lunes, 16 de diciembre de 2013

CAPÍTULO XLI-VI



EFEMERIDES CANARIAS
UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS
PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1791-1800 

CAPÍTULO XLI-VI




Eduardo Pedro Garcia Rodriguez
1805 Noviembre.
Noticiar el número de embarcaciones y los diferentes motivos, políticos o casuales que obligan a arribar al Puerto del Arrecife naves procedentes de varias partes del mundo, sería asunto interminable. Únicamente indicaremos de algunas que por sucesos más o menos extraños lo verificaron v. g. El principios de nove del año 1805, salió de Tenerife un bergantín corsario francés, nombrado el «Gen1 Blanchan», Cap". Jn. Bta. Pruste, al cual había perseguido una fragata de guerra inglesa, que temiendo la imprudencia de abordarle por la no­che con 4 botes cerca del P'°. de la Orotava, el corsario a boca de ja­rro les dio una descarga de fusilería que les sumergió dos, y siempre huyendo se entró a refugiar en este Pto. de Naos, hasta que no hubo que temer y salió a sus correrías. El capitán de presa de este buque era Dn. Antonio Manaebrayon, portugués casado en el P'°. de la Orotava. (José A. Álvarez Rixo, 1982:202-204)
1805.
Se acabaron los frailes, pero cuando pasados muchos años cualesquier curioso acierte a leer algunas de sus constituciones conserva­das en alguna biblioteca, quedará satisfecho deberían ser semisantos los que por ellas se regían. Ayunadores, sujetos al celibato, orando a diversas horas del día y de la noche, sabios, humildes, limosneros etc. Le dará lástima se hubiese extinguido la turba de tan angélicos varones. Sin embargo, si quien tal piense pudiese hacer comparecer a su examen a los religiosos del siglo último, y aún de los pasados, descubrirá su grande error, porque eran con pocas excepciones todo lo contrario a su rígido instituto y como tenían el vientre lleno sin costarles mucho trabajo, eran alegres, correntones, revoltosos, comelones, ambiciosos y celosos de que se les respetase su santo hábito para gozar de inmunidades.

Fray Bernardino Acosta, según habrá visto el lector al capítulo X y XVIII, fue uno de tantos adornados de varias de estas santas vir­tudes de su época y entre sus graciosas travesuras recordaré una que revela su carácter lo mismo que la necedad de nuestras monjas. A fi­nes del año 1805, venía este fraile con otro desde Garachico para La Orotava.

Al pasar por El Realejo, tuvo sed y ocurrióle parar en uno de los libratorios de nuestras monjas: tomó un tono a lo andaluz para no ser conocido, y como las monjas según costumbre fuesen curiosas e impertinentes; a tantas de sus preguntas le vino a pelo decirles; ha­bía sido capellán de un navio de guerra en el combate de Trafalgar; que una bala le había arañado la nariz, que otra en el santo escapula­rio no le pudo penetrar. Y como añadiere, si aquí en Canarias no eran las religiosas hábiles fabricantes de dulces, bizcochos y demás pastas como las de España? quisieron ellas hacer las suyas y se las trajeron a porfía, regalándole de perlas para que las encomendase a Dios en su viaje para las Indias. Cuando el buen fraile remedando el andaluz y monjil acento relataba este cuento, todavía se reía como un niño.

Al llegar desterrado por el capitán general duque del Parque desde la isla de Lanzarote a la de Tenerife, escribió a mi padre y le decía «Que pasada la sorpresa y el susto, se hallaba igualmente ale­gre que antes, según debía usarlo todo fraile». Era aún de mediana edad y falleció poco después en su convento de la villa de la Orotava, el mismo año de 1811. (José A. Álvarez Rixo, 1982:209-210)
1805.
En el verano de este año; ya se habían aparecido otra fragata y un bergantín ingleses, estuvieron en tierra por la parte de Arrieta (Lanzarote), y siguieron la vuelta del Arrecife. Alarmada la isla, y dando por supuesto sería invadido y saqueado dicho puerto, bajó a su de­fensa el único regimiento de milicias que hay en el país, con mucho paisanaje. Mas si los enemigos tuvieron esta idea la mudaron al ver desde sus naves la soldadesca que se agolpaba a rechazarles. Y aunque los
capitanes atendieron a la manutención de sus respectivas compañías, dicho Alvarez que era alcalde real del Arrecife, suplió el agua que aquí es grande regalo por lo mucho que cuesta con otras varias cosas para la muchedumbre por espacio de tres días. La tropa, antes de marcharse a sus hogares, hizo que un piquete precedido de los tam­bores le fijase a su puerta un papel lleno de agradecimientos. Toda la milicia formó delante y alojó en la grande bodega de Alvarado.

Desde entonces se emplearon a tomar providencias para pro­veer de algunas armas a estos moradores. No habiendo fusiles ni cosa que lo valiera, por disposición del alcalde mayor de la isla Dn. Cristóbal de la Cueva y Zaldívar, se hicieron porción de lanzas que aquí llamaron cuchillas, las cuales se repartieron a los paisanos di­vididos por centurias, y un sujeto visible hacía de capitán o centu­rión. A este puerto le cupieron dos de estas compañías, distinguidas entre sí por la primera llevar cucarda blanca y roja, y la segunda blanca y verde.

Pero además de esta débil defensa, había de guarnición algunos milicianos (una compañía, a veces) que del interior bajaban con sus oficiales, y como no hay cuartel se alquilaba una casa de cuenta del rey para que alojasen. Se trajeron dos cañones violentos del pequeño parque que se guardaba en la villa de Teguise; y dos lanchas de las mismas que cargaban la barrilla se armaron de cañoneras para salir algunas noches de ronda. Dn. José de Armas Betancourt dueño de una de ellas, fue el promotor de estas últimas medidas a causa de un genio solícito por aparatos bélicos o fiestas de carnestolendas las cua­les le entretienen de la propia manera.

Observaremos, que dígase lo que se quiera; este puerto para su seguridad militar exterior, necesita otra fortaleza más al poniente, construida donde llaman la Bufona, que pueda impedir la entrada por la barra del O. del Arrecife; de lo contrario ni enemigos ni con­trabandistas tienen obstáculo para entrar y salir cada vez que les convenga. En parte tan importante sólo había un paredón seco lla­mado el Reduto, donde iban algunos soldados de guardia si se tenía sospecha de cualesquiera intentona.  (J. Álvarez Rixo, 1982:70-71)
1805.
Luego que se de­claró la guerra y los ánimos estaban más dispuestos para rechazar los asaltos de tales corsarios, se armó aquí una balandrita del tráfico, mandada por su dueño y patrón Manuel Valentín López que tam­bién era artillero. Venía ésta cargada desde Canaria, y cerca de Lan-zarote se vio acometida por dos botes ingleses procedentes de un ber­gantín corsario que estaba a mucha distancia a causa de la bonanza. López empezó a jugar sus pedreros y arredró a los enemigos. Pero su mala suerte quiso que condujese a su bordo a Dn. Domingo de la Cueva, beneficiado de esta isla, con sus hermanas y cuñado Dn. Leandro Camacho. Este último, joven y militar, era el más resuelto a la defensa, sin atender a los clamores de la mujer y de Cueva para que desistiese. Subió el beneficiado sobre combés, y puesto de rodi­llas, su excesivo temor le sugirió tanta persuasiva representando, la ineficacia del buque que montaban, y que por aquella temeridad se exponían a ser pasados a cuchillo sin remedio que empezaron los mareados pasajeros a asustarse retrayéndose de la defensa, y el pa­trón López tuvo que desistir a la fuerza. Todavía atracaron los ingle­ses temerosos de alguna estratagema; pero señoreados de la balandra, la robaron cuanto había y trasbordaron al corsario al mismo Cueva y familia, a quienes después desembarcaron en una playa desierta de la propia isla.

En aquella semana, se apareció otra goleta inglesa, acabó de ro­bar lo que quedaba en la balandra y la dio fuego. A López se lo lle­varon a Inglaterra los del bergantín, para los cuales fue de notable servicio, porque los corsarios con el abundante vino que habían ro­bado en Canarias, se emborrachaban con frecuencia, en cuya situa­ción nada les importaba, se tupían las bombas, y él acudía a tiempo a esta indispensable maniobra. Llegados a Londres, le soltaron sin más ceremonia en uno de los wharfs de aquella metrópoli inmensa, donde jamás había estado, sin saber el idioma, y sin un maravedí. Pero como la necesidad es discursiva, le ocurrió decir, Mr. Cólogan,: Y alguno que quiso cerciorarse de lo que preguntaba aquel hombre, le llevó a otro que balbuciaba algunas palabras espa­ñolas y portuguesas, a quien López significó, quería ir casa de un co­merciante llamado Mr. Cólogan, que le parecía había en Londres. Por fortuna, éste nombre no era desconocido del intérprete, y lo con­dujeron allá. Dn. Juan Cólogan Fallón le recibió con cariño y le dio unos billetes de valor de algunas libras esterlinas para que se equipa­se de ropa y demás necesario. Jamás había visto López letras de cam­bio, y se quedaba estupefacto cuando además de los ingleses darle cuanto él les señalaba, le entregaban puñados de chelines, y que cuando ya adquiridos éstos iba a pagar con ellos en otra parte, se los devolvían y preferían el papel dándole además la demasía en dinero. Cólogan también le proporcionó volver a su país en un barco neutral adonde llegó inesperadamente en septiembre del mismo año 1805. (J. Álvarez Rixo, 1982:72-73).

1805.
Para los que gusten hacer comparaciones comerciales del estado de la navega­ción de cada una de las islas Canarias para las Américas, apuntaremos a cuales de ellas pertenecieron estos grandes bajeles. El «Cotardo», a Tenerife: «La Paloma» a la Pal­ma: «Espinosa», «Siete Cabezas» y el «Santiago», al comercio de Tenerife, también. El año 1805 y, a fin de guarecerse del riesgo de la guerra con Inglaterra se depositaron en P'°. Naos 7 u 8 buques de la Carrera de América, figurando ya el Arrecife entre ellos con una fragata propia de D. José Morales vecino suyo. Otro de dichos barcos pertenecía a Canarias: otro a La Palma, otro a Málaga, otro a Santander o Bilbao, y los demás a Tenerife, y solamente salieron dos o tres de ellos que lograron pasaportes por­tugueses para embanderarse, dos resistieron mal tiempo, y tres detrimentados del sol, y cansados de esperar sus dueños por la paz los desbarataron. (J. Álvartez Rixo, 1982:130)

1805 Mayo.
El clero de la secta católica dice la primera misa en la parte nueva de la Catedral de Winiwuada (Las Palmas).

“La pequeña ermita de San Antón, situada dentro del recinto que ocupó el campamento o Real de los invasores en Las Palmas, había servido en los primeros tiempos de la conquista de templo catedral. En 1496 se adquirió por el cabildo la huerta de Juan Siverio Mujica y se abrieron en ella los cimientos de la nueva iglesia, que había de ser tan suntuosa y elegante como lo eran entonces casi todas las catedrales españolas. Los arquitectos Motaude y Palacios, trazaron y continuaron la obra que, al fin, fue consagrada en 1570, aunque las capillas laterales se hallasen todavía en construcción y no se tuviese crucero ni sacristía, por lo cual se levantó una pared en el sitio que hoy ocupan los púlpitos para separar la porción concluida de la que aún estaba por terminarse. A espaldas de la catedral, y mirando hacia la plazuela de los Alamos, se alzaba la parroquia o sagrario llamada iglesia vieja, a cuyos lados se descubrían muchas callejuelas estrechas, cortas y torcidas que recordaban al primitivo núcleo de la ciudad.

Llenas en el siglo XVIII las arcas del cabildo, y deseando sus ilustrados individuos emplear aquellos caudales en mejoras útiles al país, vacilaron por mucho tiempo en darles una conveniente aplicación. Opinaban unos que aquellas sumas se dedicaran a fomentar la población rural en las desiertas costas del sur de Canaria y Tenerife. Creían
otros que sería más beneficioso a sus intereses aumentar el número de las parroquias y, de este modo, facilitar el pasto espiritual de los fieles. No faltaban algunos que opinasen por la adquisición de objetos piadosos, como ornamentos, retablos e imágenes, que avivasen la fe y realzaran la majestad del culto. En medio de esta variedad de parece- res, el deán don Jerónimo Róo, criollo de reconocida ilustración, de claro juicio y acendrado patriotismo, supo inclinar el ánimo de los capitulares decidiéndoles a que aceptaran el proyecto de concluir la interrumpida obra del templo, enlazando la parte concluida con la que luego se levantaría. No era empresa fácil vencer esta dificultad.

Los primeros planos se habían perdido y era preciso adivinar el pensamiento del primitivo arquitecto. ¿Dónde encontrar una persona facultativa que se encargase con acierto de resolver el problema y llevarlo a ejecución?

Vivía entonces en Las Palmas un distinguido militar español llamado don Miguel Hermosilla, muy entendido en el planteo y alzado de murallas y fortalezas y defensor decidido de los intereses canarios, que veía con dolor olvidados de los que tenían el deber de fomentarlos. No sabemos si él mismo se ofreció a completar la obra o si alguno de los individuos del cabildo lo animó a levantar los planos y presentarlos; pero lo que sí es cierto fue que la corporación se ocupó de este trabajo, lo examinó con detención fijándose en algunos detalles que a su juicio merecían modificacíón, de cuyo acuerdo, enterado el ingeniero, se negó a la corrección y retiró sus estudios (24).

Mientras esto tenía lugar, uno de los capitulares, hijo de La Laguna, descendiente de una noble familia de colonos  irlandesa llamado don Diego Nicolás Edward, que al castellanizarse se tradujo por Eduardo, dotado de todas las cualidades que constituyen
un buen arquitecto, conocedor del dibujo y de la perspectiva, estudioso admirador de las catedrales de Toledo, Segovia, Córdoba y Sevilla que había visitado, acaricíaba la idea de concluir la catedral, combinando en el secreto de su gabinete los medios de armonizar la parte hecha con la futura  del canónigo arquitecto. Transcurridos diez
años, estaba concluido el frontis posterior con sus elegantes torreones y galerías laterales que dan ingreso al templo. También se hallaba la sala capitular, sacristía y panteón; pero al elevarse el cimborio, que en los planos alcanzaba una elevación proporcional al alzado de las capillas, el maestro encargado de la ejecución de esta porción tan importante del edificio, temiendo que los arcos torales no resistiesen el empuje y peso de la cúpula, se atrevió a mutilarla lastimosamente, dejándola a la altura en que hoy se encuentra. En mayo de 1805, víspera de Corpus, se dijo la primera misa en el altar de la capilla mayor, habiéndose antes derribado la pared que desde 1570 separaba la parte vieja de la nueva. Al año siguiente se construyó el coro en medio de la nave principal y se abrieron los cimientos de la torre del norte, bajo los planos del escultor canario don José Luján Pérez.” (A. Millares T. 1977)

1805 Mayo 6.
Nace en winiwuada n Tamaránt (Las Palmas de Gran Canaria) el criollo Agustín del Castillo y Bethencourt,  Cuarto conde de la Vega Grande de Guadalupe. Fue el último alférez mayor de la isla y ejerció una poderosa influencia en los intereses públicos de su patria, contribuyendo a los progresos de la agricultura y al desarrollo de todos los elementos sociales que podían ser útiles a Gran canaria. Falleció en la misma ciudad el
28 de junio de 1870.

1805 Julio 31.
Vecinos de Lanzarote presentan demanda por la actitud despótica del Coronel de Lanzarote por su pretensión de apropiación de unos terrenos que habrian de repartirse entre los vecinos. El alcalde, que no siendo fuerista no tenía por­qué disimular las usurpaciones del gobernador militar, con otros  vecinos que ya había de posibilidades, hicieron una suscripción y co­misionaron a D". José del Castillo Roche, natural de la Palma, quien pasó a Canaria a defender el negocio, donde presentó su primer es­crito desde 31 de Julio de dicho año. Es notable que entre los subscriptores no se ve ningún militar, aunque había algunos entre los ve­cinos agraviados; lo que comprueba cuanto temían las venganzas de su jefe.
El fiscal después de hacer oportuna recapitulación de los es­candalosos manejos del coronel Guerra, hizo patente al tribunal: Que dicho gobernador aprovechándose de la prepotencia que cono­cidamente tenía sobre los peritos, quería hacerse dueño de la pobla­ción entera. Y la S.V. Audiencia satisfecha del derecho que tenían a su libertad los vecinos del Puerto del Arrecife, como de la codi­ciosa injusticia del coronel; en Sv. Provisión fecha a 23 de enero de 1806, resolvió conforme aquellos la pedían; a saber: Se hiciese el deslinde con citación del síndico personero y del apoderado del se­ñor territorial de la isla. De consiguiente, Guerra se quedó in albis, conceptuado además de despótico usurpador. Al instante se subdi-vidió el predio entre los vecinos, quienes en agradecimiento señala­ron un sitio al alcalde real que con el tiempo la transfirió a un colo­no. Y en el punto principal de la contienda se fabricó dentro de po­cos meses una acera de casas vuelta al poniente que denominaron calle nueva; siendo la única recta que existía hasta dicho año.
 De estos autos consta, que las playas del Arrecife eran desiertas e infructuosas.

«Para intentonas tan patrióticas como la precedente», dice la Memoria que seguimos; «gustan aquí tener el mando de las armas, muy perjudicial si quien lo ejerce no es persona desinteresada y ra­cional. En prueba de ello me citaron, que este mismo coronel, tenía una viga de lagar en el almacén de la Aduana el año 1802; envió por ella, no estaba el almojarife en el pueblo, sino su sobrino, que no guardaba la llave o no podía hacer uso de ella sin su orden; y los mi­litares que mandó el gobernador echaron las puertas abajo. ¿Podría preguntarse a su señoría, si acaso fue educado en el vecino Mogador?» (J. Álvarez Rixo, 1982:52-54)
1805 Diciembre 6.
Sin embargo de tan buenas fortalezas que contaba el lugar, algunos buques de guerra y corsarios ingleses, han solido causar serias alarmas, puesto que han entrado sus lanchas en el Puerto de Naos (Lanzarote), del cual extrajeron en la noche seis de diciembre de 1805, dos bergantines del país cargados de trigo del rey. Se conoce que tenían buen práctico, porque de lo contrario hubiese sido casi imposible. Los castillos empezaron a ca­ñonear cuando no había remedio, y sólo pudieron herir a un marine­ro de la fragata enemiga. Parlamentó ésta a la mañana siguiente y se rescataron los barcos por dos mil pesos fuertes.

También en este rescate que redundaba en pro de S. M. y la ma­rina, hubo su Pedro Recio. El uno de los barcos nombrado «.V. Mi­guel», pertenecía a Miguel Soco de Canaria; el otro, «Cupido», a H. Barradas del Puerto de la Orotava. Los ingleses dieron media hora de término para aprontar el dinero, e Ínterin se estaba en esta dificultad por los pobres patrones, dijo un oficial de Milicias: que era vergon­zoso, que habiendo militares acaudalados sirviendo al rey, no se dig­nasen facilitarlo entretanto para salvar el trigo de S. M... Oyólo Dn. Ginés de Castro por quien se virtió la especie, y presentó los dos mil duros. Pero así que llegaron los bergantines a tierra, se pretendió ha­cer dueño de ellos, aunque se le devolvía la cantidad ya reunida por los patrones, auxiliados de sus amigos compadecidos.

Al ver tal felonía, Soco fletó un bote acto continuo, se transpor­tó a Sta. Cruz de Tenerife a pesar de lo riguroso de la estación, y se quejó al comte. general marqués de Casa-Cajigal. Este lleno de cólera viéndose privado del pan para la tropa que le precisaba, mandó prender a Castro sin comunicación, si en el momento no restituía los buques a sus dueños y el grano al rey, recibiendo de Dn. Manuel José Alvarez el dinero, a quien el E. ocupó en este lance, y todavía su hijo guarda el recibo sin saber quién se lo habrá de pagar. Obedeció Cas­tro viendo se le remitía preso. Y estas diligencias costaron al pobre Soco cosa de 300 ps. crrte. además del riesgo de la travesía en tan frá­gil leño, dilató el envío del pan de la guarnición y expuso los barcos a ser nuevamente apresados por otros corsarios enemigos, que de­bían salir de Gibraltar algunos días después de la fragata, pero quiso Dios que llegasen a salvo. (J. Álvarez Rixo, 1982:69-70)



1805 Febrero 21. Nuevas disposiciones regias de la metrópoli  de 24 de septiembre de 1804 sobre nombramientos de alcaldes mayores letrados en lugar de los ordinarios en todos los pueblos de señorío del reino y de 21 de febrero de 1805 comisionando a la Audiencia de Canarias para que arregle y mejore el sistema de gobierno político de su territorio y de la administración de Justicia, vuelven a poner en discusión el derecho de propuesta de alcaldes ordinarios por parte de las islas de señorío feudal. Si nos atenemos a lo expuesto por el Ayuntamiento de Erbania (Fuerteventura) sobre tal pretensión, hemos de considerar que la respuesta que se dio por el resto de las islas señoriales fue negativo a la presencia de alcaldes letrados y a favor de la propuesta de alcaldes ordinarios.

¿Por qué rechaza el Ayuntamiento de Erbania (Fuerteventura) los alcaldes de letras?

Entre las razones, consideradas injuriosas por la propia Audiencia, pueden señalarse el excesivo costo frente a la asesoría que acompañaba a los alcaldes ordinarios, porque de los alcaldes mayores “forasteros” no cabría esperar la misma compasión de un paisano que en los momentos de miseria sufre las mismas indigencias que los naturales y, por tanto, no buscaría arbitrios como quien no lo es, y, finalmente, porque renunciar a la propuesta anual de personas dobles para los oficios de república significa volver a experimentar la presencia de alcaldes ordinarios “extraños” que tanto daño habían hecho a la isla.

Finalmente, el establecimiento de los alcaldes letrados no prospera por los acontecimientos políticos de en la metrópoli en 1808 y la abolición de los señoríos en 1811, por lo que los cabildos de las islas de señorío feudal, después de los períodos constitucionales de 1812-14 y 1820-23, debieron ajustarse a la reforma general, que modificó la antigua legislación, conforme a la A. C. de 17 de octubre de 1824. Esta disposición confirió a la Audiencia de la colonia la facultad de hacer los nombramientos de los oficios concejales, a nombre del rey español, previa terna de los mismos ayuntamientos. Tras las alternancias constitucionalistas y absolutistas, en 1835 se inicia la andadura de los ayuntamientos en su configuración actual. (Vicente J. Suárez Grimón y Adolfo Arbelo García; 1991).



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