sábado, 13 de abril de 2013

CAPITULO XXXV




EFEMÉRIDES DE LA NACIÓN CANARIA

UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS

ÉPOCA COLONIAL: SIGLO XVI


DECADA 1551-1560


CAPITULO XXXV



Guayre Adarguma Anez’ Ram n Yghasen


1552 Enero 31.
En la villa de San Cristóbal: Dixeron que se gastan muchos salarios en las Guardas de los Puertos de esta Isla y para proveer en el puerto de Sta Cruz (que es el principal de la isla) mantención en aquel Lugar. Libro 2° Oficio I" folio 2I8. En 15 de Abril de dicho año se nombró para Alcaide de la Fortaleza de Santa Cruz á  Juan de Truxillo, Regidor, libro 2° oficio IO, folio 239. Nombraron para guarda de artillería á Diego Perez Lorenzo.- En 30 de Julio fue nombrado Alcaide de la Fortaleza de Sta Cruz Juan Ortiz de Gomeztegui, acordándose qe el salario se proveerá como convenga. (Lb 1º or 10;folio I27 vt).

1552 Febrero 26
En 26 de febrero de 1552, Juan Rodrigues, medidor del Concejo midió la frontera que hay desde el aceviño que está cortado que dicen ser por donde se empezó a hacer el repartimiento, junto al barranco del Mocán hasta un vallado que está hecho de nuevo, en un barranquillo donde estaba un troncón de pino cortado que diz que es el pino que se había puesto por primero mojón, desde el aceviño y hubo trescientas y sesenta brazas de doce varas. (Datas de Tenerife, libros I al IV).

1552 Abril 2.
Por el Cabildo se acordó dar el mando del baluarte y de toda la Artillería disponible a en en desembarcadero de Santa Cruz a Diego Pérez Lorenzo con título de Mayordomo é guarda mayor de la artillería, y funciones militares superiores a la que disfrutaban los alcaides de las fortalezas.

1552 Abril 19.
En estas fechas tuvo lugar el enfrentamiento entre una flotilla canaria y otra de corsarios franceses que actuaban en aguas de Canarias, como consecuencia de la guerra entre Francia y las Españas. En el relato ciertamente parcial y españolista que sobre el particular nos ofrece el Dr. Rumeu de Armas, nos deje entrever la extrema crueldad practicada por los gobernadores coloniales en Canarias, como por ejemplo, dejar morir a los heridos y eliminar sobreticiamente a los prisioneros. No deja de ser significativo la insistencia del autor en calificar a los corsarios franceses como piratas, tratamiento que no aplica a los empleados españoles y criollos canarios cuando usaban iguales o más crueles métodos con sus presas, por otra parte, es sobradamente conocida las actividades piráticas de los españoles tanto en tiempos de guerra como en los de paz. Vemos el relato:

“La flota colonial canaria, combate naval de 19 de abril de 1552.

Pero al mismo tiempo que Cerón iba dando disciplina y pericia a aquel conjunto abigarrados de hombres, el gobernador y justicia mayor don Rodrigo Manrique de Acuña no cejaba en su empeño de hacerse respetar de los franceses en la mar. Para ello tenia preparadas en el Puerto de la Luz o de las Isletas una armadilla de la que formaban parte una nao, dos carabelas y una urca, todas cuatro muy bien armadas y pertrechadas, dispuestas a hacerse a la mar en la primera ocasión. Los vecinos de la ciudad y el puerto adelantaron, en préstamo, las velas, jarcias y cañones, lo mismo que los demás instrumentos necesarios, y el gobernador Manrique pregonó un alistamiento general ofreciendo el reparto de botín entre cuantos tomasen parte en la empresa. Así consiguió organizar las tripulaciones de las mismas, compuestas por 180 hombres "entre soldados y gente de mar". Nombró para el mando, como general de la armada, a Jerónimo Baptísta, alcaide que había sido muchos años de la fortaleza principal; por alférez a su hijo, del mismo nombre y apellido, y por capitanes de las dos carabelas a Juan López de Cepeda, teniente de gobernador, y a Juan de Narváez, regidor. Así, ordenado y dispuesto todo, pudo escribir Manrique de Acuña al Príncipe el 1 de diciembre de 1551: que los navíos de la armada los tenía recogidos y preparados en el puerto, en espera de combate.

Mientras tanto Francia, y en particular el puerto de La Rochela, seguía vomitando escuadras y navíos armados en corso, preparados para hacer el largo viaje hacia las costas del Perú que era el nombre con que denominaban a las Antillas los piratas y corsarios franceses del siglo XVI. Si se fuese a recoger en una colección toda la copiosísima documentación española sobre piraterías francesas de estos años, seguramente que se necesitarían varios volúmenes para recopilar lo referente a los ataques piráticos a las Antillas, que sufrieron, como nunca, el martilleo incesante de los cañones franceses y ni que decir tiene que todas aquellas escuadras hacían su tránsito por las Islas Canarias siempre preocupadas por tomar alguna buena presa o sorprender a sus pacíficos moradores para robarles, exigiéndoles de paso un crecido rescate.

Pero entre esa enorme documentación anodina y gris, porque sólo acusa desde el punto de vista terrestre el resultado de los ataques, sin saber precisar el origen y procedencia de las naves, o el nombre de los famosos piratas que las conducían, destaca la documentación canaria que nos permite reconstruir .los sucesos-como hasta ahora hemos venido haciendo-con toda suerte de detalles, por nimios que ellos puedan parecer

Entre aquellas escuadras que partieron de La Rochela en 1552 destacan, para nuestro principal objeto, porque no habían de pasar de las Canarias, quedando frustrado el intento de arribar a las islas del Perú, la organizada por el armador rochelés Jean Jolin, que había residido en España (En San Sebastián) gran parte de su vida, desde donde se había traslado a su ciudad natal en 1549, y la que preparó, con el propósito de vengar a su padre de la muerte que le habían infligido los españoles, Antoine, Alfonse de Saintonge.

La primera escuadra estaba compuesta por dos naos grandes, dos carabelas y un patache, e iban al frente de ella-al decir de don Rodrigo Manrique, que es por quien conocemos todos estos datos-Pierre, Rubin y Guillaume Maron "los mayores pilotos de toda la costa de Indias de Castilla y del Brasil y estos mares que había en Francia".

Asimismo venían en ella dos piratas famosísimos, Jean Bulin y Pierre Severino, "muy nombrados corsarios que en tiempo de paz habían hecho muchos daños y crueldades", y otros pilotos de gran fama, capitanes, un factor del rey de Francia y 214 hombres de tripulación.

Esta flota llegó alas Canarias, camino de las "islas del Perú", que era su ulterior destino, en el mes de febrero de 1552, a tiempo que don Rodrigo Manrique había inaugurado su campaña naval con una gran presa sobre la que carecemos de detalles particulares, como no sean los de que en ella había sido hecho prisionero "un gran piloto francés que había atravesado dos veces el estrecho de Magallanes y llegado a las Moluca" .

Sin embargo, al primer optimismo del gobernador sucedió bien pronto el desaliento, porque el panorama de la navegación interinsular cambió por completo .en breve espacio de días. La primera presa de la flota enemiga fueron dos navíos cargados de cebada y trigo, para el abastecimiento de la isla. Un tercer barco, estibado también de trigo, pudo escapar escapando en la costa, trabándose entre los paisanos que acudieron en su ayuda y los franceses un desigual combate, en el que murieron tres de éstos. La armada francesa se retiró, no obstante, tras de abandonar tan disputada presa, al tener noticia de que la armadilla canaria se disponía a salirle al encuentro.

De Gran Canaria, la escuadra francesa pasó a la isla de Tenerife a hacer su aguada, y mientras la llevaban a cabo, los naturales, cayendo sobre ellos de improviso, capturaron a un capitán y siete soldados y mataron a otros varios.

Más adelante volvieron a establecerse cómodamente entre las dos islas mayores, Tenerife y Gran Canaria, para interceptar su comercio, entonces muy activo, porque esta última isla se abastecía en gran parte con el trigo y vino de aquélla. Día tras día iban cayendo en poder de los franceses los navíos isleños hasta el punto de que el 3 de abril de 1552 ya llevaban capturados ocho, tres de gran porte, que remitieron en seguida, como presa, a Francia, y otros cinco, que libertados después del saqueo, hicieron su entrada en el Puerto de la Luz con sus hombres heridos y maltrechos por las crueldades de los franceses.

La indignación de la isla ante aquellas atrocidades que amenazaban con no tener fin, tuvo reflejo en el viril ánimo del gobernador Manrique, quien ansioso de dar digna respuesta al enemigo, decidió salir a su oocuentro y darle la batalla.

Pero siendo Manrique tan audaz como taimado quiso primero enterarse del número exacto y de la fuerza de los navíos con que había de combatir, y así dispuso que con bandera de paz y para tratar de rescate, se adelantasen hacia ellos en una barca un criado suyo de toda su confianza y tres hombres más, con el especial encargo de fijarse en todo y tomar buena nota de ello.

En estos tratos se pasaron los días del lunes, martes y miércoles Santo de aquel año de 1552, hasta que por fin el viernes Santo día 15 de abril, después de oídos los oficios divinos por toda la tripulación, los navíos empavesados zarparon del Puerto de, la Luz, ante la emoción de una multitud expectante que veía partir al combate a padres, maridos e hijos.

Don Rodrigo Manrique no abandonó los navíos hasta el último instante atento a dar las debidas instrucciones a sus pilotos y capitanes.

Pero los elementos se desataron contra la flota canaria, con tal rigor, que cuando apenas se habian separado de la costa una terrible tempestad estuvo a punto de hacerla zozobrar, yendo cada navío a la deriva, a buscar refugio en distintos puertos de la isla.

Con ello se perdió un tiempo precioso pero nadie se desanimó por el revés. Antes al contrario, el sábado y domingo de aquella semana se emplearon en reunir y reparar los navios, dejándolos dispuestos para zarpar de nuevo al día siguiente. El lunes de Pascua, día 18 de abril de 1552, la escuadra canaria volvió a hacerse a la mar, navegando sin descanso hasta el anochecer, en que lograron dar alcance y divisar al enemigo.

La alegría de ambos contendiente fue extraordinaria, aunque motivada por causas bien distintas. Los canarios, porque veían llegado el momento de dar caza, en su propia guarida, a la feroz alimaña; los franceses, porque confiados en sus fuerzas y ajenos a todo peligro, creían próxima la tan soñada ocasión de rendir cómodamente a la flota de Indias.
Así es que los primeros, cautos y recelosos, disponiendo el combate, y los segundos, confiados y alegres con el regusto de la presa futura, pasaron aquella noche a la vista unos de otros, en espera de que con las primeras luces se disipasen temores y dudas.

Apenas había amanecido aquel memorable día 19 de abril de 1552, cuando la flota canaria, preparada de antemano, se dispuso al ataque.

Entre seis y siete de la mañana, los navíos fueron empavesados y se tocaron las trompetas en señal de combate. Aquellos alardes militares sorprendieron, por lo inesperado a los franceses hasta el punto de que cuando se disponían a responder con iguales medidas, ya era tarde, pues los barcos canarios avanzaban rápidamente dispuestos al abordaje, desmantelando de paso a los navíos enemigos con certeros disparos de artillería.

Los franceses, pues, se vieron obligados a aceptar la lucha, desordenados y sorprendidos. Sin embargo, dispusieron la defensa con la rapidez que les fué posible, combatiendo con denuedo y valentía. Manrique califica el abordaje como "recia y reñida batalla", en que se luchó por ambas partes con un tesón sin igual.

En los primeros momentos de refriega la flota canaria tuvo la desgracia de perder a su capitán general, don Jerónimo Baptista Maynel, que murió "como buen hombre y muy valiente soldado y gran capitán" No se desanimaron por ello los canarios, sino que antes redoblaron sus fuerzas al contemplar la heroica muerte de su capitán. El alférez Jerónimo Baptista, tomó entonces el mando del navío y siguió combatiendo al frente del mismo, emulando en coraje a los marinos de Cepeda y Narváez.

Después de varias horas de lucha, cuando ya el sol alumbraba con los resplandores del mediodía la escena, los franceses, faltos de sus mejores hombres y viéndose próximos a sucunibir, hicieron ondear la bandera de rendición, entregándose como prisioneros.

La emoción con que la Gran Canaria presenciaba esta escena no, es para se descrita. Baste tan sólo señalar que el combate se dió a la vista de la ciudad y el puerto, cuyos habitantes pudieron seguir, ansiosos, las incidencias de la lucha al frente de su mismo gobernador, quien confiesa que no pudo distinguirla claramente, porque el exceso de trabajo nublaba sus ojos enfermos.

¡Con qué alegría no verían ondear aquellas gentes la bandera de la victoria, ganada con el esfuerzo y la sangre de sus propios hijos!

Mientras tanto, los navíos franceses eran sometidos al pillaje de las tripulaciones canarias, conforme a los ofrecimientos del gobernador. Luego se procuró asegurar a los prisioneros, atender a los heridos y reparar las naves de los elementos más imprescindibles, para preparar el retorno.

De esta manera, los navíos canarios, llevando a remolque los cinco barcos franceses capturados, hicieron su triunfal entrada en el Puerto de la Luz, al día siguiente, 20 de abril de 1552.

Allí fué donde se pudo conocer la magnitud de la derrota francesa y la calidad de los marinos con los que se había combatido. En la refriega murieron 80 franceses, resultaron heridos 15 y quedaron prisioneros 83.

Entre los muertos figuraban los famosos pilotos de la carrera de Indias Pierre Rubin y Guillaume Maron y los no menos famosos corsarios Jean Bulin y Pierro Severino. Entre los prisioneros se encontraban "dos pilotos muy diestros, un capitán de La Rochela y un factor del Rey de Francia".

Por último, los heridos fallecieron todos, pese a los cuidados puestos para atenderlos con humanitario criterio.

Además fueron liberados muchos cristianos "que llevaban a vender en Berberia" y algunos extranjeros cautivos : 7 portugueses y 30 ingleses.

Triunfo tan rotundo como magnífico se había logrado a poca costa, en lo que cabe.

Según confesión del gobernador Manrique nadie murió en aquella acción fuera del capitán de la armada Jerónimo Baptista, pero en cambio, también asegura que hubo muchos heridos canarios, como no podía por menos de ser: que todas las grandes victorias se pagan a precio de sangre (44).

Pero eL triunfo vino a plantear un grave problema de orden interior al gobernador don Rodrigo Manrique: el de la vigilancia y trato de aquel crecido número de franceses prisioneros. Aunque bien es verdad que Manrique, hidalgo y cortés, cohonestaba su innata hombría de bien con un proceder rigurosísimo cuando las circunstancias o la razón de Estado lo demandaban. Vamos a tener muy pronto ocasión de apreciarlo.

Los franceses, como en los tiempos de don Bernardino de Ledesma, no sabían aprovechar e1 trato deferente con que los españoles les obsequiaban, y conspiraban sin tregua repartidos por las distintas casas de la ciudad, en planes descabellados de evasión, hasta el punto de hacerle declarar a Manrique "que le daban más trabajo en guardallos que en tomallos".

Poco tiempo después de los hechos narrados, algunos de los prisioneros acometieron a un barco, a cuatro leguas de la ciudad, sin otro resultado que la muerte de siete, de ellos en lucha con los naturales que se les resistieron.

Fué entonces cuando don Rodrigo Manrique de Acuña, sin que el pulso le temblase por ello, decidió eliminar sigilosamente al más peligroso de los franceses por temor a su fuga, y en la prisión recibió garrote aquel famoso piloto de nombre incógnito que había atravesado dos veces el Estrecho de Magallanes y que conocía las islas Molucas. Días después Manrique daba noticia de ello al Príncipe, aconsejando "que así se había de hazer de los demas". Por ello cabe pensar que quizá siguiese tan rápido procedimiento para eliminar a los otros dos grandes pilotos capturados en la batalla del 19 de abril. El secreto que guardaba Manrique en estas ejecuciones era tan absoluto que en la isla nadie sospechaba de otra cosa sino de que el éxito había coronado los planes de evasión de los fugitivos.

Días después, el domingo 19 de mayo de 1552, se procedió, en pública subasta, a la adjudicación del botín, no pillado: una nao, tres carabelas, 189 sacos de arroz, 180 quintales de plomo, etc. La nao grande, con sus cañones, se -adjudicó por 520 doblas al comerciante genovés Bernardino Camino de Veyntemiilla; las carabelas a Amador de Paiva, al regidor don Alonso Pacheco y al también regidor licenciado Castillo, y el cargamento a distintos postores. En total lo recaudado ascendió a 3.000 doblas, con las que se cubrieron los gastos de la armada, y se pudo mantener ésta vigilante y alerta para seguridad de las aguas isleñas.

Don Rodrigo Manrique de Acuña dió cuenta del brillante triunfo al Emperador y al Príncipe, en distintas cartas, no sin olvidarse de pedir especiales mercedes, para el hijo del capitán fallecido en la acción, Jerónimo Baptista; la vara de gobernador de Tenerife, para su teniente don Juan López de Cepeda, y, en último término, alguna merced para él, si así era del agrado de la Majestad Real.” (En: A. Rumeu de Armas, 1991)

1552 Julio 14.
El Gobernador y Justicia Mayor de Tenerife Juan de Miranda, con los Regidores Pedro de Ponte, Fabián Viña y el Dr. Juan Fiesco, adquirieron por escritura otorgada ante el escribano Juan López de Azoca a varios vecinos de Santa Cruz «para plaza de la artillería, unas casas bajas é arrimadiso que están entre unas casas altas, lindando con el Almacén de los Catalanes y el baluarte del puerto de Santa Cruz».

A consecuencia de los ataques de los piratas a las islas y en particular el de Pie de Palo a La Palma, se pensó ampliar este baluarte encargándose de las obras el 12 de Agosto de 1553 el Maestro Mayor de Cantería Francisco Merino, pero el 15 de Septiembre siguiente el Gobernador y Regidores resolvieron ser necesario «la construcción de una fortaleza de bondad, tamaño y suerte", trasladándose a Santa Cruz el 13 de Noviembre para elegir el lugar donde había de construirse, acordándose emplazarla «junto á la plaza questá hecha de baluarte, entre la dicha plaza é  baluarte della é la mar, adonde está una laja, entre la caleta é elmuelle...» Asimismo decidieron debía tener «ciento veinte pies de cumplido azia la mar é cient pies de ancho é que esto quede sin el grosor de las paredes que a de ser de mas desto; é que tenga de grueso la cerca diez palmos...» Juan de Miranda se dedicó a acopiar materiales pero no comenzó la construcción, que lo hizo el Gobernador D. Juan López de Cepeda que tomó posesión de su cargo el 23 de Marzo de 1554, quien aprobó el lugar elegido así como el añadido de dos cubos: uno cimentado hacia el Norte en la laja para defensa de La Caleta y mirando hacia la ermita
de Nuestra Señora de la Consolación y otro en el lugar opuesto para defender el muelle y la playa de las Carnicerías. La obra debió ejecutarse muy rápidamente pues en la visita que al año siguiente realizó a Santa Cruz D. Alvaro de Bazán, elogió grandemente la obra en construcción, y por ello la Princesa Doña Juana felicitó al Cabildo por medio de una Real Cédula fechada en Madrid el 15 de Septiembre de 1556 agradeciendo «el celo y desinterés» puesto en la defensa. (José María Pinto de la Rosa, 1996)




1552 Septiembre. Dos Galeazas francesas desembarcan 150 hombres en Titoreygatra (Lanzarote). Auxiliados por el Gobernador Manrique con fuerzas desde Tamaránt (Gran Canaria), los franceses son rechazados por las Milicias isleñas. Un mes después, dos grandes navíos con mas de 400 hombres a bordo, intentan dar un golpe de mano por sorpresa contra Winiwuada n Tamaránt (Las Palmas de Gran Canaria). Son rechazados por la Flotillla de Manrique y posteriormente desembarcan en el sur de la Isla, donde son victimas de una emboscada en un barranco.

1552 Noviembre 12.
El pirata Antoine Alfonse en Santa Cruz de Tenerife.

El gobernador colonial Manrique escribió al Príncipe en la metrópoli –con alguna exageración por su parte-, "que los franceses le habían tomado tal miedo que pasaban de largo". La escuadrilla canaria, al mando ahora, como general, de don Juan López de Cepeda, y llevando como capitanes al regidor Juan de Narváez ya Jerónimo Baptista (el hijo primogénito del héroe de la del 19 de abril), proseguía de continuo en su acción de limpieza de las aguas del Archipiélago.

No obstante, en más de una ocasión los franceses hicieron acto de presencia en sus mares, tratando de hostilizar la tierra. Así, en septiembre de 1552 se presentaron ante Lanzarote dos galeazas francesas que desembarcaron 150 hombres. Al instante los lanzaroteños fueron socorridos desde Gran Canaria y acometiendo a los franceses lograron derrotarlos, matando 40 de ellos y ahogándose otros en 18- huída. El campo quedó cubierto de armas como botín del vencedor, perdiendo además los invasores dos
magníficos pataches. En tanta estima tenían estas embarcaciones los franceses que quisieron rescatarlas por 200 escudos y tres falcones, pero los canarios se negaron a tal trueque.

Don Juan López de Cepeda aumentó por orden de Manrique la flota canaria con uno de los pataches capturados y se dispuso inmediatamente a partir en persecución de aquellos piratas. Al pasar por una caleta de la isla de Lanzarote descubrió tres carabelas abandonadas, que llevó consigo, persiguiendo sin descanso al enemigo hasta que consiguió ahuyentarlo de aquellos contornos.

Otro episodio memorable de la guerra en este año de 1552 fue un intento de ataque por sorpresa al Puerto de la Luz llevado acabo en octubre por dos naos grandes bretonas con más de 400 hombres de desembarco. Con el mayor sigilo se acercaron aquellos navíos a la flota canaria surta bajo la fortaleza de las Isletas, pero, apercibidos a tiempo, se les disparó con tal precisión que tuvieron que huir malparados hacia el sur de la isla. Allí desembarcaron para hacer su aguada, pero cayeron en una emboscada que les tendieron los naturales, con muerte de 11 hombres y pérdida de un batel. Por un prisionero capturado supo Manrique que seguían .partiendo de Francia muchos barcos para las Indias y que se preparaban señaladamente para atacar las Islas Canarias 15 navíos con 1.500 hombres al mando de monsieur de Pons y monsieur de Subisa, hijos de dos personajes muertos a manos de los españoles en la batalla de Pavía.

Estos rumores se confirmaron en parte, pues el mes de diciembre se significó por la serie inacabable de latrocinios y depredaciones en mar y tierra. El teniente de gobernador Cepeda estuvo a punto de caer en una celada que le tendieron los piratas, al mismo tiempo que eran capturados porción de navíos mercantes dedicados al tráfico de víveres y mantenimientos entre las islas y con España. En uno de los navíos apresados
venía por capitán el jerezano Francisco de Vera, y otro" cargado de azucares, pertenecía al rico comerciante genovés naturalizado Bernardino Camino de Veyntemilla.

En este mismo mes una escuadra francesa compuesta de cinco poderosos navíos, después de robar en la travesía a dos de los galeones de Indias, cautivando a 150 pasajeros y apoderándose de un cargamento valorado en más de 80.000 ducados, desembarcó su gente en Lanzarote, volviendo a pillar y saquear la tierra, sin hallar contradictor. La capital de la isla, Teguise" volvió a ser de nuevo saqueada y los piratas pudieron reembarcarse, tras ligeras escaramuzas con los naturales, sin apenas recibir daño, y anunciando, en cambio., su propósito de atacar inmediatamente Gran Canaria.

Todas estas noticias hicieron redoblar a don Rodrigo Manrique de Acuña las medidas de precaución adoptadas, hasta el punto de que en todo aquel año no cesaron las milicias en instruirse y disciplinarse, aumentándose, los vigías y centinelas y tomándose otras medidas militares análogas que aconsejaban el más elemental espíritu previsor.

Pero el hecho cumbre de la segunda mitad del año 1552 en las Canarias fué el ataque por sorpresa llevado a cabo por Antoine AIfonse de Saintonge al puerto de Santa Cruz de Tenerife, con el propósito de robar los navíos en él resguardados.

Durante todo aquel año esta isla (como su vecina la de Gran Canaria) se había visto asaltada diferentes veces por corsarios franceses, pero su gente, "preparada y apercibida", supo responder virilmente a las distintas agresiones, cañoneando a sus navíos y dejándolos malparados. Destaca entre estos ataques uno de cuatro navíos franceses de buen porte que intentaron acallar los disparos de la fortaleza del puerto, sin lograr otra cosa que daño por su parte "y un buen número de muertos" (50).

Igual fin tendría en Santa Cruz Antoine Alfonse de Saintonge. Este se dejó ver en el mes de noviembre por aguas canarias conduciendo un magnífico navío de más de 300 toneladas. A su paso por Gran Canaria, la flota al mando de López de Cepeda lo persiguió sin tregua, por lo que tuvo que huir en precipitada fuga con dirección a Tenerife. Don Rodrigo Manrique envió inmediatamente aviso de ello al gobernador de esta isla, don Juan Ruiz de Miranda, para que estuviera apercibido.

En efecto, pocos días después, en medio de la oscuridad de la noche, entró en el puerto de Santa Cruz Antoine Alfonse con el propósito de apresar los navíos surtos en la bahía.

De la fortaleza se le disparó inmediatamente, con tal precisión o suerte que el primer tiro le quebró la fustaga al navío, resultando muerto su propio capitán, el famoso Alfonse, con otros muchos franceses y terminando la nave por hundirse de resultas del certero fuego que se le hizo. El resto de la tripulación pudo ganar a nado la costa, donde fué hecha prisionera.

Antoine Alfonse tuvo así un fin análogo al de su padre, cuando pretendía vengar la muerte de éste cayendo sobre las costas canarias.

Pero, una vez más, el trato humanitario de los isleños para con los prisioneros no sería correspondido, por los franceses ni apreciado debidamente. Sesenta de éstos lograron escaparse una noche apoderándose de un navío español, en medio de la desesperación del gobernador Miranda, que, queriendo ocultar este fracaso, no tuvo arrestos para comunicarlo a la flota, valiéndose de Manrique de Acuña.

Sin embargo, éste tuvo medio de enterarse de la evasión y la armada de Cepeda se lanzó a su captura, logrando alcanzarlos frente a las costas de Berbería. La persecución tuvo allí caracteres de hondo dramatismo.

Los franceses se debatían con todas sus fuerzas para no caer en las garras de la flota, mientras ésta, a velas tendidas, les iba dando por segundos alcance. Fué entonces cuando aquéllos decidieron torcer de rumbo y encallar en la costa a_la vista de la naves canarias. Los moros acudieron en su auxilio y los franceses fueron trasladados sanos y salvos a Tagaos y llevados de allí a la presencia del Xarife, quien gustó de informarse con gran solicitud de las cosas de Canarias. Dadas las buenas relaciones de Francia con turcos y moros, el Xarife los envió a Tarudante y de allí pudieron regresar a Francia, siendo portadores de la noticia de la muerte de su capitán, que llenó de tristeza a los armadores y pilotos de La Rochela.

Con el ataque de Antoine Alfonse finaliza la acción naval enemiga sobre las Islas Canarias en el año 1552. En el siguiente, ellas serán campo de no menores y enconadas batallas, pero justo es que antes digamos dos palabras sobre las mutaciones que se produjeron en el gobierno de las islas. (En: A. Rumeu de Armas, 1991)

1552 Diciembre.  Una nueva Flota francesa ataca Titoreygatra (Lanzarote) y saquea de nuevo la Villa de Teguise en poco menos de un año, no sin antes asaltar por el camino a dos Galeones de la Flota castellana de Indias.





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