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miércoles, 4 de noviembre de 2015

JUAN JADARIO




En realidad este cuento tiene más de historia real que de cuento. Los personajes son ficticios pero, en este caso hay que decir que "cualquier parecido con la realidad es algo más que una coincidencia" como son los canarios en la construcción del primer ferrocarril de América Latina -incluso antes que los de España- incluyendo la muerte del niño de 13 años Francisco Rufino y su madre o la construcción de El Vedado donde, por cierto, nació una buena parte de mi familia materna -también una majuga- en la primera quincena del siglo pasado, o las penalidades y trapacerías de las llamadas a quintas pa'una guerra contra hermanos que luchaban por su libertad.
Espero que les guste.

Ahul

 

JUAN “JADARIO”


El viejo Cho Juá Martín “Niñito” tuvo una jurria de hijos. Fueron naciendo, a uno por año. Eso fue después de que pasara unos años en la capital de Cubita la Bella agenciando algo de plata con que volver pa’la tierra y mucho después de que terminara con la contrata cubana, allá por 1838, a poco de inaugurarse el primer tramo del “Ferrocarril La Habana-Güines”.

Lo de “Niñito” no le venía de familia. Su padre, pinochero y recolector de resina de los pinares grancanarios, con unos llanillos de papas y coles y una manadita de jairas como todo capital, era conocido como Juan “Colingo” por su procedencia de Los Helechillos de Tejeda. Hombre recio y algo candray pa’moverse, se levantaba desde que los gallos principiaban a cacaraquiar, se calaba la cachorra hasta las orejas pa’matar el frio cumbrero y, tras entonarse con un pizco de cañaparra, pegaba a trabajar como un burro para lograr meter algo de comida en el cuerpo y cubrir con cualquier jaique a la bambolla de hijos que tenía con Merceditas Santana. Cuando se enteró de los contratos que ofertaban para Cuba se dijo que ya era hora de que el mayor saliera para La’Bana. La pobre Merceditas, que pa´los hijos era como una gallina clueca, jarbaniando de un lado pal’otro, lloraba a moco tendido por la partida para La’Bana de Juanillo. Para parar la llantina Juan Colingo le decía “cállate mujer, que ya no es ningún niñito” y Niñito se quedó Juan Martín.

Niñito salió, con 13 años, como uno más entre los casi mil canarios que, contratados por la empresa cubano-catalana de “González y Torstall”, especializada en la importación a Cuba de trabajadores y de tasajo de cochino para alimentarlos, se encargaron durante más de dos años de construir los primeros 27 Km del “camino de hierro” que separaban La Habana de Bejucal, a mitad de camino hacia Güines, rellenando ciénagas, rebasando lomas y construyendo puentes, todo ello para construir el primer ferrocarril de la América no gringa y para el mayor beneficio de los poderosos dueños de los ingenios azucareros.

No era el único de esa edad en la partida. Uno de sus compañeros, Francisco Rufino, también con 13 años, fue reclamado por su madre ante el Real Consulado para que regresara a Canarias porque, tras seis meses de duro trabajo y enfermo, no había cobrado ni un céntimo y adeudaba aún 40 pesos de “los gastos de pasaje y mensualidad de médicos” que cobraban González y Torstall. Se le denegó el permiso, murió, y los restos de Francisco Rufino han pasado a los osarios comunes de los más de 300 canarios que dejaron el pellejo en la obra o en el trayecto.

Niñito contaba a sus hijos que la Compañía de los de González y Torstall eran unos auténticos bandoleros explotadores de los canarios. Claro está que contaban con el apoyo del Gobernador y Capitán General español de Cuba, el general Francisco Dionisio Vives y del Presidente de la Real Junta de Fomento de La Habana, Martínez de Pinillo, Conde de Villanueva o, lo que es lo mismo, con la protección absoluta del Ejército español en la isla. Contrataban a la gente en las islas con un sueldo de 9 pesos mensuales, cama y comida, por 16 horas diarias de trabajo. El contrato se hacía por un período de dos años, pero del salario tratado se descontaban los gastos de pasajes, permisos, y una mensualidad para pagar posibles gastos médicos por accidente, mientras que los trabajadores asalariados no contratados en Canarias, incluyendo los negros libres, cobraban de promedio unos 20 pesos mensuales. La Compañía había contratado a los isleños en régimen militar, así que el abandonar el puesto de trabajo se consideraba como deserción con pena de cárcel o fusilamiento, a pesar de lo cual casi un centenar se dio a la juyona y se hicieron cimarrones mientras otros terminaron el contrato en la Prisión de Belén.

Así que a Cho Juá, al final de cada año que pasó en la Compañía, le quedaron unos 12 pesos libres y, con algún cáido que apañó, salió pa’LaBana con una treintena de pesos en el bolsillo. En La Habana trabajó como un descosido, extramuros de la ciudad, en las construcciones que empezaban a crecer en La Chorrera y la Quinta de El Vedado a la vera del rio Almendares, terrenos que sus propietarios Domingo Trigo y Juan Espino pretendían urbanizar. Tras esos años y ya en 1853, con treinta años, una decena de onzas y otra de centenes de buen oro arrollados a la cintura, volvió para Tamarán a casarse con Esperancita Mascareño y traer guañocos al mundo. Al primero que nació le puso Rufino de la Virgen de la Caridad del Cobre en recuerdo del pobre muchachito muerto en la ciénaga cubana, por lo que la gente lo llamaba Rufinito “Cachita” por lo de la dichosa virgen. Al segundo, en honor del viejo Juan Colingo, lo llamaron Juan de Dios y para todo el pueblo pasó a ser Juanito el de Niñito. Al tercero lo llamaron Rosario para que, al llegar la época de llamarlo a quintas confundiera a los puñeteros militares y, por la misma razón, al cuarto lo cristianaron como Monserrat. Después vino Merceditas y luego Cristo Jesús de la Buena Muerte.

Mauro cumbrero como era Niñito, con los centenes compro unas tierras por Ayacata cerca de unos caideros que portaban buenas aguas en invierno, y se mudó a las Tirajanas, a los pies del Nublo, con toda su jarca. A Rufino de la Virgen de la Caridad del Cobre o Rufinito Cachita le tocaba el sorteo de quintas de 1873, a sus 19 años, en plena Guerra Grande de Cuba. Niñito estaba encorajinado con los del Ayuntamiento por lo que no quería pedirles que lo pasaran por alto, como hacían con muchos aunque luego estaban toda una vida cobrando el favor, por lo que las opciones eran pocas. O pagar las 1.500 pesetas que costaba la redención de quintos o la sustitución por otro. En cualquier caso eso eran 375 pesos de los ganados con sudor en Cuba, más de los que trajo en su faja y que había invertido en Ayacata, por lo que quedaba descartado. La segunda era la escondida como prófugo por los montes y haciendas de la isla, que bien aprovechaban los terratenientes para mano de obra cuasiesclava. La tercera era América.

Rufinito tal vez hubiera optado por Venezuela, ya independiente y llena de isleños “blancos de orilla”, pero los recuerdos de Niñito y la seguridad de que D. Juan Espino se acordaría de Niñito y lo acotejaría en cualquier trabajo decidieron la cuestión. Rufino de la Virgen de la Caridad de Cobre partió ilegalmente pa’LaBana en Cuba en un correo de los de la “Compañía de Vapores Correo Antonio López”. En el puerto y a la espera de Chano Bocatuerta, un camarero amigo de la Isleta que lo iba a introducir de matute al barco, Rufinito oyó que de un grupo de quintos que embarcaban también pa’Cuba, pero a la guerra, salía una canción entonada con profundo sentimiento acompañando a un timple.


Tengo un hermano en La Habana,

dicen que insurrecto es.

Voy a luchar por la patria:

si lo encuentro ¡madre mía!

¿Qué es lo que debo hacer?


Al oírla, Rufinito se preguntó ¿de qué carajo patria habla el mauro ese? ¿de la que deja que el Agustín del Castillo López de Vergara y no sé cuantos apellidos más se quede plantando flores rarasy tomates pa’su recreo en su hacienda de San Ignacio en Jinamar y yo, pa´quedarme en Canarias y plantar unas papitas en Ayacata, tendría mi padre que vender todo lo que tiene y endrogarse con algún cabrón prestamista y poder pagar mi redención o sustituirme por algún primo de los Colingos? Pues esa no es mi patria. Esa es la del Conde y su pandilla.


Ya cuando llegó a Cuba, el poblado extramuros de El Carmelo y el Vedado estaban en pleno desarrollo al añadírsele las tierras del Conde de Pozos Dulces. En memoria de Niñito, D. Juan Espino le ofertó, en arriendo por 6 pesos mensuales, un local en la incipiente calle de la Línea que corría paralela a la línea del habanero tranvía tirado por caballos. Rufinito Cachita echó sus cuentas y vio que 6 pesos fuertes serían unas 30 pesetas de España y cerró el trato. Puso una panadería en que fabricaba pan y casabe y una pulpería, aunque como vendía toda clase de comestibles la llamó “La Bodega de Niñito” recordando a su padre.


A los cinco años el negocio se había desarrollado y comenzaba a ser mucho para defenderlo solo, además de tener que atender a la valla de gallos que estaba colocada al lado de la bodega. Los negocios tendían a mejorar ahora que se había firmado la Paz de Zanjón. Seguía soltero, aunque medio ennoviado con una gomera que servía en un hotel de La Alameda, y resolvió escribir a su padre para que uno de sus hermanos viniera a ayudarle. Así fue como Cho Juá Niñito se libró de Juan de Dios –Juan el de Niñito- que era algo bamballo y se pasaba el día debruzado sobre cualquier mesa y parecía tener un santo temor a guatacas, sachos, tazañas y demás herramientas de tortura, lo que aprovechaba Esperancita pa’espetarle a Cho Juá “Vés. Este tiene sangre de los Colingos de verdad”. Arregló las cosas, le fabricó una maleta con madera ligera y lo empaquetó pa’LaBana.

Na’más llegar a la pulpería Juan el de Niñito se dio un fuerte cancharazo con un pipote de melaza de caña. A partir de ahí le dijo a Rufinito: “Hermano. Esto no está jecho pa’mi” y le entró tan fuerte calabernada para volverse Canarias que el pobre Rufino, harto del guineo, agenció los pesos necesarios y lo remitió de nuevo a la casa paterna en el “San Ignacio”, vapor que acababa de comprar la Compañía Trasatlántica sobre todo pa’transportar soldados desde España y desde Canarias porque se barruntaba nueva guerra.

Juan de Dios, el de Niñito, de regreso en Ayacata. Todas las mañanas se plantaba en la Plaza de San Bartolomé y escarranchaba su cuerpo aboyonado en un banco, haciendo pareja-dispareja junto al cangallo de Ereneito Santurrón, que había sido sorchante en la Catedral de Santa Ana en la capital. Allí pasaban la mañana contando rebereques y mirando pa’las muchachas a la espera de algún paisano que los invitaran a café o a un pizco. Si alguien le ofrecía a Juan algún cancamito, por suave que fuera, la contestación invariable era: “¿trabajar yo?¡Bastante que me jodí el cuero en Cuba!


De ahí que Juan de Dios pasara a ser de Juan el de Niñito a ser Juan Jadario.

Gomera a 5 de noviembre de 2015.


jueves, 2 de julio de 2015

La amistad de los invasores


José Luís Urrutia

Texto íntegro:

Isla de Chinech, últimos días de mayo de 1494

Agona contemplaba en silencio a los soldados españoles que custodiaban los rebaños de ovejas y cabras capturados aquella misma mañana. Inmóvil, sentado en la hierba, con la espalda apoyada en el tronco de uno de los muchos pinos que extendían su sombra sobre el camino, observó sus cuerpos revestidos de metal, sus armas, su forma de expresarse. Después giró el cuello hacia la colina y buscó a los oficiales que, desde hacía un buen rato, se encontraban reunidos, discutiendo qué hacer.

Agona no entendía sus dudas. Tampoco intentaba explicárselas. Los españoles eran diferentes. Hacían cosas que escapaban a toda inteligencia. De pronto, los congregados se incorporaron y comenzaron a descender del cerro. Por sus voces y sus ademanes parecía que el acuerdo había sido unánime. Uno de los capitanes gritó algo a sus hombres, otro reclamó la presencia de un intérprete y éste llamó a los sigoñes de los menkeyatos aliados. El que les mandaba a ellos, les comunicó más tarde el cambio de planes. Agona bajó la vista, incrédulo. Taganaje se acercó a él.

-¿Qué te parece la decisión? –preguntó.

Agona negó con la cabeza.

-No lo entiendo –respondió.

No, no lo entendía. Si el objetivo de la expedición era llegar hasta el valle de Tahoro y atacar al menkey Benchomo en su propio terreno, ¿cómo se podía cambiar de idea por el solo hecho de robar unos rebaños? ¿Para eso habían partido cuando la luna aún reinaba en el cielo? ¿Para eso tanto interés en sorprender al enemigo? No buscó una razón. Se limitó a obedecer. Los capitanes no dejaban de gritar órdenes, levantando un remolino de relinchos, de ladridos, de agitación de hombres sudorosos. Agona miró a uno de los perros, de aquellos enormes perros que los españoles llevaban sujetos con fuertes correas. Le inquietaban aquellos animales. Llevaban al diablo en la mirada. Había oído que en la isla de Tamarant y en la de Benahuare los habían empleado como arma de ataque, que los azuzaban contra los habitantes de los poblados y que eran capaces de destrozar a un hombre con la rapidez que un rayo destroza a un árbol. No sabía si era verdad. Y no le gustaría comprobarlo. Él era un Cichiciquitzo, un guerrero, pero la sola idea de enfrentarse a una de aquellas fieras le llenaba las venas de una desapacible inquietud.

-¡En marcha! –gritó uno de los oficiales, haciendo un enérgico gesto con el brazo-. ¡Volvemos a Santa Cruz!

Los dos mil quinientos hombres se pusieron en camino con un estrépito lento, sordo. Al principio, las ovejas y las cabras causaron un pequeño revuelo, al dispersarse unas pocas hacia el bosque, asustadas por un perro que había comenzado a ladrar como enloquecido. Varios guerreros guanches las recondujeron. El avance no era cómodo. La trocha abierta en el bosque era demasiado estrecha para tanto hombre apelotonado, y si a la ida la marcha había sido lenta, los rebaños la hacían ahora mucho más dificultosa. Agona volvió la cabeza y contempló por un instante la cima del Teyda, al fondo, bajo el sol plano del mediodía.
-Te noto preocupado –dijo Taganaje, caminando a su lado.
Agona tardó en responder.
-No –dijo finalmente-. No estoy preocupado.
-Entonces estás pensativo.
-No. Tampoco estoy pensativo. Estoy molesto.
-¿Por qué molesto?
-Porque los guerreros no somos ladrones de rebaños.
El joven Taganaje sonrió divertido con el enfado de su amigo. Sus ojos almendrados de color canela destellaron al contacto con un furtivo rayo de sol.
-Nosotros no los hemos robado, Agona. Han sido los españoles.
-Pero nosotros vamos con ellos.
-Tendrán sus razones. Son un pueblo poderoso. Debemos estudiar lo que hacen y aprender.
Agona buscó la mirada del amigo.
-Y si tan poderosos son, ¿por qué han requerido nuestra ayuda?
Taganaje dudó.
-Porque nosotros conocemos el terreno y la lengua –arguyó-. Pero ellos tienen grandes naves, y armas invencibles.
Agona apretó en su fuerte mano el banot, la lanza de madera endurecida al fuego, y se mordió los labios ante la impotencia de no poder replicar. Era de necios negarlo. Los españoles poseían largos cuchillos afilados como el aire, y cañas de hierro que lanzaban truenos y que eran capaces de perforar a un hombre a más de cincuenta pasos.

Instintivamente, buscó con la mirada a uno de los jinetes que marchaban en el centro del grupo y, con el corazón encogido, la fijó en el arcabuz que portaba en sus manos.
-Se diría que no estás contento de pelear a su lado –insinuó Taganaje advirtiendo el rictus crispado de su compañero.

-Me disgusta pelear contra los míos.
-Los del menkeyato de Tahoro no son los nuestros –refutó Taganaje sin comprender-. Ni los que se han unido a él tampoco. Ellos son nuestros enemigos. Ellos han elegido el camino de la guerra, los demás el de la paz.
El rostro de Agona se descompuso en un mohín de pena.
-Hubo un tiempo en que todos éramos uno –dijo-. Sólo había un menkey, y los guerreros guanches no peleábamos entre nosotros.
-Yo no conocí esos tiempos –dijo sin dolor.

-Tampoco yo –replicó mirándole-, pero no están tan lejanos –suspiró-. En tiempos de Tinerfe el Grande, nuestra isla era una sola, no dividida en nueve partes como ahora. Ello nos hace débiles contra los que quieran conquistarnos.
Taganaje mostró en una sonrisa su blanca dentadura.
-Los españoles no quieren conquistarnos, Agona –dijo en tono paternal-. Sólo han venido a hacernos partícipes de sus conocimientos. Son amigos.

El veterano guerrero volvió la cabeza hacia el joven Taganaje. Amigos… Tal vez tenía razón, pensó. Tal vez la tenían los cientos de guerreros que acompañaban a los españoles a luchar contra Benchomo, el menkey rebelde, como ya se le conocía. Pero él no podía considerar amigos a quienes desembarcaban en su isla sin pedir permiso, a quienes no les mostraban respeto alguno y, a pesar de sus buenas palabras, les trataban como a siervos. Sus ojos de ámbar volaron sobre las cabezas y las lanzas hasta encontrar la capa roja del Adelantado Fernández de Lugo, que cabalgaba escoltado por dos hombres de su guardia.

-Nuestro menkey, nuestros guadameñes, han ofrecido su apoyo a los españoles, Agona –dijo Taganaje, interrumpiendo las cavilaciones del amigo-. Ellos, a diferencia de Benchomo, que sólo busca tenernos bajo su dominio, nos han ofrecido ayuda y el honor de ponernos bajo la protección del rey de España, de su propio rey.

Agona no respondió. Él, como la mayoría de los guerreros de Güímar que en aquellos momentos caminaban de vuelta a Añaza, o Santa Cruz, como llamaban los españoles a aquellas playas del Oriente de la isla, había luchado contra los de Tahoro en alguna de las batallas mantenidas por ambos pueblos desde las diferencias abiertas entre ellos en los últimos años. Sin embargo, no por eso habían dejado de ser hermanos para él ni Benchomo un gran menkey, quizás el más grande menkey desde Tinerfe. Ningún otro de la isla, ni siquiera Añaterve, el suyo, podía comparársele en inteligencia, nobleza o arrojo en el combate, ninguno en firmeza para no dejarse amilanar por el poderío de los extranjeros ni engatusar con sus promesas.

Le dolía reconocer que si los españoles escondían malas intenciones debajo de la aparente máscara de amistad, sólo Benchomo había sabido verlas y que sólo Benchomo sabría defenderles de ellas. No le cabía duda alguna. Lo creía así desde el día en que, a poco de desembarcar el Adelantado Fernández de Lugo y los suyos en las playas de Añaza y plantar allí una enorme cruz y levantar un pequeño poblado a modo de fortín, habían salido tierra adentro a reconocer el terreno. Él marchaba con ellos, en condición de guía. En las cercanías de Eguerew, de forma inesperada, se toparon con varios centenares de guerreros, encabezados por el mismísimo Benchomo y por Chimenchia, su hermano. Los dos bandos quedaron paralizados, indecisos en un primer momento. Después, Chimenchia y el propio Benchomo se adelantaron y, abriendo los brazos y cruzándolos en el pecho, en señal de paz, avanzaron hacia las tropas invasoras. Fernández de Lugo designó tres intérpretes para parlamentar con ellos y dos guerreros para protegerles. Él fue uno de ellos. Tampoco en aquel instante entendió la actitud de los españoles. Cuando un guanche ofrecía paz, no existía peligro alguno. Pero obedeció, y, al paso lento y desconfiado de los intérpretes, caminó hacia los dos hermanos. No recordaba haber estado jamás tan cerca del gran Benchomo. Éste había cumplido ya los setenta años, y su larga barba mezclaba mechones del negro más intenso con otros blancos como las cumbres del Teyda en la época del frío, pero sus movimientos eran ágiles y la fuerza de sus ojos penetrantes la misma de sus años de esplendor. Con íntimo orgullo, Agona percibió la impresión de los emisarios al plantarse ante la figura alta, fornida, digna, del menkey de Tahoro.

-¿Qué intención trae el jefe de ese ejército al invadir mi tierra?

Su voz sonó como el eco de un trueno en el seno de los valles. Los intérpretes parecieron dudar a la hora de quién responder.
-La intención del jefe de ese ejército, el Adelantado de las islas de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, es la de procurar tu amistad, requerirte que tú y los tuyos, así como todos los habitantes de la isla, os hagáis cristianos, y que os sometáis al rey de España, quien, gentilmente, os tomará bajo su amparo y protección.
Agona, el veterano guerrero del menkeyato de Güímar, vio destellar la tormenta en las pupilas de Benchomo. Tan intenso fue el fuego de su mirada que, a un tiempo, los tres intérpretes retrocedieron un paso, como temerosos de perecer bajo su llamarada. Los dientes del viejo menkey rechinaron de cólera, pero cuando sus labios se abrieron habló por ellos la templanza de los sabios gobernantes.
-Acepto la amistad que me ofrecéis –pronunció solemnemente-, mas sólo creeré en ella cuando abandonéis la isla –hizo una pausa-. No sé lo que es ser cristiano, y por eso me informaré y lo consultaré con mis guadameñes para tomar una decisión. En cuanto a lo que decís de someterme a otro rey… ¡Jamás! –su grito hizo brincar a los tres hombres, al igual que si la tierra se hubiese abierto bajo sus pies-. He nacido rey –concluyó con estremecedora firmeza-, y rey moriré.
A pesar de la palidez de sus rostros, aún tuvieron arrestos los intérpretes para responder con altivez al caudillo indígena. Pero éste ya había finalizado su parlamento y los tres extranjeros habían dejado de tener importancia para él. Su última mirada, antes de dar la vuelta y marchar, fue para los dos guerreros de Güímar que los acompañaban. Una mirada descarnada, acusadora, dolida, y, sobre todo, teñida de una infinita tristeza.
Ahora, mientras desandaban el camino hacia Añaza, Agona la recordaba como en aquel mismo momento de casi un mes atrás. Y como en aquel momento, humilló la cabeza y perdió la vista en el suelo.

El avance se hizo más lento al llegar a los barrancos de Farfan. Allí, la trocha que atravesaba el bosque se estrechaba aún más y los que ocupaban los flancos de la expedición tuvieron que aminorar el paso para integrarse al pelotón central. Los rebaños protestaron. Un capitán a caballo se giró en la silla y gritó algo a los que marchaban en retaguardia. Una ola de aprensión atravesó súbitamente el pecho de Agona. Sus pies vacilaron. Volvió los ojos hacia el tupido boscaje que los rodeaba. Sólo árboles, helechos, maleza, sólo la neblina azulada que envolvía un paisaje al que nunca llegaba la luz del sol. Sólo el canto de las aves y el zumbar de los insectos. Con respiración contenida miró las alturas del barranco al que los primeros hombres acababan de entrar. Sólo paredes herbosas, desiertas.
-¿Qué te ocurre? –preguntó Taganaje.
Agona negó levemente con la cabeza, sin dejar de otear en derredor. Una agitación incontenible le hormigueaba en los brazos, le revolvía el estómago, le bajaba hasta los pies. Presentía presencias invisibles.
-Agona, ¿qué ocurre? –insistió el joven guerrero.

Pero el guerrero veterano tampoco respondió esta vez. Los sentía allí, tan cerca que hasta creía percibir su aliento. El desfiladero continuaba engullendo hombres. El Adelantado Fernández de Lugo ya había rebasado la primera estrechura. Un perro ladró con ferocidad afligida. La piel tostada de Agona se erizó. Apartó al compañero que iba delante y, abriéndose paso a empujones, corrió en busca del sigoñe. Llegó hasta él con el presagio de peligro colgando de la boca, pero ya era tarde. Un concierto de silbidos y voces rasgó el espacio. Varios caballos se alzaron sobre sus pies, relinchando asustados. El rumor de la tropa se convirtió en un griterío confuso y todos los rostros se volvieron hacia el cielo, buscando a los autores de aquel escándalo. Ovejas y cabras se agitaron y, después, como guiadas por un pastor invisible, se desbandaron. Los españoles no comprendían su comportamiento. Los guanches sí. Simplemente, estaban reconociendo la llamada de sus amos y corrían a su encuentro.

No hubo tiempo para reponerse de la sorpresa. Una catarata de rocas y troncos de árboles comenzó a rodar laderas abajo en medio de un atronar ensordecedor. Los jinetes y peones atrapados en la cañada se abalanzaron con desesperación hacia las salidas. El Adelantado espoleó su montura y, encogido sobre ella, abrazado a su pescuezo, se lanzó a una carrera frenética a través de sus propios soldados. Los que habían quedado fuera intentaron organizarse en el desconcierto; los oficiales vociferaban consignas; el eco del estruendo se mezclaba con los gritos, con los lamentos, con los aullidos quejumbrosos de los perros, con los relinchos histéricos de los caballos. Un grupo de ballesteros españoles y portugueses se parapetaron tras unos peñascos, en la base de la pendiente, y desde allí dispararon sus dardos hacia lo alto, sin saber realmente contra quién los dirigían.
Cuando el sordo retumbar se alejaba en el aire, dando voz a los quejidos de los que agonizaban en el fondo del barranco entre los centenares de hombres y bestias aplastados, llegó el grito de guerra de los guerreros de Tahoro y tras él la lluvia de piedras, de piedras pequeñas y tan afiladas que se incrustaban en la carne como flechas. Un capitán, guarecido tras el cadáver de su yegua, gritaba sin cesar que resistieran, que en cuanto el aluvión de cantos cesara saldrían a por aquel hatajo de salvajes y les darían muerte. Lo repetía una y otra vez, recordando a sus hombres el estandarte que defendían y la santidad de la misión que les había llevado a tomar posesión de aquellas tierras. No fue preciso subir a su encuentro. Los guanches acudieron por sí solos. Sin dejar de proferir silbidos y estridentes chillidos, se arrojaron a descender los resbaladizos vericuetos de la montaña. Los soldados, desquiciados por los estragos que el inesperado ataque estaba causando en la tropa, se apresuraron a formar grupos compactos para hacerles frente. Agona, lentamente, se despojó de su tamarco y, enrollándolo alrededor de su brazo izquierdo, aferró con determinación su banot y esperó la embestida.
-¡Al combate! ¡No son más que un puñado de bárbaros!– gritó un oficial, enardecido al comprobar el reducido contingente de nativos, apenas trescientos, que, saltando de risco en risco con la pericia de las cabras montesas, se abalanzaban sobre ellos-. ¡Por Dios y por nuestros reyes Isabel y Fernando!

Fue una matanza. Los hombres del Adelantado Fernández de Lugo se defendieron con bravura, pero, a pesar de su abismal superioridad numérica y de la ventaja de sus armas, poco pudieron hacer contra el ímpetu de unos guerreros flexibles como juncos, que esquivaban sus golpes con una agilidad desesperante y que, sin amedrentarse por las espadas y picas de sus enemigos ni por los temidos arcabuces, hacían valer sus rudimentarias lanzas y la contundencia de sus tenikes, aquellos pedruscos envueltos en piel y sujetos con correas, que empleaban a modo de mazas demoledoras. Bajo su brutal impacto, las corazas se arrugaban, los cascos se hundían y los cráneos se reventaban.
Si en algún momento de aquellas horas infernales alguien alimentó un hilo de esperanza, éste se quebró cuando un rumor creciente agitó las copas de los árboles. Guerreros, por miles, aparecieron de pronto ocupando por completo la anchura de la trocha, en lo alto de la cuesta. El Adelantado alzó su espada chorreante de sangre y, en un alarido feroz, invocó el socorro del apóstol Santiago para salir airosos de aquel entuerto.
Fue una matanza. Los guerreros de Güímar y sus aliados optaron por procurar una huída a los españoles ante la imposibilidad de frenar la carnicería. Agona tomó a un oficial por el brazo y, mediante señas, le indicó que le siguieran. De los cerca de cincuenta que se pusieron tras sus pasos, no más de treinta llegaron a alcanzar el camino entre las rocas. Agona, empapado en sudor y sangre, se hizo a un lado y a gritos animó a que se internaran por el sendero boscoso. Antes de seguirles, vio al Adelantado desprenderse de su capa roja y tomar las riendas del caballo que le tendía un soldado.
Colocándose en cabeza, el veterano guerrero los condujo entre la maleza a través de veredas imposibles de ver para los extranjeros. Poco a poco, el estrépito de voces y armas fue quedando atrás. Entonces, Agona aminoró el paso. El capitán se lo recriminó. Agona se encogió de hombros, dando a entender que no conocía su lengua. El oficial buscó entre sus hombres y llamó a uno de baja estatura y barba pelirroja.
-¡Guillén! –ordenó-. Di a este salvaje que siga corriendo o le abro las tripas.
El llamado Guillén se plantó ante Agona y, como mejor pudo, tradujo el mensaje. El guanche escuchó perplejo su lengua pronunciada de manera tan burda, y después de interpretar las palabras contestó con rabia contenida.
-Di a tu jefe que no tiene por qué temer. Los guerreros guanches sólo matamos en combate. No perseguimos al enemigo que huye.
El capitán resopló con ira al recibir la contestación. Miró con desprecio al nativo color de bronce que, vestido solamente con una especie de faldilla hecha de juncos y hojas de palmera, le miraba a su vez con una dureza insultante.

-Pregúntale a dónde nos lleva –bramó-. Y que se cuide muy bien de tendernos una celada.
-Di a tu jefe que os llevo a lugar seguro. Y que si no confía en mí, que busque salvarse por sí mismo.
-¡En marcha! –fue la única respuesta del oficial.

Se desviaron al llegar a un riachuelo y Agona tomó un senderillo que ascendía por entre un pasillo de dragos. La entrada de una cueva apareció al fondo de un pequeño claro.
-Escondeos ahí –aconsejó Agona señalando la gruta, y, anticipándose a la protesta del capitán, añadió-: No hay otro remedio. Estamos en territorio controlado por el menkey Benchomo y no tardarían en encontrarnos. Si os encuentran aquí, nada os harán. Es una cueva sagrada. No hagáis frente; declaraos vencidos y no correréis peligro. Si no os encuentran, aguardad hasta que podáis, antes de salir.
-¿Tú no te quedas? –preguntó Guillén-. ¿Dónde vas?
-Intentaré llegar a Añaza dando un rodeo. Buscaré ayuda para vosotros.
Agona esperó hasta que la treintena de soldados exhaustos entró en la cueva y, sin una palabra, dio media vuelta y se perdió en la espesura con su lanza en la mano y el tamarco manchado de sangre envuelto en el brazo izquierdo.

Campamento de Santa Cruz, primeros días de junio de 1494

Agona estrujó con ambas manos sus largos cabellos. Chorros de agua salada corrieron por el bronce oscuro de su espalda. Después, seleccionó unas tiras de juncos majados y trenzó con ellas su espesa cabellera negra.

Permaneció sentado en la arena hasta que el sol mordió sus hombros desnudos y después, enfundándose el tamarco, regresó descalzo hasta el borde del campamento. Allí se calzó las sandalias de piel cuyas correas entrecruzó y ató a lo largo de sus pantorrillas. En el aire flotaba ya el aroma grasiento que emanaba de las enormes ollas colocadas al fuego. Al fondo, un grupo de nativos de las islas conquistadas, que habían llegado con los españoles, reforzaba el muro que rodeaba el fortín. Soldados cabizbajos hacían guardia, paseando atrás y adelante arrastrando los pies. A la sombra de un pino, Adarguma curaba la mano del joven Taganaje. Agona tomó asiento junto a ellos y examinó las heridas. Una bimba de las muchas que cayeron el día de la batalla le había segado dos dedos de la mano izquierda en un corte limpio. El muchacho le consultó con la mirada.

-Está cerrando bien –dijo Agona.

Adarguma se acercó hasta una de las hogueras en que se preparaba la comida y regresó con un pequeño cuenco de manteca hervida. La aplicó sobre la carne sanguinolenta que había quedado de los dedos seccionados y la recubrió con un emplasto de musgo, ceniza y hojas secas.
-¿Hasta cuándo tendremos que estar aquí? –preguntó el improvisado curandero, dirigiéndose a Agona.
El veterano guerrero llenó sus pulmones de aire y lo expulsó ruidosamente, sin mirar a su amigo.
-Hasta que nos lo manden o hasta que los españoles decidan marchar de una vez.
-¿Crees que están esperando a que su jefe mejore o a que lleguen más soldados?
Agona respondió con una mueca de ignorancia. Volvió la vista hacia la playa y, achicando los ojos para protegerlos del sol, contempló las naves que, ancladas lejos de la orilla, se mecían sobre las olas mansas. Luego, con idéntico mutismo, observó el campamento. Jamás había visto espectáculo tan desolador. Del arrogante ejército de más de dos mil soldados que había arribado a aquellas playas, apenas quedaban trescientos. Trescientos hombres abatidos, nerviosos, muchos de ellos heridos, que deambulaban de un lado para otro con el temor constante de que en cualquier momento apareciesen los guerreros del menkey Benchomo. Sabían que, de ser así, nada ni nadie podría salvarlos. Desde el día de la masacre, no habían vuelto a entonar ni una sola vez aquellas canciones que acompañaban de grandes risotadas, y cuando, en los atardeceres, se reunían para jugar a aquel extraño juego que llamaban naipes, no lo hacían con la alegría y vitalidad de antes. Por el contrario, hablaban sin energía y, cuando sus miradas se cruzaban, no se veía en ellas la emoción del juego, sino una zozobra que les quemaba por dentro y para la que no encontraban consuelo. Sin duda, continuaban sin explicarse cómo habían podido caer en tan terrible emboscada, y al mirarse unos a otros revivían las angustiosas horas de desesperada lucha en aquel desfiladero que, golpe a golpe, se iba llenando de muertos. En sus pupilas estallaban todavía los gritos de los capitanes; el sufrimiento de los caballos, enloquecidos, atrapados en un terreno en el que no podían maniobrar; los ladridos roncos de los feroces mastines al ser ensartados, golpeados… Agona fijó la atención en un puñado de soldados barbudos, sucios, que comían sentados junto al torreón levantado con piedras. Luego la llevó hasta los que trabajaban en la cerca. Por último, la posó en sus propios compañeros, sentados en grupos reducidos, silenciosos, expectantes, mezclados con los guerreros de los vecinos menkeyatos de Adeje y de Abona. Un acceso de llanto oprimió su corazón. No estaban ni la mitad de los que habían abandonado sus poblados para sumarse a los españoles. Cientos de valerosos guerreros habían dejado la vida en los barrancos de Farfan. Y se preguntó, sin hallar respuesta, si había merecido la pena.
-Se rumorea que van a invitarnos a ir con ellos –dijo el joven Taganaje.
Los otros dos le miraron con sorpresa.
-¿Cómo lo sabes? –preguntó Adarguma.
-Guillén Angulo me lo ha dicho esta mañana.
-¿Qué te ha dicho? –quiso saber Agona.
-Que cree que en un día, o dos como mucho, volverán a la isla de Tamarant. Y que el Adelantado quiere que los guerreros que les hemos ayudado vayamos con ellos.
La mirada de Agona se ensombreció. Miró en la distancia los perfiles difuminados de la isla de Tamarant. Siempre la había visto como un mundo cercano, vecino, al que el mar convertía en tan lejano como la línea del horizonte. Ahora, de pronto, la veía como una amenaza.
-No iremos –dijo.
-¿Por qué? –protestó Taganaje.
-Porque no hay motivo para hacerlo. Nuestra tierra es ésta.
-Pero hay más tierras, y es bueno conocerlas –dijo el muchacho-. Guillén me ha dicho que en Tamarant, y en Benahuare y las demás islas, la gente ya no vive en poblados o en cuevas, como nosotros, sino en casas de piedra, de paredes rectas y ventanas grandes…
-¿Vives mal en tu casa? –inquirió Agona con dureza.
El joven no respondió. Bajó la cabeza y se pasó los dedos de la mano derecha por el emplasto de sus heridas.
-No –contestó-. Pero no es malo conocer cómo viven otros, sobre todo si son más avanzados que nosotros.
Agona pasó una ojeada veloz por el campamento.
-¿A esto llamas ser más avanzados? –preguntó irónico.
-Sabes que es así, Agona –replicó con humildad-, pero no quieres reconocerlo. No sé por qué, pero los españoles no te agradan. No acabas de ver que son amigos.
Agona mordió la respuesta que ardió en su boca como un tizón al rojo. Sacudió la cabeza y resopló.
-Quieren llevarnos a que conozcamos la vida de las islas en las que dominan, para que aprendamos a manejarnos mejor –musitó el muchacho.
-Islas que han conquistado por la fuerza, como quieren conquistar la nuestra.
-Si Benchomo y los demás menkeys hubiesen aceptado su trato, no habría fuerza que emplear. Ellos son los que han provocado esta guerra y serán los únicos que paguen por ello. A los demás nos premiarán por nuestra lealtad.
En aquel momento, de la torre salió Fernando Guanarteme en compañía de dos oficiales. Agona había oído que aquel nativo de alta estatura y tez oscura, que vestía y actuaba como un español más, había sido menkey de Gáldar, en la isla de Tamarant, hasta que fue capturado por el Adelantado. Había oído que fue obligado a adorar a su dios y que ahora era un vasallo fiel, que renegaba incluso del nombre que le habían dado sus padres. Él no quería aquel tipo de progresos. En Tamarant, en Benahuare, en Erbania y en las demás islas conquistadas, habría casas de paredes rectas y grandes ventanas, como decía Taganaje, pero él no deseaba perder su nombre, ni sus creencias, ni dejar de ser dueño de su tierra. Ni deseaba, y la idea le agitó en un escalofrío, que sus ojos adoptasen jamás una mirada tan vacía de vida como la que mostraba Fernando Guanarteme.
La figura menuda y corpulenta de Guillén Angulo surgió de una de las cabañas de piedra. Los tres guerreros le vieron acercarse. Él, y los que le acompañaban el fatídico día de Farfan, habían salvado la vida gracias a Agona. Fueron apresados en la cueva y llevados ante la presencia de Benchomo. El gran menkey escuchó las circunstancias de su captura y, tras conocer que habían sido prendidos en lugar sagrado, resolvió que se reuniesen con los suyos. Guerreros de Tahoro los guiaron hasta las mismas playas de Añaza.
-Enseguida os llamarán para comer –dijo por todo saludo.
-Gracias –contestó Adarguma.
Guillén Angulo admiró de reojo los ropajes de los tres nativos. Desde el día en que descubrió el primor con que aquellas pieles eran trabajadas, su máxima ambición por conquistar las islas había sido el poder llevarse a España un equipo de artesanos que confeccionasen con aquella maestría trajes y vestidos. No se explicaba cómo con unas simples espinas de pescado o de palma, podían conseguir un cosido digno de la mejor aguja.
-¿Qué sabes del viaje a Tamarant? –preguntó Adarguma a bocajarro.
-Que os conviene –respondió Guillén con su sonrisa estrecha-. Y más que a Tamarant, a tierra firme. A Córdoba, a Granada, a Sevilla… pero eso conlleva un riesgo –apuntó en tono misterioso.
-¿Cuál? –preguntó Taganaje con zozobra.
-Que nunca querríais volver –rió en una risa convulsa, casi infantil-. No podéis imaginaros cómo son esas ciudades. Pero bueno, primero está marchar de aquí para regresar con más refuerzos y acabar para siempre con ese maldito Benchomo, o como el demonio quiera que se llame.
-Él te dio la libertad –repuso con sequedad Agona.
-Ese salvaje con sombrero de plumas y barbas hasta los huevos no me dio la libertad, amigo –respondió el español con desprecio-. Me la diste tú –puso una mano en su brazo-, que supiste buscarnos una buena coartada. Ese diablo se ha librado por ahora, pero pronto su cabeza colgará de una pica. Esta isla es la última que queda por civilizar, y ni ese salvaje ni ningún otro impedirán que así sea.
-Su cabeza… -murmuró Taganaje-. ¿En una pica? ¿Por qué?
-Para que cualquier otro rebelde con ánimos de molestar sepa lo que le espera.

La noticia adelantada por Guillén Angulo se dio a conocer al resto de nativos por la tarde. Aquella misma noche, alrededor de una hoguera, los guerreros de Güímar, Adeje y Abona, discutieron sobre la conveniencia de aceptar la invitación de los españoles. Tan solo las voces de Agona y media docena más se mostraron discordantes. Al amanecer, todos estaban preparados para montar en los esquifes y alcanzar aquellas gigantescas naves panzudas que la mayoría ansiaban ver de cerca.
Agona había dudado hasta el último momento. Tan sólo el cuidar de Taganaje había hecho que no tomase el camino de regreso a su poblado. Dentro de pocas semanas llegaría el mes del Sol Joven, y con él el comienzo de un nuevo año. Se abría la época de la recolección, de las celebraciones, de la fiesta en honor de la Diosa Chaxiraxi, y él deseaba vivirlo con su familia. Él era un guerrero, no un viajero, y menos un navegante. Su lugar estaba en su pueblo. Si el menkey Benchomo atacaba a su gente, debía estar allí para defenderla. Si, por el contrario, los dos menkeyatos sellaban la paz, quería estar allí para festejarlo.
-¡Nunca había estado tan lejos de la costa! –gritó alborozado Taganaje hundiendo su mano sana en las aguas.
Agona, a su lado, le miró con ternura, con triste ternura. Ni siquiera la ingenuidad del joven podía alejar su pesadumbre. En la barcaza de delante viajaba el Adelantado Fernández de Lugo. Lo hacía en silencio, encogido sobre sí mismo, ausente. El día de la matanza había salvado la vida gracias a desprenderse de la capa roja que lo identificaba como jefe y al caballo que un soldado le cedió antes de morir. Había huido, abandonando a sus propios hombres, dejándolos en la encerrona mortal que no había sabido predecir. Su único castigo fue la pedrada que le destrozó la boca y que dejó en el campo de batalla un puñado de dientes partidos. Llegó al campamento de Santa Cruz con el rostro y las ropas bañados en sangre, anegado en mareos y la mirada desorbitada. Hasta aquella misma mañana, nadie, salvo el médico y sus capitanes, le había visto desde entonces. Su faz seca se mostraba escondida bajo un abultado vendaje que, sin embargo, no podía ocultar el tono violáceo que le subía hasta las sienes y la frente.
Los remeros buscaron el costado de las naos. Tras los soldados, los guerreros guanches treparon, emocionados como niños, por las escalas de cuerda, y emocionados como niños caminaron sin rumbo sobre la cubierta de las naves. Boquiabiertos, siguieron atentamente la tarea de izar los esquifes a bordo y estibarlos en sus respectivas ubicaciones.
-¡Preparados para zarpar! –ordenó el contramaestre, y el eco de su voz voló sobre las aguas en compañía del de los contramaestres de las otras veintinueve embarcaciones.
En la nao en cuyo palo mayor ondeaba un gallardete diferente al de las demás, detonó un disparo de culebrina. Los guerreros se sobresaltaron. Con rictus serios se acercaron a la borda y, a gritos, consultaron con sus compañeros de las otras naves la razón del trueno.
-No os alarméis –dijo Guillén Angulo acercándose al grupo de Agona-. No hay peligro alguno. Nadie nos ataca. Es sólo la orden de zarpar.
-¡Izar las anclas! –gritó el contramaestre.
-¡Gente a dar la vela! –ordenó una vez que las pesadas anclas estuvieron izadas y afirmadas en las amuras.
Los marinos bracearon las vergas en búsqueda del viento. Al encontrarlo, las velas produjeron un chasquido de látigo. Poco a poco, las naves fueron girando a sotavento y, al comenzar a avanzar abriendo el mar, los guerreros guanches creyeron estar asistiendo a un acto sobrenatural. Algunos se quitaban la piel de cabrito que llevaban en la cabeza a modo de gorro y la ondeaban, saludando a los de los otros barcos, entre silbidos y alborozados gritos.
Las costas de Chinet, o de Tenerife, como llamaban los españoles a su isla, se iban alejando al tiempo que la cumbre del Teyda, la Boca del Infierno en donde habitaba el maléfico genio Guayota, se erigía y perdía en la distancia.
De la nao capitana, que viajaba en cabeza, llegó una nueva detonación, pero esta vez nadie se extrañó. Entonces, los maestres al mando de cada una de las naves reclamaron la atención de los guerreros y los reunieron a popa. No hubo una sola palabra. Tan solo cañones de arcabuces apuntándoles y afiladas picas dispuestas a traspasarlos de parte a parte en caso de no obedecer. Agona, Taganaje y los demás que ocupaban aquella embarcación, intercambiaron una mirada interrogante y luego buscaron explicación en los hombres que les rodeaban.
Un nativo de la isla de Benahuare levantó una trampilla enrejada y, con un claro gesto, les conminó a bajar los escalones. Obedecieron sin comprender. La primera bienvenida se la dio el tufo pestilente que emanaba de las sentinas. La trampilla cayó de golpe y, por primera vez en su vida, los guerreros guanches de la isla de Chinet vieron el cielo cuarteado por barrotes. Un rumor de angustia recorrió sus pechos tras la sorpresa inicial. Las argollas y grilletes sujetos en las paredes de aquel antro hediondo les gritaron a la cara la realidad de su nueva situación. En aquella sombra desconocida para ellos, los ojos ambarinos de Agona y de Taganaje se buscaron. Los labios del joven guerrero temblequearon en una súplica que no encontró voz. El guerrero veterano alzó la cabeza hacia el retazo azul del techo, apretó los puños y se encomendó a Achaman, rogándole que protegiera a su pueblo de la amistad de los invasores.


NOTA FINAL

El Adelantado Alonso Fernández de Lugo regresó aquel mismo año de 1494 a Tenerife, con un ejército inferior en número pero mejor preparado militarmente. A mediados de noviembre derrotó a las tropas del menkey Benchomo en la denominada Batalla de Aguere, donde se dice que también murió el propio Benchomo, aunque su cuerpo jamás fue encontrado. Al año siguiente, las tropas de Fernández de Lugo derrotaron nuevamente a los guanches, en la que ha venido a llamarse Batalla de la Victoria de Acentejo.
Las crónicas recogen que, en estas dos últimas batallas, los guanches no ofrecieron la resistencia esperada, debido a una epidemia causada por los miles de muertos amontonados en los desfiladeros de Farfan primero, y en Aguere después, conocida como “la gran modorra” y que los dejó debilitados y enfermos. Otras versiones afirman que su enfermedad se debió al envenenamiento de los manantiales por parte de los españoles, procedimiento que más tarde emplearon en la conquista de América.
La isla de Tenerife fue incorporada a la Corona de Castilla en el verano de 1496. Con ella se culminaba la total ocupación del archipiélago canario, tras casi un siglo de continuas invasiones.

La batalla en los barrancos de Farfan ha pasado a la historia con el nombre de La Matanza de Acentejo.

De los más de 600 guerreros guanches que en dicha batalla lucharon al lado de los españoles, y que salvaron la vida a muchos de ellos, sólo sobrevivieron poco más de la mitad, los cuales fueron hechos prisioneros mediante engaños y trasladados a España, en donde fueron vendidos como esclavos.

GLOSARIO

Achaman: “Dios de los cielos” en la religión de los guanches de Tenerife. Dios de la buena suerte y de lo benévolo.
Añaza: Antiguo achimenkeyato del menkeyato de Anaga. Hoy, Santa Cruz de Tenerife.
Banot: Lanza de madera endurecida al fuego.
Benahuare: Isla de La Palma.
Bimb
a: Pequeño canto que cabe en una mano, muy afilado, que los guanches empleaban como arma arrojadiza con asombrosa precisión.

Chaxiraxi: Diosa universal en la teogonía del mundo canario.
Chinet: Isla de Tenerife.
Cichiciquitzo: Guerrero plebeyo.
Eguerew: Nombre que los guanches daban a la actual comarca de La Laguna.
Erbani
a: Isla de Fuerteventura.

Farfan: Nombre con el que los guanches denominaban a un barranco ubicado en el término de Acentejo.
Guadameñe: Sumo sacerdote.
Guanche: Pueblo de origen bereber, que habitaba las islas Canarias antes de la conquista castellana.
Guayota: Dios de lo malo entre los guanches de Tenerife. Demonio que habitaba en el interior del Teide (Infierno).
Menkey: Rey, entre los guanches de Tenerife.
Menkeyato: Término o Reino.
Sigoñe: Capitán, jefe militar, consejero.
Tamarant: Isla de Gran Canaria.
Tamarco: Vestido de finas pieles gamuzadas.
Tenique: Piedra de tamaño regular envuelta en piel y sujeta con correas, que empleaban los guerreros guanches a modo de mazas.
Teyda: Teide.





sábado, 27 de junio de 2015

Ecce Homo



El día en que a Juanillo el de Aniceto le dio calambre cuando se colgó del palo de la luz, todo el mundo se asustó. Todos, sin excepción, estaban esperando el fatal desenlace, porque, parece ser que cuando alguien se cuelga de un palo de la luz y se queda pegado, hay que esperar a que ponga las patas en el suelo para ver lo que pasa. Y, lo que casi siempre dicen que pasa, es que se carboniza. Porque al poner los pies en el suelo, es cuando la corriente le atraviesa todo el cuerpo y se va a tierra.

Juanillo el de Aniceto estaba jugando aquel día con una cometa de papel fino de color y hecha con cañas amarradas con hilo carreto. En una de éstas, el rabo de la cometa se le quedó enredada en los postes de la luz y se subió a desenredarla.

Entonces todos comprendieron la gravedad del problema y el peligro que suponen los cables de alta tensión cuando pasa cerca de las zonas habitadas. Y eso, que la tensión de los hombres no estaba muy alta en el momento presente, ni en el pasado tampoco.

Parece ser que estaba lloviendo aquel día cuando vinieron los de la luz y dejaron algún cable pelado. Cuando los vecinos llegaron por la tarde de trabajar, se encontraron los postes ya colocados y, por los pretiles de los frontis de las casas terreras, casi al borde de las azoteas, las trenzas de cables negros cogidas con unas alcayatas. Y sin pedir permiso a nadie.

-¡No!. Por ahí no –dicen que dijeron las mujeres. Pero los de la luz, ni puñetero caso que hicieron. Se lo vamos a decir al alcalde del pueblo -. Pero ellos, como si tal cosa.

No sólo eso, sino que le dijeron a las mujeres que se fueran al carajo. Carajo con los hombres aquellos. ¡Qué malcriados!. –dijeron las mujeres. No está bien eso de contestar mal a la gente y menos si son mujeres.

Los de por allí, se enteraron que aquello de la colocación de los postes de la luz era obra del propio hermano del alcalde, que tenían una empresa dedicada a eso de la luz y, entonces, todo el mundo comprendió que nada podía hacerse. Y esperaron pacientemente a que algún día pasara una desgracia y entonces sí podían quejarse como dios manda. Y éste, mandó un día a la cometa de Juanillo el de Aniceto, quedarse enganchada por el rabo en uno de los postes. Y por eso, el chiquillo, que no tiene maldita culpa de nada, se vió pegado el pobre.

Aquello fue tremendo. Todos tenían que ver con el chiquillo colgado del palo y meneando las piernas como estirándolas. Todos miraban pero nadie daba un paso para ayudarle. Ni siquiera un paso en falso para intentar descolgarlo. ¡Toma, yo no!.

Vete tu y descuélgalo, que a mí la corriente me da algo. Y nada, todo el mundo como si nada. La culpa es de ellos –decían unos. Pero tanto unos y otros sabían que ya no había remedio para Juanillo el de Aniceto, porque aquellos de los asuntos de todos no querían saber nada de nadie ni pensaban en cosas como aquellas. –Nosotros ni entramos ni salimos. Sobre todo, ni salimos, como diría el otro. Aquello, mientras, iba tomando el carácter de chicle, un tira y afloja. Debería darles el garrotejo –decía una mujer decidida-, aunque sólo sea en el dedo que más mueven cuando prometen hasta meter y después de metido, ya hay allí un chiquillo colgado. –Maldecía sea la hora en que les llevamos hasta los sillones, porque la culpa de todo esto es nuestra.

Tantos y tantos ochocientos millones de puestos para trabajar y trabajar y ochocientos millones de píldoras, para que ahora dejen colgados al más pintado en este desbarajuste.

Porque esto es un desbarajuste que para que le cuento. Y te cuento, que los follones no sólo están en los asuntos de la luz, sino también en los del agua.

Y si no, acuérdate del chiquillo que fue a coger la pelota y se metió en una tubería que pasaba por allí cerca del campillo donde jugaba a la pelota. El pobre niño apareció muerto a media tubería cuatro días después. No, esto no es una despreocupación, sino la cuenta.

Y la cuenta ya se nos pierde cuando vemos a los pollillos vendiendo periódicos en los semáforos. Los pobres –los semáforos no, que no tienen la culpa- sino los pollillos que son los que están fijo pasándolas canutas. Y los canutos que se pegan ellos a costillas nuestras. Y ya que dejan que se sequen y arranquen las plataneras, por lo menos que planten un pisco caña dulce para así chupar todos y no sólo ellos.

Ellos mucho viaje a la península a traer cosas y lo que tren son los regalos que traen de los que les llevan ellos comprados en los indios en el puerto. No. Se creen que los pollillos no se dan cuenta. Se creen que no se dan cuenta de la cantidad de maestros de allá que le quitan el sitio a los de aquí. El otro día mismo, cuando los maestros de aquí empezaron a dar escuela en las avenidas y calles de las escaleras, allí mismo en plena calle, las mujeres de los bloques empezaron a traerles pan y mantequilla.

Entonces, uno de los de allá quiso pasar por allí como siempre, pisándole la cabeza a todo dios y un chiquillo -¡Fíjense si se dan cuenta o no!- le puso el lápiz de punta y le hizo un agujero en una pata. Y otro de los de ellos, y que trabajaba al parecer en unas oficinas oficiales se lo llevó al hospital. Ni siquiera quiso que lo llevaran al ambulatorio.

¿Eso sí, verdad?. Nosotros si podemos ir al ambulatorio. Y aquello no acabó así, no señor. Aquello no hizo nada más que empezar, porque después vino una grúa arrastrando una hormigonera tremenda, de las que compró el hermano de aquel que tiene una empresa que se dedica a eso de la luz, y con ella llena de cemento ralo como estaba, zurrió a todos los que estaban en la calle dando clases y los dejó empegostados.

Y después, se puso a anunciarlo en los periódicos (no se podía tener tanta desgracia junta, que hasta los propios pollillos se encargarían de propagar las noticias difundidas en los semáforos) y por la antenas de la radio y la televisión. Y la noticia se metía en las casas a través de los cables de la luz. ¡Qué paradoja!, ¿no?. Y anunció que habían decidido en un pleno, que esta ciudad pacífica y culta, debería tener una escultura de tres mil pares de huevos. Para que todo el que llegara a la ciudad de visita la vieran y se asombrara. Por eso vació completamente la hormigonera encima de los manifestantes. ¡Menudo es el tío!. Y cuando le da la venada va y te la corta y te quedas en los bloques sin agua todo el tiempo que le dura el calentón. Porque dicen que es un calentón. Bueno, todos son unos calentones, aunque hablando de calentones. -¿Porqué no nos calentamos nosotros también y formamos una parecida a dos?. Eso mismo –gritó uno. Vamos a hacer una hoguera y le pegamos fuego a todo esto. Tan brillante idea cuajó en todos y empezaron a traer periódicos leídos ya y carteles de las elecciones que fueron recogiendo de las paredesy les pegaron fuego. El calor daba miedo y la jumacera tremenda ennegreció el cielo más que lo que estaba. También trajeron rollos de periódicos sin escribir porque un día, cuando a los inocentes, a los del periódico, le dio por no escribir nada en ellos y sacarlos a la calle así mismo, como estaban. Y como estaban tan atareados en esto, no vieron venir a la policía que se les echó arriba y se metieron con ellos. al principio creían que era gente disfrazada que salían de alguna fiesta de carnaval. Pero después se dieron cuenta que no. Que venían a darles una tollina a todos ellos por armarla. Y, a una pobre muchacha, le dieron una sacudida que la dejaron boca abajo en la avenida con la cara escachada y corriéndole sangre. Y ante la brutal agresión nadie se movió. Y la policía se fijó después en el pobre Juanillo el de Aniceto y le gritaron: -

¡Baja de ahí, machango el carajo!. Y carajo con el que dio la orden. Parecía que echaba espuma por la boca. Y después –él mismo- cogió la manguera de los manguereros que llegaron con el camión metiendo una bulla del coño, como si se hubiera pegado fuego en los grandes almacenes de abajo de Los Arenales y Alcaravaneras. Y con la manguera le soltó un chiringo al chiquillo para que se bajara de allí. Entonces, la corriente se metió por el chorro del agua y llegó al mango de la manguera y le soltó un lambriazo que lo tumbó a un lado. Entonces fue cuando comprendió todo y se dijo: ¡Yah coñós, fuerte calambre!. Y por la emisora que le compraron a ca los indios, llamó al jefe. Al indio no, al de él, al otro no. Al de los policías y le dijo: -Venga rápido, sargento, que esto es la leche en pasta. Y hace falta mucha pasta para arreglar esto, si es que tiene arreglo. Porque la compostura va a costar muchos cuartos y entonces se acordó de todos los niños que eran amenazados con el cuarto oscuro. Y que más oscuro todavía tenían el panorama. Y no quiso ponerse a pensar en lo que pensaba. Y entonces dio la orden de apagar aquel fuego como fuera. Y mandó mear a todos los presentes para ver si entre todos apagaban el fuego pegao. Y éstos, no sabían si obeceder o no. Porque son muchas las ilusiones y los desencantos pasados por culpa de ellos.

Pasado todo esto, llegó el que manda y mandó a todos a que había que tener vergüenza para hacer lo que estaban haciendo. Y los insultó. Y dijo: -que bueno, que no lo tomaran a mal. Que aquello se solucionaría y que podían traer más hijos al mundo y que la vida sigue igual. La gente ni se lo creía. ¡Mira que es sabandija!. ¿Y todavía nos dice eso, todavía nos dirige la palabra el muy...?. No, cállate –le decían a una mujer- que es mejor no meterse en verea con esta gente. Y él, seguía como si ya estuviera pidiendo otra vez un pisco del calor que daba el sillón de terciopelo encarnado. Que no. Que ellos no se habían equivocado. Que aquello fue culpa de uno que no sabía sumar bien y que, al hacer la cuenta, cambió un número por otro. Y resulta que de veinte se llevó tres. Y claro. Al final resulta que no eran ochocientos mil trabajos sino ochocientos mil carneles para que todo el que tuviera uno tuviera un puesto de trabajo enchufado, -pero con serio peligro de perderlo al irse la luz-. Y también iban a sortear otros ochocientos mil trabajos para la próxima vez y que se haría una rifa y se buscaría la fórmula para que el que quisiera creerlos los creyera.

Ellos, no obstante, iban a repartir unos boletos de los que salen en los periódicos y cada mes un número para la rifa. Así, la gente podría cantar bingo cuando les tocara.

Pero la gente sabía ya que lo que le estaban tocando era otra cosa. Entonces fue cuando lo vieron que se le hinchaban las piernas y las manos y la nariz le creció que da miedo.

Se le empezó a engordar la cabeza y después se elevó en el aire y casi roza con Juanillo el de Aniceto, que seguía colgando del palo de la luz todavía. Y pasó cerquita del cometa Haley, que dicen que hay que verlo para creerlo. Y todos para sus adentros daban ¡Vívas, Vivas!, porque ya casi lo perdían de vista. Y se fijaron en los policías que estaban junto a ellos pero no revueltos. Y como si fuera un gran baile se los fueron bailando a casi todos, porque ya allí no estaba la autoridad. Y fueron entonces corriendo a las oficinas oficiales de la luz y bajaron la palanca. A nadie se le había ocurrido bajarlas hasta entonces. ¡Mira que son zoquetes!. Y la bajada de la palanca fue la salvación de Juanillo el de Aniceto. Ya el pobre no podía más. Tenía un chorro que le entró que se tuvo que marchar a su casa según puso los pies en el suelo. Los presentes lo vieron corriendo como el demonio y agarrándose los calzones. Después fueron a echarse unos repuntillos en la cantina de Vicente Molina y a comentar las incidencias de aquel aciago día.

A la madre de Juanillo el de Aniceto le dijeron: ¡Mujer, -he ahí a tu hijo- Ecce Homo!.

Al parecer, y eso fue una maldición que le echaron aquel día a todos los que mandan, les iba a entrar a todos la bicho parra mortuorum. Es decir, se morirían porque los bichos se los irían comiendo por dentro antes de morir y llegarían esqueléticos todos ellos al ataúd. Y la consumación de esta maldición sería la alegría de todos los niños del mundo que se ven abocados al peligro sin autoridad maldita que ponga atención en el asunto del peligro.

Jesús Guerra. Cuentos infantiles
Narraciones Canarias. Primera edición 1998.
Edición especial año 2005/Infonortedigital


Glosario E.P.G.R.

Calambre=Descarga eléctrica

Palo de la luz=Poste de soporte del tendido eléctrico

Enredada=Trabada

Pollillos=Niños entre 8 y 12 años

Venada=Un pronto

Empegostados=Pringados

Rabo=Cola

A costillas nuestras=A costa nuestra

Jumacera=Humacera

Machango=Persona de poco seso y ridícula.

A ca=En casa

Pasándolas canutas=Pasándolo mal

Chiringo=Chorro

Lambriazo=Golpe

Chorro=Diarreas

Verea=Problema


Repuntillos=Copas

Andresín el marinero



En un pueblo pequeño, casi un barrio y muy cerca del mar, vivían varias familias de pescadores. Casi todas ellas se dedicaban exclusivamente a la ardua tarea de sacar para comer de lo que pescaban los hombres del lugar.



Las mujeres se dedicaban a salir por los barrios próximos a vender el pescado que cogían los marineros. Iban ataviadas con sus faldas grises y sus pañuelos negros anudados a la cabeza. En una bañadera de latón llevaban el pescado que tapaban con un fardo de saco de guano y en un balde, los pesos ennegrecidos por el marismo y el salitre y la báscula de mano con la que pesaban la venta. Regresaban por la tardecita, cansadas de tanto andar y después de lavar los atarecos en una acequia, en donde se mezclaban con otras mujeres que lavaban la ropa en los lavaderos cercanos a las fincas de plataneras.

En aquel pueblo no había escuela, pero tenía una ermita pequeña y los niños llegaban a mayores casi todos sin saber las cuatro reglas elementales y que son las necesarias para sacar mejor provecho en la vida.

Por eso la mayor parte del tiempo la dedicaban a jugar con los trajines propios del lugar.

Es decir, pescando en los charquillos, mariscando o pulpiando. Casi todos los niños tenían sus propias nasas que fondeaban en las proximidades del caletón y lo hacían a boya perdida, pues era habitual el robo por la perrería. Cuando cogían alguna cabrilla con caña de aire, llegaban saltando y dando vueltas de carnero sobre las rubias arenas de la playilla. Los viejos, desde el risco, los observaban con agrado y esperanza y, en sus rostros ennegrecidos por el salitre y la brisa, se mostraba una mueca de desesperanza. - ¡El mañana ...!. se decían. Y pensaban que lo que les hacía falta a los pollillos eran un maestro que los enseñara.

En los días de mal tiempo, se paralizaban todas las faenas de la mar. Las mujeres aprovechaban para tomarse un descanso en la tarea de vender el pescado casa por casa en los barrios y con la bañadera de latón a la cabeza. Viendo la mar enrebiscada y las olas salpicando fuerte sobre las peñas, sus pensamientos iban derechitos al recuerdo de los hombres y muchachos jóvenes que, en un día como éste, -decían entre lágrimas- habían desaparecido tragados por la negrura de las profundidades. Y por eso, es habitual el atuendo, con vestido negro y con el pañuelo negro a la cabeza de las mujeres que pregonan y venden el pescado por los pueblos de las islas. El trabajo del pescador siempre es duro y se debate entre la vida y la muerte cada día que sale a la mar a faenar.

Y no es raro tampoco, ver cerca de una peña de los alrededores del pueblo de pescadores, una cruz clavada, como señal inequívoca que por allí desapareció un pescador mientras estaba pulpiando en la base del risco, de esto hace ya muchos años. A los claros del día, la cruz aparecía adornada con flores frescas.

En las noches de luna clara, cuando los brillantes reflejos de las corrientes dibujan extrañas formas sobre la mar, las madres y esposas de los pescadores, a escondidas y casi en secreto, van a la punta arriba del risco a ver si, entre aquellas formas raras que se ven, aparecen arrastrados por la corriente los cuerpos de los desaparecidos seres queridos. Mientras, un perro en la noche ladra a la luna y las mujeres regresan a sus casas desconsoladas. Los ladridos del perro –dicen- traen malos presagios. Al siguiente día, volverían a realizar el mismo rito: el humano oficio de la espera.... Todas las madres esperaban ver llegar algún día fondeado en el caletón frente al risco, una gran embarcación y, desde los altos del puente de la nave, ver los saludos de sus hijos y maridos. Se negaba a creer que la desaparición fuera para siempre....

En una casita blanca, al lado de la pequeña ermita, vivía una familia de pescadores que también estaba abatida por la tragedia y el dolor. De los cuatro hijos que tenían Andrés y Candelaria, uno murió al riscarse siendo pequeñillo. Y, hacía unos meses, los dos mayores-Juan y Manolín- nunca regresaron desde el día que fueron a levar las nasas.

Sólo les quedaba el más chico de ellos: Andresín. La madre se pasaba el día llorando a lágrima viva. Andrés, el padre, estaba todo el tiempo yendo y viniendo a la punta arriba del risco, a ver si veía algo. En su casa se pasaba todo el rato con la cabeza gacha y tratando, a pesar de su inmensa desolación, de consolar a su afligida esposa, desesperada por la desaparición de sus hijos.

Andresito El Viejo, abuelo de Andresín, hacía las veces de maestro de todos los chiquillos del pueblillo de pescadores gracias a su enorme capacidad y sabiduría.

Gracias a las enseñanzas del abuelo maestro, Andresín aprendió mucho y con grandes sacrificios pudo estudiar por la noche, después de ayudar en las tareas auxiliares de la pesca. Su padre, habló con la gente de la Comandancia de Marina y el chico fue a estudiar una carrera para hacerse patrón de embarcaciones. Su madre no quería.

Presentía que también iba a perder a su hijo pequeño. Creía, que no volvería a verlo nunca más, una vez se enrolara en los barcos de altura. Su padre, mientras, lo cogió de un brazo y se lo llevó con él hasta la punta arriba del risco.

Cuando estaban solos –eran observados por la madre desde lo bajo, en el caletón el padre le dijo extendiendo una mano hacia la inmensidad del mar:

¡Por allí!. Por allí he perdido a las personas que más quería en este mundo. Por allí se marcharon tus hermanos. Ninguno ha regresado. Tu marcha es un nudo en la  garganta de tu madre. Y para mí también. No voy a oponerme a lo que sé que es la gran ilusión de tu vida: ser oficial de un buque mercante. Sólo te pido que no olvides nunca que en este pueblo pequeño están las personas que más te queremos en el mundo. Tu marcha no es un abandono. Lo sé. Vámonos y cuando lleguemos a casa, ve al cuarto chico y recoge todo lo que tengas que llevarte y no digas nada a tu madre.

Cuando Andresín se alejaba por la vereda que salía del pueblillo, sus padres llorando desesperados le abanaban con sus pañuelos. Todas las mujeres del pueblito marinero estaban asomadas a las ventanas y, entre lágrimas también, saludaban al muchacho. Los hombres le palmeaban la espalda y le pedían que escribiera y que querían saber cosas de él. El lo prometió y, entre sollozos se perdía de vista hasta llegar al lugar convenido para la partida con su abuelo, el viejo farista. Aquel fue otro día de duelo en el pequeño pueblo de pescadores.

Y el tiempo fue pasando de forma inexorable. El cartero pasaba una vez al mes por el pequeño pueblo y casi siempre, traía noticias de la suerte de Andresín. Sus padres se alegraban y, orgullosos, leían en corro con los vecinos las cartas de su hijo.

La alegría terminaba en llanto por la ausencia del hijo. Un día, Andresín les mandó a decir que no esperaran noticias suyas en un tiempo, porque tenía la intención de hacer un viaje muy largo por países lejanos. Aunque –él- trataría de ingeniárselas para hacerles llegar noticias de su paradero y de sus andanzas por los diversos puertos en que recalara.

La vida en el pequeño pueblo de pescadores seguía igual que siempre, monótona, anodina y se hacía aún más tediosa con el solajero estival. Los hombres a pescar desde el alba. Las mujeres a vender lo encontrado en las redes y los niños, a jugar en la playa y a pescar en los riscos y peñas cercanas al caletón. Los viejillo a reparar las artes de pesca y haciendo nuevas nasas y guelderas. En el pequeño pueblo había tanta soledad como sol y el aburrimiento sólo era interrumpido por los comentarios y las controversias surgidas al avistar en aguas próximas al caletón, alguna embarcación grande. Todos esperaban tener una de esas naves portentosas.

-Con una como ésa –decían- yo no tendría miedo al vendaval. También las mujeres seguían visitando en silencio el santuario interior de la esperanza y el recuerdo.

Siempre que había luna llena, iban a llorar a la punta arriba del risco y, siempre, siempre, con algún ramo de flores engalanaban las cruces de lo más alto del risco. La estancia en el lugar concluía con lágrimas al recordar los días felices pasados con sus desaparecidos y el eterno preguntar sin respuesta: ¡Dios mío, tráemelo vivo o muerto!.

¡Por Dios, que yo lo vea!.

Pasaron muchos años y un día el cartero llegó al pequeño pueblo con noticias de Andresín. Andrés y Candelaria, estaban envejecidos tempranamente. La soledad y el sufrimiento habían hecho que mermaran en salud y en lozanía. Pero las noticias que les mandaba su hijo eran tremendamente esperanzadoras. ¡Volveremos a ver a nuestro hijo!. Ese era el pensamiento del matrimonio mientras se abrazaban llorando.

Según se decía en el pueblillo, Andresín había hecho fortuna y venía a buscar a sus padres para llevárselos a la capital. Era lo que se especulaba en las esquinas del pueblito y en la punta arriba del risco sobre el caletón. Las mujeres permanecieron en  las ventanas hasta casi el anochecer, mirando por donde un día vieron salir al muchacho en busca de su destino. Comentando la vuelta de Andresín, se les echó la noche arriba y lentamente se fueron acostando todos los vecinos. Al día siguiente, si hacía buen tiempo y la marea no se viraba mucho, irían a levar las nasas. Otros echarían los chinchorros y, aprovechando la bajamar de la madrugada, con los mechones intentarían cangrejiar en los veriles de las peñas. Otros cogerían las lapas y en los charcones ocultos por la marea llena, intentarían enredar algún pulpo con la fija. Así pasaron muchos meses. De Andresín no se tuvieron más noticias...

Una mañana, a los claros del sol y frente mismo a la playa del caletón, el padre de Andresín escuchó el revoloteo de las gaviotas. Era raro –pensó. Aún no habían salido a pescar y las gaviotas ya habían ido a esperar a los mariantes. Se levantó más luego que nunca y, su mujer que estaba despierta, le dijo: -Andrés, ¿A dónde vas, si todavía es luego?.

-Voy a ver. Fue su respuesta.

Echó a correr a la punta arriba del risco y vio una magnífica embarcación. Toda iluminada todavía y el resplandor de sus luces meneándose por la marea llegaba hasta la misma playa. Sobre el puente del barco vio gente ajetreada y voces que llegaban lejanas e imprecisas hasta sus oídos. Decidió esperar hasta el amanecer. Ya habían luces en las casitas blancas del pequeño pueblo de pescadores.

Aquel día parecía que iba a ser un día grande. Los pescadores se dirigían con sus atarecos al pequeño embarcadero dispuestos a la cotidiana tarea. Todos repararon en la grandiosa embarcación fondeada frente a la playa. Será algún barco averiado – decían-, al tiempo que enfilaban la proa mar adentro.

De pronto, vieron una lancha motora que desde el barco se dirigía a la playa. Le hicieron señas para que se acercaran al embarcadero. La motora era grande, mayor que cualquiera de los barquillos de la flota que había en el pequeño pueblo. Venían en ella cuatro personas que todavía no se les distinguía bien. Conocidos no era, al menos para los presentes. Cuando ya estaban próximos, se escuchó un grito fuerte: -

¿Dónde está mi padre?. ¡Soy Andresín, el de Andrés y Candelaria!. Todos se botaron
al agua contentos de alegría: ¡Andresín, es Andresín!.

-         Tu padre está en la punta arriba del risco desde antes que aclaró el día.

Andresín miró hacia el risco y lo vio. Alzó la mano y su padre alzó la suya.

Andresín no pudo ver el rostro de su padre, con lágrimas en los ojos cayendo por la
cara ennegrecida por la brisa y el sol, y, sobre todo, por el sufrimiento.

Las mujeres corrieron a dar la buena nueva a Candelaria. Entre sollozos la llevaron a la playa a ver a su hijo Andresín y los sollozos se generalizaron cuando Andresín abrazó a sus seres queridos. Todos se arremolinaron a preguntarles cosas y a Andresín, que cómo fue que le fue tan bien. ¡Hola amigos! –dijo el apuesto joven.

¡Gracias señores por el recibimiento! – les decía a todos, a las mujeres y a los muchachos y muchachas. Estas, estaban asombradas de las buenas maneras de Andresín. La playa estaba abarrotada de gente. Grandes y chicos impedían a todos abrirse hueco. Ante la algarabía que se estaba formando, Andresín levantó una mano
pidiendo atención. Y dijo, con una voz que a todos les pareció solemne:

-Hoy es un día grande para nuestro pequeño pueblo y también para mí. En la embarcación que está fondeada hay un gran tesoro que pronto mandaré traer. Todos los vecinos tendrán su regalo y los niños no se quedarán desconsolados.

Después hizo señas a sus compañeros de la lancha motora y ésta, partió rauda hasta la embarcación grande. En dos barcazas de remos subieron ocho hombres. Iban repletas de fardos y cajones de madera. En la motora, subieron dos marineros. Las tres embarcaciones se dirigieron lentamente a la orilla de la playa. Todos estaban expectantes y Andresín, antes de que vararan hizo otra señal.

-Miren, en las barcazas hay regalos para todos, pero en la motora está el gran tesoro del que les hablé. Pegó un silbido y de ella, saltaron al agua dos hombres a los que no les importó mojarse las ropas y nadando se iban acercando a la orilla. A medida que llegaban se iban despojando de las chamarras de cuero que traían y las gorras de marino.

 Iban en dirección a Andresín y sus padres. A todos se les hizo un nudo en la garganta.

¡Eran los hermanos de Andresín!. ¡Son ellos!, gritaban las mujeres.

-¡Hijos míos!, dijo la madre. Y la tuvieron que agarras para evitar su desmayo.

Una vez reanimada, fue estrujada por los brazos de sus tres hijos. Andresín llamó
A parte a su padre:

-Papá, mi única obsesión desde que salí de este pueblo, fue la de dar con ellos y traérselos a mamá. En tu mirada siempre vi que no te resignabas a perderlos para siempre. Tu tenías el presentimiento e intuías que no habían muerto tragados por la mar.

Se lo dije al abuelo farista. El me convenció y la lucha no terminaría hasta el día en que los encontrara en cualquier isla perdida del mundo. Ellos fueron recogidos por un barco extranjero y llegaron a una lejana isla. Allí los encontré, trabajando en los muelles y vinimos juntos para demostrar a todos que nunca hemos olvidado el lugar donde están las personas que más queremos en el mundo: nuestros padres.

-Gracias hijo. Fue todo lo que pudo decir el padre. Y, mientras su hijo se reunía con toda la gente, miró a lo alto del risco, se persignó y, acurrucándose para que nadie lo viera, se secó las lágrimas que corrían por su cara cuarteada por el sol y los sufrimientos de la vida.

Antes que la noche cayera sobre el pequeño pueblillo, Andresín se dirigió al cementerio con un ramo de flores para su abuelo. Su ausencia cuando llegó, fue todo un presentimiento. Entre llantos y amargura rezó una oración en memoria del viejo
farista.

¡Gracias, abuelo!. -Fue todo lo que pudo decir.

Jesús Guerra. Cuentos infantiles
Narraciones Canarias. Primera edición 1998.
Edición especial año 2005/Infonortedigital

Glosario por E.P.G.R.

Atarecos=Objetos diversos

Chinchorros=Arte de pesca red de paso fino

Guelderas=Arte de pesca, pandorga

Trajines=Tareas

Pollillos= Niños entre diez y doce años

Solajero=Sol fuerte

Cangrejiar=Capturar cangrejos


Luego=Pronto