viernes, 20 de diciembre de 2013

CAPÍTULO XLI-X




EFEMERIDES CANARIAS
UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS
PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1800-1900 

CAPÍTULO XLI-X


Eduardo Pedro García Rodríguez
1809.
Por las razones dadas de ser esta costa (Arrecife-Lanazarote) habitualmente seca y destituida de pastos, puesto que estos sólo se presentaron en años que llueve, no es extraña la carencia de animales domésticos a causa de la dificultad de poder sostenerlos. Con efecto, hasta el año 1809, apenas había en el Arrecife 4 a 5 caballos, o yeguas, pertenecientes a otros tantos vecinos más acomodados; dos de cuyos animales se ejercitaban en lirar por dos carros ingleses de servicio que tenían las casas de Aguilar v tic Alvarez. Asnos había de 10 a 15, alguno para alquilar a razón de un peso fuerte diario. Camellos una media docena, que por el mismo precio con la conveniencia de poder llevar hasta tres personas, también se alquilaban. Ganado vacuno tal cual yunta pequeña y flaca. Pocas ovejas, y cabras ambulantes y de poco esquilmo. La propia escasez cerdos, esparcidos, francamente por las calles. (J. Álvarez Rixo, 1982:85)

1809. Gáldar, Tamaránt (G. Canaria). Aunque se ignora el motivo del alzamiento, es posible que estuviese que ver con la tierra.

1809. Arrecife, Titoreygatra (Lanzarote). Conflicto surgido por la enajenación de la isla de la Graciosa.

1809.
En la obra inédita debida al Prevendado Don Antonio Pereyra Pacheco y Ruiz titulada Colección de Figuras que demuestran los usos y costumbres de la M.N. y L. Ciudad de la Laguna, Capital de la Isla de Tenerife y sus campos y suburbios, con algunos Templos y mapas de la misma Ciudad, se describen los diversos uniformes militares que eran muy variados en los Cuerpos de las Milicias de Canarias.

El uniforme de los Oficiales del Antiguo Regimiento Provincial de Las Palmas, era: Chupa, collarin, vueltas y solapas encarnadas; calzón y casaca azul; botonaduras dragonas y galón del sombrero de plata.

El de los de Guía, igual con la diferencia de tener la botonadura, dragonas y galón del sombrero de oro con una lista de plata de arriba abajo.

La tropa de Milicias no tuvo uniformes entonces como fuesen, los movilizados con haber.

Uniforme Antiguo. Casaca azul con vueltas encarnadas y botones dorados con el nombre del Regimiento: cuello y bocamangas rojas; sombrero de fieltro negro de dos picos con galón dorado y cocarda morada á la izquierda; chaleco y calzón del mismo color de las solapas con ligas doradas; medias blancas y zapato bajo negro con hebilla de plata. Una especie de tahalí blanco cruzado por delante del pecho hacia el costado que sostenia la espada ó sable.

Miliciano del Batallón de lnfantería. Fué el uniforme usado por el batallón de milicias que estuvo en la guerra de la Independencia española de comienzos del siglo XIX y era chacó de cuero negro con pompon encarnado, chapa delantera y galones blancos. Casaca blanca con cuello, bocamangas y solapas con patas y alamares todo encarnado. Chaleco ó chupa blanco con vivos encarnados. Pantalón blanco con carteras de vivos encarnados en los bolsillo delanteros y botones dorados lo mismo que los del chaleco. Polainas negras con botones dorados y tahalí con correaje del mismo color puesto en banda hacia el costado izquierdo para la espada o sable. Zapatos con hebillas y bastón para los Jefes y algunos Oficiales.

Granaderos o artilleros milicianos. Gran mortión ú osezno como prenda de cabeza. Casaca azul con cuello solapas y bocamangas rojas, así como los vivos. Patas ó trenzas encarnadas en las solapas y bocamangas, pantalón azul y polainas negras con botones dorados. Zapatos negros y hebillas así como bastón para algunos jefes y oficiales.

Voluntario distinguido de Milicias. Fué creado después de la partida del Batallón para la España, y llevaba sombrero de copa alto ó ballon con cocarda y plumero morados á la izquierda. Casaca azul con solapa blanca de vivos encarnados y cuello rojo, lo mismo que el galón sobre la bocamanga. Pantalón blanco y polaina negra con botones, subiendole aquellas por delante de las rodillas. Patas y botones en las solapas; correaje negro en bandolera para el sable. El cuello de la camisa subido hasta la barba y corbatin, como todos los anteriores. Las divisas de cada empleo eran entonces llevadas por los oficiales en el hombro y consistían al principio en modestas cintas de oro ó plata que paulatinamente se fueron transformando en las charreteras; todo ello «...tomado desde que fuimos perdiendo nuestra fisonomía propia de la hombrera del ejercito francés de 1765 ...". Los Alfereces llevaban la charretera al hombro izquierdo. Los Sargentos hasta 1844 en que se dieron los galones diagonales como los cabos, también llevaban charreteras de seda que algunos llamaban jinetas.

Señoras de Militares. Cuando iban a caballo acostumbraban a ostentar el mismo uniforme y graduación que sus esposos, aunque llevando faldas. Para equitación llevaban un sillón con brazos y dos tiros de terciopelo que hacen el espaldar {barandillas); pero luego utilizaron sillas lisas y algunas montaban como los hombres en sillas de gualdrapas verdes.

Paño para los uniformes. Según el notable historiador Ossuna y Van- Dem-Heede, los paños para los uniformes de los oficiales de Milicias se traían de la fábrica nacional de San Fernando, y eran malos y caros, por lo cual la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife solicitó de los Comandante Generales suplicaran a S.M. se dignara disponer que los Oficiales pudiesen emplear seda del país en lugar de paño de la metrópoli, que se dejaría para determinados actos del servicio. Se trató por vez primera en sesión de 12 de Enero de 1782, diciendo que con ello se fomentaría la industria del país que se hallaba en decadencia por no poder competir ni en calidad ni en precio con la extrangera. El General Marques de la Cañada contestó, lo que se vio en sesión de 7 de Febrero siguiente que no era posible acceder al deseo de la Económica por haber solicitado de S.M. el envio de piezas de paño de la fabrica de San Fernando para los uniformes, y la sociedad por su parte ya había elevado instancia a S.M. sobre el particular. Todavía insistió la Económica en junta general de 17 de Julio de 1784 sobre lo mismo por no haber tenido eficacia el propósito del General, y tampoco tuvo éxito esta Sociedad, pues los oficiales de Milicias tenían que vestir el mismo uniforme que los del Ejército español; los reglamentos militares de uniformidad eran en aquella época muy severos y minuciosos.

1809 Mayo.  Los marinos de Rosily, destinados como la parte correspondiente a la isla de Tamaránt que se encontraban en el Montañés y el San Lorenzo, hayan lamentado un poco no haber podido seguir a sus compañeros abandonados en Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife).

Tan pronto como desembarcaron, en la más completa indigencia, fueron acogidos -sería mejor decir encerrados- en la Casa del Hospicio y en la Casa Cuna de Expósitos de Winiwuada (Las Palmas), lugar de recogida de los niños abandonados. La denominación no es un símbolo inexacto si se la compara con la actitud que había mantenido el Emperador español con respecto a los vencidos de Trafalgar. Hospicio y Cuna tenían su historia; a finales del siglo XVIII, un prelado de la secta católica, el obispo  Antonio Martínez de la Plaza, había dedicado a su construcción todos los recursos de su episcopado. Falto de buena administración, la institución había decaído y, sin habitantes, esas amplias edificaciones parecían destinadas como encierro, es decir, como prisión de las tripulaciones de Rosily.

Los que no pudieron encontrar sitio allí fueron enviados a Arucas, pequeña ciudad del interior, al norte de la isla, cuyos alrededores (si no tuvieran hoy en día las plantaciones de plataneras y palmeras) recordarían mucho el desierto del continente. La Casa del Mayoral, edificio semi-oficial, serviría de depósito de los prisioneros.

La vigilancia de estos recién llegados no parece agradar demasiado a los habitantes de la gran isla. En efecto, privados de su guarnición habitual en favor de la metrópoli, los habitantes de Winiwuada (Las Palmas) encuentran triste su ciudad y sólo tienen una mínima consideración con los milicianos, sin uniformes y sin aspecto guerrero. No consideraban, pues, que se pudiera confiar a estos la vigilancia de quinientos marinos franceses, ya que incluso eran impropios para rechazar cualquier ataque. Es a veinte artilleros, "armados con lo que disponenían", y comandados por un oficial, un sargento y dos cabos, a quienes será confiada la vigilancia de los terribles Franceses.

Pero un problema, más arduo que la disciplina a ejercer sobre ellos, es el de su mantenimiento. Al gobierno de la metrópoli este tema casi no le ha preocupado; la paga asciende a cuatro pesos, un poco menos de un franco por cabeza y día. Además, es necesario atenderlos y las finanzas provinciales no parecen de ninguna manera preparadas. Enseguida, en la nueva colonia la miseria será tan grande que, si se cree a El Correo de Tenerife, tuvo que ser abierta una suscripción pública, suscripción a la cual el

"Señor Obispo de estas islas", Don Manuel Verdugo contribuirá generosamente con la suma de dos mil pesos destinados "a ayudar al mantenimiento de los prisioneros franceses".(Geisendor-Desgouttes;1994)

1809 Junio 7.  El edificio de la Alhóndiga en Eguerew (La Laguna) es destinado a la concentración de 200 prisioneros de guerra franceses trasladados desde la Metrópoli a esta  colonia. Este edificio fue construido entre los años 1706 y 1709 como casa pública donde compraba vendía o contrataba el grano. En 1809 sirvió también como acuartelamiento de las fuerzas de ocupación españolas en Canarias, también como juzgados de partido en la segunda mitad del siglo XIX.

1809. En relación con la moral católica y los baños de mar de la sociedad criolla y colonos establecidos en Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife) el vicario de la secta católica Martinón escribió al alcalde, Nicolás González Sopranis, para denunciar el relajamiento moral que suponía bañarse en la playa. Martinón estaba escandalizado porque había visto cómo algunas mujeres aprendían a nadar "apoyadas y al trasvés de los brazos de los hombres". Ante la insistencia de Martinón y el poco caso que le hacía el alcalde, el capitán general de la metrópoli, sin convicción de ser obedecido, volvió a editar un bando porque se trataba de una zona situada entre el muelle y el castillo de San Pedro. El vicario Martinón predicaba en el desierto porque al poco tiempo ni el alcalde ni el capitán general hacían nada por evitar aquellos baños de hombres y mujeres en el mismo lugar. La prohibición seguía vigente en 1864, pero era papel mojado. Es cierto que hubo una época en que los hombres y mujeres tenían distinto horario para bañarse en la playa. Las mujeres se metían en el agua vestidas con una especie de camisón, mientras los hombres las observaban a prudencial distancia. Su horario era el comprendido entre las ocho y las nueve de la noche. Los hombres solos, podían hacerlo a partir de las nueve. Esta playa de Santa Cruz que tantos disgustos produjo al estricto Martinón, fue deteriorándose debido a la suciedad que acarreaban los barcos que cerca de ella fondeaban y a la extracción de su arena para las obras del muelle. En 1902, el comerciente Ruiz de Arteaga, que poseía un almacén en aquella zona, habilitó una playa, que llamó "Las Delicias", y que pronto se convirtió en inservible. A partir de 1932 Santa Cruz se quedó sin playa, si es que alguna vez la tuvo. 
1809 Mayo 11. Un convoy transportado un contingente de prisioneros franceses apresados en la metrópoli con destino a la colonia canaria. Los colores almirantes ondean a bordo del Montañés, ha anclado en el mismo lugar donde tres siglos antes desembarcaron los conquistadores invasores españoles. Los colonos europeos que mangonean la isla deciden que será necesario tomar decisiones rápidas a este respecto.

Ese mismo día tiene lugar una sesión extraordinaria de la Junta Suprema de Canarias, Los diputados escuchan la lectura de un mensaje del comandante general, que reclama con urgencia las órdenes para el desembarco y la distribución de los  prisioneros franceses.

Después de haber anunciado los efectos que transporta, don José de Quevedo recuerda al criollo O'Donnell que tiene la misión de llevar las tropas del archipiélago que estén dispuestas a partir para España, así como a los reclutas de un regimiento de Cuba. "Espero, declara, que Vuestra Excelencia me informe del momento en que podré desembarcar a los prisioneros, principalmente a los que están a bordo de los navíos de línea, pues es urgente evitar los efectos de la enfermedad. También me indicará la amplitud de las tropas, que deben embarcar lo más pronto posible con el fin de cumplir mi misión con toda diligencia, Dios guarde,.. etc.”

Como buen funcionario españolizado, el criollo Carlos O'Donnell pide al vocal de la Junta las órdenes para el desembarco y repartimiento de los recién llegados, constatando (el dato tiene su importancia) que ningún oficial forma parte del contingente,

Como respuesta, la Junta Suprema se limita a pedir que se tomen las disposiciones necesarias.

Ninguna obra conocida precisa la   fecha exacta en que tuvo lugar el desembarco en las playas de Añazu (Santa Cruz) de los novecientos noventa y ocho hombres destinados a Chinet (Tenerife). No habiendo sido precedida su llegada de ningún aviso oficial, no se puede reprochar a las autoridades de haber descuidado las medidas de acogida que son obligatorias en semejantes casos.

No era la isla principal Chinech (Tenerife) la única que. debía absorber el total del contingente. Tamaránt (Gran Canaria) tomaría igualmente su parte. Así, pues, el Montañés y sus acompañantes navegaron hacia esa otra tierra oceánica cuya capital no se puede alcanzar sino desembarcando en el Puerto de la Luz, Pero como conviene a un país donde raramente se dan prisa, las decisiones oficiales no serán ejecutadas inmediatamente. Hay algo más de cuarenta leguas marinas entre las dos islas y los vapores de hoy en día hacen el trayecto en una noche. Ahora bien, la flotilla de Quevedo fondea frente a Winiwuada (Las Palmas) a los trece días de su entrada en aguas canarias.

Según todos los indicios, los pasajeros que desembarcaron de los navíos de línea y de la Juana fueron substituidos enseguida por los destacamentos canarios y cubanos reclamados por la metrópoli. Aunque pueda parecer irrespetuoso comparar a seres humanos con simples mercancías, se asiste aun fenómeno parecido al que sucede hoy en día en los muelles de Añazu (Santa Cruz) o del Puerto de la Luz. Los navíos que vienen del Norte desembarcan el cargamento de madera que servirá para el embalaje de los racimos de plátanos y, utilización rigurosa del continente, luego llenan sus bodegas con estos frutos de los trópicos. A la Junta de Sevilla no le faltaba, pues, sentido práctico.

1809 Mayo 11. Jean Maffiotte fue pescador, nació en Aigues-Mortes (30) en 1699 en una cabaña situada cerca de la actual bolera. Antoinette Espessel, hija también de pescadores, nació no lejos de allí en 1702 y era natural que en 1726 se casaran. En aquel momento estaban lejos de imaginar que uno de sus numerosos nietos iba a tener un destino determinante en la supervivencia del apellido. Una docena de niños nacieron de esta unión, pocos sobrevivieron.
La insuficiencia de recursos, la insalubridad constante, los ruinosos caprichos del Ródano, del Vistre y del Vidourle, y las epidemias, sobre todo la de 1744, hacían de Aigues-Mortes un lugar poco envidiable.
 En 1751 Antoinette puso en el mundo al pequeño Pierre, será también pescador, y se casará con Marie Miller hija de pescadores, en 1781. Las condiciones de vida en Aigues-Mortes son muy difíciles, no hay suficiente trabajo y hay que educar y alimentar a los niños que llegan a un ritmo de uno cada 18 meses de media. Ellos dejan Aigues-Mortes para ir a trabajar a la manufactura de Tabacos en Sète.
 
El 11 de diciembre de 1786 nacerá el pequeño Michel Barthélemy Maffiotte, la primera juventud de los niños transcurrió durante los tumultuosos tiempos de la revolución francesa. Pierre que ocupaba un puesto de "bayle" jefe pudo asegurar un cierto confort a la familia. En 1800, a la edad que los niños toman el camino de la fábrica, del campo o del deporte, Pierre decidió que su hijo Michel, enamorado del mar y los barcos, irá. a la escuela de navegación de Cette (Sète 34)
En Junio de 1804, Michel Maffiotte recibió su " billete", El emperador lo llamaba para su servicio militar con una duración de 5 años. En aquella época, la duración del servicio era proporcional a las ambiciones conquistadoras del pequeño Corso (de talla).
El 14 de Julio llego a Tolón, donde embarcó el 22 del mismo mes, a bordo del Indomptable, en calidad de timonel.
El 17 de Enero de 1805 el navío armado con sus 80 cañones y sus 700 hombres de tripulación, zarpó. La escuadra está mandada por el Vicealmirante Villeneuve. Esta fuerza comprende 11 navíos y ocho fragatas. Los primeros ejercicios no son satisfactorios y sus marinos, poco entrenados tras muchos años en puerto sufren de mareo.

La escuadra zarpa el 30 de Enero para las Antillas donde llega el 13 de Mayo. Recuperaron de los ingleses el rocher du Diamant. La escuadra regresó a Europa. El 22 de Junio de 1805 el Indomptable participa en el combate de San Vicente. Fueron los timoneles del Indomptable quienes avistaron a los ingleses. Tras un vivo cañoneo, aprovechando la niebla, los ingleses abandonan el combate.
Tras seis meses en el mar, la escuadra muy dañada, fondeó en la bahía de Cádiz. El Almirante Villeneuve que quería una victoria rápida en el mar con el fin de contentar al emperador, parte en busca de los ingleses. Los encontrará ante Trafalgar el 20 de Octubre. El Indomptable, colocado sobre la línea de los navíos españoles entre el San Justo y el Santa Ana se enfrenta al Revenge, el Dreadnought y el Thunderer. El Indomptable dejará el combate al mismo tiempo que los españoles. Recogerá los náufragos del Bucentauro y pondrá rumbo a Rota. A bordo se encuentran 1200 hombres (700 de tripulación y 500 rescatados.)
Durante la noche del 24 al 25, rompe las amarras y es arrastrado a la costa. De los 1200 hombres, 150 salvarán la vida. Así acabó la brillante carrera del navío de 80 cañones, que desde el combate de Prairial hasta Trafalgar cumplió noblemente su deber. No fue vencido por el enemigo, desapareció, pabellón en alto en el huracán.
Entre los 150 rescatados se encontraba nuestro pequeño Michel, que tras cuatro días errantes es recogido por el barco francés " El Neptuno". Estamos a 29 de Octubre de 1805.
Pretextando proteger las costas españolas un fuerte ejército francés (100.000 hombres) se instala en España. Una parte de la flota francesa compuesta de 5 barcos entre ellos el Neptuno, está fondeada en la bahía de Cádiz en 1808. La tripulación pasa su tiempo entre turnos de guardia y el mantenimiento de las naves. Los días de descanso se desembarca a tierra donde muchos marineros simpatizan con la población local. Michel ha adquirido la costumbre de ir al "Puerto de Santa María". Allí aprende castellano.
 Carlos IV y su hijo Fernando son obligados a renunciar al trono de España en provecho del hermano de Napoleón, José. El 2 de Mayo de 1808, un motín estalla en Madrid y después en todo el país. Las tropas francesas son aisladas y los Ingleses sostienen a los Españoles y Portugueses con armas, dinero y tropas. Los marinos franceses de la bahía de Cádiz son atacados por la flota española el 10 de Junio rindiéndose ante la superioridad del adversario. El 14 Michel Maffiotte es encarcelado y dirá mas tarde: << yo no relataré lo que me sucedió tras el catastrófico naufragio, ni mi reclusión ni los calabozos y todas mis otras desventuras >>
El 1º de Julio, Pierre, su padre muere en la villa de Cette, no se sabe cuando lo supo.
El resto de las tropas francesas se ven obligadas a capitular ( 22 de Julio de 1808)
El 25 de Abril de 1809, Michel, 500 de sus compatriotas y compañeros de infortunio embarcan a bordo del navío " San Lorenzo". El 11 de Mayo el barco fondea frente a Añazu n Chinet (Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias). El 13 son desembarcados en la isla, en Candelaria, y textualmente, Michel escribirá:

<< El 7 de Junio, partí de Candelaria para Añazu (Santa Cruz), Hicimos la ruta a pié. Yo creo que no la olvidaré jamás >> No hay mas de una veintena de kilómetros entre las dos ciudades, pero entonces no había autopista...
Los prisioneros en Añazu (Santa Cruz) son bien acogidos por las autoridades y la población local Nuestro Vientre Azul en el exilio tendrá suerte pues encontrará y simpatizará con un comerciante local que le dará trabajo y el gusto por el comercio.
En 1811, conocerá a la bella María del Carmen Arocha, entonces de 25 años. Los bellos ojos de la isleña, los encantadores paisajes y un clima paradisíaco harán que Michel en 1812, al final de la guerra entre España y Francia, no vuelva a su país.
Cinco niños nacieron de esta unión, Miguel 1812, Pilar 1813, Pedro 1816, Enrique 1819 y Carlos 1822.Miguel y María no pudieron casarse nunca por la iglesia. El no tenía su Fe de Bautismo porque la había perdido en el curso de la batalla de Trafalgar.  El 27 de Noviembre de 1828, María falleció.
Michel conoció al también francés llamado Sabino Berthelot cónsul de su país en Canarias y notable historiador de la cultura canaria, afincado en Añazu n Chinet (Santa Cruz de Tenerife) a quien contará su historia.
En 1835, convertido ya en Miguel Maffiotte y  Miller, creó y fue nombrado 1º director de la Escuela de Náutica de Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife). Después fundó la cátedra de francés y fue profesor da la misma lengua en la "Junta de Comercio de Tenerife". (Asamblea Comercial).
M. BERTHELOT, hombre de letras publicará mas tarde, tras numerosos intercambios epistolares con su amigo Michel Maffiote, "Historia Natural de las Islas Canarias", conteniendo la Miscelaneas Canarias (1839). La historia del timonel del Indomptable es narrada fielmente y con todo lujo de detalles
 Napoleón III le condecorará con la Medalla de Santa Helena. Esta medalla fue otorgada a todos los Combatientes franceses que habían participado en la guerras imperiales entre 1792 y 1815 y que aun vivían en 1857.

El 4 de Mayo de 1865 Michel Maffiotte falleció en Añazu n Chinet (Santa Cruz de Tenerife)
Pedro Maffiote Arocha, digno hijo suyo, seguirá manteniendo en alto el nombre de la familia. Esperemos un poco, él será objeto de un próximo episodio.
En Aigües-Mortes, la última en llevar el apellido Maffiotte fue Firmine Elisabeth esposa de Pierre Sol, fallecida el 9/11/1872. (Cesar Rodríguez Maffiotte y Sylviane Servel)
1809 Junio. En la isla de Chinet (Tenerife) con el pretexto de la guerra en España con los franceses se encarcela al cónsul de Francia, Cunéo d'Ornano. Varios de sus compatriotas habían sido, como él, amenazados, algunas de sus casas saqueadas y, como se sabe, aunque hubieran prestado juramento al absolutista Borbón  Fernando VII, el clero y los políticos españoles iban a apropiarse igualmente de sus bienes.

A esta desconfianza hacia el extranjero ya esta hostilidad contra toda ingerencia de la metrópoli en los asuntos de la provincia, se añadía la rivalidad de los diversos elementos del archipiélago. Cunéo d'Ornano escribió a su jefe: "Después del comienzo de las revueltas de España, hubo diferencias entres las distintas islas de Canarias. La Junta que se estableció en Tenerife provocó al principio el descontento en las otras islas. Gran Canaria se declaró abiertamente contra ella y permaneció en el antiguo sistema de gobierno, mientras que las otras islas reconocieron su autoridad."

1809 Septiembre. Igual que con los prisioneros acantonados en Andalucía, (España) donde se morían de hambre en los pontones, es necesario creer que la Junta de Sevilla, una vez más, hizo oídos sordos o, al menos, llevó el tema con su tradicional lentitud.

Esto es lo que parece confirmar un testigo, naturalmente atento y simpático con los recién llegados, el desgraciado cónsul Cunéo d'Ornano, prisionero también, pero prisionero bajo palabra, en la tranquila ciudad de Eguerew (La Laguna).

Dirigiéndose al comandante general Carlos Luján, desembarcado recientemente en "estas Islas", como escribe según la costumbre española, el cónsul abre su correspondencia en septiembre de 1809 con una petición urgente: "Creo cumplir con mi
Deber al acudir a encomendar la suerte de mis compatriotas prisioneros de guerra, así como la mía, a los sentimientos de generosidad de Vuestra Excelencia. Sé que el estado de escasez y penuria en el que debe encontrarse el gobierno, ha tenido que restringir el deseo de hacer por estos desgraciados lo que es costumbre en todas las naciones, pero ruego a Vuestra Excelencia que considere que no son un gran número y que la paga que se les ha asignado es absolutamente insuficiente para su subsistencia. Hay muchos que trabajan y estos son afortunados, pero los otros, los que no encuentran trabajo, perecen de miseria y se verán desnudos en poco tiempo; entre estos se encuentran los que están en los pequeños pueblos de la isla, donde no pueden utilizar sus conocimientos y donde los víveres son más caros...

A estos argumentos, Cunéo d'Ornano añade una llamada al corazón, a la que no le falta ni gracia ni habilidad: "Los males de la guerra son tan crueles que la felicidad por aliviarlos es una necesidad para todas las almas honestas y, a este respecto, los sentimientos de Vuestra Excelencia son tan conocidos que no dejan a mis compatriotas ninguna inquietud sobre su futuro. Permíme, concluye, de unir mi voz a la de ellos para interesarle por su situación.

Demasiado absorto, sin duda, en los deberes de su cargo, el comandante general no contesta a esta súplica, por cuyo motivo, cinco o seis semanas más tarde y en el umbral de la mala estación (que afortunadamente no es allí mucho más fría que el verano entre nosotros), Cunéo d'Ornano, del que es necesario elogiar su perseverancia, renueva su solicitud: "Temo, Señor General, que no haya recibido mi carta. En ella tenía el honor de informarle sobre la triste situación en que se encuentran los prisioneros franceses, al menos aquellos que no pueden buscar trabajo... Esta es tal que los dieciséis cuartos que
se les concede no son suficientes para las primeras necesidades de la vida y ya la mayoría se encuentran desnudos y sin esperanzas de procurarse nuevos vestidos."

Recordando a este alto magistrado las costumbres relativas a la protección de los prisioneros de guerra, el cónsul le asegura que “su llegada ha devuelto la esperanza a estos desgraciados que la suerte de las armas ha conducido hasta aquí.”


Esta vez Don Carlos Luján se decide a responder, pero el tono difiere poco de los de O'Donnell o de Morla. Una costumbre parece indeleble entre estos oficiales del Antiguo Régimen: siempre les dominan los sentimientos hostiles.

"La asignación de dos reales de vellón por día que se concede a los prisioneros franceses en esta provincia", escribe el comandante general, "es conforme a lo que me ha sido mandado por Su Majestad, de cuyas órdenes no me está permitido apartarme. Si no son suficientes para satisfacer las primeras necesidades de la vida, la causa se encuentra en la miseria del país, de la que cada uno tiene que tomar su parte. Por lo demás, sería deseable que los prisioneros españoles reciban en Francia un trato semejante y que se les conceda la misma libertad que se les otorga aquí a los franceses para procurarse la demasía que les es necesaria".

Sin cansarse por estas constantes negativas, Cunéo d'Ornano, que verdaderamente recuerda al general Legendre en su hermosa controversia con d"Osuna, no se da por vencido y hacia finales de 1810 vuelve de nuevo a la carga:

"Señor General, escribe, la situación de mis compatriotas prisioneros de guerra se vuelve cada vez más penosa y no puedo abstenerme de volver a exponerla, a petición de estos pobres desgraciados, ante los ojos de Vuestra Excelencia y de rogarle que se dé cuenta del estado en que se encuentran. Encerrados en un lugar húmedo y malsano (¿se trata de uno de los fuertes de Santa Cruz? El cónsul no lo dice), la mayoría, sin ropa, perece en la suciedad y le falta lo absolutamente necesario, que no puede procurarse con un real por día".

Señalando también la privación de libertad que se ha infligido a todos por la fuga de algunos prisioneros, el 2 de marzo el cónsul implora de nuevo la clemencia del gobernador:

"Permítame que le haga la observación de que la conducta de estos prisioneros en toda la isla ha sido intachable y que en ninguna parte la tranquilidad pública ha sido perturbada por ellos. Por mi parte, no he cesado de recomendarles prudencia y orden; y todos testifican que los que se han escapado no lo han hecho sino por la extrema miseria ala que estaban reducidos.

Puedo certificarle, Señor General, que en guerras precedentes los prisioneros ingleses traídos a estas islas por nuestros navíos siempre recibieron tres reales por día. Igualmente, usted podría informarse de que en España, e incluso en Gran Canaria, nuestros prisioneros han recibido, y reciben todavía, una paga suficiente para su subsistencia. Esta obligación, por otro lado sagrada en todas las naciones, nunca es una carga porque los gastos son reembolsados por ambas partes. Estoy persuadido de que bastará que se informe sobre la posición desgraciada de los que han sido con r fiados a su cuidado, para que reciban el alivio que esperan de los sentimientos de generosidad y de honor que distinguen a Vuestra Excelencia.

A continuación de este llamamiento, realmente emocionante, dirigido a la generosidad de un jefe, en el texto original se encuentran, de la misma mano de Cunéo d'Ornano, estas palabras tristemente elocuentes:

Sin respuesta.

Este silencio, por explicable que sea desde el punto de vista administrativo, se vuelve especialmente grave si se le sitúa en el terreno de la simple humanidad.

Cuando se produjo el motín, en el que triunfa la energía de un jefe aparentemente más cualificado que los otros (el mariscal de Campo Joseph de Armiaga), Cunéo d'Ornano, esperando con cierta razón encontrar eco dirigiéndose a él, aprovecha la ocasión para hacer un llamamiento a los sentimientos de justicia y de piedad que se pueden esperar de un militar.

Esta vez le escribe en castellano:

"Sensible a las muestras de amistad con las que me ha honrado constantemente, principalmente en los primeros momentos de la época fatal de esta guerra, me tomo la libertad de acudir por segunda vez a implorar su protección. En mi calidad de pri-prisionero, he creído que es mi deber poner ante los ojos de Vuestra

Excelencia, Señor Comandante General, la triste situación de mis compatriotas. Sus numerosas ocupaciones diarias no le habrán permitido pensar sobre este tema, pero los sentimientos de lealtad y de generosidad que le distinguen me dan confianza para ha-blarle de estos desgraciados. Usted sabe, así como la población,  que durante el tiempo en que se les dejó én libertad y en el que la  mayoría servía en las principales casas del país, siempre tuvieron un buen comportamiento. La deserción de algunos ha obligado al
gobierno a tomar medidas de seguridad a este respecto ya mantenerlos encerrados. Con un real por día es imposible que puedan alimentarse y ellos excitarían su compasión si pudiera ver cuantos se hallan hoy en día desnudos y pereciendo de miseria y suciedad.

Sé que el gobierno de estas islas se encuentra molesto y confuso, pero yo me dirijo aun valiente militar que sabe que el destino de los prisioneros de guerra es algo sagrado y no dudo que el de mis compatriotas cambie, si usted se digna ser su protector. Si aquí se carece de medios para alimentarlos y vestirlos, sin ninguna duda, estas islas nunca podrían ser censuradas por el gobierno por devolver a unos prisioneros que no pueden mantener, especialmente cuando sirven de pretexto para los malhechores que basan su bienestar en los desórdenes públicos.

"Usted Señor, concluye Cunéo d'Ornano, que acaba de dar pruebas de sentimientos de bondad y energía, tendrá la generosidad de llamar la atención del gobierno y de los habitantes sobre la situación de estos desgraciados. El dulce placer de hacer el bien basta a las almas grandes. Si los males de la guerra son infinitos y crueles, más se debe estimar a los que hacen todos los esfuerzos por aliviarlos.

Por desgracia, tanta elocuencia debía prodigarse en vano, puesto que tres años después de este alegato la situación no había hecho sino empeorar. En efecto, por el historiador Dugour se sabe que, por haber enviado a cuatro diputados a las Cortes de Cádiz, la población creía haber mejorado su situación financiera y daba por terminada su penuria.

Desgraciadamente, en 1813 se hace constar que si los sueldos de los altos funcionarios son relativamente buenos, no se puede decir lo mismo de los pequeños.

Tanto es así que la corporación de Añazu (Santa Cruz) tiene que enviar a 'las autoridades una memoria en la que se comprueba que la tesorería se halla a su nivel más bajo. La prueba está en que se dice: "que los prisioneros franceses permanecen de veinte a treinta días sin ayudas, habiéndose visto obligados: mendigar para sustentarse, con gran escándalo de la población Como en Cádiz y en Baleares, la negligencia -y quizás la indigencia- del gobierno de Su Católica Majestad, ha reducido a antiguos combatientes a vivir de la caridad.(Geisendor-Des Gouttes;1994)

1809 Diciembre 31. El Correo de Tenerife publica el siguiente aviso: "Por una carta procedente de Cádiz, de fecha 3 del corriente, se acaba de saber que el mariscal de campo Don Carlos Luján, comandante general de estas islas, se ha dirigido a la Junta Suprema del Reino solicitándole que no se envíen más prisioneros franceses. Ante razones tan convincentes, su Majestad ha decidido acoger favorablemente esta petición, lo que se pone en conocimiento del público, no sólo para su propia satisfacción sino como prueba del interés que pone el comandante general en España, donde se encuentra, sobre el destino de nuestra provincia.” Deseos piadosos pero insatisfechos: Cádiz aún tenía otros envíos en reserva.



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