domingo, 4 de octubre de 2015

QUINTO AUTO DE FE EN LA COLONIA CANARIA





1569 Noviembre 6. En estas fecha se lleva a efecto por parte de la secta católica en la colonia de Canarias, mediante su criminal Tribunal de la “Santa Inquisición”, el quinto auto de fe, bajo la dirección del fanático y sanguinario Funez, Inquisidor enviado por la metrópoli con la misión de aumentar el terror que inspiraba el sistema colonial. Dicho auto de fe es recogido por el historiador criollo Agustín Millares Torres  de la siguiente manera: “No quedaron burladas las legitimas esperanzas del docto y celoso Inquisidor. Apenas había transcurrido un año de su llegada a Las Palmas, cuando ya había encontrado número suficiente de sentenciados, para celebrar un nuevo auto, que esperaba fuese más brillante que los anteriores. Pero, no queriendo obrar Fúnez con precipitación, anunció el espectáculo con la anticipación debida, no solo en Canaria, sino en las seis Islas restantes, para que acudiesen, todos los que deseaban fortalecer su fé, y alegrar su corazón, con un triunfo tan notable y tan digno de inmortal renombre.


Eligióse para la fiesta, el domingo 6 de noviembre de 1569, y consta de una carta de Fúnez al Consejo, que, no teniendo Canaria sino 1.500 vecinos, aquel día acudieron 3.000 á presenciar tan edificante función.

El día anterior, por la tarde, se dió un pregón en las calles principales, mandando «que ninguna persona de cualquier cualidad ó dignidad que fuese, no hiciese ningún alboroto ni bullicio, ni conturbase la órden que estaba dada, ni quitase á persona alguna de su lugar, sopena de excomunión mayor y de doscientos ducados; que ninguna persona de cualquier cualidad ó dignidad que fuese, desde el sábado en la noche antes del auto, hasta el domingo á las seis de la tarde, no anduviese á caballo, ni á mula, en ninguna forma ni manera, ni en otra bestias sopena de perder y tener perdida la tal bestia; y que desde el sábado á las seis de la tarde hasta el domingo á las mismas seis de la tarde, ninguna persona de cualquier cualidad ó dignidad que fuese, no trajese espada ni daga ni puñal ni otro género de armas algunas, so pena de las tener perdidas." Era Obispo de la Diócesis D. Juan de Azólaras, celoso servidor del Santo oficio, quien, para prestarle la autoridad de su nombre, asistió á votar todos los procesos, acompañó la procesión desde el sitio de su salida, y predicó el sermón de la fé en la plaza principal, lo que fué causa, dice Fúnez en su ya citada carta, de que se hiciese el auto,”con tanta quietud y sosiego, que no pareció que había persona en la plaza;” estuvo todo muy bien, pues fue bien ordenado, y tanto, que haber asistido el Obispo. al votar, ha sido cosa de muy buen efecto.
Los reos de este auto eran veinte y seis personas y tres estatuas llevaba el estandarte el Fiscal D. Juan de Cervantes; y era alcaíde, por D. Simón de Va1dés, ausente, el noble caballero Alonzo de Aguilar, guardián de la Torre de las Isletas.

Las noticias que se conservan de estos reos son las siguientes:

Benito de Berrera, morisco, vecino de Lanzarote, procesado por seguir la secta de Mahoma, relajado en estatua y Hernando y Juan Felipe, moriscos también, y vecinos de la misma. Isla, entregados al brazo seglar y relajados en estatua.

Este Juan Felipe parece que era un rico negociante de Lanzarote, el cual, temiendo ser algún día perseguido por su dudosa fletó un buque con el pretexto de ir á Tenerife, y se embarcó con su mujer, hijos, familia, y unas treinta personas más, aportando felizmente á Bebería, donde se avecindó, y vivió tranquilo, sin volver jamás a las Canarias.

A estas tres estatuas, acompañaban los siguientes penitenciarios:

Francisco de Vallejo y Felipe Rodríguez, vecinos de Tenerife, por bígamos, Román, carpintero, natural de España, vecino de Canaria. Soga al cuello, descalzo, y un ducado de multa, Andrés González, de la misma naturaleza vecindad. En cuerpo, con coroza, soga al cuello, vela, y doce ducados de pena. Benito Lobo, natural de Portugal, vecino del lugar de Santa Cruz. En cuerpo, con bonete, descalzo, y cuatro años de galeras. y Baltazár Pérez, natural de Lanzarote. En cuerpo, descalzo, con vela y veinte ducados de multa.

Estos cuatro reos habían sido condenados porque dijeron ante testigos, que faltar al
sexto mandamiento no era pecado.

Diego de Torre, portugués, vecino de Tenerife. En cuerpo, con coroza y vela. Baltasar Pérez, vecino de la Palma en cuerpo, con soga y vela. Gil Martín y Gonzalo Rodríguez, igual pena. Juan González, portugués, vecino de Lanzarote. De éste consta que fue procesado, y se le castigó, porque al responder a uno que le pedía limosna, dijo: ”Que venga Dios por ella.”

Lázaro Martín. No aparece su vecindad ni su pena. Gaspar Hernández, vecino de la Breña en la Isla de la Palma. Este fue condenado á salir descalzo con bonete y mordaza, y dos ducados de multa, por haber dicho, que “no era pecado comer carne en ciertos día y que Dios no se metía en eso”

Pedrianes. portugués, trabajador , vecino de Canaria. En cuerpo, con bonete y soga al cuello, y dos anos de galeras. Barlomé Sánchez, vecino y natural de Canaria. En cuerpo, con soga y doce ducados de multa, porque dijo: “que los moros eran tan buenos como los cristianos en su fé.”

Isabel Arias, doncella, hija de Juan Arias y de Mari Ramírez, difuntos. Con mordaza y que abjure de levi, por haber manifestado que: dicen bien los moros, que Nuestra  Señora después del parto no había quedado vírgen.

Símón Tomás, residente en Canaria, natural de Medina del Campo, en cuerpo, descalzo, con mordaza, y desterrado por diez años, porque dijo estando enfermo; voto a Dios, que sino me curo me torno moro herético.

Luis de Aday, vecino de Lanzarote. En cuerpo, con soga y vela. Juan Mateos, vecino de la Palma, y natural de Jerez de la Frontera, en cuerpo, descalzo, con soga al cuello y mordaza. Enrique Báez,  vecino de la Palma y natural de Portugal, en cuerpo, con bonete y doscientos ducados de multa, porque dijo: que habiendo un solo Dios, no se debe adorar nada mas  que las imágenes de los Santos, que están en las Iglesias, no se les debe adorar; que son de palo y piedra y hechura de los hombres.

Antonia Pérez, portuguesa, mujer de Antonio Hernández. En cuerpo, porque dijo: ”que más valía estar mal amancebada, que mal casada”

Catalina de Liria. En cuerpo, descalza, con soga al cuello y doscientos azotes, por varias palabras hereticales. Y  Francisca, negra, esclava de Juan Díaz. Con sambenito y reconciliada, porque dijo: que el Dios de los Cristianos era de palo, y que ella no lo adoraba.

Hasta aquí la lista que ha llegado hasta nosotros, y las palabras textuales de sus con denas, siendo de advertir, que siempre r que el reo salía con soga al cuello, era seña de que su pena era de azotes, cuyo numro no hemos visto bajar de ciento, aun cuando se tratase de débiles mujeres, ignorando corno podían resistir sus cuerpos semejante castigo, especialmente cuando se elevaba. la cifra á doscientos y trescientos que era el término medio, que ordinaria. mente se imponía.

Ante tan saludable rigor, ni aun era permitido pensar  voluntariamente sobre cualquier asunto religioso, pues la proposición más insignificante podía ser tachada de heretical.  La conciencia, sujeta con gruesas cadenas, y amenazada con el dogal y en hoguera, marchaba rectamente por la senda que se le trazaba. El libre examen no asomaba su odiosa cabeza, y la paz, la tranquilidad y el bienestar reinaban por doquiera en el afortunado archipiélago.” (Agustín Millares Torres; 1981)
1569 Septiembre 22. Los pueblos imazighen del continente cansados de las continuas tropelías y cabalgadas a la captura de esclavos cometidas contra su territorio por los esclavistas europeo afincados en las Islas de Titoreygatra (Lanzarote) y Erbania (Fuerteventura) deciden dar justa repuesta. La primera expedición mazigia, que tiene evidente carácter de represalia, fue la del corsario Calafat: con sus diez galeras descargó sobre la isla de Titoreygatra (Lanzarote)  el 22 de septiembre de 1569, asoló la isla durante un mes, y volvió con más de 200 esclavos hechos entre los habitantes de los lugares. La importancia del ataque, el mayor que hasta entonces habían sufrido los colonos europeos en las islas, unido al efecto de la sorpresa, sacudió a los colonos y fue el origen de una penosa, pero lenta, toma de conciencia. En el momento en que se tuvo noticia del desembarco de los imazighen, los dos cabildos coloniales de Tamaránt (Gran Canaria) y Chinet  (Tenerife) mandaron socorros, que contribuyeron a precipitar la salida de Calafat. Sin embargo, las incursiones volvieron a producirse en los años siguientes. El primer desastre había sido de tal envergadura, que en adelante se acecharían con verdadera ansiedad las noticias de la costa del continente: incluso parece que en determinadas circunstancias el temor va más allá de la realidad, que ya de sí era bastante temible.





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