe). A ellas, y en particular al drago, aluden diversos escritores clásicos, como Dioscórides y Plinio el Viejo (s. I. d.C.), cuando hablan del cinnabaris (o crinabaris para otros).
 Es posible que los dragos macaronésicos también fueran conocidos en el mundo clásico, puesto que las islas eran visitadas ocasionalmente en esas épocas remotas. Sin embargo, no podemos afirmar que existiera un comercio de su “sangre” en esos tiempos y tampoco conocemos que fuera incorporado en obras artísticas antiguas. Es extraño que, a pesar del conocimiento de la sangre de drago, estas llamativas plantas no aparezcan iconografiadas o descritas en el mundo egipcio y tengamos que esperar hasta el siglo XV para ver sus primeras representaciones gráficas.
 Los primeros testimonios escritos que se refieren a la presencia del drago en las islas atlánticas (testimonios indirectos por alusión al colorante rojo en el texto de Boccaccio), los encontramos en distintas obras, llevadas a cabo por diversos viajeros que realizan incursiones o exploraciones en busca de nuevas rutas comerciales, incluyendo el tráfico de esclavos, en los territorios atlánticos del noroeste africano desde el s. XIV, abarcando varios de los archipiélagos macaronésicos. Poco después, en los libros-crónicas que narran la conquista de Canarias en el inicio del siglo XV (1402-1406), Le Canarien, siendo la versión de Gadifer escrita antes de 1420, se señala la presencia de dragos (“dragoniers”) en varias islas (La Palma, Gomera, Hierro, Tenerife y Gran Canaria) y se acuña por primera vez (según comunicación personal de la doctora B. Pico) la palabra francesa “dragonier” para designar a nuestro drago. También hallamos referencias en diferentes fuentes documentales (datas, crónicas de conquista, acuerdos de cabildos, protocolos notariales...) generadas a raíz de dicho episodio. A su conocimiento en Europa también contribuyó, probablemente, la publicación en 1507 de la obra del veneciano Alvise da Ca’ da Mosto, en la que hace alusión a los dragos y a la explotación de su sangre en Porto Santo, una de las islas del archipiélago de Madera, descubierto por los portugueses Zarco y Teixeira en 1418. El llamativo aspecto de esta especie, abundante en el siglo XV en la pequeña isla, puede justificar el traslado de ejemplares a la capital portuguesa y su cultivo allí en diversos monasterios. Además, no hay que olvidar que los portugueses mantenían relaciones frecuentes con el archipiélago canario y sus propiedades medicinales serían conocidas por el uso tradicional que del mismo hacían las poblaciones indígenas.
El temprano cultivo de dragos en Europa lo conocemos por las narraciones del que podríamos considerar uno de los primeros turistas europeos, que se adentra en varios territorios de la Península Ibérica y nos deja un curioso e interesante relato de sus viajes. Se trata del médico alemán Münzer (Jerónimo Monetario), quien a fines del siglo XV (1494) vio dragos fructificados cultivados en los huertos conventuales de la Santísima Trinidad (“un gran árbol llamado dragón”) y de los agustinos (tres ejemplares, uno descomunal cuyo tronco dos hombres apenas podían abarcar) de la capital portuguesa, y a quien un sarraceno, curiosamente por la relación con la iconografía que luego veremos, le cuenta que su rosario estaba hecho con los huesos de la palmera que dio de comer a la sagrada familia en su huida a Egipto. Poco antes (ca. 1475) aparecen en Europa central (Alemania) los primeros grabados de esta emblemática especie, que salen del taller de M. Schongauer, natural de Colmar (ca. 1430-1450), representando la huida a Egipto de la virgen María con el niño y san José, donde un drago ramificado, con frutos, y una palmera, también fructificada, que sirve de alimento al grupo, son elementos singulares de la composición y han sido tradicionalmente recogidos en diversas publicaciones. Este interesante grabado sirvió de modelo o inspiración para obras posteriores, tanto grabados como relieves en madera e incluso en tapices. ¿Por qué Schongauer eligió esta exótica especie para este motivo? Sin saberlo, incorpora una rara planta que también está representada en el sur de Egipto con otro drago diferente (Dracaena ombet), de porte similar a algunos de nuestros dragos de mediana edad.
Otro de los grabados más antiguos que conocemos, ejecutado por el alemán M. Wolgemut en 1493 para el Liber chronicarum de H. Schedel, representa a Adán y Eva en el Paraíso, donde, según el Génesis, están el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Junto al árbol de la ciencia del bien y del mal, caracterizado por el manzano con la serpiente enrollada, aparece también el drago como árbol de la vida, tal y como indica D. de la Peña, y la misma interpretación nos da M. de Paz al ilustrarnos acerca de la representación del drago en el famoso cuadro del Bosco El jardín de las delicias. En este caso el drago está junto a la fuente de la que parten los consabidos cuatro ríos paradisíacos de larga tradición iconográfica.
 Siglo XVI
 Le siguen en orden de publicación, a los pocos años, las escenas que adornan la obra de los Comentarios a Virgilio (1502) de S. Brandt, con connotaciones más literarias, ilustrada con diversos grabados xilográficos donde al menos ocho de ellos incluyen el drago. Esta obra es casi coetánea de la del famosísimo pintor y grabador A. Durero, que en torno a los años 1503-1505 realizó al menos un grabado donde el drago aparece junto a la mencionada palmera datilera, basándose, de acuerdo a la similitud de la composición, en la obra precedente de Schongauer, en particular la Huida a Egipto. Pero ¿cuál fue la fuente de inspiración de Schongauer? ¿Conoció personalmente estos extraños (para el mundo europeo) vegetales en Flandes o Portugal? Si no fuera así tendría que haberse servido de una buena representación iconográfica realizada por alguno de los numerosos visitantes a las islas atlánticas o a la propia Lisboa. Teniendo en cuenta la edad de ejecución de la obra y los datos aportados por Münzer, los dragos lisboetas podrían haber servido de modelos.
 Esta misma simbólica especie la incorpora el Bosco en su famoso cuadro (nombrado anteriormente), pintado a inicios del XVI (entre 1500 y 1510) dándole un lugar preeminente junto al grupo formado por Adán y Eva bendecidos por Cristo. Un poco posterior (1518) es la excelente pintura, adornada con elementos tropicales, donde Burgkmair representa a san Juan en Patmos. El drago que acompaña a la composición, aunque fragmentario, se puede reconocer perfectamente. Su diseño, al igual que los del Bosco, Brandt, Schongauer y Wolgemut, refleja con bastante fidelidad la ramificación de los dragos, lo cual no está tan bien definido en la obra de Durero o en el grabado de san Juan Evangelista y Santiago el Mayor de Woensam de Worms (1500-1541), cuyas características coinciden bastante, y donde el drago no sigue su típica ramificación regular de acuerdo a las floraciones.
 No menos interesante y bella es la representación del drago en una fantástica miniatura iluminada del libro de horas del rey portugués Don Manuel, descrita por J. Lizardo en la revista Islenha (1996), donde el drago está cerca de una fuente de la cual la virgen toma agua, escena relacionada también con la huida a Egipto, pero igualmente podríamos pensar en el agua que proviene del árbol de la vida. Se estima que el dibujo fue ejecutado entre 1517 y 1538 por la iconografía oriental (relacionada con las exploraciones orientales portuguesas) que lo acompaña a modo de orla, incluyendo dromedarios, elefantes, tiendas, beduinos y rinocerontes.
 Considerando que, de existir, los dragos gaditanos serían escasísimos en el siglo XV, ya que Clusio no consiguió ver ninguno en 1564, debemos preguntarnos de dónde proviene la fuente de inspiración relativa a estos dragos en el mundo centroeuropeo. ¿Se trata de plantas oriundas del archipiélago canario o del archipiélago maderense? ¿De África u Oriente próximo? Teniendo en cuenta su cultivo en los conventos lisboetas, la procedencia de esas plantas hay que atribuirla al archipiélago de Madera, en particular a la isla de Porto Santo, de fácil accesibilidad y plagada de dragos por esa época, antes de su poblamiento. Hay que tener en cuenta, además, que las islas Canarias donde los dragos eran más abundantes (La Palma, Tenerife y Gran Canaria) no se incorporaron al mundo europeo del comercio regular hasta fines del siglo XV, después de sus respectivas conquistas. Algunos autores sugieren que la casa comercial alemana Fugger, para la que trabajó Clusio, con intereses económicos en los archipiélagos atlánticos, pudo tener alguna participación en la presencia o conocimiento de dragos en Europa.
 Aunque se ha indicado la posibilidad de que algunos dragos fueran llevados a Flandes o territorios próximos desde las islas atlánticas y especialmente desde Canarias, esto parece muy improbable, teniendo en cuenta las fechas y las dimensiones-edades manifestadas en las primeras representaciones de Schongauer, ya que no consideramos la posibilidad de que dichos dragos fueran transportados con porte ya ramificado, aunque hay casos semejantes, como cuando se intentó enviarlos a la corte de Felipe II desde Canarias, según Fragoso (1572), citado por M. de Paz. El transporte de dragos es altamente complicado por su fragilidad y además tendrían dificultades para sobrevivir a no ser que estuvieran bajo protección total durante los crudos inviernos septentrionales. Tanto los ejemplares reproducidos por Schongauer (ca. 1475) como los de Wolgemut (1493), Brandt (1502) o el Bosco (1500-1510), de similar factura, presentan 3 ó 4 ramificaciones, lo que implicaría que necesitaron unos 50-60 años para adquirir dicho porte si fueron sembrados de semillas, por lo cual tendrían que haber sido recolectadas a comienzos de siglo XV, cuando los archipiélagos atlánticos aún no estaban conquistados ni ocupados (excepto las islas de Lanzarote, Fuerteventura y Hierro) para llegar a tener esas dimensiones en la segunda mitad de dicho siglo. Conocemos el intento de cultivo de dragos canarios, en Sevilla, en la segunda mitad del siglo XVI, a partir de semillas enviadas desde nuestro archipiélago al célebre botánico Tovar.
 Por otra parte, las primeras reproducciones iconográficas y descripciones de carácter científico tenemos que asignarlas al famoso botánico Clusio (Charles de L’Écluse), que tuvo ocasión de viajar por la Península Ibérica, visitando Lisboa en 1564, y que en su obra Rariorum aliquot stirpium per Hispanias observatarum historia (1576) incorporó, junto a la descripción del drago, un grabado representando un ejemplar con tres ramificaciones acompañado por una hoja y una rama de su inflorescencia provista de frutos. Según el propio Clusio, vio el drago (sólo menciona uno) en el convento dedicado a la virgen de Gracia (Lisboa), sin hacer alusión a los indicados por Münzer. Parece indudable que fue ese drago el que le sirvió de modelo para su conocido grabado, del cual se conserva, junto con los de otras especies, el dibujo original en color (página 132 del presente número), realizado por Van der Borcht, en la biblioteca Jagiellónska de Cracovia (Polonia). Al igual que representaciones anteriores, este drago tendría una edad próxima a los 40-50 años cuando lo vio Clusio, lo cual no estaría de acuerdo con las observaciones de Münzer, hechas 70 años antes, si hubiese visto e iconografiado los mismos ejemplares. Los detalles de la fructificación (obtenidos de ramas que le enviaron al año siguiente de su viaje) y hoja, así como su descripción, parecen confirmar que el propio Clusio fue el sagaz observador.
 Coetáneo de estas obras son los textos con alusiones a la sangre de drago procedente de América, del sevillano N. Monardes (1580) quien, además, incorpora un curioso dibujo donde se ve un dragón embrionario dentro de los frutos de la especie americana correspondiente, según información y datos aportados por el obispo de Cartagena de Indias.
Posteriormente, en esta segunda mitad del siglo XVI, seguimos encontrando diversos textos alusivos al drago, algunos acompañados de iconografías, aunque en su mayoría corresponden a copias, de manos de diversos herbalistas (V. Cordus, 1561; Gerard, 1597...) del famoso grabado de Clusio, mientras que otros textos locales o no de esta época, como los de T. Nichols (1583), del italiano Torriani (1592), del portugués G. Frutuoso (al parecer el libro fue escrito antes de 1582, aunque no hay fecha exacta) o del fraile A. de Espinosa (1594), no nos aportan elementos iconográficos pero nos ayudan a comprender la antigua distribución de los dragos en Canarias, con alusiones concretas a topónimos de gran interés como la Punta de los Dragos en Barlovento (La Palma), usos y presencia en algunos barrancos (datos que se detallan en otros artículos de este número).
 Una vez incorporado el drago al mundo del grabado y la pintura europea, su difusión tuvo cierta importancia en el mundo centroeuropeo y occidental. Sin embargo, resulta curioso que no se extendiera e incorporara su conocimiento al entorno mediterráneo, debido quizás a que las últimas manifestaciones góticas no tuvieron intercambios importantes con el Renacimiento meridional.
 Siglo XVII
 A lo largo del siglo XVII, el dibujo clusiano siguió siendo reproducido, con o sin modificaciones, por diversos autores europeos en tratados y libros de simples (plantas medicinales), y es citado en diversas obras botánicas (Bauhin, 1623; Parkinson, 1640; Commelin, 1689...), recogidas en parte por Plukenet. En la segunda mitad del siglo se inician las informaciones, a veces acompañadas de dibujos, relativas al gran pino de Teror, Gran Canaria, en el que posteriormente se ubicaría la aparición de la virgen de su nombre, iconografiada en el grabado de Simón de Brieva de 1782 (reproducido en la pág. 143 del número 4 de Rincones del Atlántico). En sus ramas crecían tres jóvenes ejemplares de dragos, siendo atribuida a Marín de Cubas la primera imagen gráfica del mismo (finales del siglo XVII), así como el que posiblemente sea el primer dibujo de un drago realizado en Canarias.
 A partir de entonces, esta llamativa especie es demandada en el mundo científico debido al auge que adquiere el coleccionismo de curiosidades en general, siendo cultivada probablemente tanto en diversos jardines botánicos (Ámsterdam, Leiden) como en jardines privados europeos desde fines del siglo XVII.
 Siglo XVIII
 Las representaciones de dragos toman un carácter más artístico, desvinculándose de contenidos simbólicos y religiosos a partir del s. XVII y especialmente durante el XVIII, llevándose a cabo por motivos estrictamente botánicos (caso de los herbalistas) o simple curiosidad debido a su extraño porte y su supuesta milenaria longevidad.
 Curiosamente no figura en la colección que mantenía el acaudalado George Clifford, banquero holandés, que fue estudiada y descrita por el propio Linneo en su Hortus Cliffortianus (1737), donde sin embargo incluye otras curiosas especies canarias como el famoso bicacarero (Canarina campanula, hoy C. Canariensis) o la salvia canaria (Salvia canariensis).
 El primer dibujo de interés científico tomado al natural en las islas Canarias, que tuvo cierta difusión en copias manuscritas, corresponde al realizado en 1724 por el cura mínimo francés L. Feuillée en la finca de la familia Porlier cerca de Bajamar, La Laguna, Tenerife. Representa un drago con dos ramificaciones, correspondiente, por tanto, a una edad de unos 40-50 años (pág. 159 del presente número). Desconocemos hasta cuándo existió este ejemplar, del cual no hemos encontrado referencias posteriores.
 De igual forma se ilustra en la narrativa de viajes y exploraciones científicas, en particular desde que es ilustrado por P. Ozanne, que estuvo en Tenerife entre 1771 y 1772, como dibujante de la expedición de J.C. Borda, A.G. Pringue y J. -K.-A. Verdun de la Crenne. Su boceto sirvió de modelo para diversas obras posteriores, como el grabado que aparece en la obra de Humboldt Vue des cordilleres, 1810, así como un famoso cuadro (Museo de Borda, Dax, Landas, Francia) que refleja la 2ª medición de la altura del Teide hecha por Borda (1776) en el valle de La Orotava, donde el drago adorna la histórica medición recreada por el artista sin ocupar su posición real. Ozanne tuvo la oportunidad, al igual que otros viajeros anteriores y posteriores, entre ellos Lord Macartney (1793) –en cuyo honor se celebró el famoso almuerzo entre las ramas del árbol–, Ledru (1796) o Humboldt (1799), de contemplar el mal llamado drago milenario que se encontraba en los jardines de Juan Domingo de Franchy en La Orotava hasta mediados del siglo XIX, que le sirvió de inspiración para su obra. De la segunda mitad de éste siglo son también dos conocidos grabados realizados en Bruselas por el grabador belga Simon Cattoir según dibujos de C. Freudenberg. Dichos grabados (reproducidos en la pág. 215 del número 5 de Rincones del Atlántico y en la pág. 128 del presente número) reproducen dos perspectivas diferentes de la casa y la situación y diseño de los famosos jardines, hoy completamente modificados, y sus más ilustres componentes perdidos (el drago y la palmera centenaria).
 Siglo XIX
 Durante la primera mitad del s. XIX, además del grabado ya comentado que aparece en la obra de Humboldt, tienen especial interés los dibujos que ilustran un trabajo de S. Berthelot acerca del drago publicado en 1827, en el cual se recogen diversos dibujos de ejemplares de diferentes edades así como detalles de las plántulas, flores y frutos. Al menos algunas de estas ilustraciones fueron realizadas por J.J. Williams, según nos cuenta el propio Berthelot, siendo reproducidos algunos de ellos en obras posteriores. Alfred Diston, por su parte, inmortalizó tres dragos que habían sido plantados, con motivo de la construcción del Jardín de Aclimatación de La Orotava, en su fachada norte (Rincones del Atlántico, número 2, pág. 201), los cuales también habían sido objeto de un grabado de dicha fachada publicado en la famosa Historia Natural de las Islas Canarias (tomo de Misceláneas), realizado con menos rigor por Williams (dibuja dos ejemplares), sin posibilidad de asegurar, en este caso, que se tratara de dragos. Uno de los ejemplares dibujados por Diston aún sobrevivió hasta los años 70 del siglo XX y figura en diversas fotografías de la época. Diston también llevó a cabo un dibujo (acuarela), al igual que otros autores como Bernardo Cologan en 1859, del ya maltrecho drago de Franchy.
 En la obra de P.B. Webb & S. Berthelot, antes mencionada, publicada entre 1835 y 1850, el drago figura además como elemento importante en otras láminas de las Misceláneas así como en dos de las planchas compuestas que contiene el gran Atlas de dicha magnífica obra, algunos de cuyos grabados están probablemente basados en apuntes del natural (poblaciones salvajes del barranco del Infierno y de Taganana) realizados por S. Berthelot.
 Es interesante para la flora endémica de Canarias que a finales del siglo XVIII (1787) comience a publicarse en Londres la preciosa revista Curtis’s botanical magazine, donde se describen e ilustran algunas de las nuevas plantas que van siendo conocidas en el mundo europeo. Entre ellas, varias representan a especies endémicas o de origen canario, correspondiendo la lámina 4571, publicada en 1851, al drago macaronésico, con una imagen que parece estar basada también en la obra original de P. Ozanne, donde además se ilustran los detalles morfológicos de sus inflorescencias, flores, frutos y semillas.
 De época semejante (1842) es la interesante acuarela que realizó el minucioso Álvarez Rixo para acompañar a su Disertación sobre el árbol drago, manuscrito parcialmente inédito que se conserva en la biblioteca de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, La Laguna (pág. 126 del presente número).

A lo largo de este siglo XIX se llevaron a cabo diferentes publicaciones incluyendo la representación (grabados) del drago, la mayoría relativas al famoso ejemplar, mutilado ya por el huracán de 1819, de los jardines de Franchy, pero destacan en la segunda mitad (1875) las obras pictóricas producidas por la singular viajera inglesa Marianne North, que incluyen dragos tinerfeños de Santa Cruz, valle de La Orotava y cercanías, en diversos óleos. Estas obras están ejecutadas en fecha algo posterior a los inicios de la fotografía en Canarias, que ya nos muestran imágenes del desaparecido drago de Franchy y del aún sobreviviente drago del Sitio Litre, en el Puerto de La Cruz.
 Dichos cuadros nos ayudan, además, a entender mejor la edad de estos misteriosos seres vegetales, relacionados con mitos y leyendas, y en particular el ritmo de su crecimiento teniendo en cuenta su ramificación. Curiosamente, el más famoso de los dragos pintados por North, que aún se conserva vigoroso en el patio principal del Sitio Litre mencionado, fue objeto de una de las primeras fotografías realizadas en Canarias (1856) por la Sra. Smyth (esposa de Piazzi Smyth), 19 años antes. Con esos datos se puede estimar la edad actual de dicho drago en torno a los 210 años (imágenes reproducidas en el número 5 de Rincones del Atlántico, pág. 225). En este mismo sentido, resulta muy interesante para el cálculo de la edad de los dragos el dibujo que incluye O. Stone (que viajó en 1883-1884 por Canarias) en su conocida obra Tenerife y sus seis satélites (1889), de un joven ejemplar que existió en los jardines de Franchy y que fue sembrado en 1877 a partir de semillas del gigante caído en 1867, que tuvimos ocasión de observar varias veces, desde que inició la pérdida de algunas ramas hasta su destrucción total. Este ejemplar, que vivió unos 120 años, también acabó perdiéndose, quizás, cuando se detectaron en él enfermedades que no fueron correctamente atendidas. Esta misma autora también nos proporcionó un pequeño dibujo del llamativo drago del cementerio de Los Realejos, aunque no tiene la suficiente calidad para hacer un estudio comparativo de sus ramificaciones.
 A fines del siglo XIX (Noll, Schatt...) y principios del XX (Bolleter, Pitard & Proust, Lindinger, Knoche...), diversos libros botánicos de carácter científico o narraciones de viajes (M. d’Este, 1909) comienzan a incorporar diversas fotos de las islas entre las que es frecuente encontrar algunas de dragos, no sólo del más admirado de Icod o del también famoso del seminario viejo de La Laguna, aunque, lamentablemente, es imposible conocer la ubicación actual de algunos de ellos, si es que aún existen. En otros casos las imágenes o dibujos no tienen una buena calidad, aun tratándose de textos científicos como el dibujo de Hermann Christ (1886). Asimismo, contamos con diversas imágenes, en parte inéditas, debidas a diversos visitantes que recorrieron nuestras islas cámara en mano tales como A. de Montherot o Ellerbeck, o por miembros de expediciones de carácter más científico, como O. Simony, cuyas obras fotográficas sólo conocemos en parte o son totalmente desconocidas en Canarias.
En la producción local, algunos pintores costumbristas de fines del siglo XIX o principios del XX nos han dejado algunas manifestaciones artísticas donde se recogen imágenes del drago. Entre ellos destacan Alejandro Ossuna (Tenerife), autor de numerosas composiciones campesinas y quizás también de un curioso dibujo del Roque de las Animas (Taganana) con sus dragos, y J.B. Fierro (La Palma), con una bella e infantil acuarela de estos gigantes junto a las cuatro palmas de Buenavista (Breña Alta).

Más academicista y con una mejor calidad es la obra de otros pintores canarios, ejemplos raros, que incluyen el emblemático vegetal en sus composiciones. Destaca el bello óleo realizado por Baeza, a fines del siglo XIX, de un hermoso drago aún existente, con porte majestuoso, en la zona de San Vicente de Los Realejos (reproducido en el nº 5 de Rincones del Atlántico, pág. 252), conocido como drago de las Siete Fuentes, cuya cuidada realización nos sirve igualmente de testimonio para llevar a cabo una aproximación más al cálculo de la edad de los dragos basada en su ramificación. Este mismo autor dejó plasmado el drago de Icod, por las mismas fechas, en una bella composición al óleo que recoge parte del núcleo antiguo de esta ciudad. Asimismo, es notable una de las obras historicistas del pintor Robayna centrada en la Matanza de Acentejo (1860), donde incorporó un viejo drago, o la estampa más reciente y bucólica de la pintora portuense Lía Tavío.
 Siglo XX
 Las representaciones iconográficas del drago, ya en pleno s. XX –donde se suceden en corto tiempo numerosos movimientos pictóricos, a veces relacionados con la política o con tendencias artísticas internacionales–, tienen un carácter más estético y vitalista o muestran otra simbología desligada de lo religioso o científico, tal y como ocurre con los dragos surrealistas pintados o dibujados en diversas obras y escritos por el tinerfeño lagunero Óscar Domínguez, el “dragón de canarias” según E. Westerdahl. Destacan también los murales alegóricos canaristas-costumbristas (naturalismo retórico según F. Castro), un tanto propagandísticos, como los de Aguiar (Salón de Actos del Cabildo de Tenerife, 1953) o los de Néstor de La Torre en el Casino de la capital tinerfeña (1931-1935). Aguiar también pinta el drago en su bello cuadro Frutos de la tierra, 1927, mientras que Néstor lo representa en otras obras entre las que destacan los sensuales Poema del mar y Poema de la tierra. En este último, incluye una escena desarrollada entre las ramas de un corpulento ejemplar de drago (Mediodía).
 Mas recientemente el drago comienza a ser pintado en diversas formas (realista o idealista) por numerosos pintores de las vanguardias que lo plasman de acuerdo con las nuevas visiones del paisaje, que cobra una visión dramática, incorporándolo, de alguna forma más o menos reconocible, en sus obras (Oramas, Salvio Salvatore, J. Ismael o F. Monzón), bien como protagonista de la composición o como elemento simbólico y decorativo en el paisaje, el cual toma un protagonismo muy particular en estos movimientos para los que el poeta Pedro García Cabrera recomienda la incorporación, en las obras pictóricas, de dragos, piteras y euforbias. En otros casos, el drago se convierte en el elemento central y monográfico de toda una obra (P. Dámaso, ver pág. 419 del presente número) o tiene un componente más onírico y fantástico, como en las contemporáneas obras de L. Morera.
 Por otro lado, aun cuando la actividad pictórica se inicia en las islas tardíamente, el drago no se incorporó, salvo raras excepciones, a dicha pintura hasta fechas recientes. A excepción de la atracción que siempre ejerció el drago de Franchy, que acumuló numerosas representaciones antes y después de quedar mutilado por el mencionado temporal. Ha sido más frecuente, al igual que pasa en el mundo europeo, especialmente mediterráneo, la incorporación de diversas especies vegetales americanas que llaman la atención y son repetidamente representadas, hasta la provocativa saciedad para un botánico, en el transformado paisaje que se representa en dicha pintura (Robayna, Néstor, Oramas, Monzón, Santana, Manrique...), particularmente piteras (Agave spp.), tuneras, chumberas o nopales (Opuntia spp.), cardones abisinios (Euphorbia candelabrum) y Cereus del Perú.
 Dentro del mundo fotográfico destacan, además de las imágenes históricas ya mencionadas, las dedicadas al viejo drago del seminario lagunero, uno de los más accesibles en los diversos recorridos de visitantes por la isla que sin embargo no parece que haya sido plasmado en la pintura, aunque sí en numerosas postales, al igual que el desaparecido viejo drago del hotel Pino de Oro (Santa Cruz) o el de Icod.
 Más recientes son las diversas y numerosas fotografías que se han realizado sobre el drago de Icod, “parada y fonda” de numerosas excursiones colectivas, las más viejas de las cuales datan de la segunda mitad del siglo XIX (fotografía estereoscópica datada entre 1864 y 1868), pero sobre todo de finales de dicho siglo, tomadas por numerosos fotógrafos y viajeros (Baeza, Ellerbeck, Simony, Schenck...), para prolongarse a principios del XX. Teniendo en cuenta que Icod queda algo más distante del tradicional recorrido “científico-turístico” de Santa Cruz-La Laguna-La Orotava-Teide y viceversa, su espectacular drago, considerado el más viejo y mejor conservado de los actualmente existentes, no fue objeto de estudio, grabados o pinturas hasta fechas más actuales, con la excepción del comentado óleo de Baeza.
 Carácter de las imágenes
 En general, la iconografía de que disponemos de los dragos presenta un acabado muy diverso, desde las artísticas xilografías y grabados de Schongauer o Durero, el esquemático de Clusio, el más infantil de Feuillée (1724), los grabados basados en dibujos de Williams en la Historia Natural de las Islas Canarias tratando de ser lo más realista posible, ofreciéndonos dragos en distintas edades, hasta los óleos de M. North con sus interesantes apreciaciones de conjunto, incorporados al paisaje o mostrando bellos detalles sugerentes como las raíces aéreas.
 Por otra parte, es igualmente significativo que la casi totalidad de los dragos dibujados provengan de la isla de Tenerife, lo cual está justificado por ser la isla más visitada y la que poseía dragos más accesibles y numerosos a lo largo de las rutas más comunicadas y transitadas.
(Arnoldo Santos Guerra. Biólogo. Unidad de Botánica del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias, en Rincones del Atlántico)