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viernes, 27 de septiembre de 2013

LOS HERMANOS SILVA UNOS COLONOS PIRATAS AFINCADOS EN CHINECH (TENERIFE)



 





Eduardo Pedro García Rodríguez*

Entre los usos y costumbres aportados por los colonizadores europeos en canarias, no podía faltar el ejercicio de una actividad tan lucrativa como la de la piratería, el corso, y el tráfico de esclavos.

Generalmente, estas actividades quienes las practicaban acostumbraban enmascararlas bajo el eufemismo de mercaderes, descubridores e incluso, de conquistadores. Estas actividades depredadoras están documentadas en las islas desde tiempos anteriores a la conquista, manteniéndose prácticamente sin interrupción hasta finales del siglo XIX.  

Fueron varios los piratas y corsarios canarios cuyo conocimiento ha llegado hasta nosotros, suponemos que son muchos más los que ejercieron estas actividades, y que las generaciones posteriores se encargaron de silenciar, especialmente cuando era ejercida por portadores de apellidos que con el transcurso del tiempo, y disfrutando de desahogadas posiciones económicas, en muchos casos, procedentes de las rapiñas de sus antecesores, aspiraban a presumir de ascendencia noble o hidalga

Concretamente en canarias, en algunos casos concurrieron en determinados individuos ambas circunstancias. Nobles segundones que desde primeros tiempos de la conquista se dedicaron a la piratería y al tráfico y venta de seres humanos. Un caso notorio fue el protagonizado por los hermanos Silva, hijos de un colono poblador de Tenerife, el portugués Gonzalo Yánez (Gonzalianez),  rico hacendado en Daute. Éstos no necesitaron ser nobles ni hijosdalgos para aceptar la oferta que se les hizo por parte de Ordaz para ir a “rescatar” indios americanos, oro y lo que se terciase en la aventura.

El de octubre  de 1530 salía de San Lucar de Barrameda rumbo a las Indias una flotilla, el 30 del mismo mes echaban anclas en la rada de Santa Cruz, la escuadrilla estaba compuesta de una nao y tres carabelas. Al mando de esta armadilla venía el aventurero con título de Adelantado Diego de Ordás (u Ordaz), quien había sido precedido en la arribada por su apoderado Alonso de Herrera, maese de campo; quien tenía la comisión de reclutar soldados en la isla, pues quinientos hombres que formaban las tropas de la expedición eran insuficientes para las conquistas que tenía concertadas el Adelantado según las capitulaciones que portaba, para la conquista y poblamiento desde el Marañón (Amazonas) hasta Maracapana.

Diego de Ordás natural de Castroverde de Campos (Zamora, España) nació sobre 1480 y falleció en 1532, hombre de dilatada experiencia en las conquistas y saqueos de las Indias, ya que con anterioridad a la obtención de su adelantamiento había participado en las expediciones de Alonso de Ojeda en su viaje a Cartagena de Indias (1509), a quien ayudó a degollar varios cientos de nativos en venganza por la muerte del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa. Con Diego Velásquez de Cuellar en Cuba (1519), al que abandonó para unirse a Hernán Cortés en la conquista de México (15), al ofrecerle éste una mayor participación en despojos que se pudieran obtener en la masacre proyectada contra el pueblo azteca.

Precisamente, los despojos que le correspondieron al capitán Ordás en el genocidio de México, le sirvieron para financiar la expedición que estas fechas emprendía al Marañón.

Cuando la flotilla de Ordás recaló en la rada de Santa Cruz, vivían en la plaza tres hermanos Silva, jóvenes colonos de origen portugués y de razonable posición y mediano pasar económico. Alonso de Herrera no tardó en contactar con Silva

Con verbo fácil, Herrera les pintó la fortuna que les esperaba en territorios por descubrir y conquistar y saquear,  les garantizó que si su aportación a la empresa era importante tendrían en ella poco menos mando que el mismo adelantado. Los hermanos no debieron necesitar mucha argumentación para tomar una decisión por que, inducidos por sus espíritus inquietos y aventureros, y ante la oferta de ganancias fáciles y posibilidades de poder que les planteó Herrera,  decidieron incorporarse a la expedición de conquistas y expolio.

Ordás partió del puerto de Santa Cruz el 13 de diciembre de 1530, habiendo acordado previamente con los hermanos Silva que éstos les alcanzaría en la costa de Paria-por la cual pensaban iniciar la entrada-una vez que tuviesen en disposición de hacerlo. Los Silva entusiasmados con el proyecto vendieron sus propiedades, comprometiendo además a parientes y amigos para que hiciesen lo mismo y les acompañasen en la aventura. En total levantaron doscientos hombres entre marineros y gentes de armas más algunas mujeres de vida poco honesta. El mando lo asumió el hermano mayor Gaspar de Silva, a quien secundaban los otros dos hermanos Juan y Bartolomé González. Con el producto de la venta de sus vienes compraron una vieja nao y una carabela y las pertrecharon, como pudieron con armas, municiones y provisiones ya que el presupuesto era bastante exiguo.  

Los Silvas estaban atareados con estos preparativos, cuando arribó a la bahía de Santa Cruz un galeón de gran porte. Propiedad de un comerciante portugués que venía cargado con diferentes mercancías para vender en la isla.

Con el mercader viajaba una doncella de poca edad, posiblemente su hija o sobrina, llamada Isabel. El mayor de Silvas, Gaspar, se enamoró a primera vista de la excelente estampa y recia apariencia del galeón. Gaspar comenzó a frecuentar las tabernas del puerto hasta que como por casualidad, trabó amistad con el piloto del galeón quien no estaba en buenas relaciones con el propietario y armador, mantuvieron largas conversaciones sobre el inminente viaje a Indias, quejándose Silva del mal estado de la nao que había comprado y ponderando las buenas condiciones marineras del galeón, poco a poco fue fijando en la mente del patrón-piloto sus ocultas intenciones, hasta que éste terminó por proponer a Gaspar de Silva que se apropiase del galeón pues ¿acaso no era en servicio del rey la conquista que se disponía a emprender?  No necesitó más argumentos el joven Gaspar, además no había en Santa Cruz una fuerza capaz de oponerse a sus doscientos hombres en armas.

Fue a ver al dueño del galeón y le expresó sus deseos de quedarse con el mismo, el atónito portugués protestó enérgicamente ante la osadía de Silva pero poco más pudo hacer ante doscientos hombres armados que  acompañaban al pirata. Ya metido en faena, el pirata decidió que las mercancías que transportaba la nave también las necesitaba, y para redondear el negocio, decidió llevarse la doncella, así que sólo permitió desembarcar al anterior dueño del navío y a los marineros que decidieron seguirle.

Varios de los marineros con el maestre a la cabeza optaron por unirse al ladrón y seguirle en su aventura. Silva para no dejar varados en seco al armador y marineros despojados, a cambio de la presa les dio la desvencijada nao que ya no necesitaba; sí bien previamente hizo trasbordar al galeón y a la carabela todos los pertrechos que habían adquirido para el viaje.

Gaspar de Silva, cuyo verdadero nombre era Gaspar González de Silva, había nacido en Portugal sobre 1498, era el primogénito de Gonzalo Yánez (Gonzalianez), uno de más ricos colonos hacendados de Chinet (Tenerife) a raíz de la invasión y conquista de la isla, fue generosamente datado por el Adelantado de Canarias Alonso Fernández de Lugo, llegando a ser el hombre de confianza de éste en la zona de Daute.

Con anterioridad al alistamiento en la expedición de Ordás, Gaspar ya había practicado la piratería en unión de sus hermanos. En 1527 hizo una expedición de rescate (captura de esclavos) a Berbería; sus hermanos ya habían hecho otra en 15, y en 1525 robaron la carga de un navío portugués en Cabo Verde.

La suerte sonreía a los piratas con lo que, Gaspar de Silva veía la conquista del mundo mucho más fácil de cómo se la habían pintado. Colocó a Juan y Bartolomé al frente del galeón reservándose para sí la carabela en la que embarcó con la doncella Isabel. Únicamente les faltaba completar la provisión de alimentos, y para hacerlo de la manera más económica posible pusieron rumbo a las islas de Cavo Verde, escala habitual por aquella época de las travesías atlánticas. Durante el viaje, Gaspar para no permanecer ocioso aprovechó el tiempo violando a la portuguesa Isabel.

Llegaron al archipiélago y desembarcaron en algunas de sus islas, con la experiencia obtenida en la adquisición del galeón y sus mercancías, ahora se les hacía pesado el tener que desembolsar dinero por la carne y demás provisiones que querían embarcar. Así que decidieron armar a los hombres y saquear las haciendas de sus compatriotas portugueses, lo que llevaron a efecto faenando reses, cabras y cerdos para hacer tasajos y llevándose de paso todo lo que encontraron de algún valor. Así debidamente pertrechados, arrumbaron a las Indias Occidentales. El galeón resulto ser un excelente velero y pronto dejó atras a la carabela, Gaspar, que en el viaje iba disfrutando de la joven portuguesa, tampoco ponía mucho interés en alcanzar a sus hermanos. Juan y Bartolomé, quienes avistaron la Trinidad, entraron por la boca del Drago al golfo de Paria y buscaron la fortaleza donde estaba ubicada la base de los conquistadores en la recién fundada San Miguel de Paria (1531). Allí estaba Ordás y sus hombres construyendo los bergantines con que remontar el río Orinoco. El Adelantado, que ya pasaba de cincuenta años de edad, quedó gratamente sorprendido por la maña que se habían dado aquellos jóvenes de Canarias para habilitarse, no sólo traían un extraordinario galeón sino que además portaban armas, comida y ropas de sobra, por consiguiente les recibió con júbilo y les dio permiso para vender a sus hombres, mucho peor provistos, todo lo que les sobrase. Durante dos o tres días el campamento estuvo de fiesta. Sin embargo no todos los integrantes de la compañía de Gaspar Silva aprobaban los métodos empleados por el pirata, entre ellos habían dos que se mostraron especialmente críticos, Juan de Briones, vecino de la Orotava , quien era encargado por el Cabildo de la isla para el peso de la harina en Tenerife. Se alistó en la leva de Silva y fue integrado en la compañía de Hernán Sánchez Morillo (posteriormente se estableció como mercader en la ciudad de Santo Domingo), y el mencionado Hernán Sánchez Morillo, que era natural de Borguil. Había sido  regidor alcaide de hijosdalgo de Burguil, estaba casado con Catalina Luis, pasó a Tenerife, donde hizo vida maridable con María Rodríguez de quien tuvo varios hijos. Se alistó en la compañía de Silva y después de su aventura en Indias regresó a España. Su hijo Juan le puso pleito matrimonial, a instancias de su madre ante Gaspar Justiniano el 14 de abril de 1559. Aparece como morador en Cádiz en 1565 y de nuevo en Tenerife en 1568. Ambos informaron a Ordás de las tropelías cometidas por los hermanos Silva. El Adelantado, que por esa fecha ya era caballero de Santiago por merced del Emperador, creyó oportuno montar en cólera, quizás más porque veía en Silva a unos posibles competidores en la empresa que por un afán de justicia, y argumentando que le parecía especialmente atroz la violación de la doncella portuguesa. Convocó a Gil González de Ávila, Alcalde mayor del ejército, le ordenó proceder en justicia contra delincuentes. El alcalde interrogó a marineros y soldados del galeón, y éstos corroboraron la denuncia de Briones y Morillo.


 Se procedió a la instrucción de la causa por vía sumarísima, y a pesar  de que Ordás no tenía jurisdicción en los lugares donde fueron cometidos los delitos, Juan y Bartolomé González de Silva y el maestre portugués fueron condenados a muerte y ejecutados de inmediato sobre la misma cubierta del galeón robado, y para que sirviera de mayor ejemplo: Juan y Bartolomé mediante degüello por suponérseles hidalgos; el maestre fue colgado de una entena como villano. Otros cuantos de sus hombres, aquellos que se habían mostrado más activos en la comisión de las fechorías, fueron condenados a sendas tandas de “cola de gato”. Hecha la justicia  Ordás vio sus efectivos aumentados en casi doscientos hombres más un espléndido navío, y todo ello sin haber desembolsado un maravedis por su parte. Finalizada la construcción de los bergantines, el Adelantado partió a su conquista con el grueso de las fuerzas dejando al capitán Yánez Tafur, a quien había nombrado Gobernador el 22 de junio, con una pequeña tropa al cargo del fuerte de San Miguel de Paria. Martín Yánez Tafur, es plausible que fuese hijo del conquistador canario Juan de Cartaya, quien obtuvo datas de repartimientos, entre ellas unas tierras en Tarfoya o Tafur, en Tahoro, el 15 de enero de 1501. Embarcó en la armada de Ordás ya que por alguna razón no quiso hacerlo con los Silva, fue fundador de Tocaima, donde falleció después de 1566 dejando numerosa descendencia. 

A pocos días arribó la carabela, Gaspar de Silva no se molestó en saltar a tierra, donde probablemente alguien le hubiera informado de la suerte corrida por sus hermanos. Tafur se limito a informarle de que Ordás ya andaba por las bocas del Orinoco y Silva partió en su seguimiento. Alcanzó la flotilla unas leguas adentro de la boca de Barina o de navíos y saludó disparando salvas con todas las piezas de la carabela para mostrar su alegría. Hizo arriar el esquife y fue inmediatamente a ponerse a las órdenes del Adelantado.

Apenas puesto los píes en la cubierta de la nao capitana, Ordás mandó prenderle. La causa estaba sentenciada. Además de delitos comunes a sus hermanos Gaspar tenía el de la violación de la joven portuguesa. Sin embargo las ejecuciones anteriores no habían sentado bien entre la tropa, la que estaba agradecida a Silva por la provisiones baratas que les habían vendido, razón por la cual Ordás no encontró a nadie dispuesto a degollar al mayor de hermanos. Entonces se ofreció a oficiar como verdugo -quizás motivado por alguna dádiva o  por justo resentimiento- un esclavo natural de la Gomera propiedad del propio Gaspar; quien llevaba quince años a su servicio. El día de San Juan de junio el gomero degolló a su amo sobre la cubierta del galeón. La muerte de Silva fue sentida especialmente por algunas mujeres que le acompañaban desde Tenerife; una de ellas conocida como Costanza de León, extremó sus muestras de dolor hasta el punto de arrancarse cabel, lo cual hizo sospechar a la tropa que era su amante. despojos del capitán pirata fueron bajados a enterrar a una isleta en el río Huyapari que los indios llamaban Perataure y que a partir de este hecho los españoles llamaron Silva la Grande, también conocida como la isla de Gaspar de Silva.

Con la ejecución de Gaspar, Ordás aumentó sus fuerzas con una carabela más, además ordenó secuestrar el dinero de la venta de las mercancías y de la venta del galeón -comprado a cuenta de la jornada- y depositarlo a cargo del contador del ejército para devolverlo cuando hubiera lugar a su legitimo dueño, lo que no pasaba de ser una mera formalidad para darle viso de legitimidad a la apropiación de la nave.

Ordás fue el primer europeo en remontar el río Orinoco llegando hasta la confluencia con el río Meta. En la expedición se perdió casi toda la tropa, bien en manos de indios o extraviada con todo el bagaje tras internarse en el río enfebrecida con la ilusión de hallar oro. Uno de primeros en caer fue el esclavo gomero que ejecutó a Gaspar, amaneció ahogado en el río probablemente a manos de algunos de seguidores del capitán pirata, haciendo circular entre la tropa la leyenda de que el esclavo se había arrojado al agua presa de remordimientos por haber matado a su amo.

Entre los escasos sobrevivientes de la desgraciada expedición estuvo la portuguesa Isabel. Vuelta a la costa, se casó con un castellano en Río del Hacha y falleció de muerte natural muchos años después, dejando larga descendencia de hijos y nietos en la tierra ya poblada.

Diego de Ordás durante la travesía de regreso a España en 1532, murió posiblemente envenenado, su cadáver fue arrojado al mar.

La carrera, como piratas, de los hermanos Silva fue corta, tuvieron la desgracia de topar con otro pirata más viejo y con mucha más experiencia que el. Y además tuvieron la desgracia añadida de que tal pirata, era español.
 
*Asociación Sociocultural Kebehi Benchomo
eduardobenchomo@gmail.com 
Fuentes consultadas:

Alejandro Ciuranescu
“Diccionario Biográfico de Canarios-Americanos”
 
Gerardo González de Vega
“Mar Brava”
 
 
 
 
   

 

jueves, 29 de agosto de 2013

CONTINUAN LAS ACCIONES DEPREDADORAS DE LOS CRIOLLOS CANARIOS EN ELCONTINENTE






Eduardo Pedro García Rodríguez

1605 diciembre 16. Se manda informar si es útil a los vecinos colonos de Tenerife hacer en­tradas en Berbería. Se acuerda informar positivamente, por el aumento de las reales rentas, el bien de los vecinos y de las almas convertidas a la fe (Cab. 16/12. 1605). Al haberse publicado mientras tanto la paz con Marruecos, se acuerda solicitar sólo el rescate pacífico (Cab. II, 20/2.1606). Iguales gestiones en 1610 (LL: D.XI1I/10).


Relaciones de los colonos de Canarias con el continente
“La distancia que separa las Canarias de la costa continental (africana) es tan re­ducida, que no resultaría fácil vivir de espaldas al continente. La tierra firme inmediata constituye para Canarias una zona vital, para su pes­ca, para sus comunicaciones, para su tráfico tanto como para su defen­sa y tranquilidad. Las concepciones económicas que dominaban en los albores del mercantilismo, así como la desorganización política y eco­nómica de la costa vecina, brindaban a los europeos las tentaciones de un comercio de aventura. Los portugueses, y luego los españoles, lo­graron asegurarse unas bases entre comerciales y militares en toda la extensión de la costa que va de Oran a la Mina. La ocupación, siquiera parcial, de la zona que hace frente al archipiélago canario fue casi con­temporánea de la conquista de las grandes islas; sin emoareo, qué en esta misma zona donde resultó más difícil mantenerse.

Una de las razones de sus dificultades y de sus fracasos fue el mis­mo objeto potencial de su tráfico. África prometía oro, marfil y algu­nos productos semielaborados que no carecían de interés, tales como el cuero, la miel o la cera; por otra parte, África representaba un im­portante mercado potencial para el trigo canario y para las manufactu­ras europeas, para las cuales la navegación canaria parecía el vehículo predestinado. Sin embargo, el principal aliciente del comercio africano de aventura era el esclavo. No hubiera podido ser de otro modo, una vez agotado el banco de esclavos que, en una primera época, había ofrecido el archipiélago canario recientemente invadido y conquistado.
Esta vez, todas las condiciones se hallaban reunidas. En la economía negra, el hombre era la mercancía que menos costaba, y en la mora, la que más fácilmente se podía conseguir. Las islas estaban bien situadas para beneficiarse, y no dejaron de aprovechar su posición geográfica para esta finalidad. El tráfico de esclavos fue muy activo en Canarias, con Berbería, con Guinea y más tarde, en colaboración con los portugueses, en Angola. La venta de esclavos era el remedio de muchas escaseces; si no fue todavía más activa, fue sobre todo por las muchas trabas que se le ponían desde Madrid. Hasta 1640, mientras se pudo contar con la colaboración de los marineros de Portugal, la intervención de las islas en la trata fue consi­derable: Santa Cruz fue centro de iniciativas mercantiles de este tipo, a la vez que mercado internacional de esclavos, abastecido por los canarios al igual que por los portugueses; luego, a partir de mediados del siglo XVII, los proveedores Rieron sobre todo ingleses y holandeses.
En el siglo XVI, Berbería fue para los canarios una tierra de promi­sión: por lo menos, les dio la falsa impresión de serlo. Los contactos con la costa mora fueron de dos tipos, que a menudo se confunden o coinciden en la misma empresa. Por un lado, el comercio está interesado en el verdadero comercio, en los cambios que ofrece el mercado africa­no, a veces en condiciones muy ventajosas los moros no son sola­mente clientes en potencia, sino que sirven también de intermediarios y de agentes comerciales para los cambios con África negra, de donde se sacan el oro y los esclavos, a cambio de telas y de baratijas. Por otro la­do, resulta a menudo más provechoso esclavizar a los mismos moros, en lugar de comprarles los esclavos: en este caso, la expedición comercial se convierte fácilmente en aventura militar o, como dicen, en cabalgada.
La verdad es que la correría resulta más fácil, quizá más agrada­ble, y goza de mejor consideración que el simple trato comercial. Para poderse dedicar a este último, el mercader debe pasar por el examen del Santo Oficio, tanto a la ida como al regreso; y es frecuente que se vea procesado por tratos con los moros, cuando no con las moras, que es peor, porque, como es de todos sabido, son paganos y enemigos de nuestra fe. En cambio, si se aplica a cautivarlos, el mercader se con­vierte en héroe y sus hazañas le dan lustre además de dinero.
Qué clase de hazañas eran aquéllas, lo dice con ejemplos uno de los más activos promotores de cabalgadas, Juan de Alcázar Morales, ve­cino de Fuerteventura. Una vez, «entrando en el río de Teguía contra tres moros muy valientes que, como se le fueran por un paso y de caba­llo, no pudiesen entrar por el río, se bajó el dicho Juan de Alcázar de Morales por el río y pasó y se combatió con los tres moros y hirió a dos de ellos y los prendió a todos tres. Y así mesmo alcanzó en otra jornada a dos hermanos moros y, combatiéndose con ellos, les tiró un tajo con el espada y le echó las tripas de fuera, y al otro cortó de raíz el brazo, y los traxo presos ambos». En otra expedición, acaudillada por Fernand Arias de Saavedra, dieron los españoles con una cueva y «como no osasen en­trar los demás, él entró solo desnudo con un puñal en la cinta, y sacó por la greña uno a uno cinco moros que estavan dentro de los dichos herguenes, escondidos en la dicha cueva». En otros términos, aquellos moros eran campesinos pacíficos, que se dejaban sorprender casi tan in­defensos como los negros. Tan seguros estaban los caballeros expedicio­narios de volver con buena presa, que a veces la vendían de antemano.

También es verdad que la primera modalidad de contacto, el co­mercio pacífico y, por decirlo así, clásico, daba a menudo malos resul­tados: siempre cabía la posibilidad de que fuese el comerciante español quien se quedaba prisionero. Santa Cruz de Mar Pequeña había sido fundado precisamente para servir de protección al tráfico. Pero la acti­tud de ambas partes no hacía más que aumentar las desconfianzas, y el establecimiento de relaciones normales se hacía cada vez más difícil. El principio de la cabalgada contra los moros no sólo había quedado legalmente admitido, sino que fue estimulado y en cierto modo subven­cionado, por haber abandonado la corona a los habitantes de Tenerife el derecho del quinto, que tenía sobre todas las presas.

De 1508 a 1560, las expediciones de «rescate» a Berbería son muy frecuentes. Desde Las Palmas «todos los años se hazen armadas y entradas en la Berbería», y lo mismo se puede decir de Santa Cruz. De este último puerto, algunas veces salen dos expediciones al mismo tiempo. Las actividades de algunos caudillos son impresionantes. A don Agustín de Herrera, futuro marqués de Lanzarote, se le atribuyen unas 14 expediciones entre 1556 y 1569, es decir una cada año. Luis de Aday aprovechó su posición privilegiada de alcaide de Santa Cruz de Mar Pequeña, para multiplicar los rescates, que pagó al fin y al ca­bo con su propia libertad. La historia de las expediciones de rescate a que han salido de Santa Cruz, ocuparía todo un libro.

Pero si es cierto que cualquier comercio representa una suma de riesgos, el de los rescates o cabalgadas es un riesgo mucho mayor que los acostumbrados. No cabe duda, v cualquier comerciante lo sabe, que el mayor riesgo llama la mayor ganancia; pero también se sabe que todos los juegos de azar son peligrosos. Los moros del continente africano no tardaron en contestar al desafío y rápidamente, en lugar de conformarse con defenderse, pasaron a la ofensiva. La segunda par­te del siglo XVI está llena de piraterías moriscas, que asolaron práctica­mente la isla de Lanzarote y ocasionaron grandes daños en las demás. A lo largo del siglo siguiente, la amenaza se instaló con carácter per­manente. Los piratas moriscos entraban casi todos los años en aguas canarias, detenían a los pescadores, atacaban los navíos, ejecutaban rá­pidos desembarcos e incursiones en las islas. Los cautivos canarios en tierras de África llegaron a ser numerosos. Como las condiciones de vida no eran muy diferente y las perspectivas de libertad eran pocas, muchos se quedaron, y algunos renegaron de su fe. El vecindario de Santa Cruz fue uno de los que mayor tributo de sangre pagó a África musulmana.
Por otra parte, las expediciones a la costa de África tropezaban con la vigilancia y la oposición enconada de los portugueses. La coro­na de Portugal había obtenido el reconocimiento por tratado de sus derechos exclusivos sobre aquella zona de la costa, y los conflictos de jurisdicción fueron frecuentes, desde el siglo XV. Los intereses encon­trados de las dos naciones fueron causa de continuas desavenencias, represalias y pleitos. Finalmente, el rey de Portugal consiguió en 1564 la licencia del rey de España, para delegar en el licenciado Esquivel las funciones de juez de todas las expediciones canarias a Berbería y Guinea. La organización de las cabalgadas, que hasta entonces había sido relativamente libre, recibía de este modo un golpe, que no ha­bía de ser el último: una real cédula de 14 de febrero de 1572 prohibió definitivamente las incursiones y cerró la puerta del mercado de es­clavos magrebí.
Durante algún tiempo, el Cabildo de Tenerife abrigó la esperanza de poder reanudar aquellas actividades, que a él se le antojaban prove­chosas a la vez que perfectamente justificadas desde el punto de vista de la fe. A pesar de la tendencia a la paz, o quizá con la intención de aprovecharla, solicitó la renovación del trato con Berbería, siquiera con el título de rescate pacífico. Pero la política española había cambiado. Mucho más tarde, cuando algunos refugiados franceses, de los hugonotes desterrados por Luís XIV, propusieron poblar y defender el fuerte de Santa Cruz de Mar Pequeña, el proyecto fue rechazado por el gobierno de Madrid: quizá en la negativa había tenido alguna influencia la consideración de la condición de herejes de quienes ofre­cían de aquel modo sus servicios.

Consideradas en su conjunto, las relaciones con Berbería presen­tan un falso aspecto militar y guerrero, que podría inducir a pensar que tienen poco que ver con el comercio. Es, sin embargo, una abertu­ra violenta de mercados, y en aquella época la intervención de la vio­lencia no era nada rara. Es verdad que puede parecer curioso un comer­cio que se practica con las armas en la mano, pero también sería un error confundir la piratería con el arte militar. Durante largos siglos, la navegación en general se ha asociado y en gran parte se ha confundido con la aventura y con la piratería. La que ejercieron los colonos canarios en la costa de África pudo representar algunas ventajas momentáneas e indi­viduales: al fin y al cabo, sus resultados fueron desastrosos.
A las rapiñas africanas, que provocaron la reacción mora, se debe la pobreza y el estado de abandono histórico de las dos islas orientales, Lanzarote y Fuerteventura, las víctimas preferidas de las invasiones. Mientras hubo en ellas esclavos moros, huyeron los vecinos, para evitar la promiscuidad y la contaminación; y al inversarse la corriente, la población cristiana se vio diezmada a su vez por las incursiones ber­beriscas. A ellas se deben las frecuentes visitas de piratas africanos en aguas canarias, y las condiciones precarias, cuando no angustiosas, de la necesaria convivencia con el continente vecino. Ellas fueron, en fin, el espléndido modelo de la piratería inglesa, que hizo aquí su aprendi­zaje, en íntima colaboración con los piratas tinerfeños.

A pesar de todo, las perspectivas de la aventura congeniaban con la falta de sustancia y de constancia del comercio canario. La trata fue, durante más de un siglo, un oficio muy lucrativo. A partir de fines del siglo XVI y hasta 1640, los esclavos fueron principalmente bantúes de Angola. La explotación de esta zona fue activa sobre todo a partir de 1587, cuando dos vecinos de Lisboa consiguieron el monopolio o el arrendamiento de la trata, pagando a la corona once contos, y a partir de 1594 unos 25 contos al año, a título de renta. Como Portugal no era todavía productor de vinos y no tenía mucho que exportar, el tráfico se organizó sobre la base de una cooperación luso - canaria, que siguió siendo estrecha a lo largo de toda esta época. El sistema era siempre el mismo. El navío portugués venía a embarcar vino canario en una de las islas, pero preferentemente en Santa Cruz, y se lo llevaba a Loanda, donde su venta o trueque proporcionaba los fondos necesa­rios para la compra de esclavos. Los esclavos se embarcaban luego en el mismo navío, con destino legal y declarado al Brasil. A menudo llegaban a su destino, porque los esclavos se vendían bien en Brasil; pero no faltan los casos en que el destino real del cargamento era la Tierra Firme o Nueva España.
El mismo sistema de compraventa se aplicaba, con igual éxito, en el comercio con esclavos de Guinea. Este tráfico triangular producía buenas utilidades a los cosecheros tinerfeños, que no sólo vendían así sus vinos, sino que participaban también en las ganancias de la trata.
Este comercio quedó arruinado en 1640, menos por la secesión portu­guesa que por la ocupación holandesa de Angola de 1641 a 1648.

En el siglo XVIII se producen en Santa Cruz dos intentos de activa­ción de la trata. Aunque no se diga nada al respecto en la poca docu­mentación que sobre ella conocemos, es de suponer que la expedición a Fernando Po y Anobón, en 1779 - 1782, respondía principalmente a esta preocupación. Su organización y ejecución habían sido encargadas al juez de Indias en Tenerife, Bartolomé Casabuena y Guerra. Quizá este proyecto, que no dio los resultados inmediatos que se podían espe­rar, era el mismo que estaba estudiando en 1784 el marqués de Branciforte, por especial encargo del conde de Floridablanca.
Se trataba, en las ideas del ministro, de organizar un comercio es­pañol de esclavos, para proveer de mano de obra las colonias españolas de América y regularizar aquel mercado, que se hallaba en manos de extranjeros. Brancifbrte formó un proyecto, que sometió al examen del gobierno de la metrópoli. Se preveía la fundación de una factoría que debía esta­blecerse en la costa africana o, si esto no fuese posible, en el acuerdo con alguna nación extranjera interesada en el asunto. Se consideraba suficiente un capital inicial de 50.000 pesos, dividido por acciones. Con una parte de aquel dinero se compraría un buque de fábrica francesa o canaria, capaz para 300 y hasta 400 negros. La zona óptima para buscar la “mercancía” le parecía ser la situada más allá del río Senegal, entre los 15° y los 5°: allí calculaba que se podía hacer el lleno de la carga en menos de dos meses, además de la posibilidad de conseguir oro en polvo, marfil y goma. Parecía preferible dotar el barco con una tripulación canaria, que era mejor que otras para tales misiones: de ha­ber reclutado entre gente del Norte, su número hubiera debido ser dos veces mayor. No se podría decir que Branciforte no había tomado en serio su encargo. No consta que su proyecto haya merecido alguna atención particular en la corte.

Mientras tanto, las relaciones con Marruecos seguían rumbos mucho más pacíficos. En la primera mitad del siglo xviii, los contac­tos comerciales no habían sido frecuentes ni importantes: pero existía por lo menos una corriente comercial, que podía ir desarrollándose sin inconveniente. Como aun no existían tratados entre los dos paí­ses, se hacía necesaria la autorización del Consejo de Castilla cada vez que se debían traer de Berbería los productos juzgados indispensa­bles, principalmente el trigo en períodos de carestía y la cera, de que la zona continental vecina era gran productora. Como en el siglo anterior, subsistían las dificultades de contacto, que salvaban a menu­do comerciantes ingleses, o franceses establecidos en Santa Cruz, que tenían correspondencia con otros franceses residentes en Berbería. La libertad de comercio con Marruecos fue decretada en 1766, y las aduanas de Santa Cruz y de La Palma fueron habilitadas inmediata­mente para este comercio. Como los años de 1768 a 1772 fueron todos malos para la agricultura, aquel nuevo comercio resultó provi­dencial para Canarias: se pudieron importar grandes cantidades de tri­go de Mogador —con el inconveniente de tener que pagarlo en di­nero contante, porque a los moros no les interesaba la malvasía como moneda de cambio.” (Alejandro Ciuranescu, Historia de Santa Cruz, 1998.t.11: 58 y ss.).

jueves, 22 de agosto de 2013

CABALGADAS DE CRIOLLOS ESCLVISTA AL CONTINENTE







Eduardo Pedro García Rodríguez

1603. Teniendo la exclusiva de la trata de esclavos el asentista Rodríguez Coutiño, los criollos de Chinech (Tenerife) solicitaron la autorización, que tenía Tamaránt (Gran Canaria), para formar dos armadas al año, con el fin de saltar en el continenete (Berbería), pues siendo ubérrima la isla, abundando los esclavos, desde que faltaban, “casi no se cogen azúcares”, por ser los negros “que ay de Guinea muy caros” y “los vecinos pobres”.
1603. Es enviado a esta colonia por la metrópoli el capitán Juan Martel Peraza, dicen que se amanceba con una colona lagunera, Lucana Rodríguez. Le dijeron tanto los compañeros que Lucana había sido antes barragana del sargento Francisco de Peñalosa, y había tenido con él un hijo.
1603. Los criollos de Chinech (Tenerife) pidieron a la metrópoli licencia para "saltar" dos veces al año en Berbería. Estando permitido a los de Gran Canaria, alegando agravio comparativo. Rica la isla, mientras hubo abundancia de esclavos, al faltar quedó la tierra en barbecho, perdiéndose la caña, por ser los negros de Guinea “muy caros" y "los vecinos pobres” . No probable que obtuviesen respuesta, pues por entonces Rodríguez Coutiño, asentista oficial de la corona, monopolizaba la introducción de negros en Indias, el derecho a saltar en Guinea y cargar en los depósitos.
1603.
Los criollos colonos de Tenerife solicitaron reanudar las cabalgadas: "antiguamente se solia ir de la dicha isla a la Berberia, en tierra de alarabes, a haber entradas y rescates para traer esclavos". Ubérrimas las cosechas, por contar con mano de obra "en abundancia... a moderados precios", crecía la población y   la renta. Pero prohibidas las armazones, la tierra quedó yerma "por falta de esclavos". "Muy caros" los de Guinea y "pobres" los vecinos, tendrían "notable acrecentamiento... demas de la utilidad que se sigue a los esclavos en reducirlos a la fe católica, como lo han hecho los que hasta aqui han traido", de poder servirse por sí mismos, como los de Gran Canaria. Definitivo el argumento del precedente, los demandantes pudieron saltear en tierra de alarabes, de San Bartolomé abajo, a condición de no rebasar los límites de la conquista castellana. Reanudadas las   cabalgadas con licencia   restringida, “despues se les dio sin limitación”. (Luisa Álvarez de Toledo)




martes, 18 de junio de 2013

PIRATAS Y CORSARIOS EUROPEOS EN LA COLONIA CANARIA





John Hawkins

Guayre Adarguma Anez’ Ram n Yghasen


1576 Octubre 25.
Este día, la bahía de Santa Cruz de Tenerife fue testigo de dos hechos sensacionales en el marco de la expedición de John Hawkins: el dramático episodio provocado por Edgard Dudley y el contacto que por fin establecieron las dos escuadrillas merced a la mediación del criollo Pedro de Ponte.

El primero pudo costar la vida al famoso pirata. La ociosidad en que vivían las tripulaciones provocaba roces y altercados, que las más de las veces se resolvían en inocentes golpes. Pero otras veces, cuando los contendientes pertenecían a esferas sociales más elevadas y por tanto más puntillosas, se terciaba en seguida el desafío y sólo un rasguño de sangre podía lavar las ofensas inferidas en una acalorada discusión, a las que no serían ajenas los efectos del rico "malvasia " tinerfeño, consolador eterno de los piratas del Océano. Así ocurrió ese día entre George Fitzwilliam y el capitán Edward Dudley, quienes no encontraron mejor medio de liquidar sus ofensas mutuas que el desafiarse en tierra, desembarcando para ello en Santa Cruz de Tenerife. Edward Dudley fué el primero en cumplir su compromiso, cuando enterado, Hawkins; logró detener en el navío a Fitzwilliam y mandó inmediatamente a buscar al insubordinado capitán.

El pirata les afeó a ambos su conducta tratando de liquidar en tierra enemiga sus disputas, y procuró obtener garantías y promesas de que obedecerían sus órdenes; pero si bien Fitzwilliam apareció sumiso, Dudley, en cambio, se insolentó contra Hawkins, y entonces éste, en un rapto de ira, lo abofeteó públicamente. En el acto Dudley desenvainó su daga y arremetió rabioso contra Hawkins, y éste, burlando la primera acometida, empuñó también la suya y ambos forcejearon largo rato. Acudieron los tripulantes a separarlos, pero no pudieron evitar que Dudley resultase herido en un brazo y Hawkins en la frente.

Al ver sangrar a su jefe, los marineros quisieron dar muerte en el acto a Dudley; mas Hawkins, aparentando sangre fría, ordenó detenerlo y se retiró a su cámara para ser curado.

En breve espacio de tiempo Hawkins apareció de nuevo sobre la cubierta del Jesus madurada ya la sentencia en su pensamiento. Dudley adivinó en la lividez de su rostro que no había para él salvación, y arrodillándose los pies del pirata clamó repetidas veces en demanda tan sólo de clemencia, pues se reconoció reo del más grave delito. John Hawkins, impasible, le respondió que su corazón estaba presto a perdonar, pero que las circunstancias de lugar y la ofensa inferida a un representante de la Reina en su propio navío exigían una justa reparación. La tripulación contemplaba muda y absorta el dramático episodio, y mientras Dudley se humillaba más y más a los pies de Hawkins, éste demandó su arcabuz, lo cargó sin que le temblase el pulso e interrogó al condenado con la lúgubre pregunta de si ya había rezado sus oraciones y estaba listo para morir.

Los espectadores se sumaron entonces a las súplicas de la víctima pedro Soler, que acababa de llegar al navío, puso todo su valimiento e influencia cerca de Hawkins, y al fin, movida la fibra sentimental del corsario, alcanzaron el perdón y la reconciliación entre el verdugo y el reo Poco tiempo después el beneficiado Soler se vanagloriaba de su intervención en aquel acto, declarando que si él visitó "y escribió al dicho Juan Achin fue para rogarle con palabras cristianas perdonase a cierto soldado que con el... avia tenido una pendencia".

El segundo hecho sensacional de la jornada del día 25 de octubre fue el contacto llevado a cabo por las dos escuadrillas inglesas separadas por el temporal en medio del Océano.

El Minion con sus otros dos acompañantes recalaban en San Sebastián de La Gomera en la tarde del 24 de octubre, demandando sus hombres, con la misma ansiedad con que lo había hecho Hawkins en Tenerife, noticias de los demás navíos expedicionarios. Al obtener Thomas Hampton una respuesta negativa del conde de La Gomera, optó por no perder un segundo y dispuso la inmediata partida para Adeje de un emisario inglés con objeto de que, entrevistándose con Pedro de Ponte, inquiriese de él cuantas informaciones tuviese sobre los navíos de Hawkins. El emisario de Hampton, cuyo nombre ignoramos, pues sólo sabemos que era "un mozo ingles", llegó a Adeje en la media noche de aquel mismo día y tuvo información plena de labios de Pedro de Ponte sobre el feliz arribo de Hawkins y la ansiedad con que se hallaba en el puerto de Santa Cruz esperando a Hampton ya sus compañeros. Pedro de Ponte facilitó al inglés dos cabalgaduras para el viaje, le dió por guía a un mulato de su confianza apodado "Garulan" y, encareciéndole el mayor sigilo en su misión, le despidió con cartas para su yerno Bartolomé de Ponte, en Garachico, y para Hawkins.

Al día siguiente, 25, el emisario inglés entraba a caballo en Garachico, despertando las sospechas de sus moradores. Se hospedó en el mesón y allí fué detenido, por el alcalde de la villa, Juan de Arcaya, quien recogió los papeles y cartas del inglés, ordenándole tener por cárce1 la hospedería.

Sin embargo, la influencia de los Ponte pudo más que el celo del alcalde y pocas horas más tarde obtenían la libertad del emisario, aunque no la devolución de sus papeles. De esta manera el inglés pudo llegar a Santa Cruz aquella noche y dialogar extensamente con Hawkins a bordo del Jesus of Lubeck.

Al día siguiente, según asegura Juan de Arcaya, se trasladó John Hawkins a Adeje para entrevistarse con Pedro de Ponte, y ambos se vieron por última vez en la casa-fuerte del sur de Tenerife, prodigándose las más cordiales muestras de afecto y amistad. En aquella ocasión el pirata recibiría de Ponte las informaciones de sus corresponsales de América, y aquél reiteraría su agradecimiento por la colaboración que había recibido de sus agentes en Santa Cruz para el abastecimiento de los navíos.

Todo el día 26 1as tripulaciones habían trabajado activamente para zarpar, incorporándose Hawkins a su puesto de mando en la madrugada siguiente. Sin embargo, aquella noche percibieron los ingleses desde sus navíos extraños movimientos en el puerto. Con las primeras luces del alba pudieron distinguir cómo se habían hecho a la mar los buques de Indias, quedándose los navíos de Inglaterra sin su barrera protectora, a merced de los tiros de largo alcance del castillo. John Hawkins, cuyo recelo había ido creciendo día a día, dispuso entonces que los navíos se distanciasen algo más, situándose frente a la montaña del Bufadero, para estar al abrigo de todo riesgo.

Alguno de los cronistas ingleses de la expedición interpreta la desaparición de los navíos españoles como un premeditado intento del gobernador de Tenerife para abrir fuego al amanecer contra la escuadra británica.

Asegura el mismo cronista que Hawkins supo disimular en aquella ocasión, enviando a tierra una barcaza para aumentar la provisión de agua de la flota, y que escuchó con escepticismo el recado que le transmitió el gobernador Vélez de Guevara asegurándole de sus buenos propósitos y mostrándole su extrañeza al verle abandonar, desconfiado, la
rada.

En estas circunstancias, no teniendo ya justificación la permanencia de la escuadrilla en Santa Cruz de Tenerife, el pirata decidió zarpar de la bahía al atardecer del día 28 de octubre de 1567. Durante toda la mañana se notó desde tierra gran trajín en las tres embarcaciones inglesas; al mediodía los navíos empezaron a alzar sus velas, disponiéndose para partir, y poco después desfilaban alineados con dirección al sur. Al pasar frente a Santa Cruz, Hawkins se despidió saludando a la plaza y al castillo con los disparos de costumbre., pero, como queriendo significar su hostilidad y su descontento hacia el gobernador Vélez y hacia los españoles, ordenó torcer algunos cañones, disparando erróneamente sobre el caserío del lugar. Una de las "pelotas" vino a dar en una casa muy próxima a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, de cuyo hecho dedujo la gente la intención del pirata de disparar sobre la iglesia, hiriendo los sentimientos religiosos del pueblo.

Este acto hostil en Santa Cruz de Tenerife señaló un nuevo momento en la carrera de Hawkins. El pirata se quitaba para siempre la máscara hipócrita de sus transacciones legales y rompía con España, dispuesto a abrirse camino en el Océano y en las Indias por la fuerza de sus cañones.

Mientras en Santa Cruz de Tenerife las milicias, con sus capitanes al frente, retornaban a La Laguna, recuperando el lugar su apacible tranquilidad, la escuadrilla de Hawkins navegaba en dirección a San Sebastián de La Gomera para establecer contacto con los navíos de Hampton.

Este se verificó al día siguiente, 29 de octubre de 1567. Entonces la flota británica acabó de hacer su aguada y aprovisionamiento de víveres, encontrando Hawkins en el conde de La Gomera, su amigo, todo género de facilidades. Seis días permaneció el pirata descansando en el puerto de San Sebastián y de su estancia tenemos la suficiente información para reconstruir algunos episodios de la misma. Diversos documentos canarios aluden a ella repetidamente: así, sabemos, por ejemplo, que tanto el gobernador Alonso de Espinosa como el regidor Martín Manrique de Lara visitaron a John Hawkins a bordo del Jesus of Lubeck agasajándole, días más tarde, con una comida en la morada del primero; que un inglés católico (George Fitzwilliam) que iba a misa a la parroquia de San Sebastián y se hacía pasar por hermano de la condesa de Feria (lady J ane Dormer) , comerció en tejidos con Baltasar Zamora, vecino de dicha villa; que mientras John Hawkins se hallaba con sus navíos fondeados en el puerto gomero se presentó en el mismo otro corsario inglés a quien le fué denegada la entrada y comercio por la fuerza, desembarcando los piratas, en represalia, en la playa de Santiago, donde quemaron las puertas de una ermita que allí había y robaron cierta partida de ganado y, por último, que los marineros de Hawkins se entregaron en la villa a excesos contra la religión católica de la peor catadura, pues consta en los procesos de la Inquisición que por aquella fecha "Juan Acles pirata luterano y abido y tenido por hereje... quemo imagenes de santos en la  Gomera...".

Como despedida John Hawkins dió un banquete oficial en el Jesus of Lubeck, en honor del conde de La Gomera, al que asistió lo más granado de la sociedad insular. El hecho lo conocemos por la declaración de uno de los comensales, el licenciado Sarmiento, que arrepentido de su debilidad fue más tarde a acusarse ante el mismo Santo Oficio.

Por fin, el día 4 de noviembre de 1567, la flota reunida pudo zarpar de San Sebastián con dirección a Cabo Verde y Guinea, y Hawkins pudo contemplar en el horizonte las siluetas borrosas de las Islas Fortunadas, tan vinculadas a su propia vida, cuyas puertas se le cerraban, pacíficamente, para siempre. No será ésta la última vez que le veamos surcando sus aguas; pero es indudable que de cuantas visitas-pacíficas o guerreras llevó a cabo en el Archipiélago ninguna reúne tantas circunstancias curiosas e interesantes como la del año 1567 a Tenerife y La Gomera. (En: A. Rumeu de Armas, 1991)