martes, 1 de marzo de 2016

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III



CAPITULO IV

AÑO DE 1494. PRIMERA CAMPANA DEL GENERAL LUGO

Batalla de Acentejo: destrucción del ejército invasor e incidentes de la lucha. Recógense los sobrevivientes al Real de Santa Cruz. Nuevo socorro de los güimareros. Acuérdase en Consejo abandonar la isla para levantar otro ejército. Asalto del Real. Embarcan para Canaria los restos del ejército hispano-güimarero. Asalto de portugueses en Tenerife.

Ya hemos dicho en el capítulo anterior que a consecuencia de la entrevista celebrada entre el rey Bencomo y el general Lugo, formóse éste un concepto tan aventajado del poder enemigo que el día 5 levantó el campo de Gracia y contramarchó al Real de Santa Cruz para aumentar y mejorar las defensas, ante la perspectiva de una campaña dura y de mayores riesgos de lo que presumía al desembarcar. Es indudable que sus inquietudes disminuyeron con la alianza definitiva del pueblo güimarero, pero con todo no quiso como general previsor mover el ejército, sin dejar ultimados cuanto estimó necesario a su seguridad. Por esta razón no abrió la campaña hasta la amanecida del martes 25 de Mayo, en que después de levar anclas parte de la escuadrilla con orden de barloventear por el Norte de la isla para que le sirviera de base de operaciones y de dejar un pequeño presidio en el Real, rompió la marcha el ejército reforzado por un cuerpo de 300 güi-mareros mandado por sus mejores capitanes. Concedidas a las fuerzas dos horas de descanso en la laguna, a las 10 de la mañana emprendieron de nuevo la marcha en orden de batalla con dirección a Taoro.

Este reconocimiento ofensivo a lo largo de la trocha era realizado con todas las precauciones militares, en medio de un silencio sospechoso y sin ver ni a un solo enemigo ni una cabeza de ganado.

Y sin embargo nunca estuvieron tan vigilantes los guanches. Es evidente que Bencomo supo con bastante anticipación el día y hora en que salía al campo el ejército español, así como su propósito de internarse hasta Taoro, como lo confirmó el voltejeo de los buques por los mares del valle de la Orotava; pues de no tener estas noticias con anterioridad, no reuniera oportunamente los labores de los reinos de Anaga, Tacoronte y Taoro con sus achimenceyatos de Tegueste y Punta del Hidalgo, es decir, la totalidad de los contingentes ligueros. También es verosímil que se propusiera atacar a los españoles, no sólo en terreno en que a éstos le fuera dificultoso desplegarse en batalla y sobre todo utilizar la caballería, pues conocía el modo de guerrear y el valor de las armas europeas, sino cuando se hubieran internado en el valle, por lo menos más allá del lugar en que se libró la batalla, ¡quizás en el descenso de la Cuesta la Florida!, como lo demuestran los hechos. De no ser así, ¿cómo se explica que no embistiera al enemigo a la ida? ¿Cómo podía prever que contramarchara el ejército desde los llanos de Acentejo? ¿Porqué se hallaba emboscado con dos mil hombres a la entrada del valle? Si en los llanos de Acentejo abandonó unos cuantos rebaños de cabras y ovejas, que sirvieran de cebo a los invasores, fue para que los embarazara en su avance y perdieran la formación al ganar el valle.

Aunque las cosas ocurrieron de otro modo, el éxito de las armas guanches debióse de todas suertes al acertado plan estratégico de Bencomo. No cabe calcularse racionalmente, como diremos en otra parte, en más de 6.000 combatientes los que podían poner en línea de batalla la Liga. Según tradición, con estas fuerzas formó el rey de Taoro tres cuerpos de ejército de a 2.000 plazas cada uno, equivalentes en número por separados al ejército español, con el mandato imperativo de que ninguno entrara en batalla sin estar apoyado por los menos por otro; para lo que los escalonó del siguiente modo: dispuso que el primer cuerpo, bajo el mando de los reyes Acaymo y Beneharo, se emboscase al Este del barranco de Acentejo hacia la parte baja, con orden de ocultar su presencia al enemigo y correrse sobre la trocha así que pasara; el segundo cuerpo, regidos por Tinguaro, que era precisamente achimencey del gobierno de Acentejo, y por el llamado rey de Tegueste, que igualmente se emboscara a lo largo del Sur del camino de Santo Domingo sin dejarse ver, mientras el mismo Bencomo se ocultó con el tercer cuerpo en las cercanías del pie de la Florida.

Por manera que todo hace presumir intentaban sorprender al ejército invasor cuando bajara la Cuesta de la Florida, cayendo sobre su retaguardia los dos cuerpos guanches que quedaban emboscados a su espalda y recibiéndolos al pie Bencomo al bajar desordenados; pero como el ejército castellano al llegar a los llanos de Acentejo contra-marchó por el mismo camino, ignorándose la causa, escurriéndose por entre el monte, el cuerpo de Tinguaro se emboscó a lo largo del camino de Santo Domingo, por el lado Sur, mirando al mar, y el de los reyes Acaymo y Beneharo por el Este de la trocha o camino, a partir de la ermita de Guía a lo largo de lo que aún lleva el nombre de Toscas de los Muertos (por los muchos que allí perecieron) o Callejón de Acentejo, cuesta arriba hasta la actual carretera o más. En estas posiciones esperaron emboscados al enemigo.

El ejército español en su marcha de avance recorrió todo el camino en orden de batalla; y como de los exploradores destacados hasta la Cuesta de la Florida, de donde se descubre el valle de Araotapala y a lo lejos Taoro, retornó una pareja manifestando no verse seres vivientes excepto unos rebaños abandonados en los llanos de Acentejo, dispuso el general siguiera el ejército adelante para apoderarse de dichos rebaños y de allí volver sobre sus pasos en dirección a la laguna.

Esta contramarcha ha dado motivo a originales comentarios. Hasta hay autores que censuran con acritud al general Lugo, porque suponiendo que la antigua trocha de Acentejo atravesaba el barranco de este nombre por un sitio más profundo, por el hoy camino de San Antonio abierto años después de la conquista, no dejó fuerzas para guardar el paso dando lugar a otro Roncesvalles; cuando el camino llevaba otra dirección como hemos visto, ni aunque la llevara por donde suponen se trata de un abismo, ni le hizo caso en las invasiones posteriores, pues fiara nadie fue un misterio que se debió el desastre a no contramarchar el ejército en el mismo orden de batalla que observó al avanzar.

Calcúlase que entre 4 y 5 de la tarde, ya de vuelta, alcanzaba la vanguardia las Toscas de los Muertos o séase el comienzo de la trocha cuesta arriba, caminando el ejército al paso del ganado, si no a la desfilada en grupitos de 3, 4 ó 5 personas, revueltos y confundidos hombres, cabras y ovejas en el centro de la columna o cuerpo de batalla; ocupando esta muchedumbre una extensión lineal de 2 ó 3 kilómetros de un terreno agrio y accidentado, donde unos quedaban ocultos de otros por lo desigual del suelo por los matorrales y barranquillos como los de Chibana (Chivana), Marta, Pascuala y otros, a través de un monte bajo de pinochos, jaras, tabaibas, zarzales, etc., campo a propósito para luchar los guanches cuerpo a cuerpo.
Explícase la confianza y abandono en que marchaba el ejército, fiados en sus batidores y descubiertas, en la formación de los escuadrones de la vanguardia y retaguardia, por una región cruzada poco antes sin rastro de enemigos; como también es fácil hacerse cargo de la turbación y confuso arremolinamiento de aquella mezcla de hombres y animales, cuando al sonido de unos cuantos bugg nube de piedras y banótes, seguidos de una fila de millares de hombres que cargaban saltando como tigres sin darles tiempo a desplegarse, quedando todo el ejército desde el primer momento peleando en su mayor parte en combates singulares. Fue una lucha épica durante 2 ó 3 horas por el valor de los combatientes' y de resultado trágico, pues quedó casi aniquilada la expedición española.

Después de algún tiempo de empeñada la lucha, llegó el rey Bencomo con su cuerpo de ejército cayendo como una avalancha sobre el enemigo, que no pudo resistir el empuje de estas fuerzas de refresco. Cargó sobre la retaguardia tan rabiosamente que la obligó a replegarse hacia los llanos de Acentejo, donde derrotada se entregó a una desenfrenada carrera, buscando el mar por el Barranco Hondo para ganar la Baja de Acentejo; en la que se salvaron 100 o 120 naturales de la isla de Canaria y 4 portugueses, pues no están de acuerdo los autores respecto a las dos primeras cifras, que fueron recogidos por los buques a la siguiente mañana.

La cabeza de la columna, después de una hecatombe que quedó escrita para siempre en el nombre de las Toscas de los Muertos que aún lleva, a favor de la noche y todos heridos se salvó el general con 50 caballeros y 30 güimareros; que guiados por éstos atravesaron la sierra central hasta llegar a un sitio de donde descubrieron los fuegos del Real de Santa Cruz y se animaron con los gritos de ¡esperanza, esperanza!; gritos lanzados en momentos de angustia, y que sirvieron de bautismo al actual lugar de La Esperanza. (Vid. Anexos n.m 2/3/4, donde se precisa con mayores detalles el desarrollo de la batalla de Acentejo).

Habiendo logrado 30 soldados formarse en escuadrón pudieron ganar una cueva y fueron sitiados; lo que sabido por Bencomo los perdonó dándole libertad y mandándolos escoltados al campamento de Añaza, pues los guanches no sacrificaban los prisioneros de guerra. Y cuéntase que al ser conducidos de Taoro al Real de Santa Cruz, al pasar por el campo de batalla se les incorporó disimuladamente, según Viana, el capitán Gonzalo del Castillo y, según otros autores, Juan Be-nítez que para salvar la vida se había hecho el muerto entre los demás cadáveres; pero echando de ver la escolta que figuraba uno más de los 30 que le entregaron, de nuevo los condujo ante Bencomo, que pronto conoció al intruso y lo perdonó como a los demás.

Por manera que de un ejército de 1.300 infantes, incluyendo los 300 del cuerpo auxiliar güimarero, y 125 caballos o séase un total de 1.425 plazas, murieron 1.170, a saber: 600 españoles peninsulares,cios se levantó de pronto en toda la línea un espantoso estruendo acompañado de una 300 españoles isleños y 270 güimareros; habiéndose salvado únicamente: 39 hombres que quedaron de presidio en el Real de Santa Cruz, 185 que más o menos heridos pudieron escapar de la batalla a través del monte o fueron recogidos por los buques y 31 prisioneros devueltos por Bencomo, o séase un total de 255 sobrevivientes de la primera invasión y de la primera campaña.

El hecho de no figurar ni un herido entre los 1.170 cadáveres que quedaron en el campo de batalla, nos autoriza a deducir que los guanches durante la lucha no dieron cuartel; de lo que derivamos el corolario, tenido en cuenta muchas circunstancias, que si bien en el acto del combate las bajas de los guanches debieron ser muy superiores, las definitivas o por muerte probablemente no pasaron de un millar. Este cálculo lo creemos razonable atendiendo a las fuerzas que presentaron más tarde en línea de batalla y a la densidad de población que podía ofrecer los Estados que formaban la Liga. Tan fuera de la realidad consideramos a aquellos autores que dan a entender que Tinguaro con 300 hombres destruyó al ejército, sorprendido en el fondo de un soñado barranco, como a Viana que asienta entraron en combate 9.000 ligueros perdiendo 3.000 muertos.

Cuanto a los heridos guanches debieron ser muchos, entre los que se encontraban el rey Bencomo y el infante Tinguaro.

Tan sangrienta batalla jamás la olvidaron los pocos sobrevivientes españoles. El mismo general Lugo pasados algunos años, en 1503, al agraciar con una data a Juan Benítez, hace en ella referencia a la «rambla honda donde estuvimos el día del desbarato de Acentejo», que como ya dijimos, está hacia la Tosca de los Muertos.
Refiriéndose a esta función de guerra dice Viana:

y son tantas las cosas que se cuentan de aquel tan desdichado y triste día que por ser temerarias y algo incrédulas no he querido tocarlas, ni escribirlas; más sólo digo porque es bien se crea, que batalla más cruda, más reñida, ni de mayor estrago, no se ha visto en otro tanto número de gente, pues que de mil soldados de los nuestros murieron ochocientos poco menos, quedaron todos los que se escaparon con daño heridos lastimosamente.

Respecto a los hechos de heroísmo personal menudearon por ambas partes, así como los lances y situaciones singulares. Al agigantado y valeroso Pedro Benítez2, el Tuerto, de aspecto tan feroz que servía a las madres de coco o espantajo para asustar a los muchachos, debió la vida el general Lugo, que desmontado y tendido de una pedrada que le rompió varios dientes, consiguió rescatarlo de un grupo de guanches. Hablase asimismo de las hazañas de Tinguaro y de la muerte que dio al blasfemo capitán Núñez, así como de las heroicidades del guanche Leocaldo y sus siete hijos y de las que llevaron a cabo seis ballesteros; y de la contestación de Tinguaro al rey Bencomo, que hallándolo sentado a consecuencia de una herida recibida como le dijese:

«¿Pues ahora es tiempo de descanso, hermano!, le respondió: «Ya he cumplido con mi obligación de capitán, ahora cumplan los soldados con la suya». Cuéntase también del sacrificio que se impuso el soldado Pedro Mayor, al ver cómo el enemigo perseguía a Lugo, cambiando su ropón azul (por el rojo del general) y que como temblara el valeroso canario Pedro Maninidra antes de entrar en combate, al preguntarle el general si sentía miedo, contestó: «Tiemblan las carnes del aprieto en que las pone el alma»; por más que tratándose de una sorpresa es de presumir que los guanches no dieran tiempo a tan generosos propósitos y gallarda frase. En estos y otros sucesos andan mezcladas la leyenda y la verdad histórica.

Y ponemos término a estos episodios mencionando el cuento infantil que nos relata fray Alonso de Espinosa, que fue otro obispo de Chiapas en Tenerife. En su afán de presentar a los guanches con el fondo de simplicidad de los indios de América, refiere que unos cuantos enviados a recoger los despojos de la batalla, como trataran de comprender el mecanismo de una batalla que encontraron armada y se les disparó matando a uno, de allí en adelante cuando veían alguna daban grandes rodeos para no pasar cerca.

¡Y esto se dice de hombres que vivieron años en contacto con los españoles en Añaza, que se batían con frecuencia contra ballesteros y que moraban con ellos compatriotas educados por los castellanos, como eran los gomeros partidarios de la independencia de su país!
*
El desastre de Acentejo produjo en el pueblo de Güímar una honda impresión, no ya por la pérdida de sus deudos sino por las temidas represalias de Bencomo, de ausentarse los españoles; por lo que resolvieron anticiparse enviándoles el mismo día 26 un socorro de algunos subsidios y una fuerza de 300 hombres.

Las zozobras de los castellanos en las primeras horas después de la derrota, nos las hace conocer Viana, describiendo la sucesión de impresiones del general Lugo y de los pocos que con él ganaron el Real, cuando creyéndose abandonados de todos y los únicos sobrevivientes, fueron llegando los prisioneros puestos en libertad por Bencomo y conducidos al Real de Santa Cruz por un escuadrón guanche, los navios con un centenar de soldados recogidos en la Baja de Acentejo y el auxilio acordado por los güimareros, cuyo acto de lealtad en momentos tan amargos jamás olvidaron los españoles.

No con poco alboroto los cincuenta que con el general allí asistían, temieron ser escuadra de enemigos, la que vieron llegarse, pero luego que conocieron su esforzada gente excesivo fue el gozo que sintieron; recíbense, y abrázanse, y se cuentan los unos a los otros sus desastres. En este mismo tiempo, los navios que sacaron a esotros de la roca, iban llegando al puerto deseado, y así se vieron juntos brevemente más de doscientas en la arena y playa, despidióse Sigoñe y sus soldados de los de España, y vuélvense a Taoro. Sacan algún refresco de comida de los navios, tratan de animarse, y dar alivio a los cansados cuerpos, y cuando en más descanso se juzgaban vieron que se acercaba a toda prisa un formado escuadrón de naturales; de nuevo se alborotan los espíritus, el real estandarte en sangre tinto al aire se desplega tremolando, la caja rota, destemplada y floja, y la trompeta ronca al punto suena;

armarse todos, y aunque mal heridos
al torrejón se suben animosos,
porque tan cerca estaban, que difícil
fuera embarcarse a tiempo que escapasen,
más, llegan dos del bando que venía
y dicen que departe deAñaterve,
Rey de Güímar, su constante amigo;
el pésame les dan de su desgracia,
y herbolario diestro que les cure
y un presente aunque pobre, en testimonio
de voluntad, y fuéles presentado:
doce cerdosos puercos y gruesísimos,
doce carneros mochos, mansos, bellos,
doce castrados báifos y cabrunos,
doce cabritos, doce corderillas,
doce {echones tiernos regalados,
doce docenas de conejos bellos,
doce quebeques grandes de manteca,
quesos anejos doce, y doce frescos,
doce odres grandísimos de leche,
doce cueros de gofio de cebada:
estimó el general mucho el presente,
y al punto el cirujano se dispuso
a ejercitar su ciencia en los heridos,
y estuvo en su compaña cinco días,
y al cabo dellos como agradecidos
envió el general al Rey de Güímar
un morrión lustroso con sus plumas,
una gorra de fino terciopelo,
un caballo y jaez, muy estimado,
una cortante espada reluciente,
bañada en sangre del Rey Bencomo,
una banda amarilla con sus borlas,
una graciosa caja de cuchillos,
unas medias de seda granadinas,
seis pares de zapatos pespuntados,
un borceguí argentado costosísimo,
y sobre todo, un rico anillo de oro,
y en él una esmeralda trasparente,
como en señal de su esperanza cierta,
y al sabio herbolario, y demás gente,
dieron diversas piezas y regalos:
y al fin se despidieron muy gozosos...».

Efectivamente, a virtud de los acuerdos tomados en un consejo celebrado por el general con los principales sobrevivientes de la batalla, el 30 o 31 de Mayo le fue devuelto a Añaterve el cuerpo auxiliar de 300 hombres, con un amistoso mensaje de que abandonaban la isla para volver pronto con otro ejército. A la verdad la situación en que se encontraban era insostenible. Ni el general Lugo podía mantenerse en el Real de Santa Cruz con las reliquias de Acentejo, ni levantar con la urgencia que el caso requería otro ejército permaneciendo en Tenerife, ni contaba ya con bastantes recursos personales, ni quería por honor desistir de la conquista; y en este callejón sin salida expuso con sinceridad el estado de cosas en el referido consejo, pero en términos tan conmovedores y patrióticos, que juraron todos no abandonarle en la empresa. Hallábase entre los concurrentes, a pesar de la gravedad de sus heridas, el generoso Lope Hernández de la Guerra y que afectado por las palabras del general puso a su disposición cuanto tenía, o sea dos ingenios de azúcar en Canaria, oferta que provocó clamoroso entusiasmo. Bajo tan buenos auspicios se disolvió el consejo con la orden de apresurar los preparativos de reembarque, despidiendo en su consecuencia, como arriba dijimos, las fuerzas de los aliados güimareros.

Pero a la mañana siguiente, 1a de Junio, cuando más afanados estaban aparejando las cosas para su marcha, fue asaltado el Real por los guanches anagueses bajo el mando del valeroso sigoñe Haineto, en la forma que refiere Viana:

cuando reconocieron otra gente que deAnaga venía a combatirles, y conociendo al capitán Haineto, vasallo del deAnaga, alborotados quisieron embarcarse en los navios, pero andaba la mar tan alterada que no les dio lugar, y así briosos e dispusieron todos a defensa, y aunque todos heridos, todos juntos dentro en su torrejón los esperaron; llegó Haineto, y con fiereza brava persuadiendo a los suyos al combate, dio al torrejón tres vueltas en contorno, procurando la parte acomodada para les asaltar, y en un instante, alzando el silbo y bélico alarido, saltó Haineto y otros que le siguen, cayó Haineto mortalmente herido, y el cuerpo revolcando en el arena bañado en sangre suya aún no cesaba, que dando voces a su fiera gente, los animaron a la batalla cruda, indicios dando de gallardo esfuerzo, y claras muestras de invencible espíritu; más no cesaban, no, los fieros bárbaros, que en vez de escarmentar y acobardarse, viendo a su capitán herido y muerto, con doblado rencor, saña y enojo, tiraban desde abajo, no atreviéndose volver de salto arriba, dardos, piedras tales y tantas que tal daño hacían, que hubo de permitir el rey del cielo, que para que pudieran socorrerse sus cristianos heridos y angustiados cesase el mar, crecida la marea, con tal bonanza, que sin riesgo alguno llegaron los bajeles a la orilla hasta encallar las proas en la arena, y con las piezas, versos y esmeriles, ballestas, pasadores y arcabuces, ahuyentaron con notable pérdida a los contrarios, que con furia tanta el torrejón cercaban y afligían:

murieron tres soldados españoles y como quince fueron mal heridos; pero murieron de los guanches fuertes que trabajaban más por señalarse como sesenta, y mal heridos cinco;

A consecuencia de estos nuevos heridos no pudieron embarcar hasta el 8 de Junio, llegando al siguiente día al puerto de la Luz en Canaria, donde saltaron 255 hombres sobrevivientes del ejército: de ellos 225 entre peninsulares e insulares españoles y 30 güimareros salvados de la batalla, que sin duda prefirieron a que un siglo más tarde escribiera fray Alonso de Espinosa de que los llevaron como esclavos, a quedarse voluntariamente en Tenerife y los ahorcara Bencomo.

Hay vagas noticias de una entrada de portugueses en Tenerife después de la batalla de Acentejo. Dice a este propósito Viera y Clavijo en una nota (Tomo II, pág. 198):
«Gonzalo Fernández de Saavedra, que por este mismo tiempo andaba con dos carabelas portuguesas asaltando las islas para adquirir honra, era tan fantástico y valeroso, que se dice, jamás quitó gorra a castellano. Así, no queriendo pasar a Tenerife bajo las órdenes de Dn. Alonso de Lugo, entró con su gente por otra parte de la isla, poco después de la batalla de Acentejo, y atacó furiosamente a los guanches. Los antiguos aseguraban que tenía rozados con su espada tres almudes de sembradura en el sitio donde le hallaron muerto, y a su lado dos isleños que había ahogado por la garganta, después de estar caído y atravesado con gran número de dardos de tea. En torno de su cadáver se encontraron también otros diecisiete hombres, muertos por su mano, y un poco más distante a Baca su escudero, con algunos portugueses algarabías».

NOTAS
1 En la información de nobleza, en 1512, de Hernando de Esteban de la Guerra, sobrino del conquistador Lope Hernández de la Guerra, deponen varios testigos de los derrotados en Acentejo. A la pregunta 6-, dicen:
Alonso de la Cruz: «Se pasó mucho trabajo por ser la gente muy valiente y peleaban como castellanos...y el Adelantado y el dicho Lope Hernández y los demás salieron por los montes».

Guillen Castellano: « ... es cosa notoria los trabajos y hambres... y fatigas que pasaron en esta dicha Isla en conquistarla porque los naturales de esta isla eran de mucho esfuerzo... y el testigo se halló en el desbarato de Acentejo, que llaman agora la Matanza... y fue un día de mucho espanto y tristezapara los cristianos...».
Antón Viejo: « ... y fue muchas veces herido, padeciendo mucha necesidad de hambre y sed y comiendo yerbas, palmitos, porque la gente de la isla era muy esforzada, e un día en Centejo, a do dicen la Matanza, pelearon tan fuertemente que desbarataron los cristianos y mataron más de 600 hombres y los que escapamos fuimos maltratados y heridos y el dicho Lope Hernández Guerra salió con dos heridas muy malas y muchos golpes y lo llevaron sus sobrinos travesado en un caballo...».

Otro: «... se falló el día del desbarato e lo vido e que pereció mucha gente... e cristianos que serán 900 hombres entre caballeros e peones que faltarían...».
Otro a la 10": «... se falló al desbarato e vido muertos muchos cristianos e fueron más y murieron muchos de sus isleños e que este testigo se escapó...».

Francisco Buches, a la 6a: «... que en el desbarato deAcentejo murieron más de 600 cristianos y el Adelantado y el dicho Lope Hernández (que trajo tres sobrinos) y los que quedaron se escaparon por los montes mal heridos y este testigo vido al dicho Lope Hernández con dos heridas mortales y muchos golpes de piedra y se entendió que no escapara y lo vido llevar travesado en su caballo al puerto de Sta. Cruz a curar, y fue tanto el trabajo, que se pasaba a cada soldado siete higos de cada ración...».
2 Entre los episodios extraordinarios, que relata Viana de diferente modo, fue el ocurrido al general Lugo por saltarle un guanche sobre las ancas del caballo y aprisionarlo con los brazos por detrás; y del que logró verse libre tendiéndose y dando espuelas al caballo en dirección a las ramas bajas de un árbol, por debajo de las que pasó dejando enganchado al guanche.

Y sin embargo de parecer esta leyenda inverosímil tiene su justificación documental:
«Yo Dn. Alonso... do... a vos Gonzalo Rodríguez... quinientas fanegas de tierra de sequero... en Acentejo entre el barranco del Ahorcado... del camino cara a la mar...». (Datas. Libro 2°. Su fecha: 17 de Junio de 1503).

«Yo Dn. Alonso... digo que por cuanto yo obe dado en repartimiento a Gonzalo Rodríguez mayordomo del adelantado de Sevilla la hoya de la mano derecha bajo la Rambla del Ahorcado...(Data.. Febrero, 19 de 1506). Precisamente este ahorcado a que se refiere viene a quedar donde se libró la batalla.





HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE III



CAPITULO V

AÑO 1494

Segunda invasión de Alonso de Lugo: Organización del segundo ejército español. Desembarco y atrincheramiento del Real de Santa Cruz. Actitud del pueblo de Güímar. Nueva propaganda contra Bencomo y a favor de la emancipación de los siervos: represiones. Concentración del ejército liguero. Segunda campaña de Lugo. Batalla de La Laguna: muerte de Bencomo. El Real de Gracia: incorpóranse a los españoles los aliados güimareros. Sorpresa de La Cuesta y asalto del Real de Gracia. Combate y rescate de 19 castellanos. Real guanche del Peñón. Proclamación de Benytomo al solio de Taoro. Contémplanse ambos ejércitos y retíranse a sus cuarteles de invierno. Funerales de la cabeza de Bencomo y de Tinguaro.

No bien llegaron a la isla de Canaria los sobrevivientes de la derrota de Acentejo, poniendo en obra lo acordado en Añaza, vendió Lope Hernández de la Guerra en 16.000 doblas sus dos ingenios de azúcar, mientras D. Alonso de Lugo contrataba con los genoveses Francisco Palomares, Mateo Viñas, Nicolao Angelata y Juan de Blanco los anticipos en dinero y bastimento necesarios para la conquista de Tenerife, según escritura de 13 de Junio del mismo año 1494 ante el notario público Gonzalo García de la Puebla, bajo la condición «...de que rebajados los costes del armamento se dividirían por mitad los cautivos, ganados y demás despojos que se tomasen, siendo una de estas partes para los asentistas y la otra para la gente de guerra»; otorgando todos poder mancomunado a Gonzalo Suárez de Maqueda, vecino del Puerto de Santa María, para que gestionase en España con cualquier procer que le ayudara, dentro del concierto referido, a levantar por lo menos un cuerpo de tropas de 600 peones y 30 de a caballo. Dice Viana que si bien el poder estaba extendido en dicha forma, era el propósito de Lugo dirigirse al magnate D. Juan de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, como lo hizo en carta particular. Atendida la súplica por el duque, alzaron en Sanlúcar seis banderas de soldados de infantería y un estandarte de caballería1.

En los meses de Agosto y Septiembre quedaron alistados 670 peones, divididos en seis compañías mandadas por los capitanes Bernardo de Chinchones, Hernando de Escalante, Juan de Esquivel, Gonzalo de Soto, Bernardo de Elicona y Juan de Narváez; y 80 jinetes, bajo el mando de Diego de Mesa, siendo Capitán Mayor o jefe de este tercio Bartolomé Estupiñán. Embarcados en seis naves en el puerto de Bonanza, se dieron a la vela el 22 de Octubre y llegaron a la isla de Canaria el 29 del mismo mes.

«Mientras tanto —observa Serra de Moratín— Dn. Alonso de Lugo y sus amigos no habían estado ociosos en Canaria... Su gobernador, Alonso Fajardo, les recluta una compañía de infantería de 100 plazas al mando del capitán Juan Mellan, y D". Inés Peraza, viuda de Herrera, también otra en las islas de su señorío a cargo de Diego Manríquez; formándose con los restos de los vencidos en Acentejo una compañía de infantería española de 104 soldados al mando del capitán Ibone de Armas; otra de 50 formada por los canarios escogidos de Dn. Fernando Guanarteme, que regía su famoso hermano Pedro Maninidra; más 30 jinetes a cargo del capitán Hernando García del Castillo (Gonzalo del Castillo, Vi ana). Estos 400 y pico de hombres formaban un pequeño tercio, del que era Capitán Mayor Lope Hernández de la Guerra».

Por manera que este segundo ejército estaba constituido por 1.100 infantes de tropas veteranas, 100 jinetes y los 30 güimareros sobrevivientes de Acentejo, arrojando un total de 1.230 hombres. Todo listo, salió la expedición del Puerto de la Luz en la tarde del 1a. de Noviembre de 1494 y arribó a Añaza de Tenerife, en la mañana del siguiente día; tardando por lo tanto en organizarse y entrar en campaña cinco meses, a partir de la fecha en que las reliquias del primer ejército abandonaron Tenerife. El primer cuidado del general Lugo fue atrincherar y poner en buen orden de defensa el Real como la vez pasada, con tal actividad que lo consiguió a los pocos días.

Tan pronto llegaron los españoles fue recibida la noticia que los güimareros con clamoroso entusiasmo, apresurándose Añaterve a darles la bienvenida enviándoles algunos presentes y un mensaje con dos sigoñes al general Lugo reiterándole su amistad y apoyo incondicional. Esto es lo que afirma la tradición, por otra parte de acuerdo con el sentido lógico de los antecedentes y los subsiguientes acontecimientos.

Viana, que sus más frecuentes errores los sufre cuando copia a fray Alonso de Espinosa supone, como éste, una actitud especiante en Añaterve y el pueblo güimarero para inclinarse más tarde, en sentido de la victoria entre taorinos y castellanos; duda que ya no era natural ni racional admitir, pues aparte de los agravios inferidos por los primeros, de los que ya no esperaban reparación ninguna, todas esperanzas las tenían en los segundos para libertar a los rehenes, sin contar los sentimientos de venganza cada día más exaltados.

Viene a confirmar este criterio, el coincidir con la aparición del segundo ejército castellano una nueva efervescencia de la opinión entre los siervos, soliviantados otra vez con las ideas de emancipación y la propaganda de apocamiento en contra de Bencomo y a favor de los europeos, pues ambas corrían paralelas, que surgieron por creer los conspiradores hallarse en víspera de vencer al aborrecido rey de Taoro. Pero éste con la misma rapidez y energía que la vez pasada, ahogó el movimiento persiguiendo y ejecutando a los traidores sin contemplaciones.

Esta segunda etapa de activas maquinaciones, la personifica Viana en un espía que se escapó de dos enviados al Real de Añaza por el rey Bencomo, al darle cuenta de lo visto:
.....................................y al fin díjole
estos anuncios de su daño y pérdida:
Ya cesa, Rey, tu cetro y valentía,
y doma tu poder la gente extraña,
decir podrás, no soy quien ser solía,
que es infinito el poder de España;
cumplida si verá la profecía
de Guañameñe, pues nos desengaña
el tiempo con mostrarnos los leones,
y de aquel gran Monarca los pendones.
Irresistible mal, señor, te aguarda
que en sólo imaginar tu orgullo fiero
el ánimo viril se me acobarda,
y no puedo contártelo, aunque quiero:
cuando el fuego de Marte abrasa y arda,
juzgarás el poder del extranjero
que viene apercibido a la venganza,
del daño grande de la gran matanza.
trae nueva gente de socorro agora
con que viene a dar fin a la conquista,
más cada uno aplaque su violencia, y no trate hacerles resistencia. Tengo por imposible la defensa; son nuestras fuerzas con las suyas leves, no dudo su poder al nuestro venza antes de mucho en términos muy breves, peor es la mancilla que vergüenza, mira que darles la obediencia debes,

Suspendióse Bencomo, aunque soberbio al pobre espía amedrentado dice: haciendo en mi valor infame ultraje, del español ejército te espantas de estos aceros limpiaré la herrumbre en su atrevida sangre, pues han sido despojos suyos, que con sus despojos, triunfan de sus placeres mis enojos.

Ya con sus bríos he probado suerte menospreciando aceros, plumas y oro, y no con ello acobardarnos piensen, que solos corazones son quien vencen.

Mas, a soldados, éste que tan presto sin ánimo se siente, acobardado, ved que lo mando yo, cúmplase aquesto, muera severamente apedreado». (Pag. 314)

No bien el rey Bencomo tuvo conocimiento de la llegada del segundo ejército español, acantonó las fuerzas de la Liga en la meseta de la laguna que eligió como centro de operaciones; destacando a la Cuesta o Arguijón avanzada de 30 hombres para vigilar noche y día los movimientos del enemigo. El cometido de este retén de observación era de suma importancia, porque dadas las ventajosas condiciones estratégicas que le ofrecía la referida Cuesta para allí, presentar batalla a los invasores, tenía la consigna de dar aviso a la menor señal nadie podrá creer de este suceso cuan sin sentido vengo amedrentado, de que se ponían en marcha, para bajar con las fuerzas guanches a ocupar los puertos señalados con anterioridad.

Pero aconteció que terminados los atrincheramientos del Real de Santa Cruz, dispuso el general Lugo el 13 de Noviembre un alarde de las fuerzas antes de dar comienzo a la campaña; y como durante el acto descubrieron dos espías ocultos detrás de unos cardones, ordenó a Juan Berriel y Jaime Jovel de a caballo y a los ballesteros Juan Ortega y Diego de San Martín procuraran hacerlos prisioneros. Uno de los perseguidos logró escapar saltando un acantilado del barranco, que fue el ejecutado por Bencomo como ya hemos dicho, pero el otro fue detenido por Berriel atravesándole un muslo de un tiro de lanza. Llevado al Real le obligaron a confesar que Bencomo se hallaba acampado en la laguna, para bajar a la Cuesta a presentar batalla al primer anuncio de que se movían los castellanos.

Al conocer el general estas revelaciones convocó un consejo de guerra y acordaron, bajo la más estrecha reserva, que D. Fernando Guanarteme se quedara custodiando el Real con un destacamento y que a la madrugada marchara el ejército en silencio para sorprender la avanzada de la Cuesta y ganar La Laguna burlando el plan de Bencomo. La índole de la operación exigía tal secreto que la ocultaron al ejército hasta el momento de ponerla en práctica, revelándonos esta medida dos circunstancias que importa consignar: 1a, el respeto que a los castellanos merecía el enemigo; y 2°, que los aliados güimareros no supieron la sorpresa que preparaban, ¡ni tenía objeto ni era prudente se las diera a conocer Lugo!, siendo por lo tanto materialmente imposible pudieran concurrir a la batalla, diga lo que quiera fray Alonso de Espinosa.

El éxito de lo concertado fue tan grande para los españoles como la sorpresa para el rey Bencomo. Hallábase éste en la laguna confiado en el destacamento de la Cuesta, cuando de pronto en la amanecida del 14, tres fugitivos de los sorprendidos le dieron la noticia de que llegaban los españoles en son de guerra pisándoles los pies. Avisado el Rey Grande con tan inesperada novedad, mandó a ahorcar a los mensajeros por no haber cumplimentado la consigna y empezó a dar órdenes para remediar en lo posible tan grave descuido; porque no se ignora que la excitación revolucionaria de los siervos fue la causa que le obligó a aceptar la batalla en terreno tan favorable a la caballería, cuyos efectos conocía muy bien, aparte de su confianza en la victoria.

Apreciase en 5.000 hombres las fuerzas disponibles de la Liga, que distribuyó Bencomo en cuatro cuerpos: uno de 1.000 plazas al 120

Fotografía 1.—Ladera E. de la montaña Sejéita o de San Roque. Por este lugar ascendieron los castellanos a la referida montaña, durante la Batalla de Agüere.

mando del rey Beneharo, a quien ordenó marchara ocultamente por detrás de la sierra Sejéita (San Roque) y se emboscara cerca de la Cuesta para caer sobre los españoles cuando fueran en retirada; reteniendo los otros tres cuerpos para entrar en batalla. Al frente de uno de éstos puso al rey Acaymo y a su hermano el célebre Tinguaro; de otro a los achimenceyes Tegueste y Sebensuí, reservándose el tercero para conducirlo en persona al enemigo. Desplegáronse estas fuerzas a derecha e izquierda sobre el terreno comprendido entre la Cruz de Piedra y la ermita de San Cristóbal, según Marín y Cubas «dispuestas en dos escuadras. Traían armas de acero, espadas, rodelas, chuzos y algunas banderas tendidas».

El general Lugo después de ordenar a los capitanes Juan Benítez y Solórzano del Hoyo que con 200 hombres guardasen el Real de Gracia, avanzó con el ejército formado en batalla y antes de romper las hostilidades envió una embajada al rey Bencomo ofreciéndole la paz con las condiciones que ya conocemos, y rechazadas, dióse comienzo a la batalla a cosa de las 7 de la mañana:

«Los guanches —dice Marín y Cubas— haciendo una ala acometieron con grandes voces, pedradas y dardos tirados a mano y montantes de palo». El ruido era espantoso. Por una parte los indígenas cargaban lanzando gritos y ajijides y por otra las cajas y clarines tocaban ataque, lo que unido a las voces de mando y a las invocaciones a
todo cuello «a los santos y a la Virgen del Rosario», ensordecían. «Alonso de Lugo en altas voces llamaba al Arcángel de San Miguel y Nuestra Señora de las Nieves y otros a Santiago».

Fue tan dura la batalla, dice Núñez de la Peña, «que se juzgó no quedase vivo ninguno». «Tan brava, tan reñida y peligrosa —observa fray Alonso de Espinosa— que duró muchas horas con dudosa fortuna, porque cada parte peleaba con mucho coraje y ánimo denodado...Peleóse este día valerosamente y con mucho trabajo, porque era tanta la resistencia que los guanches hacían y tanta ligereza y desasosiego con que peleaban, que no daban a los nuestros sosiego alguno ni lugar de resollar». Según Marín y Cubas «los caballos les derrotaron muchas veces y fue la victoria dudosa por dos o tres veces», pero... «como... a las 10 del día se fue reconociendo flaqueza en el enemigo». «Al fin la victoria que... había estado neutral mirando quien mejor lo hacía —agrega fray Alonso de Espinosa— se hizo de nuestra parte y se declaró por nuestra; y aunque no sin mucho daño y muertes de los nuestros, los guanches fueron desbaratados, vencidos y echados del campo con mucha pérdida de su gente».

Como casi siempre sucede, los autores no están de acuerdo en las pérdidas de ambos ejércitos, porque es bien conocida la tendencia a disminuir las propias y a aumentar las del enemigo. Mientras Marín y Cubas dice «que murieron casi 200 cristianos, muchos heridos y caballos muertos y heridos más de 20, y los enemigos más de 2.600 sin muchos heridos huidos». Viana refiere que las bajas españolas fueron 45 muertos (12 ballesteros, 15 piqueros y 10 de a caballo), saliendo heridos casi todos los del ejército «de piedras, dardos o bastones gruesos», y las de los guanches 1.700 sin especificar los muertos y heridos.

Todas estas cifras las reputamos exageradas. Atendiendo a varias consideraciones y a lo que se vio al par de días en el campamento guanche del Peñón, no creemos que los indígenas tuvieran más de 400 ó 500 muertos con algunos centenares de heridos. Prescindiendo de la incoherencia e incertidumbre que reina en todos los particulares de nuestros historiadores, tal vez el número de bajas pueda avalorarse aproximadamente atendiendo a la causa probable de la derrota de los guanches, porque un ejército no sufre tantas pérdidas en el campo de batalla como si es desbaratado y perseguido de cerca por el vencedor.

Indican algunos que la batalla la ganaron los castellanos por el inesperado refuerzo de 250 hombres, procedentes de los Reales de Santa Cruz y de Gracia, que dejaron desguarnecidos contraviniendo las órdenes del general. Efecfivamente; parece que el jefe del destacamento del Real de Santa Cruz, D. Fernando Guanarteme, en alas del cariño que tenía al Adelantado y en la penosa incertidumbre en que estaba del resultado de la batalla, levantó su gente en dirección a la laguna, y al pasar por el Real de Gracia se le unió la guarnición de 200 castellanos y se lanzaron todos a la pelea, a pesar de la oposición de los capitanes Benítez y del Hoyo. Otros afirman que el triunfo fue debido a la caballería, y la generalidad al valeroso esfuerzo de la totalidad de los combatientes.
Aún respetando todas estas opiniones, pues la suma de ellas pudieron ser causa determinante de la victoria, creemos sin embargo que para la solución del problema hay que tener presente las circunstancias de ambos beligerantes. Todos están contestes en que los dos ejércitos se batieron heroicamente y que por dos o tres horas estuvo indeciso el triunfo; y no obstante, como en toda batalla, algo resuelve la lucha en sentido favorable o adverso y ese algo es lo que tratamos de escudriñar. En medio de tanta confusión, después de cotejar a los autores y traído a cuento las tradiciones relacionadas con esta función de guerra, tres hechos se destacan con cierta precisión; 1°: Que después de la batalla acampó el ejército guanche en el Peñón, donde no sólo esperó a los castellanos sino que éstos no se atrevieron a atacarlo en sus posiciones; lo que nos revela que ni era escaso en número ni se hallaba desmoralizado como suele acontecer poco después de una derrota.

2°: Que los españoles ganaron el campo de batalla, pero no persiguieron a los vencidos, como parece natural lo hicieran, por lo menos para ocasionarles bajas en terreno tan apropiado para la caballería. Y una de dos, o los guanches no fueron echados tan desbaratados como dice fray Alonso de Espinosa, o el general Lugo se contentó con el mayor triunfo que pudo alcanzar, que fue la muerte del Rey Grande, que valía bastante más que ganar una batalla; y 3": Que la caballería, fuerte en 100 jinetes, se distinguió ese día de modo notable cargando sobre los núcleos más nutridos.

Ahora bien, cuenta la tradición que estando desplegados ambos ejércitos para entrar en batalla el general Lugo, con gran astucia, envió una embajada al rey Bencomo reiterándole las proposiciones de paz que ya le habías ofrecido, hecho que confirman los cronistas; pero lo que éstos no añaden, es que dice que el principal propósito era conocer el lugar que ocupaba el Rey Grande, porque la caballería tenía la consigna de perseguirlo y hacer los mayores esfuerzos para apoderarse de su persona, por considerarlo la clave de la conquista de la isla (1).

No sabemos qué valor pueda concederse a esta leyenda, pero lo que si es histórico es que Bencomo se encontró aislado batiéndose con una pica a la vez, según unos con siete soldados de caballería, según otros con cuatro, y en opinión de Marín y Cubas de diez a doce; sobre el espacio de terreno que se encuentra entre el Tanque de Abajo y el barranco del Rey o del Drago, y que hallándose herido además de cansado trató de ganar el referido barranco, cuando se le atravesó Pedro Martín Buendía y le hundió la pica en el pecho. ¿No podría ser la muerte de Bencomo, que debió saberse al momento, la causa mediata de la derrota de los guanches? La noticia recorrió pronto las filas de los ligueros, porque también es legendario que Benytomo, el primogénito del Rey Grande, que se hallaba en la refriega algo apartado, despachó en el acto a Taoro un sigoñe con órdenes reservadas. Fuera o no la causa eficiente de la pérdida de la batalla, lo que es indudable que la muerte de Bencomo debió producir en su ejército una impresión profunda.

Un siglo después de estos acontecimientos ya estaban en desacuerdo los cronistas respecto de si fue Bencomo o Tinguaro a quien mató Buendía, como defienden respectivamente fray Alonso de Espinosa y Viana. Unos dicen que al pedir el muerto gracia al soldado, pronunció las siguientes palabras: «zhucar guayoc, archimencey reste Bencom, sanet vander relaz naceth zahañe», o sea «no mates al hidalgo, hermano natural de Bencomo, que se te rinde»; mientras observan otros que el soldado Buendía no interpretó bien las palabras, porque los más próximos entendieron mencey en lugar de archimencey.

Aseguran de que el origen de esta confusión nació de que eran muy parecidos; pero a nuestro juicio, si no andan erradas las tradiciones como parecen no estarlo, dependió de que ambos cayeron en el campo de batalla, Bencomo muerto y Tinguaro mortalmente herido al extremo de fallecer a los dos o tres días. ¡Eran figuras muy salientes para que nacieran dudas de haber sobrevivido cualquiera de los dos! Tales equívocos no existieron en tiempo de la conquista como lo prueban declaraciones de testigos presenciales que aseguran murió Bencomo en la batalla2; sepultándose con él el aliento de vitalidad que llenaba la isla. Pero hay más. Siendo tan bien definido el carácter del Rey Grande, incapaz de solicitar benevolencia del que atentaba a su patria y a su trono, tenemos por apócrifas las palabras de clemencia que suponen dirigió a Buendía, ¡tal vez inventadas más tarde por sus irreconciliables enemigos los güimareros para infamar su memoria! ¡Las calumnias eran recíprocas y frecuentes entre güi-mareros y taorinos!
También salió herido de la batalla el rey Acaymo, que con el infante Tinguaro, lo llevaron en hombros hacia Tacoronte.

Cuanto al ejército castellano, se replegó al Real de Gracia llevándose el cadáver del Rey Grande; llegando en la tarde del mismo día el cuerpo auxiliar de güimareros, que fue recibido con aclamaciones de júbilo. Por el estado de la tropa a consecuencia de la batalla, el general Lugo le encomendó la guarda del Real como puesto de confianza. Dice Viana que esta fuerza la constituía 2.000 hombres, pero a nuestro juicio es una cifra exagerada, no pasando probablemente de 600 o 700 hombres; fuerza, que repetimos, le fue imposible hallarse en la batalla librada entre 7 y 12 de la mañana; porque aún concediendo que el general Lugo les avisara después de la sorpresa de la Cuesta, las 4 leguas que distaba la corte de Añaterve y el tiempo indispensable para reunir los contingentes y marchar sobre La Laguna explican la tardanza. Lo que refiere fray Alonso de Espinosa de que presenciaron el combate desde una montaña para decidirse después en favor del vencedor, tiene todos los visos de una calumnia de los taorinos para motejar de cobardes a los güimareros, y de una simplicidad de fray Alonso en repetirla3.

Todo el día 14 lo pasó el rey Beneharo emboscado cerca de la Cuesta, dispuesta su columna en dos escuadras, pero como cerrara la noche sin ocurrir ningún suceso, ya pensaba retirarse para adquirir noticias cuando sintió ruido de gente y de caballos que bajaban en dirección del Real de Santa Cruz. Era un convoy de 7 heridos graves con una escolta de 12 soldados, por mitad ballesteros y de caballería. Beneharo los asaltó repentinamente y después de un combate en el que todos los españoles resultaron heridos y los guanches sufrieron una baja de 13 muertos y 26 heridos, entre éstos el rey, fueron hechos prisioneros los castellanos y conducidos a una cueva no muy lejana, donde, según Viana, los dejaron custodiados por un centenar de hombres. Por más que Beneharo quiso inquirir noticias de los prisioneros respecto a los sucesos de la laguna no pudo lograrlo, ya porque no se entendían o bien que los castellanos por industria aparentaban no entender.

En esta incertidumbre o porque al fin supiera lo acontecido propúsose asaltar el Real de Gracia, para lo que ganó la altura por encima del Lomo de la Arena. El choque fue violento resistiendo el primer empuje los güimareros, batiéndose unos y otros con furiosa saña, hasta que acudiendo los castellanos fueron rechazados los asaltantes con perdida por ambas partes de muertos, heridos y de algunos prisioneros ana-gueses. Por éstos se enteraron del convoy pocas horas antes apresado en la Cuesta y del lugar en que estaba guardado por un destacamento.

Para rescatar a los prisioneros castellanos, dispuso el general que a la amanecida partieran Pedro de Vergara y Lope Hernández de la Guerra con 25 caballos, 100 infantes y una escuadra de auxiliares güi-mareros, guiados por dos de los prisioneros anagueses: «Al llegar al borde del barranco donde se hallaba la cueva-prisión, vieron que estaba situada en un escarpado andén en mitad de una rápida pendiente (dice Serra Moratín), y que los 100 guanches que la guardaban habían levantado una pared de piedra seca tras la que se atrincheraron. Ante tal dificultad, Guerra y Vergara dispusieron que unos 20 o 30 güima-reros dando un rodeo procuraran subir a la parte más alta del barranco y arrojaran grandes piedras sobre los anagueses». Los guardianes tuvieron que abandonar el puesto y ganar el fondo del barranco, logrando escapar después de trabar combate con los españoles. Éstos encontraron a los 19 prisioneros tendidos en el suelo con las manos y pies atados, sin haber recibido otro daño.

La muerte del insigne Bencomo fue un suceso culminante que produjo en toda la isla una especie de estupor, ¡como si se hubiera derrumbado la patria!, flotando en el aire algo así como un sentimiento universal de que había finado la encarnación de los grandes ideales. Pero como en todo lo humano al fin sobrevino la reacción y corrieron las pasiones cual por espita abierta con tanta más violencia cuanto más retenidas estuvieron: el odio de los güimareros estalló sin medida; los confederados del Sudoeste se mantuvieron a la defensiva dejando por medroso egoísmo a los ligueros que se desangraran en su contienda con los españoles, porque les alarmaba el armamento europeo que poseían, y se envalentonaron tanto los siervos que ya casi miraban sin rebozo a los nobles. Solamente éstos y muy especialmente sus jefes de la Liga se sostuvieron a la altura de las circunstancias, pues la pena y contrariedad que sufrieron no fue óbice para dejar de tomar las medidas aconsejadas por la situación. Proponiéndose no perder de vista al ejército castellano mientras acampara por la meseta de La Laguna, ya para embestirlo aprovechando coyuntura favorable o bien para distraerlo con el fin de que no emprendiera correrías tras del ganado, es tablecieron su Real del Peñón, donde a las pocas horas se hallaban reunidas todas las fuerzas útiles consistente en unos 4.000 hombres.

En este campamento y en la misma noche o al siguiente día de la derrota de La Laguna, pues las tradiciones únicamente dicen a las pocas horas, la nobleza del reino de Taoro en cumplimiento de sus costumbres legendarias convocó el Beñesmer y proclamó mencey de Taoro a Benytomo, hijo primogénito del Rey Grande y achimencey que era del Araotava. Después de su exaltación al trono fue nombrado por Acaymo y Beneharo, jefe de la Liga.

Era Benytomo hombre de grandes alientos y guerrero valeroso, pero sin aquellos prestigios ni supremo don de mando de su padre, único entre los guanches capaz de salvar a la patria mientras alentara. Cuéntase que en el primer tagoro o consejo celebrado por los reyes y grandes de los tres Estados bajo la jefatura de Benytomo, acordaron aleccionados por la batalla de la laguna no presentar ni aceptar combate alguno donde jugara la caballería, ni llevar las añepas reales ni enseñas a los campos de batalla, ni abandonar como solían sus posiciones para atacar cuando eran provocados por los españoles.

Noticioso el general Lugo de la situación del ejército guanche, después de ordenar quedara custodiando el Real de Gracia la mitad del cuerpo auxiliar güimarero con una compañía de peninsulares, movió sus fuerzas en dirección del enemigo acampado en el Peñón. Llegados los castellanos hicieron alto en orden de batalla y envió el Adelantado a D. Fernando Guanarteme con un mensaje para el rey Benytomo, «a le requerir que se diese e tornase cristiano e que le faría toda la cortesía que quisiese...», cuya respuesta negativa como ya dijimos en una nota, motivó un segundo mensaje con el mismo Guanarteme y Pedro Mayor, llevando la cabeza de Bencomo clavada en una pica, para decirle de parte del general: «Que aquella cabeza le sirviese de escarmiento, pues si no se sujetaba al Rey de España con otro tanto le amenazaba»; a lo que contestó Benytomo: «Diréis a vuestro capitán que esta cabeza no me espanta, que donde quedó el cuerpo la pueden poner, y que cada cual mire por la suya». Entonces los españoles empezaron a provocarlos al combate y los guanches a ellos, actitud que sostuvieron como cosa de dos horas, pero sin abandonar ninguno de los ejércitos sus respectivos campos; hasta que de pronto el tiempo que estaba de invierno comenzó a llover a cántaros, y los españoles dejando la cabeza de Bencomo contramarcharon el mismo día al Real de Santa Cruz para establecer sus cuarteles de invierno.

Con la retirada del ejército castellano se disolvió el de la Liga, encaminándose sus contingentes a sus respectivos tagoros, menos los reyes y proceres que acompañaron a Benytomo con la nobleza taorina, para conducir la cabeza del Rey Grande a la corte de Taoro y asistir a los funerales, así como a la proclamación oficial del nuevo rey terminadas las exequias. Es tradicional que las exequias de la cabeza de Bencomo y de Tinguaro se hicieron a la par, de donde la frase que hemos oído a viejos: «Se parecieron en la muerte como en la vida».

Viana toca este asunto pero refiriéndose solamente a Tinguaro, porque creyó equivocadamente fue muerto en el campo de batalla y que era su cabeza la que dejaron los españoles en el Peñón, como puede apreciar el lector en las estrofas que le dedica. Nosotros las reproducimos pero suprimiendo aquellas con las que no estamos conformes y sustituyendo los nombres propios en armonía con la verdad histórica, que escribimos con letra «bastardilla (negrita)» para indicarlo:

«Dejaron la cabeza de Bencomo los españoles en el propio sitio donde hicieron alto en Tacáronte, y Benytomo, su hijo, con designio de mirlarla a su modo, y celebrarle funerales exequias en Taoro, mandó que la llevasen con gran pompa puesta sobre unas lanzas y pellejos a modo de ataúd, el rey Acaymo, Tegueste, Sebensuí o el gran Sigoñe y así con ella en medio del ejército su camino siguieron a Taoro, haciendo grande llanto y sentimiento. En este tiempo por el gran peligro que el ganado corría en el distrito de la laguna y valle de Tegueste, por las entradas que continuo hacían los españoles en aquellas partes, todos los ganaderos y pastores pasaron sus rebaños a los términos de Sebensuí, remotos y apartados.

Estaba todo el reino de Taoro, alborotado con la triste nueva de la batalla y muerte de Bencomo; salen los naturales sin concierto a recibir.........................
al destrozado ejército vencido, y ala cabeza que con digno mérito lo fue de todos, llega a los confines de la alterada corte y real alcázar el bando y muchedumbre de soldados, heridos unos, maltratados otros, y todos con intento vengativo.

y en medio cercan la ataúd funesta
que en hombros de los reyes y dos grandes
demuestra la cabeza rodeada
con gamuzadas pieles de corderos;
alzan el grito y el lamento triste
los unos y los otros con lástima;
los duros corazones se enternecen lloran los más crueles de los rústicos y los más graves de la hidalga gente, lloran los valerosos capitanes.
hasta acercarse al suntuoso alcázar.
Sobre una acomodada y alta peña
estaba hecho con soberbia pompa,
ornado y bien compuesto, el grande túmulo,
cubierto en torno de curiosas pieles
de negros corderillas, gamuzadas;
con solemnes y antiguas ceremonias,
sacando la cabeza venerándola
del ataúd, le hacen a su modo
la untura de manteca que se usaba
para mirlarla..............
ponerla luego entre olorosas yerbas
quedan en guardia suya cien soldados; duró después siguientes quince días, en que quedó mirlada, el triste luto y el sentimiento de la adversa suerte; mostrábanla a la diez de la mañana, estando convocado todo el reino, de nuevo alzando los sentidos gritos, los gemidos, suspiros y los llantos, diciendo a voces: «Tanaga, guayoch¡Mencey! Nahaya Dir hanido Sahet chunga pelut», que significa: «El valeroso padre de la patria murió, y dejó los naturales huérfanos»

Pero es lo extraño de lo transcrito de Viana, que tanto por los conceptos vertidos, como por el número de días que duraron las exequias y las frases guanchinescas que aparecen al fin, se refieren a un mencey o rey y en manera alguna a un infante como Tinguaro.

NOTAS

' En la información de nobleza de Bartolomé de Jovel, aparece un testimonio del socorro suministrado por el duque, en que se lee: « ... para que constase de cómo el dicho señor Duque envió y socorrió los dichos seis navios armados de seiscientos y cincuenta hombres de a pie y los demás caballeros y gente de guerra en servicio de sus altezas, como todo más largamente consta y parece por el dicho testimonio...».

El testimonio fue sacado de un Libro de Cuentas de la casa del señor Duque de Medina Sidonia, año de 1494 y en la orden «... de los caballeros que vinieron a la dicha conquista, parece que la nao de Juan Esquivel e luego cabe y sucesive el dicho Jaime Jovel, que dice en esta guisa: en la de Juan desquivell el capitán Juan Desqui-vel/ Jaime Govel; e después de escritos y asentados los caballeros de cada navio, sigan de susodicho es dicho abajo con los peones de la dicha armada...».
Sin embargo, con posterioridad a este testimonio se encontraron otros más detallados que son a los que hacemos referencia arriba.

2 Reproducimos el testimonio de un testigo presencial , ha pocos años encontrado en el archivo del conde de Vega Grande de Las Palmas. El atestado lo transcribimos enmendando los errores que tiene de pronunciación o de personas, pero que a la vez los damos a conocer íntegros dentro de paréntesis como los trae el original; errores fáciles de explicar en un testigo que procuraba recordar nombres bárbaros 30 años después de los acontecimientos.

El testimonio a que nos referimos es la declaración del conquistador Juan Bravo, en la información de nobleza de Da. Margarita Fernández Guanarteme, practicada en 1526 ante el Teniente de Gobernador de la isla de Canaria por Francisco Pérez Espino, por delegación de Martín Fernández Cerón, Justicia mayor de la isla:

« ... Que vido al dicho Dn. Fernando Guanarteme, que decían el Rey de Canaria, que fue allá a la conquista de Tenerife para ayudarla a ganar para los Reyes Católicos, nuestros señores, e que llevó e tenía consigo e debajo de su mando e ovedien-cia en la dicha conquista de Tenerife 30 hombres, poco más o menos, canarios naturales de la Gran Canaria, sus parientes, y con sus armas, e que este testigo no sabe si los dichos hombres los llevó a su costa, más de cuanto vido que el adelantado Capitán Dn. Alonso de Lugo les daba de comer. E que vido este testigo que el dicho Dn. Fer nando Guanarteme por mandado de dicho adelantado e capitán fue donde estaba el Rey deAnaga, Rey guanche, el cual estaba de pases, a le decir e requerir que se viniese ayuntar con el dicho adelantado e los cristianos, porque se temía de él, e que el dicho Guanarteme fue dos veces al dicho Rey de Anaga e entre los guanches, hasta que hizo venir a el dicho Rey de Anaga al Real de los Cristianos, e que después, cuando fue el día del desbarato de los guanches, cuando mataron a el Rey Grande que se llamaba Bencomo (el documento dice Benitomo) de Taoro, el adelantado e Capitán por traer a los guanches al conocimiento de la fe de Cristo e porque se diesen sin más riesgo a muerte de gente, mandó ir al dicho Guanarteme a el Rey Benytomo (dice Bentor), hijo del Rey Bencomo (dice Benitomo), a le requerir que se diese e tornase cristiano e que le jaría toda la cortesía que quisiese, e que el dicho Guanarteme fue el dicho Rey Benytomo (dice Bentor) entre los guanches, y le fabló porque sabía la lengua de guanches e volvió con respuesta al Real diciendo que el dicho Rey Benytomo (dice Bentor) no se quería dar, como pareció después que no se dio hasta que la tierra no se dio por fuerza de armas, lo cual sabe porque lo vido e pasó en presencia de este testigo en la Conquista».
«¿.....?
Que sabe que trabajó allí bien el dicho Guanarteme en servicios de sus altezas e que se mostró allí muy leal a los cristianos, e que este testigo vido el día que los guanches fueron desbaratados (que el desbarato fue saliendo de Santa Cruz a La Laguna, donde es la Ciudad de San Cristóbal) estando el adelantado aquel día arriba en La Laguna peleando con los guanches, la gente del Real de Santa Cruz salió en socorro del dicho adelantado; en el camino estova un caballero que se decía Hernando del Hoyo e otro que decían Juan Benítez, defendiendo que gente ninguna subiese de allí arriba, temiendo o creyendo que el adelantado era muerto, con la gente que consigo tenía e mandándoles e forzándoles que volviesen a favorecer o mamparar la torre o Real, porque si el adelantado fuese desbaratado e los guanches viniesen al Real lo fallasen a recaudo, y estando en estas razones juntáronse allí bien doscientos cincuenta hombres de pelea, e llegó el dicho Dn. Fernando Guanarteme con veinticinco o treinta hombres de los naturales e los dichos caballeros le requirieron e defendieron que no subiese arriba a la laguna donde el adelantado estaba, sino que volviese a amparar la Torre, e que este testigo oyó decir al dicho Guanarteme que no había de parar hasta que viese la cara del adelantado e capitán general muerto o vivo como quiera que estuviese, e luego se puso en armas, por manera que hizo lugar por donde salió él y su gente, e más doscientos peones e caballeros castellanos que allí estaban, y aunque pesó a los caballeros fueron al socorro del adelantado e entraron todos en la batalla e desbarataron los guanches e ovieron vencimiento e vino vivo el adelantado. Que es esto lo que sabe de esta pregunta».

Esta declaración confirma la muerte del Rey Grande o Bencomo; por más que Tinguaro, repetimos, murió a los pocos días de las heridas.

3 Realmente fray Alonso de Espinosa carecía de sentido analítico y hasta de esa curiosidad innata en averiguar el porqué de los hechos. Hablando de la batalla de La Laguna, dice:

«Aconteció que como los peones ballesteros disparasen sus ballestas y con los pasadores hiciesen los enemigos daño, aunque poco porque como no están quedos peleando sino corriendo de un cabo a otro no les podían hacer tiro cierto ¡los guanches que no entendían el artificio cómo se tira el pasador y no oían más que el sonido o es
tralla que daba la cuerda, tomaban el pasador o virote con la mano, y haciendo aquel sonido con la boca, arrojaban el virote con la mano hacia los nuestros pensando que en el sonido estaba la fuerza!...».

Fray Alonso de Espinosa tal vez hubiera prestado mejor servicio a la historia, de enterarse que los guanches tenían la costumbre de lanzar un grito de triunfo o de coraje siempre que arrojaban un banóte o dardo al enemigo, grito tanto mayor cuanto más certero creía el tiro; y nada tiene de extraño que hicieran con los virotes que recogían lo que con sus jabalinas o bañóles.

ANOTACIÓN

(1) Vid. Anexo Documental n.° V.

HISTORIA DEL PUEBLO GUANCHE TOMO III





CAPITULO VII

AÑO 1495

Breve síntesis sobre las respectivas situaciones de guanches y españoles con relación a los sucesos ulteriores. Tercera campaña de Lugo. Combate de Las Peñuelas. Refuerza al ejército invasor unos dos mil voluntarios españoles. Escasez de víveres. El Real de La Laguna. Replegase el ejército al Real de Santa Cruz. Nueva penuria por escasez de vituallas. Resolución desesperada de los nobles ligueros. Batalla de La Victoria y sus consecuencias.

Anticipándonos a los sucesos vamos a dar una breve síntesis sobre las respectivas situaciones de guanches y españoles, para orientarnos respecto a las causas que determinaron el natural desarrollo de los acontecimientos hasta la conquista de la isla, que repetimos no fue por fuerza de armas como hacen entrever los cronistas y aún algunos interesados en sus informaciones de nobleza por estimarlo más honroso.

Ya dijimos que mientras vivió Bencomo fue como el eje alrededor del cual giraban sordamente la enemistad y el temor de los demás soberanos, los odios güimareros y la efervescencia de los siervos en sus avances de emancipación, pero que al desaparecer tan abrumadora personalidad desatáronse las pasiones en razón directa de lo que estuvieron refrenadas; con especialidad los siervos o villanos, más propiamente esclavos, que rompieron con su antigua mansedumbre.

Para comprender este movimiento social hay que tener presente sus condiciones de vida. Según las instituciones el noble guanche no tenía más ocupaciones que la guerra y la administración pública. Estábale prohibido todo trabajo manual como el labrar la tierra, el pastoreo, ordeño del ganado, oficios menestrales, etc., al extremo de que a la menor infracción quedaba descalificado con pérdida de los privilegios. Por esto la ley, en relación con la categoría de cada noble, le tenía adscrito uno o más siervos como bestia doméstica de trabajo para atender a sus necesidades. Está por demás añadir que el siervo no se le reconocía ninguna clase de derechos civiles, políticos, ni sociales, hasta el punto que dentro del régimen socialista en que estaban organizados no figuraban para el reparto de materias alimenticias, sino que dejaban cierto margen en la de los nobles para que los racionaran.

Al concepto de esclavitud que esta condición de servidumbre de los villanos merecía a Diego de Herrera, se debió su acto impolítico de disponer de los 81 que les facilitaron los reyes para los trabajos de la casa de contratación áeAñaza.

Pero los siervos además de estar privados de todos los derechos y de soportar la pesadumbre de todos los trabajos, eran también utilizados como hombres de guerra. Es de presumir les agitaran de antiguo las ideas de emancipación, cosa que no se sabe aunque es probable más en la época a que nos referimos la propaganda de los españoles y los mismos campos de batalla les abrió los ojos, cayendo en la cuenta que a la par daban sus vidas por la patria y por la defensa de los aborrecidos privilegios, por lo que que clamaron contra éstos. Lo particular del caso no estuvo en que acogieran la doctrina contra la servidumbre prometida por los españoles, sino que siendo los invasores los que les ofrecían garantías de realizar la reforma, arraigó a la vez en los villanos las ideas de redención y de independencia.
Compréndese, por lo tanto, que los siervos se avisparan por una aspirada mejora que los sacaba de su miserable condición; así como el horror que sentía la nobleza por estas aspiraciones niveladoras, que sólo podemos avalorar por lo que hace 50 años experimentaba un blanco cuando su esclavo negro le hablaba de igualdad de derechos; como también se comprende el partido que podía sacarse de esta irritante tensión de ánimo entre nobles y siervos, así como de la enemistad de unas naciones con otras, fomentándolas con habilidad y haciéndoles imposible la vida común dentro de sus legendarias instituciones.

Frente a tales conflictos guanches hallábase indudablemente un enemigo astuto. Tuvo el general Lugo el mérito de hacerse cargo del estado de cosas y la gran virtud de la constancia para sostener su plan a prueba de las mayores privaciones, de los desdenes de los émulos y hasta de la calumnia de sus detractores, que lo motejaban por la lentitud de sus operaciones militares. Aspiraba a conquistar una isla en que sólo dominaba lo que pisaba, sin poblaciones que tomar, quebrada y montuosa con un principal camino o trocha que no le llevaba a ninguna parte; no debiendo aventurar su ejército en los bosques, desfiladeros y barrancos por otro lado sin objetivo estratégico, ni fraccionarlo ante un enemigo tan osado como valeroso que lo acechaba sin descanso; lo que unido al convencimiento de que no lograría reducirla por fuerza de armas dados sus recursos, hay que reconocer tuvo un gran acierto en la conducta que se trazó como ya dijimos: permanecer acantonado cuanto era posible en el Real de Santa Cruz; recorrer algunas veces al año la trocha con su ejército en orden de batalla incitando a los guanches al combate y sostener con los triunfos su influencia moral, mientras azuzaba por todos los medios las disensiones internacionales y sociales.

Ya referimos cómo después de la batalla de La Laguna marchó el ejército español sobre el Real guanche del Peñón, donde durante dos horas se provocaron al combate pero sin abandonar ninguno sus respectivas posiciones; hasta que al fin un aguacero determinó al general Lugo levantar el campo para contramarchar al Real de Gracia y de allí, el mismo día, al de Santa Cruz.

Según los autores los fríos, tormentas y lluvias mantuvo recluido al ejército hasta fines de Enero del nuevo año de 1495, en que el general Lugo quiso abrir su tercera campaña disponiendo que una fuerte columna de 500 infantes y 40 caballos, mandada respectivamente por Hernando Trujillo y Gonzalo del Castillo, practicara un reconocimiento por la laguna y campos limítrofes, procurando a la par apoderarse de algún ganado porque ya sentían un tanto la escasez. Prescindiendo del supuesto cuadro lúgubre que se encontraron los expedicionarios en la laguna, de los perros devorando los cadáveres abandonados como dicen los cronistas y que nosotros no creemos, como cuanto acontecía por aquella época revestía el aspecto de lo extraordinario, añaden que los soldados oyeron a una mujer que les gritaba en lengua guanche desde lo alto del risco de la Atalaya: «¿Qué hacen cristianos! ¿Cómo no entráis y os apoderáis de la tierral Todos los guanches se van muriendo y no hallaréis con quien pelear».

Tal incidente nos parece poco serio y hasta una prueba improvisada del soñado espectáculo de muertos insepultos, pero como no afecta a lo sustancial seguiremos a la expedición, copiando a Serra de Mora-tín, que a su vez lo hace de Viana:

«Dudaron... los jefes de lo que decía aquella mujer, pero habiendo subido «... las Peñuelas descubrieron a sus pies, y en el mayor silencio, el valle de Tegueste; y a excitación de Castillo determinaron bajar a él. Sólo encontraron chozas y cabanas abandonadas, en las que había pequeñas cantidades de gofio, queso y cebada; pero oyendo lamentos en una cueva cercana penetraron en ella y encontraron a un anciano venerable, que acompañado de una niña y dos niños se deshacían en lágrimas junto al cadáver de su madre que acababa de morir... Por este viejo se enteraron de que el príncipe Zebenzuy y el mencey ¡Tegueste! se encontraban en el barranco de Tejina; y que la mayor parte de los ganados se hallaban recogidos detrás de las montañas que se ven en el centro del valle. Con tal noticia tomaron los españoles el camino de la Goleta y se echaron sobre los referidos ganados. De retorno volvieron a la cueva en que habían encontrado al viejo, el que en su ausencia había matado a los tres niños y él se había atravesado un dardo de tea por el vientre, pues más quería (tales fueron sus palabras) perecer con sus hijos que verse con ellos en una esclavitud desdichada».

Recelosos los españoles del silencio que les rodeaba, Hernando Trujillo dividió las fuerzas en cinco columnas de a 100 hombres, que precedida de los batidores rompieron la marcha escalonadas, apoyándose unas a otras, colocando la caballería a retaguardia y conduciendo el ganado apresado entre la cuarta y quinta columnas postreras. Mientras tanto el achimencey Tegueste y su hermano Sebensuy se habían emboscado con 1.200 hombres (cifras que dan los autores y creemos muy exagerada). Aunque de lo alto de Las Peñuelas observaron el buen orden que llevaban los castellanos, embistieron repentina y furiosamente.

El resultado del combate fue 60 guanches y 12 españoles muertos, muchos heridos por ambas partes y prisionero el capitán de a caballo Gonzalo del Castillo; a quien le mataron el caballo de una pedrada. Durante la refriega el rebaño apresado se dividió en dos manadas, una que se corrió al valle de Tegueste que recobraron los indígenas, y la otra ganó la vega de La Laguna que después se llevaron por delante los españoles. Cuanto al prisionero el capitán Castillo, fue enviado por Tegueste al rey de Taoro Benytomo con un destacamento de 40 hombres mandados por su hijo Teguaco; y a las pocas horas retornaba libremente al Real de Santa Cruz montado en un caballo que le regaló Benytomo, de los seis que poseían desde la batalla de Acentejo o de La Laguna, según Viana.

Ésta fue la única ocasión que los españoles abandonaron el camino de la trocha algunos kilómetros fuera de la vía y no estimaron prudente repetir la suerte.
* *
Día tras día irán destacándose con mayor relieve hechos muy significativos, que si bien en la apariencia contradictorios hállanse subordinados a relaciones de causalidad.

Efectivamente, debido en parte a la resonancia de las batallas épicas libradas entre guanches y españoles, a las dificultades de la conquista de Tenerife que interesó el espíritu aventurero de la época, y en parte a las gestiones del influyente Diego de Cabrera, acudieron en la primera quincena de Marzo a reforzar a los castellanos como 2.000 soldados; y sorprende a primera vista que con un ejército alrededor de 3.000 españoles, sin contar los aliados güimareros, no aparezca el general Lugo dando gran actividad a la campaña; máxime cuando las vituallas, no siendo abundantes, con tan crecido número de consumidores los metía con frecuencia en la miseria. La escasez llegó en ocasiones a los extremos que vimos en la información de nobleza de la casa de Guerra, en una nota con motivo de la batalla de Acentejo, en la que hay testigos declarando que «fue tanto el trabajo, que se pasaba a cada soldado siete higos de cada ración» y que padecieron «mucha necesidad de hambre y de sed, comiendo yerbas y palmitos». Viana refiriéndose a este particular dice:

«Sólo un pequeño puño de cebada
y cinco higos para todo el día,
y con silvestres yerbas, y con esto
pasaban, y los días que faltaba
la cebada, hacía a remedio
de las raíces del helécho secos
una harina, y remolido polvo
muy semejante al gofio, y desta suerte
el tiempo referido padecieron
sin dejar el intento de conquista,
por el punto de honor y juramento
solemne que hicieron aquel día
que aportaron segunda vez al puerto».

Por lo transcrito se echa de ver experimentaron los castellanos privaciones; y aunque suele ser moneda corriente dar a esta clase de sucesos un subido colorido, extremando las faltas o generalizando lo excepcional, no puede negarse sufrieron grandes penalidades y que hicieron heroicos sacrificios.

¿Cómo explicar, repetimos, que hallándose constantemente amenazados por el agotamiento de las vituallas, permaneciera en la apariencia inactivo tan crecido ejército? Porque el hecho es que después de la batalla de La Laguna a mediados de noviembre de 1494, salvo el reconocimiento y combate de Las Peñuelas, figura unos siete meses acantonado en el Real de Santa Cruz donde dejando una guarnición en la segunda quincena del mes de junio del 95, sentó el Real de La Laguna sobre el morro de la Concepción. Allí estuvo el general Lugo hasta septiembre ordenando de vez en cuando reconocimientos ofensivos a lo largo de la trocha sin resultados decisivos, y de nuevo apremiado por la falta de víveres levantó el campamento y se encerró otra vez en el Real de Santa Cruz.

Era por aquella fecha tal la penuria que muchos de los últimos voluntarios se marcharon y hubo de los antiguos quien pensara en abandonar la conquista retirándose a Canaria; pero el general recordando en un consejo de guerra a sus oficiales el juramento que habían hecho de morir antes que volver la espalda a Tenerife, reanimó los espíritus, acordándose continuar la guerra y comisionar a Juan de Sotomayor, con poderes de Alonso de Lugo y de Estupiñán que mandaba la gente del duque Medina Sidonia, para que marchara a Canaria a obligar el cumplimiento del contrato a los proveedores genoveses.

A virtud de ese acuerdo trasladóse inmediatamente Sotomayor a Las Palmas y demandando ante la justicia a la compañía de comerciantes para que le facilitasen provisiones, manifestaron ante Gonzalo García de la Puebla, escribano público de la referida isla de Canaria: «Que era constante no haber faltado a los conquistadores ocasiones muy favorables para terminar aquella empresa, pero que las habían malogrado todas inclinados siempre a una afectada lentitud: que en el presente año habían acudido casi dos mil hombres de las islas vecinas, y que no habían querido emplearlos en las operaciones de la campaña; finalmente que los armadores estaban imposibilitados de suministrar los socorros que se le exigían para una conquista interminable de que no sacaban provecho».

Sin embargo de lo alegado por los armadores, como a todos constaba lo difícil de la empresa, la sentencia fue condenatoria; por lo que tuvieron que expedir un buque con harina, bizcocho, cebada, armas, etc. que llegó a Añaza el 1a. de Diciembre con Sotomayor, recibido con aclamaciones de júbilo.

Tan interesante documento confirma, no sólo la lentitud de las operaciones militares que echaban en cara al general Lugo, sino un particular muy importante consignado por las tradiciones, de negarse en absoluto a hacer esclavos guanches desde que pisó la isla, que no otra cosa significa la frase de que era «una conquista interminable ¡de que no sacaban provecho!».

Por otra parte, ¿cómo contando los españoles con el recurso del ganado de la isla, que se comprobó más tarde montaba de 200.000 mil cabezas y lo sabían por sus aliados los güimareros, no se apoderaron de él?, ¿porqué no iban a buscarlo? Todo prueba claramente de que el general Lugo no se atrevió, ni debía atreverse, aventurar el ejército fuera de la trocha abierta entre Añaza y Taoro; y como de no salir de la trocha no era posible conquistar la isla por fuerza de armas, a despecho de los impacientes mantuvo su plan de sostenerse a la defensiva a lo largo del referido camino, fiado en que las disensiones de los propios guanches le darían el triunfo: era cuestión de tiempo y víveres.

Pero si el general Lugo fiaba la victoria a las discordias intestinas y a la acometividad de los guanches atrayéndolos a combatir en campo abierto, éstos aleccionados ajustábanse a los acuerdos tomados no aceptando el terreno elegido por el enemigo para su caballería. Así hemos visto que no abandonaron sus posiciones del Peñón cuando los provocaron al combate, sino que a su vez provocaban a los españoles para que los atacaran, que eligieron el terreno quebrado de Las Peñue-las para caer sobre Hernando de Trujillo y no la senda desmontada en la parte llana de la vega; y que durante los tres meses que permaneció el ejército castellano en el Real de La 'Laguna, practicando a lo largo de la trocha reconocimientos ofensivos marchando en orden de batalla y excitándolos a la pelea, ellos no desamparaban sus puestos, si como es posible aparecían a la vista del enemigo.

El juego era conocido por ambos jugadores; y no es difícil adivinar cuál hubiera sido el desenlace del problema, cuyos términos manifiestos eran la virtud de la paciencia por un lado y los recursos económicos por otro, de no atravesarse un tercer factor o séase la guerra social entre nobles y villanos, que decidió los destinos por el momento del pueblo guanche. Cierto es que esa guerra no la ventilaban aún en el terreno de las armas como aconteció más tarde, pero se le veía avanzar a pasos agigantados. Mientras por una parte los güimareros y gomeros castellanizados conspiraban a favor de España, por otra se unió a los gomeros patriotas la influyente clase sacerdotal de los babilones para exaltar a los villanos al grito de igualdad e independencia; lo que produjo en la sociedad guanche una confusión espantosa, tal tensión moral entre las clases que desapareció la armonía. Trató la nobleza, no ya de los reinos invadidos sino de aquellos que todavía no habían hollado los españoles, ahogar el movimiento con persecuciones y castigos como en los tiempos de Bencomo, pero fueron ineficaces. Aún señalan en Fasnia, en el Roque del Chopin del menceyato de Abona, el sitio «donde emparedaron a un villano por querer emparejarse a los nobles».

Desesperados los jefes de la Liga con este insostenible estado de cosas, cada momento más amenazador, intentaron contrarrestarlo concentrando la atención de todos en el interés supremo de la defensa de la patria, haciendo una guerra activa a los españoles; pero como éstos no invadían los territorios ni abandonaban la trocha, viéronse obligados por las circunstancias a volver sobre su acuerdo para presentarles batalla en el primer reconocimiento que practicaran. Éste fue el motivo que, mal a su pesar, impulsó a los ligueros a librar la batalla de La Victoria; en la que dice con razón fray Alonso de Espinosa, aunque ignorando la verdadera causa, que «los naturales peleaban como desesperados y como aquellos que querían desta vez concluir...».

A los 23 días de retornar Sotomayor de Canaria con los subsidios que alcanzó de los proveedores por sentencia judicial, o séase el 24 de diciembre, con una hermosa y despejada mañana emprendió el ejército castellano uno de tantos reconocimientos a lo largo de la trocha, llegando a las 9 a Tacoronte y entre 11 y 12 a los llanos de Acentejo, donde determinó acampar la marcha en orden de batalla sin perder las filas, precedido de exploradores.

Como los guanches tenían la tierra atalayada, no sólo iban desalojando los pastizales limítrofes a la trocha a medida que se aproximaban los españoles, cumpliéndose la orden de no dejarse ver al punto de parecer deshabitadas las campiñas, sino que noticiosos los jefes reunieron los contingentes de los tres reinos para atacarlos en la amanecida del siguiente día 25 de Diciembre. Conocedores los castellanos del proyecto de los guanches, por un prisionero que hizo Lope Hernández de la Guerra de una emboscada que le asaltó al practicar una descubierta, se prepararon para recibir al enemigo.

Refiere fray Alonso de Espinosa «...y habiéndose los nuestros (como hombres apercibidos) prevenido la noche antes de lo necesario, sabiendo que habían de ser acometidos por dos partes, se dividieron, poniéndose en un sitio el gobernador con parte de la caballería y peones, y en otro Lope Hernández de la Guerra con el resto de la gente. Pelearon los unos y los otros valentísimamente: porque los naturales peleaban como desesperados y como aquellos que querían desta vez concluir y ver para cuanto eran, y los nuestros como gente acostumbrada a vencer y que les iba a la honra en salir con victoria, por ser casi en el mesmo lugar la batalla que había sido la primera los años pasados... y en agradecimiento desta victoria fundaron en el propio lugar una ermita, que llamaron Nuestra Señora de la Victoria... '», (1).

Murieron sobre el campo de batalla 64 españoles y fueron muchos los heridos, porque no hay que olvidar el armamento europeo de que disponían varios cientos de guanches; y de éstos, como siempre, no faltan autores que los cuentan por millares cuando no se supo en rigor. Indudablemente sus bajas fueron superiores, pero no tantas que ascendieran a 2.000 como supone caprichosamente; cifra que aún nos parece excesiva reduciéndola a la mitad entre muertos y heridos.

Los guanches replegáronse sobre Santa Úrsula sin ser perseguidos; encaminándose los contingentes a sus respectivos reinos y tago-ros a hacer la vida ordinaria. Cuanto a los españoles, después de una permanencia de nueve días en el campo de batalla curando sus heridos, en la madrugada del 4 de Enero del nuevo año en 1496 contra-marcharon al Real de Santa Cruz, donde llegaron en la tarde del mismo día.

¿Qué trascendencia en los destinos de Tenerife puede concederse a este hecho de armas, desde el punto de vista militar? Las cosas continuaron lo mismo que venían. No avanzaron los españoles ni una pulgada fuera de la trocha, ni extendieron el radio de influencia ampliando su primitiva base de operaciones de los navios, el Real de Santa Cruz y su alianza con los güimareros. Cuanto al ejército liguero que era de unos 4.000 hombres, deducida una baja prudencial de 300 o 400 por muerte en la batalla, seguía constando más o menos de unas 3.500 plazas de soldados aguerridos y cada día mejor armados.

Así, pues, aunque perdida la batalla por los guanches no alteró sustancialmente las respectivas situaciones entre invadida e invasores; ¡y sin embargo, fue decisiva para la contienda que sostenían nobles y villanos, que envolvió el porvenir de la isla!

NOTAS

1 Esto no es exacto si la ermita a que se refiere se hallaba emplazada donde hoy está la iglesia parroquial, bastante alejada del antiguo camino y de los llanos de Acentejo. El sitio en que se libró la batalla es el aún conocido por Llano de la Reyerta, de
donde se replegaron los guanches sobre Santa Úrsula. Todavía emplean por La Victoria y Sta. Úrsula ciertos días, un estribillo en sus canciones coreadas alusivo a dicha batalla:
«Santa Úrsula capitana donde feneció la batalla».

ANOTACIÓN

(1) A propósito de la construcción de esta iglesia nos dice D. Agustín Díaz Núñez:
«Bien sabido es por la historia que para cumplir el comandante D. Alonso Fernández de Lugo el voto que ofreció por su triunfo sobre los guanches en el llano de Acentejo, tan pronto como logró la pacificación de Tenerife hizo construir en el mismo punto (denominado ya La Victoria, por el enunciado acontecimiento) una ermita dedicada a Nuestra Señora de los Angeles, y su campana se colgó de un pino inmediato, que aún se conserva. A su alrededor se fueron situando desde luego algunas familias, halagadas por el buen terreno que se les presentaba, y no tardaron mucho en constituir un pago numeroso del Sauzal, hasta que, aumentado considerablemente, se patentizó la conveniencia espiritual de segregaría de su matriz y erigirlo en curato, sirviendo la mencionada ermita, con más capacidad y decoro, de parroquia primitiva, cuyo primer párroco hubo de ser el presbítero D. Sebastián Báez, y, aunque no se sabe con certeza la fecha de esta instalación, consta del libro más antiguo de bautismo que existe, haber sido su primera partida en 8 de Setiembre de 1592...tiene confraternidad del Santísimo y dos ermitas, una de San Juan Bautista y otra de Nuestra Señora de Guía, en estado regular...». [Agustín Díaz Núñez. Memoria cronológica del establecimiento, propagación y permanencia de la Religión Católica Apostólica Romana en Islas Canarias. Madrid: Imprenta La Esperanza, 1865; pp. 274-275].

En cuanto a la fecha de fundación del citado templo de Nuestra Señora de La Victoria hay que matizar algunos datos, como los citados a continuación:

«El templo fue fundado en 1537 merced a la devoción de Gonzalo de Salamanca, vecino del lugar, que dejó para ello sus bienes; pero en 1581 esta construcción se perdió en un incendio. Se emprendió a continuación la reedificación, de modo que el 7 de Noviembre de 1628 Francisco Hernández, mayordomo de la iglesia, sacaba a subasta la obra de la capilla mayor...».


[María del Carmen Fraga González. La Arquitectura Mudejar en Canarias. Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife, 1977; pág. 255].