martes, 13 de marzo de 2012

LAS ATALAYAS DE IGUESTE EN ANAGA, TENERIFE


“El lugar de Igueste en Anaga (Tenerife) fue conocido durante el siglo XIV como "Cueste", un poblado guanche esparcido desde las medianías a la costa, que ocupaba las cuevas de las laderas y márgenes de los barrancos. Los restos arqueológicos son la prueba palpable, a pesar de los expolios que los yacimientos vienen sufriendo, causantes de la desaparición de gran parte de los vestigios de nuestro pasado, por ello es inútil y casi imposible un es­tudio serio de la historia de nuestro pueblo.

Con la llegada y asentamiento de la población europea -españoles y portugueses- y de otras islas, sobre todo de Fuerteventura y Lanzarote y algunos de origen norman­do como los Melianes, Perdomos o Umpiérrez, y a consecuencia del mestizaje con los moradores guanches aumentó el número de habitantes en los lugares y caseríos, caso de Hoya de los Juncos y Lomo Bermejo hasta llegar a La Cruz, limite del pueblo du­rante algún tiempo.

Los motivos que frenan esta expansión hacia la costa no son otros que los continuos asaltos que padece Igueste, y en general todas las islas, por parte de piratas y corsarios procedentes del norte de África, Francia e Inglaterra a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, quienes hicieron inhabitables las zonas costeras

Así surge la necesidad y la importancia de este Valle de la Atalaya y de los atalayaos, verdaderos vigilantes de la llegada de posibles asaltantes. Su misión fue casi anónima pues sólo conocemos los nombres de algunos, sin embargo, la labor desempeñada fue muy importante, ya que eran considerados "los ojos de Santa Cruz" por enviar avisos para alertar a la población en caso de cualquier avistamiento sospechoso.

La expansión del pueblo será a partir del siglo XIX, fecha en la que se comienzan a construir las primeras casas en las proximidades del mar.

Otro factor importante en el desarrollo de la ocupación de terreno hacia la costa es­tá directamente relacionado con la emigración, puesto que muchas de estas cons­trucciones fueron financiadas con dinero cubano, precisamente, el de aquellos paisa­nos que emigraron y que a su regreso aportaron a Igueste además de algún capital, las costumbres, gastronomía y frutos tropicales que forman parte del paisaje y riqueza agrí­cola actual.

Colonización
La isla de Tenerife en el momento de la Conquista estaba dividida en nuev ceyatos, perteneciendo Igueste al de Anaga que desempeñó un importante destacando la figura del último mencey Beneharo y de sus hijos, especialmej rique de Anaga.

Al final de la Conquista en 1496, las tierras, las aguas, las gentes y los ganados fueron repartidos entre los conquistadores y colonos. Las tierras de Anaga se concedieron mediante Datas, como el caso de Igueste y el Valle de las Yeguas.

Según cuenta Cioranescu en su Historia de Santa Cruz "en un Valle en que, de Mateo Viña y los sobrinos del Adelantado habían entrado a poblar los Párrag as y los Salazar, no quedaba sitio para más gente. Sin embargo, hubo más repartos que a lo mejor no fueron seguidos de efecto. Hernando de Trujillo, conquistador, regidor y teniente del Adelantado, fue uno de los agraciados, si las tierras que recibió -en Anaga-, estaban  situadas, como suponemos, el valle de las Higueras. Pedro Gómez y García Hernández de la Vimera tuvieron tierras de riego "en el río de los Sauces, que es Anaga".

Al conquistador Alonso de Antequera le dieron cincuenta fanegas junt las tierras de Salazar. Lo cierto es que el valle recibió un número importante c bladores, con datas o sin ellas, y se desarrolló rápidamente".

"El valle de las Yeguas o Adavoro fue data de Gonzalo de Ibaute quien posibleí lo ocupaba ya antes de la Conquista. En el valle de Igueste hallamos desde 1499 Rodrigo el Cojo o Rodrigo Hernández Guanarteme, caudillo canario que había servido en la Conquista. Las tierras que formaban la punta de la Isla tampoco se quedaron dueño. El valle de Anosma perteneció en gran parte a Fernán Guerra; esta tierra fue comprada luego por Alonso del Barco, antes de 1525. En el mismo barranco tuvo data de dos cahíces en 1521, Pedro de Ibaute, hermano de Gonzalo. A Alonso Fernández y Constanza Fernández, probablemente su mujer, les dieron en 1513 unas cuanta fanegas en la punta de Anaga, desde el Roque Blanco de Táfaga hasta las cuevas de Acorva"
Las atalayas: epidemias y piraterías
Las atalayas comienzan a disponerse en la geografía insular como puntos de vigilancia por orden del Cabildo de Tenerife a partir de los brotes epidémicos que sucesivamente llegan a las islas en los primeros años del siglo XVI, causando grave tragos en la población insular, así como las alarmantes noticias que llegan de puertos foráneos. Como medida preventiva se ordena la vigilancia de los puertos y caletas guardas o "rondas de la salud" y los vigías desde las alturas debían avisar la llegada de navíos infectados.

Son conocidas las epidemias de 1506-1507 en Anaga, las de 1513-1514 a causa de la modorra, y entre 1520 y 1530 por pestilencias en Gran Canaria, Lanzarote y La La existencia de la atalaya de Igueste está confirmada por la cartografía militar la obra del autor insular el Alférez Mayor de Canarias Pedro Agustín del Castillo 1686 denominada como Punta de la Atalaya.

A partir de los últimos años del siglo una amplia zona de la costa santacrucera ve forzada sus baluartes militares, entre ellos el Castillo de San Cristóbal (1575 y 1929) donde un centinela recibía las señales que le enviaba la Atalaya de Igueste y segur circunstancias las anunciaba al resto de la población mediante el toque o rebate campana.

La preocupación por la vigilancia insular durante el siglo XVII es cada vez mayor doblándose la alerta desde todas las atalayas de la Isla. -Viera y Clavijo nos dice < "todo el año de 1618 y siguientes no se oyó hablar en la Isla sino de moros...". La ten sión se mantiene en los años siguientes 1623 y 1635. Se crean nuevas fortificaciones en Santa Cruz, se duplican las atalayas y se reparten armas entre la vecindad. De ni vo en 1655 la piratería inglesa aviva el clima de guerra en las islas, según recoge Rumeu de Armas, hasta llegar al año 1665 cuando España e Inglaterra se declaran la gue rra.

La situación se complica en 1657 cuando reaparece a la altura de Anaga la tan temida escuadra de Blake procedente de Cádiz con la intención de atacar el puerto  de Santa Cruz.

Cioranescu señala que la atalaya no dio la señal de alerta conveniente y Viera y Cla vijo sólo nos dice que "... corría la noche del 29 al 30 [de abril] y la noticia la trajo un barco que venía de Gran Canaria con el aviso de que el inglés venía con más de 36 ve las". El castillo tocó de inmediato a rebato y "al arma" alertando a los vecino; ¿Acaso se habían suprimido las vigías hasta nueva orden como había sucedido en otra ocasiones? Resulta extraño que así fuese pues por Viera sabemos que "... todo el año de 1656 había pasado en rebatos y preparativos guerreros ante la amenaza de los in gleses...". El motivo de este ataque era la flota de Indias que se esperaba recalara con retraso en Santa Cruz, para seguir a la Península donde la situación era especialmente conflictiva ante el bloqueo del puerto de Cádiz por el mismo Blake, creando graves problemas a la maltrecha hacienda española. Este enfrentamiento que tendrá lugar frente a nuestras costas, Viera lo llama "Batalla de Santa Cruz" y parece que terminó en ta­blas para ambos contendientes, pero con cierta ventaja para la política inglesa. Este ata­que formó parte de una larga serie que sucedieron con Drake, Jennings y Nelson, es decir con los exponentes más importantes de la plana mayor de la marina inglesa, que­dando en el anonimato otros corsarios de menor fuste, piratería menuda, según Rumeu de Armas, con patente de corso para maniobrar durante largo tiempo por estas aguas atlánticas.

A partir de estas fechas hay un vacío documental sobre los avalares históricos de es­ta Atalaya pues no contamos con fuentes documentales precisas y consecutivas para su estudio, pero sabemos que los ataques piráticos a las islas no cesan como se apre­cia en la actividad de las Atalayas del Sabinal y Tafada.

La ausencia de datos para la Atalaya de Igueste no implica su desaparición como tal, pues serán los ojos por los cuáles la población de Santa Cruz permanece en alerta en los tiempos inseguros y podrá respirar tranquila aquellos días que vea el cielo limpio de ahumadas de aviso, aunque no siempre sea eficaz su vigilia, en parte debido a la de­sidia y también, cómo no, a la falta de fondos pecunarios de las autoridades insulares y nacionales.

Durante el siglo XVIII la Atalaya estará situada a unos 300 metros del primer em­plazamiento entre el lugar conocido por La Robada y Roque Blanco, el lugar es abierto y despejado a todos los vientos, la vegetación es escasa, con especies intro­ducidas como piteras y tuneras. Aunque el paisaje agrario está hoy abandonado y en ruinas sus bancales, hasta mediados del siglo XX aún se recogían cosechas de trigo, cebada y frutas de temporada. Y en el siglo XVIII las huertas próximas estaban cul­tivadas de cereales y en menor medida de viñedos, restos de un pasado más produc­tivo.

En este lugar se mantienen en pie las ruinas de una construcción probablemente re­alizada en ese siglo que sirvió de cobijo a los vigías, es de planta rectangular y techo abovedado, paredes de gruesos muros de piedra y barro, con restos de encalado en el exterior e interior; el suelo actualmente de tierra conservó hasta fechas recientes el pi­so cubierto de madera. La entrada es amplia, con una puerta de doble hoja. Por ven­tana un largo y estrecho hueco a modo de saetera. En el exterior, junto al edificio, un aljibe recoge el agua llovediza, de mala calidad, pues se corrompe, pero es la única for­ma de abastecerse ya que no hay fuentes próximas.
Para obtener el oficio de atalayero creemos que se debió seguir el criterio de la pro­ximidad de los caseríos de los solicitantes para asegurar una mayor eficacia y rapidez, puesto que estos servicios no eran permanentes, excepto en momentos de alarma. El número de contratados oscila entre tres y cuatro por atalaya (Igueste, El Sabinal, Roque Bermejo) entre fijos y eventuales.

Para acceder a estos puestos se presentaban solicitudes al Cabildo teniendo en cuenta los informes que enviaba el Síndico Personero de su jurisdicción, San Andrés para el caso de Igueste, que recogía la opinión de los vecinos y la suya propia como persona "capaz y suficiente", la del alcalde y la de los propios atalayeros que en su fa­vor argumentaban su concesión, ya sea por estar vacante, por enfermedad, vejez, re­nuncia o aumento del personal ante situaciones de emergencia y, en algunos casos, por estar ya trabajando pero sin sueldo reconocido.

Así los vecinos de Chamorga, Taganana, La Cumbrilla y Las Bodegas accedían al puesto de la Atalaya de Tafada; los de Las Casillas a la del Sabinal; y los de Igueste y San Andrés a la Atalaya de Roque Blanco, también llamada de Igueste.

En 1779 había tres vigías en la Atalaya de Igueste, todos vecinos de este Valle que ejercían también como agricultores. Vivían "... pobremente o con pasar regular..." de sus salarios de 'talayeros", aunque no se señala el sueldo que percibían se anota que "... pasan pobremente con la renta de su oficio...". Sus nombres eran José Matí­as, 30 años, sin hijos, Luis Rodríguez, de 35 años, casado con cuatro hijos, Salvador García de 30 años, también casado y con tres hijos.

No sabemos si tenían otras ocupaciones pero conocemos la situación del también ata-layero Juan Rodríguez, vecino de Las Casillas que dice tener "... una manada de ovejas y cela la su talaya y pasa pobremente...", y que puede servir de referencia. Es­ta actividad no será ajena a sus convecinos pues sus escasos ingresos procedían del cui­dado del ganado y de la exigua agricultura de subsistencia Es probable que obtuvieran otras entradas procedentes de actividades complementarias, como apreciamos en la pe­tición que hace en 1645 el atalayero de El Sabinal, Cristóbal Pérez, para que se le con­ceda el arrendamiento de las abejeras salvajes en la Punta de Anaga.
La constante vigilancia desde las atalayas de Anaga se mantiene durante el siglo XVIII debido al acoso pirático de siglos anteriores, pero se incorporan como novedad las banderas para hacer señales. Varios hechos importantes tienen lugar durante esta centuria: en 1706 el ataque de Jennings; en 1743 el avistamiento de la flota de Wind-ham; los avisos de alarma en 1793 y para concluir el ataque formal del Nelson de 1797.

El comienzo del siglo no podía ser menos agitado que en etapas anteriores. En 1706, los vigías de Anaga avistan la tarde del 5 de noviembre diez navios extranjeros. Viera dice que al alba del día seis la escuadra inglesa de Jenning estaba acercándose al puerto de Santa Cruz. El aviso alerta eficazmente al castillo de San Cristóbal y pa­ra mayor seguridad de las costas se tocaron "cajas militares", es decir alarma y reba­to general, salvándose la ciudad de tan peligroso enemigo. No hubo sorpresa pues se había avisado con tiempo suficiente para preparar la defensa de la Plaza. En este suceso se menciona la Atalaya de Igueste por primera vez en este siglo.

En cuanto a la presencia de Windham en 1743, la alarma fue general desde que fue descubierta la armada inglesa, gracias al eficaz seguimiento por parte de los vigías de todas las islas. La participación de Anaga fue importante avisando rápidamente a Santa Cruz, que se pone en guardia y provoca el abandono del acoso inglés que con­tinúa de largo hacia La Gomera, atacando la villa de San Sebastian.

La última década del siglo será una época de grandes actividades por la vigilancia y alarmas casi constantes. Viera dice que "cada día se oían rebatos y asonadas". Ello nos viene referenciado por los numerosos comunicados del entonces Comandante Ge­neral Gutiérrez dando normas e instrucciones a las distintas ftierzas de la isla de Te­nerife, entre otras la colocación de centinelas en puntos estratégicos. La situación se hace cada vez más alarmante ante las noticias de avistamientos de navios corsarios en torno a las costas tinerfeñas. Se reclama con insistencia por parte del Comandante Ge­neral a las autoridades de la isla la vigilancia de las atalayas "para correr los avisos de los barcos que avisten ante la guerra con Inglaterra", disponiendo que se "aviliten las rozaderas y demás útiles de guerra". El 31 de agosto de 1796 se recibe la orden de po­ner las islas en estado de defensa, pues desde el 5 de octubre se había declarado la gue­rra a Inglaterra.

De atalaya a semáforo
El último emplazamiento escogido para su definitiva ubicación como Semáforo es­tatal será La Tablada de la Mesa a mas de mil metros de la anterior y a unos 220 m. so­bre el nivel del mar. Por su orientación parece el lugar ideal para un semáforo con téc­nicas y máquinas avanzadas que agilizan el sistema de comunicación marítima entre los barcos y el puerto de Santa Cruz. Quedaba atrás el sistema de fuegos y ahumadas de las viejas atalayas. Desaparece la del Sabinal y también se construye por esos años un faro de primer orden en sustitución de la atalaya de Risco Bermejo, en desuso an­te la rapidez y eficacia de los métodos modernos y la incorporación de la telegrafía sin hilos.

En esta nueva situación la historia del Semáforo pasa por dos etapas, la primera des­de 1886 a 1890 con la compañía privada inglesa Bruce, Hamilton and C., representante de Lloyd de Londres y con amplios intereses económicos en el puerto de Santa Cruz que instala un semáforo particular, la obra se terminó en pocos meses con un costo de 10.506 reales. La instalación contaba con una "caseta para la observación, muro de res­guardo, con sus aparejos, cajas para 30 banderas de señales, anteojos de trípode, esferas semafóricas, etc.". Todo ello transportado en caballería. El semáforo entró en servicio el 20 de noviembre de 1886. Es posible que el nombre con el cual aparece de­nominado en el mapa militar de Tenerife, como "Tablada de los Ingleses", tenga su ori­gen en quienes propiciaron tal construcción, sin embargo, la zona no es conocida co­mo tal denominación excepto el ya citado.

La segunda etapa, a partir de la fecha que el Estado se encarga de esta actividad, se inicia el 20 de noviembre de 1886 con las obras de construcción del nuevo edificio, que comienza a funcionar desde el 4 de diciembre de 1895. Esta construcción ac­tualmente está en un estado total de abandono y destrucción. El Semáforo estatal se construye sobre terrenos cedidos por vecinos del pueblo. La obra es de manipostería sobre una planta de unos 40 x 40 metros, con azotea, los dinteles de puertas y ventanas rematados con cantos de tosca colorada extraída de una cantera próxima. El interior está dividido en tres viviendas para los oficiales. El observatorio o salón-despacho con los aparatos para el servicio meteorológico, el sistema Morse de 18 pilas funcionó has­ta la década de 1950, época en la que se instaló el teléfono. En el exterior del edificio se conservan dos aljibes de regular capacidad, pero el agua es de mala calidad al ser de escorrentía, siendo necesario en verano como medida preventiva echar cal. Tam­bién había un horno para hacer pan. En el mismo patio se encuentra un mástil con un pararrayos formado por el palo de 16 metros de alto y la cruceta de 12 metros donde se colocaban las banderas de señales.

La vigilancia estará controlada por personal especializado de la Comandancia de Ma­rina, en un primer momento el responsable de la misma debía tener el grado de capitán de barco, pero más tarde al puesto de vigía se podía acceder con un curso de dos años de especialización en sistema de Morse y código de banderas, electricidad y meteo­rología.

El trabajo de vigía consistía en informar y dirigir la navegación nacional e inter­nacional de los barcos que surcaban estas aguas por medio de banderas y gallardetes. También tenían que enviar informes meteorológicos y del estado de la mar en clave o por teléfono a San Fernando en Gran Canaria. En los años cuarenta, otra de las obli­gaciones fue la vigilancia del contrabando de las llamadas "lanchas rápidas" proce­dentes de África.

El servicio era de semana a semana. Trabajaban tres funcionarios con jornadas de sie­te días, excepto en verano que eran de un mes. Algunos de ellos pasaron a vivir con sus familias al Valle. El suministro se encargaba por teléfono y lo subían las "mandaderas" que eran vecinas del pueblo. Entre los años veinte y treinta algunos de los vigías eran naturales del pueblo, como Rafael y José Gil y Dámaso Alvarez, pero en general el per­sonal procedía casi en su totalidad de la Península, especialmente de Andalucía y Ga­licia, estableciéndose algunos de forma definitiva en Igueste y Santa Cruz al casarse con jóvenes del lugar, corno fue el caso de Salvador Iglesias Barbero, de origen gallego y andaluz, que sirvió como oficial de primera a principios de este siglo.

Desde su construcción a finales del siglo XIX hasta su traslado a Santa Cruz se hi­cieron varias reformas; la llevada a cabo a finales de los años 20 y como dato curio­so señalar que el transporte de los materiales se hizo en camello, también realizaron obras en el Observatorio después de 1945, trabajos que realizó la Compañía Entre-canales y Tavora. Eran años de penurias económicas y se empleó gente del Valle beneficiando su precaria economía.

El cierre definitivo del Semáforo de Igueste tiene lugar en el año 1971 por Orden Ofi­cial de la Comandancia, terminando su importante labor al servicio de la comunidad insular y de Santa Cruz, una población que nació mirando a la mar, viviendo cada una de sus mareas y con ellas vinieron y se fueron los barcos y el tráfico comercial inter­nacional y también muchos de nuestros paisanos dejaron estas islas con la visión del puerto y las montañas de Anaga como telón.

Pero en la actualidad apenas se atisba en lontananza el horizonte. Lejanos parecen los días de la relación Muelle-Ciudad, como lejana está la calle de la Marina del puerto.

El avance tecnológico, la evolución y transformación de los medios de transporte y comunicación han hecho de los antiguos puestos de vigilancia costera, como las ata­layas, los semáforos y viejos faros, elementos del pasado del que apenas quedan o que­darán recuerdos.

No se les ha prestado atención ni reconocimiento por parte de las autoridades, per­manecen en el olvido y en la ruina ante el menosprecio de aquéllos que de paso los han visitado, dejando un rastro de destrucción.

Para que el tiempo no condene también al silencio los recuerdos y la historia de per­sonas y lugares dejados en el olvido, queremos que se integren plenamente en nuestro patrimonio, que formen parte también de nuestra identidad insular, al menos de nuestra "pequeña" historia local.” (Colectivo Atalaya, 1994: 43 y ss.)

Datos etnohistóricos sobre el cantón de Tigalate




 Datos etnohistóricos sobre  el cantón de Tigalate
Demarcación territorial
Los datos etnohistóricos sobre la etapa prehispánica de La Palma son muy fragmentarios, escasos y repetitivos hasta la saciedad por todos los autores antiguos que trataron estos temas en sus escritos, de tal forma que da la sensación de que todos ellos se copiaron entre sí de un mismo texto, hoy desaparecido. Uno de los temas donde mayores discrepancias nos en­contramos es, precisamente, en el apartado de las diferentes demarcaciones territoriales y geopolíticas en las que estaba compartimentada la isla. Todos los relatores de la conquista coinciden a la hora de dividir la antigua Benahoare en doce bandos independientes cuando llegaron los conquista­dores a finales del siglo XV. Ahora bien, los problemas se plantean al hacer referencia a momentos cronológicos más antiguos y para los cuales se han aportado otras dos versiones diferentes a la enunciada en primer lugar.

Las referencias más antiguas nos son proporcionadas, a fines del si­glo XVI, por el portugués Gaspar Frutuoso quien, a pesar de todo, no nos aporta ningún dato concreto sobre el momento en que la isla estuvo compartimentada tal y como él nos indica. Según este autor, La Palma esta­ba dividida en cuatro reinos independientes a cuyo frente se hallaban otros tantos reyes. Uno de estos jefes habitaba en Tijarafe y se llamaba Altini; otro vivía en Tazacorte y desconocemos su nombre; el tercero tenía su resi­dencia en Mazo y era conocido por Maxorco o Maxerco. La poca fiabilidad de los datos que nos aporta Gaspar Frutuoso se pone de manifiesto en el hecho de que se olvidó o no conocía nada sobre el cuarto reino.

No obstante, y si partimos de la base de que las anotaciones de Gaspar Fmtuoso son correctas, podríamos suponer que el cuarto reino estaría si­mado en algún punto del norte-noreste de la isla, de tal forma que ésta quedaría dividida en cuatro cuadrantes que tendrían una superficie y rasgos geográficos bastante similares. Ello nos viene a indicar que la isla se estructuró en grandes comarcas naturales que guardaban notables similitu­des en cuanto a su geología, clima, relieve, paisajes y vegetación, de tal forma que se adecuaban perfectamente al tipo de vida y actividad económi­ca, fundamentalmente pastoril, que practicaron los benahoaritas. Una compartimentación de este tipo permitía que cada uno de los cuatro reinos pudiese sobrevivir sin depender de la ayuda de los tres restantes, a menos que se produjesen graves carestías o calamidades (sequía, incendios, pla­gas, etc.). La filosofía que latía debajo de esta subdivisión era exactamente la misma que la propuesta por otros autores como J. Abreu Galindo cuando llegaron los conquistadores, tal y como comprobaremos más adelante. Des­graciadamente, esta distribución zonal sólo nos es apuntada por el ya citado Gaspar Frutuoso, lo que hace más problemático completar sus escuetos e imprecisos datos. De cualquier forma, lo que sí se pone de relieve es la importancia que ya por entonces tenía la zona de Mazo, puesto que era el lugar de residencia de uno de los cuatro reyes insulares.

J. Álvarez Delgado indicaba que, hasta 1440, la isla estaba regida por un único rey que tenía poder sobre todos sus habitantes. A su muerte se dividieron sus dominios entre sus descendientes más directos. Al igual que sucedía en el caso anterior, este investigador no apunta las fuentes utiliza­das que le permitieron llegar a tal conclusión y, por tanto, sus teorías deben ser tomadas con cierta cautela. Sin embargo, en esta hipótesis se dan algu­nas referencias que pueden confirmarse de forma indirecta y que dan cierto aura de veracidad a sus informaciones. El hecho de que la antigua Benahoare estuviese gobernada por un sólo rey podría ser una de las razones que ex­pliquen los estrechos lazos de parentesco que existían entre los distintos capitanes que estaban al frente de cada uno de los doce cantones en que se hallaba dividida la isla cuando llegó Alonso Fernández de Lugo.

Sin duda, las referencias más precisas sobre la compartimentación geopolítica durante la época prehispánica de La Palma nos son proporcio­nadas por J. Abreu Galindo. Los datos aportados por este autor serán repe­tidos posteriormente, con apenas alguna variación insignificante, por otros escritores como Tomás Arias Marín de Cubas, J. de Viera y Clavijo, etc.

Todos estos apuntes etnohistóricos nos hablan de la división de la isla en doce bandos independientes a cuyo frente se situaban una o varias personas e, incluso en algún caso, hasta tres que estaban estrechamente emparentados entre sí. Para la gran mayoría de estos cantones no se establecían unos lími­tes geográficos precisos (Figura 1).

"El quinto señorío, Tigalate y Mazo hasta Tedote, donde al presente llaman la Breña, interpretada en castellano; porque tedote en lengua pal­mera quiere decir "monte". Y de esta tierra eran señores Juguiro y Garehagua, hermanos; y a éste le llamaron de este nombre, porque al tiempo que nacía, dicen que cercaron a su madre muchos perros; y porque haguayan quiere decir en su lengua "perro ", por eso le pusieron el nom­bre, el cual era mal acondicionado y muy belicoso." (J. ABREU GALINDO; 1977: 267).

Tigalate lindaba al norte con el cantón de Tedote, en un lugar impre­ciso de Las Breñas, que el Dr. Mauro S. Hernández Pérez sitúa en el Ba­rranco de Amargavinos. (1977: 32), que actualmente separa los términos municipales de Breña Baja y Breña Alta. Sin descartar esta hipótesis, noso­tros nos inclinamos por colocar la línea divisoria algo más al sur, coinci­diendo con la separación histórica entre Mazo y Breña Baja. El hito geográfico que señala la separación coincide con el trazado de un antiguo camino real que discurre desde la costa a la cumbre y que pasa junto a la Montaña de La Breña. No debemos olvidar que todos estos senderos tie­nen, en la gran mayoría de los casos, unos orígenes claramente prehispánicos que posteriormente, tras la conquista de la isla, continuaron con su misma utilidad o se adecuaron a las necesidades de la nueva sociedad que se esta­bleció a finales del siglo XV.

En el caso de los cantones prehispánicos del sur de la isla (Tigalate, Ahenguareme, Tamanca, Tihuya y Aridane) la separación territorial entre unos y otros plantea ciertas dificultades debido a la ausencia de accidentes geográficos destacados, como puede ser la inexistencia de barrancos de gran entidad, tal y como sucede en la mitad norte de La Palma. Por tanto, no nos parece nada descabellado suponer que la impresionante mole de la Montaña de La Breña sirviese como línea divisoria entre los bandos de Tigalate y Tedote. A pesar de que no tenemos la certeza de que una u otra hipótesis sea la verdadera, centraremos los estudios arqueológicos dentro de los límites actuales del municipio de Villa de Mazo, entre otras razones porque nuestras prospecciones se hicieron siguiendo ese mismo criterio.
Si las dudas son razonables a la hora de situar los límites geográficos en el frente septentrional, la cuestión se vuelve mucho más espinosa para separar los cantones de Tigalate y Ahenguareme, donde no hay barrancos profundos y, ni siquiera, montañas destacables, puesto que no debemos ol­vidar que el Volcán Martín es histórico. Por ello, nos hemos decantado por­que sus fronteras fuesen muy similares a las actuales que separan los municipios de Fuencaliente y Villa de Mazo. La separación prehistórica podría encontrarse en el reborde que marca por el sur la hondonada gigan­tesca en que se emplaza el caserío de Montes de Luna. Este accidente geo­gráfico supone una fuerte discontinuidad respecto al resto del paisaje del señorío de Ahenguareme, de tal forma que pudo convertirse en una marca que sería reconocida por los benahoaritas que vivían en estas zonas.

La escasa fiabilidad de los datos que nos proporcionan las fuentes etnohistóricas se ponen claramente de relieve al analizar las contradiccio­nes que aparecen reflejadas en muchos pasajes de sus escritos. La gran ma­yoría de los autores antiguos y cronistas de la conquista señalan que Benahoare estaba compartimentada en doce bandos independientes que eran: Aceró, Aridane, Tihuya, Tamanca, Ahenguareme, Tigalate, Tedote, Tenagua, Adeyahamen, Tagaragre, Tagalguén y Tijarafe. Sin embargo, esos mismos autores se contradicen cunado hablan del bando de Gazmira, situado en Las Cuevas de Herrera y que, según J. Abreu Galindo, servía de límite con el bando de Aridane. Tras analizar este texto tan confuso no sabemos si se trataba de dos zonas diferenciadas e independientes o si, por el contrario, hace referencia a un topónimo concreto (Gazmira) que formaba parte de una entidad geográfica más amplia (Aridane). No obstante, estas noticias aparentemente contradictorias se adecúan perfectamente a una teoría que ya apuntaba el Dr. Mauro Hernández Pérez y que nosotros también quere­mos reivindicar: "...Podría ser, y es sólo una hipótesis, que cada uno de los llamados reinos se compusiese de uno o más bandos..." (1977: 32).

Las referencias anteriores las hemos traído a colación porque son ple­namente compartidas en nuestra Tesis Doctoral (F. J. PAÍS PAÍS; 1996: 64) y porque son perfectamente aplicables al bando prehispánico de Tigalate que, como ya hemos apuntado, era gobernado por una jefatura compartida de dos hermanos: Juguiro y Garehagua. Es muy probable que esta asocia­ción en el poder político estuviese motivada por la necesidad de evitar los problemas sucesorios y las luchas por el control del gobierno. Pero, tam­bién es plausible suponer que este tipo de régimen político-administrativo tenía la facultad de facilitar la goberaabilidad de unos territorios tan exten­sos como los que comprendía el cantón de Tigalate que, no lo olvidemos, era uno de los mayores de Benahoare. El poder de decisión e influencia de un solo capitán para unos dominios tan vastos hubiese sido muy frágil ante la lejanía del jefe. En nuestra opinión, Juguiro y Garehagua tendrían máxi­mas competencias en zonas diferentes del bando prehispánico, si bien las decisiones más importantes, que afectaban a todos sus subditos, serían to­madas de forma colegiada y consensuada.

Por todo ello, pensamos que el cantón de Tigalate pudo estar dividi­do en dos comarcas naturales que tendrían cierta autonomía la una respecto de la otra. Estos lugares se podrían denominar sector septentrional y meri­dional, a cuyo frente se encontraba uno de los dos hermanos. Es muy difícil establecer unos límites geográficos precisos, pero se trataría de amplias áreas que se pudiesen controlar con cierta facilidad y que tuviesen unas caracte­rísticas geográficas homogéneas (relieve, vegetación, clima, etc.). A modo de hipótesis nos atrevemos a establecer una línea divisoria que podría tener como punto de referencia la Montaña del Azufre o, más bien, el cauce de los barrancos de La Reja y La Lava que quedan algo más al sur.

Tanto Juguiro como Garehagua tendrían bastante autonomía en cada una de sus zonas de influencia. Sin embargo, es evidente que deberían con­vocar asambleas o reuniones de todos los nobles y ancianos de ambas de­marcaciones para tratar todas aquellas cuestiones que afectaban a toda la comunidad: celebración de fiestas solsticiales relacionadas con ritos agríco­las y ganaderos; declaraciones de guerra; actuaciones en épocas de calami­dades naturales; repartición de pastizales y campos de pastoreo; regular las relaciones con sus vecinos; etc. Esta teoría se contradice con la leyenda de que la Cueva de Belmaco era la residencia de verano de los dos hermanos que reinaban en Tigalate, los cuales en invierno se trasladaban hacia zonas más próximas al mar (F. DUARTE; 1981: 209). Pero, también hemos de apuntar que en este caso se trata de datos poco fiables, puesto que nos estamos refiriendo a una historia novelada de un episodio concreto de la etapa prehispánica de Tigalate.

Guerras y Razzias

Aparte de la cita literal sobre los límites geográficos y los reyes del bando de Tigalate, que ya vimos anteriormente, los autores antiguos hicie­ron muy pocas referencias a otros aspectos específicos de este lugar o que se desarrollaron dentro de su demarcación para referirse al conjunto de los benahoaritas. Aún así, los dos reyes de Tigalate van a formar parte activa en una serie de episodios puntuales que vamos a estudiar seguidamente. Se­gún todos los cronistas, uno de los rasgos más característicos de la perso­nalidad de los antiguos palmeros era su carácter pendenciero y belicoso. Por ello no debe extrañarnos que los episodios bélicos fuesen relativamente frecuentes entre los distintos cantones independientes.

Sin duda, la guerra fratricida más importante, que ha sido muy bien descrita por los cronistas de la conquista, fue la que enfrentó a Atogmatoma (capitán de Tijarafe) con Tanausú (jefe de Aceró). En esta contienda se vieron implicados todos los demás bandos de la isla, ya que sus cabezas visibles tomaron partido por uno u otro cabecilla teniendo en cuenta, sobre todo, los lazos de parentesco que les unían. Como no podía ser menos, en esta guerra insular también intervinieron Juguiro y Garehagua, cuya partici­pación no fue excesivamente importante aunque, eso sí, se aliaron con el bando vencedor. Las únicas referencias claras a estos guerreros están en las siguientes palabras: "...Pero, como Tanausú vio que cada día venía gente de refresco en favor de Atogmatoma, salióse de Acero con su gente y subiéronse al roque de Benehauno, y de allí pidió socorro al capitán Chenauca y Aganeye y a Suquahe y Juguiro y Garehagua, que eran sus primos; los cuales juntaron su gente para ir en socorro de Tanausú..." (J. ABREU GALINDO; 1977: 273). De esta cita se desprende que la ayuda prestada a Tanausú por Juguiro y Garehagua, entre otros, fue suficiente para decidir la contienda en favor de esta coalición.

Una de las historias más hermosas de la etapa prehispánica palmera tuvo por escenario los paisajes del cantón de Tigalate. En este episodio se dan cita buena parte de los rasgos que caracterizan la personalidad de los antiguos palmeros: valentía, honor, venganza, amor a su tierra, pasión, odio, etc. Nos estamos refiriendo a los sucesos protagonizados por un bimbache (nombre que reciben los primitivos habitantes de El Hierro) llamado Jacomar. No contamos con fechas precisas sobre el desarrollo de los acontecimientos, aunque a través de una serie de referencias indirectas podemos situar­los en un momento muy cercano a la conquista de la isla por las huestes de Alonso Fernández de Lugo. Sabemos que ya la isla estaba dividida en doce bandos independientes y, si tenemos en cuenta los datos aportados por J. Álvarez Delgado sobre que esta compartimentación ocurrió a partir de 1440, es obvio que la historia tuvo que desarrollarse entre esa fecha y 1493. Por esos años ya hacía bastante tiempo que las islas de Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro habían sido conquistadas y se había iniciado el pro­ceso de colonización.

Según nos informan los autores antiguos, los herrenes tenían la cos­tumbre de organizar frecuentes razzias a La Palma para proveerse de escla­vos, ganado, cueros, etc. Tras uno de esos desembarcos en las costas del cantón de Tenagua, decidieron trasladar sus correrías más hacia el sur, aso­lando la zona costera de Tigalate, donde tomaron tierra. Allí capturaron a un hombre y una mujer. Esta última era la hermana de Juguiro y Garehagua, cuyo nombre (inventado por la historiografía moderna) era el de Arecida (F. DUARTE; 1981: 209). Todas las crónicas de la conquista de La Palma nos hablan de la fiereza y valentía de las mujeres benahoaritas, y ésta no iba a ser una excepción. La princesa decidió luchar por su libertad antes que verse cautiva y, sobre todo, ser trasladada fuera de su querida isla. El ímpe­tu que puso en esta empresa fue tal que su captor, Jacomar, no tuvo más remedio que darle muerte para salvar su propia vida. Finalmente, y tras la obtención de un buen botín, los bimbaches decidieron regresar a su tierra hasta que se organizase una nueva expedición de rapiña.

Las razzias de los primitivos herrenes eran tan frecuentes y dañinas que los benahoaritas buscaron la forma de poner freno a estos episodios sangrientos. A ello contribuyó, sin duda, la feroz defensa de su territorio que hacían los antiguos palmeros, como lo demuestra la trágica muerte del noble Guillen Peraza en las playas de Tihuya. Finalmente, se firmó una paz que facilitaba las transacciones comerciales entre ambas islas. Este tratado posibilitó la vuelta a La Palma de Jacomar y, desgraciadamente para él, a los dominios del cantón de Tigalate, donde refirió la historia de la valerosa mujer a la que tuvo que quitar la vida en defensa propia, con tan mala fortu­na que uno de sus oyentes fue Garehagua (hermano de la princesa asesina­da). El rey no pudo contenerse y poseído por la ira "...le dio a el Jacomar por la varriga, atravesándole con una asta engastada en un quemo de cabra, y quedó quebrado el trato." (T. A. MARÍN DE CUBAS; 1982:

272). Esta historia novelesca y envuelta en cierto halo de misterio y leyenda debió ocurrir en la realidad. El hecho de que sucediese en Tigalate no debe extrañarnos, puesto que sus moradores serían unos de los más afectados por este tipo de razzias y saqueos, habida cuenta de la abundancia de pe­queñas calas y playas arenosas que jalonan sus costas y donde los desembarcos no plantearían excesivas dificultades.
En esta parte de la isla tuvieron lugar algunos episodios relevantes de la conquista, ya que en esta zona se desarrollaron las primeras escaramuzas serias y sangrientas que tuvieron que enfrentar las huestes de Alonso Fernández de Lugo. Tras el desembarco de las tropas en el Puerto de Tazacorte (cantón de Aridane) quedó bastante claro que el sometimiento de la isla no sería un paseo militar y que entrañaría grandes dificultades. Los rebeldes estaban liderados por el capitán de Aceró y hacia sus territorios infranqueables se retiraron la gran mayoría de los insurgentes.

Antes de iniciar un enfrentamiento directo con Tanausú, el jefe de la expedición castellana decidió recorrer otras partes de la isla para conocer el grado de oposición a su empresa de conquista. Por eso "...les invio otro mensage ysla por muy malos passos, quebradas, barrancos y despeñade­ros, llegando a los cilios o territorios de Tigalate y Mazóte dos esquadras de palmeros armados de gruesos palos, astas y piedras como los de las demás yslas, invioles su recado Alanzo de Lugo con Juan Palmero inter­prete a los capitanes Jaguiro, y Jarajagua, y antes de oír la razón respon­dieron que por ningún modo les dexaran pasar ni admitirles de paz, ni dejar de pelear, y sin mas esperar se vinieron entrando por las armas, tocóse a el arma sin perdonar aiuda y empesando primero a lansearlos, que se dispuso lo bastante para escarmentarlos I matando a muchos y cau­tivando no pocos, y otros se fueron retirando a una sierra llamada Tinibucar y haviendo ido en su alcance fueron de nuevo allí muertos, y cautibos, y los que huieron fueron apellidando por toda la ysla el estrago que los xristianos les havian hecho y assi fue muí alterada la parte que havia que­dado por correr, mas los cautivos viendo el buen trato y cariño que les mostraban los xristianos fue causa de quietar los ánimos alterados; prosiguióse castigando cruelmente algunos reveldes y este fue motivo de mas prisa a entregarse a el dominio español..." (T. A. MARÍN DE CU­BAS; 1986: 236). Así pues, los benahoaritas mazucos fueron los primeros que sufrieron la arbitrariedad y brutalidad de los conquistadores castellanos. A partir de esos momentos, sólo quedaba afrontar una heroica resis­tencia a un grupo de personas que tenían como ideal común el amor pro­fundo a su tierra y unas ansias ilimitadas de libertad. Pero ésa es otra historia, cuyo triste final es de sobra conocido por todos. (Felipe Jorge Pais Pais, 1998: 37 y ss.)