lunes, 5 de diciembre de 2011

La amistad de los invasores





 José luís urrutia
Texto íntegro:

Isla de Chinech, últimos días de mayo de 1494

Agona contemplaba en silencio a los soldados españoles que custodiaban los rebaños de ovejas y cabras capturados aquella misma mañana. Inmóvil, sentado en la hierba, con la espalda apoyada en el tronco de uno de los muchos pinos que extendían su sombra sobre el camino, observó sus cuerpos revestidos de metal, sus armas, su forma de expresarse. Después giró el cuello hacia la colina y buscó a los oficiales que, desde hacía un buen rato, se encontraban reunidos, discutiendo qué hacer.
Agona no entendía sus dudas. Tampoco intentaba explicárselas. Los españoles eran diferentes. Hacían cosas que escapaban a toda inteligencia. De pronto, los congregados se incorporaron y comenzaron a descender del cerro. Por sus voces y sus ademanes parecía que el acuerdo había sido unánime. Uno de los capitanes gritó algo a sus hombres, otro reclamó la presencia de un intérprete y éste llamó a los sigoñes de los menkeyatos aliados. El que les mandaba a ellos, les comunicó más tarde el cambio de planes. Agona bajó la vista, incrédulo.

Taganaje se acercó a él.

-¿Qué te parece la decisión? –preguntó.

Agona negó con la cabeza.

-No lo entiendo –respondió.

No, no lo entendía. Si el objetivo de la expedición era llegar hasta el valle de Tahoro y atacar al menkey Benchomo en su propio terreno, ¿cómo se podía cambiar de idea por el solo hecho de robar unos rebaños? ¿Para eso habían partido cuando la luna aún reinaba en el cielo? ¿Para eso tanto interés en sorprender al enemigo? No buscó una razón. Se limitó a obedecer. Los capitanes no dejaban de gritar órdenes, levantando un remolino de relinchos, de ladridos, de agitación de hombres sudorosos. Agona miró a uno de los perros, de aquellos enormes perros que los españoles llevaban sujetos con fuertes correas. Le inquietaban aquellos animales. Llevaban al diablo en la mirada. Había oído que en la isla de Tamarant y en la de Benahuare los habían empleado como arma de ataque, que los azuzaban contra los habitantes de los poblados y que eran capaces de destrozar a un hombre con la rapidez que un rayo destroza a un árbol. No sabía si era verdad. Y no le gustaría comprobarlo. Él era un Cichiciquitzo, un guerrero, pero la sola idea de enfrentarse a una de aquellas fieras le llenaba las venas de una desapacible inquietud.

-¡En marcha! –gritó uno de los oficiales, haciendo un enérgico gesto con el brazo-. ¡Volvemos a Santa Cruz!

Los dos mil quinientos hombres se pusieron en camino con un estrépito lento, sordo. Al principio, las ovejas y las cabras causaron un pequeño revuelo, al dispersarse unas pocas hacia el bosque, asustadas por un perro que había comenzado a ladrar como enloquecido. Varios guerreros guanches las recondujeron. El avance no era cómodo. La trocha abierta en el bosque era demasiado estrecha para tanto hombre apelotonado, y si a la ida la marcha había sido lenta, los rebaños la hacían ahora mucho más dificultosa. Agona volvió la cabeza y contempló por un instante la cima del Teyda, al fondo, bajo el sol plano del mediodía.

-Te noto preocupado –dijo Taganaje, caminando a su lado.

Agona tardó en responder.

-No –dijo finalmente-. No estoy preocupado.

-Entonces estás pensativo.

-No. Tampoco estoy pensativo. Estoy molesto.

-¿Por qué molesto?

-Porque los guerreros no somos ladrones de rebaños.

El joven Taganaje sonrió divertido con el enfado de su amigo. Sus ojos almendrados de color canela destellaron al contacto con un furtivo rayo de sol.

-Nosotros no los hemos robado, Agona. Han sido los españoles.

-Pero nosotros vamos con ellos.

-Tendrán sus razones. Son un pueblo poderoso. Debemos estudiar lo que hacen y aprender.
Agona buscó la mirada del amigo.

-Y si tan poderosos son, ¿por qué han requerido nuestra ayuda?

Taganaje dudó.

-Porque nosotros conocemos el terreno y la lengua –arguyó-. Pero ellos tienen grandes naves, y armas invencibles.

Agona apretó en su fuerte mano el banot, la lanza de madera endurecida al fuego, y se mordió los labios ante la impotencia de no poder replicar. Era de necios negarlo. Los españoles poseían largos cuchillos afilados como el aire, y cañas de hierro que lanzaban truenos y que eran capaces de perforar a un hombre a más de cincuenta pasos. Instintivamente, buscó con la mirada a uno de los jinetes que marchaban en el centro del grupo y, con el corazón encogido, la fijó en el arcabuz que portaba en sus manos.
-Se diría que no estás contento de pelear a su lado –insinuó Taganaje advirtiendo el rictus crispado de su compañero.

-Me disgusta pelear contra los míos.

-Los del menkeyato de Tahoro no son los nuestros –refutó Taganaje sin comprender-. Ni los que se han unido a él tampoco. Ellos son nuestros enemigos. Ellos han elegido el camino de la guerra, los demás el de la paz.

El rostro de Agona se descompuso en un mohín de pena.

-Hubo un tiempo en que todos éramos uno –dijo-. Sólo había un menkey, y los
guerreros guanches no peleábamos entre nosotros.

-Yo no conocí esos tiempos –dijo sin dolor.

-Tampoco yo –replicó mirándole-, pero no están tan lejanos –suspiró-. En tiempos de Tinerfe el Grande, nuestra isla era una sola, no dividida en nueve partes como ahora. Ello nos hace débiles contra los que quieran conquistarnos.

Taganaje mostró en una sonrisa su blanca dentadura.

-Los españoles no quieren conquistarnos, Agona –dijo en tono paternal-. Sólo han venido a hacernos partícipes de sus conocimientos. Son amigos.

El veterano guerrero volvió la cabeza hacia el joven Taganaje. Amigos… Tal vez tenía razón, pensó. Tal vez la tenían los cientos de guerreros que acompañaban a los españoles a luchar contra Benchomo, el menkey rebelde, como ya se le conocía. Pero él no podía considerar amigos a quienes desembarcaban en su isla sin pedir permiso, a quienes no les mostraban respeto alguno y, a pesar de sus buenas palabras, les trataban como a siervos. Sus ojos de ámbar volaron sobre las cabezas y las lanzas hasta encontrar la capa roja del Adelantado Fernández de Lugo, que cabalgaba escoltado por dos hombres de su guardia.

-Nuestro menkey, nuestros guadameñes, han ofrecido su apoyo a los españoles, Agona –dijo Taganaje, interrumpiendo las cavilaciones del amigo-. Ellos, a diferencia de Benchomo, que sólo busca tenernos bajo su dominio, nos han ofrecido ayuda y el honor de ponernos bajo la protección del rey de España, de su propio rey.
Agona no respondió. Él, como la mayoría de los guerreros de Güímar que en aquellos momentos caminaban de vuelta a Añaza, o Santa Cruz, como llamaban los españoles a aquellas playas del Oriente de la isla, había luchado contra los de Tahoro en alguna de las batallas mantenidas por ambos pueblos desde las diferencias abiertas entre ellos en los últimos años. Sin embargo, no por eso habían dejado de ser hermanos para él ni Benchomo un gran menkey, quizás el más grande menkey desde Tinerfe. Ningún otro de la isla, ni siquiera Añaterve, el suyo, podía comparársele en inteligencia, nobleza o arrojo en el combate, ninguno en firmeza para no dejarse amilanar por el poderío de los extranjeros ni engatusar con sus promesas.

Le dolía reconocer que si los españoles escondían malas intenciones debajo de la aparente máscara de amistad, sólo Benchomo había sabido verlas y que sólo Benchomo sabría defenderles de ellas. No le cabía duda alguna. Lo creía así desde el día en que, a poco de desembarcar el Adelantado Fernández de Lugo y los suyos en las playas de Añaza y plantar allí una enorme cruz y levantar un pequeño poblado a modo de fortín, habían salido tierra adentro a reconocer el terreno. Él marchaba con ellos, en condición de guía. En las cercanías de Eguerew, de forma inesperada, se toparon con varios centenares de guerreros, encabezados por el mismísimo Benchomo y por Chimenchia, su hermano. Los dos bandos quedaron paralizados, indecisos en un primer momento. Después, Chimenchia y el propio Benchomo se adelantaron y, abriendo los brazos y cruzándolos en el pecho, en señal de paz, avanzaron hacia las tropas invasoras. Fernández de Lugo designó tres intérpretes para parlamentar con ellos y dos guerreros para protegerles. Él fue uno de ellos. Tampoco en aquel instante entendió la actitud de los españoles. Cuando un guanche ofrecía paz, no existía peligro alguno. Pero obedeció, y, al paso lento y desconfiado de los intérpretes, caminó hacia los dos hermanos. No recordaba haber estado jamás tan cerca del gran Benchomo. Éste había cumplido ya los setenta años, y su larga barba mezclaba mechones del negro más intenso con otros blancos como las cumbres del Teyda en la época del frío, pero sus movimientos eran ágiles y la fuerza de sus ojos penetrantes la misma de sus años de esplendor. Con íntimo orgullo, Agona percibió la impresión de los emisarios al plantarse ante la figura alta, fornida, digna, del menkey de Tahoro.

-¿Qué intención trae el jefe de ese ejército al invadir mi tierra?

Su voz sonó como el eco de un trueno en el seno de los valles. Los intérpretes parecieron dudar a la hora de quién responder.

-La intención del jefe de ese ejército, el Adelantado de las islas de Canarias, Alonso Fernández de Lugo, es la de procurar tu amistad, requerirte que tú y los tuyos, así como todos los habitantes de la isla, os hagáis cristianos, y que os sometáis al rey de España, quien, gentilmente, os tomará bajo su amparo y protección.

Agona, el veterano guerrero del menkeyato de Güímar, vio destellar la tormenta en las pupilas de Benchomo. Tan intenso fue el fuego de su mirada que, a un tiempo, los tres intérpretes retrocedieron un paso, como temerosos de perecer bajo su llamarada. Los dientes del viejo menkey rechinaron de cólera, pero cuando sus labios se abrieron habló por ellos la templanza de los sabios gobernantes.

-Acepto la amistad que me ofrecéis –pronunció solemnemente-, mas sólo creeré en ella cuando abandonéis la isla –hizo una pausa-. No sé lo que es ser cristiano, y por eso me informaré y lo consultaré con mis guadameñes para tomar una decisión. En cuanto a lo que decís de someterme a otro rey… ¡Jamás! –su grito hizo brincar a los tres hombres, al igual que si la tierra se hubiese abierto bajo sus pies-. He nacido rey –concluyó con estremecedora firmeza-, y rey moriré.

A pesar de la palidez de sus rostros, aún tuvieron arrestos los intérpretes para responder con altivez al caudillo indígena. Pero éste ya había finalizado su parlamento y los tres extranjeros habían dejado de tener importancia para él. Su última mirada, antes de dar la vuelta y marchar, fue para los dos guerreros de Güímar que los acompañaban. Una mirada descarnada, acusadora, dolida, y, sobre todo, teñida de una infinita tristeza.
Ahora, mientras desandaban el camino hacia Añaza, Agona la recordaba como en aquel mismo momento de casi un mes atrás. Y como en aquel momento, humilló la cabeza y perdió la vista en el suelo.

El avance se hizo más lento al llegar a los barrancos de Farfan. Allí, la trocha que atravesaba el bosque se estrechaba aún más y los que ocupaban los flancos de la expedición tuvieron que aminorar el paso para integrarse al pelotón central. Los rebaños protestaron. Un capitán a caballo se giró en la silla y gritó algo a los que marchaban en retaguardia. Una ola de aprensión atravesó súbitamente el pecho de Agona. Sus pies vacilaron. Volvió los ojos hacia el tupido boscaje que los rodeaba. Sólo árboles, helechos, maleza, sólo la neblina azulada que envolvía un paisaje al que nunca llegaba la luz del sol. Sólo el canto de las aves y el zumbar de los insectos. Con respiración contenida miró las alturas del barranco al que los primeros hombres acababan de entrar. Sólo paredes herbosas, desiertas.
-¿Qué te ocurre? –preguntó Taganaje.

Agona negó levemente con la cabeza, sin dejar de otear en derredor. Una agitación incontenible le hormigueaba en los brazos, le revolvía el estómago, le bajaba hasta los pies. Presentía presencias invisibles.

-Agona, ¿qué ocurre? –insistió el joven guerrero.

Pero el guerrero veterano tampoco respondió esta vez. Los sentía allí, tan cerca que hasta creía percibir su aliento. El desfiladero continuaba engullendo hombres. El Adelantado Fernández de Lugo ya había rebasado la primera estrechura. Un perro ladró con ferocidad afligida. La piel tostada de Agona se erizó. Apartó al compañero que iba delante y, abriéndose paso a empujones, corrió en busca del sigoñe. Llegó hasta él con el presagio de peligro colgando de la boca, pero ya era tarde. Un concierto de silbidos y voces rasgó el espacio. Varios caballos se alzaron sobre sus pies, relinchando asustados. El rumor de la tropa se convirtió en un griterío confuso y todos los rostros se volvieron hacia el cielo, buscando a los autores de aquel escándalo. Ovejas y cabras se agitaron y, después, como guiadas por un pastor invisible, se desbandaron. Los españoles no comprendían su comportamiento. Los guanches sí. Simplemente, estaban reconociendo la llamada de sus amos y corrían a su encuentro.

No hubo tiempo para reponerse de la sorpresa.
Una catarata de rocas y troncos de árboles comenzó a rodar laderas abajo en medio de un atronar ensordecedor. Los jinetes y peones atrapados en la cañada se abalanzaron con desesperación hacia las salidas. El Adelantado espoleó su montura y, encogido sobre ella, abrazado a su pescuezo, se lanzó a una carrera frenética a través de sus propios soldados. Los que habían quedado fuera intentaron organizarse en el desconcierto; los oficiales vociferaban consignas; el eco del estruendo se mezclaba con los gritos, con los lamentos, con los aullidos quejumbrosos de los perros, con los relinchos histéricos de los caballos. Un grupo de ballesteros españoles y portugueses se parapetaron tras unos peñascos, en la base de la pendiente, y desde allí dispararon sus dardos hacia lo alto, sin saber realmente contra quién los dirigían.

Cuando el sordo retumbar se alejaba en el aire, dando voz a los quejidos de los que agonizaban en el fondo del barranco entre los centenares de hombres y bestias aplastados, llegó el grito de guerra de los guerreros de Tahoro y tras él la lluvia de piedras, de piedras pequeñas y tan afiladas que se incrustaban en la carne como flechas. Un capitán, guarecido tras el cadáver de su yegua, gritaba sin cesar que resistieran, que en cuanto el aluvión de cantos cesara saldrían a por aquel hatajo de salvajes y les darían muerte. Lo repetía una y otra vez, recordando a sus hombres el estandarte que defendían y la santidad de la misión que les había llevado a tomar posesión de aquellas tierras. No fue preciso subir a su encuentro. Los guanches acudieron por sí solos. Sin dejar de proferir silbidos y estridentes chillidos, se arrojaron a descender los resbaladizos vericuetos de la montaña. Los soldados, desquiciados por los estragos que el inesperado ataque estaba causando en la tropa, se apresuraron a formar grupos compactos para hacerles frente. Agona, lentamente, se despojó de su tamarco y, enrollándolo alrededor de su brazo izquierdo, aferró con determinación su banot y esperó la embestida.
-¡Al combate! ¡No son más que un puñado de bárbaros!– gritó un oficial, enardecido al comprobar el reducido contingente de nativos, apenas trescientos, que, saltando de risco en risco con la pericia de las cabras montesas, se abalanzaban sobre ellos-. ¡Por Dios y por nuestros reyes Isabel y Fernando!

Fue una matanza. Los hombres del Adelantado Fernández de Lugo se defendieron con bravura, pero, a pesar de su abismal superioridad numérica y de la ventaja de sus armas, poco pudieron hacer contra el ímpetu de unos guerreros flexibles como juncos, que esquivaban sus golpes con una agilidad desesperante y que, sin amedrentarse por las espadas y picas de sus enemigos ni por los temidos arcabuces, hacían valer sus rudimentarias lanzas y la contundencia de sus tenikes, aquellos pedruscos envueltos en piel y sujetos con correas, que empleaban a modo de mazas demoledoras. Bajo su brutal impacto, las corazas se arrugaban, los cascos se hundían y los cráneos se reventaban.
Si en algún momento de aquellas horas infernales alguien alimentó un hilo de esperanza, éste se quebró cuando un rumor creciente agitó las copas de los árboles. Guerreros, por miles, aparecieron de pronto ocupando por completo la anchura de la trocha, en lo alto de la cuesta. El Adelantado alzó su espada chorreante de sangre y, en un alarido feroz, invocó el socorro del apóstol Santiago para salir airosos de aquel entuerto.

Fue una matanza. Los guerreros de Güímar y sus aliados optaron por procurar una huída a los españoles ante la imposibilidad de frenar la carnicería. Agona tomó a un oficial por el brazo y, mediante señas, le indicó que le siguieran. De los cerca de cincuenta que se pusieron tras sus pasos, no más de treinta llegaron a alcanzar el camino entre las rocas. Agona, empapado en sudor y sangre, se hizo a un lado y a gritos animó a que se internaran por el sendero boscoso. Antes de seguirles, vio al Adelantado desprenderse de su capa roja y tomar las riendas del caballo que le tendía un soldado.
Colocándose en cabeza, el veterano guerrero los condujo entre la maleza a través de veredas imposibles de ver para los extranjeros. Poco a poco, el estrépito de voces y armas fue quedando atrás. Entonces, Agona aminoró el paso. El capitán se lo recriminó. Agona se encogió de hombros, dando a entender que no conocía su lengua. El oficial buscó entre sus hombres y llamó a uno de baja estatura y barba pelirroja.
-¡Guillén! –ordenó-. Di a este salvaje que siga corriendo o le abro las tripas.
El llamado Guillén se plantó ante Agona y, como mejor pudo, tradujo el mensaje. El guanche escuchó perplejo su lengua pronunciada de manera tan burda, y después de interpretar las palabras contestó con rabia contenida.

-Di a tu jefe que no tiene por qué temer. Los guerreros guanches sólo matamos en
combate. No perseguimos al enemigo que huye.

El capitán resopló con ira al recibir la contestación. Miró con desprecio al nativo color de bronce que, vestido solamente con una especie de faldilla hecha de juncos y hojas de palmera, le miraba a su vez con una dureza insultante.

-Pregúntale a dónde nos lleva –bramó-. Y que se cuide muy bien de tendernos una celada.
-Di a tu jefe que os llevo a lugar seguro. Y que si no confía en mí, que busque salvarse por sí mismo.

-¡En marcha! –fue la única respuesta del oficial.

Se desviaron al llegar a un riachuelo y Agona tomó un senderillo que ascendía por entre un pasillo de dragos. La entrada de una cueva apareció al fondo de un pequeño claro.
-Escondeos ahí –aconsejó Agona señalando la gruta, y, anticipándose a la protesta del capitán, añadió-: No hay otro remedio. Estamos en territorio controlado por el menkey Benchomo y no tardarían en encontrarnos. Si os encuentran aquí, nada os harán. Es una cueva sagrada. No hagáis frente; declaraos vencidos y no correréis peligro. Si no os encuentran, aguardad hasta que podáis, antes de salir.

-¿Tú no te quedas? –preguntó Guillén-. ¿Dónde vas?

-Intentaré llegar a Añaza dando un rodeo. Buscaré ayuda para vosotros.
Agona esperó hasta que la treintena de soldados exhaustos entró en la cueva y, sin una palabra, dio media vuelta y se perdió en la espesura con su lanza en la mano y el tamarco manchado de sangre envuelto en el brazo izquierdo.

Campamento de Santa Cruz, primeros días de junio de 1494

Agona estrujó con ambas manos sus largos cabellos. Chorros de agua salada corrieron por el bronce oscuro de su espalda. Después, seleccionó unas tiras de juncos majados y trenzó con ellas su espesa cabellera negra.

Permaneció sentado en la arena hasta que el sol mordió sus hombros desnudos y después, enfundándose el tamarco, regresó descalzo hasta el borde del campamento. Allí se calzó las sandalias de piel cuyas correas entrecruzó y ató a lo largo de sus pantorrillas. En el aire flotaba ya el aroma grasiento que emanaba de las enormes ollas colocadas al fuego. Al fondo, un grupo de nativos de las islas conquistadas, que habían llegado con los españoles, reforzaba el muro que rodeaba el fortín. Soldados cabizbajos hacían guardia, paseando atrás y adelante arrastrando los pies. A la sombra de un pino, Adarguma curaba la mano del joven Taganaje. Agona tomó asiento junto a ellos y examinó las heridas. Una bimba de las muchas que cayeron el día de la batalla le había segado dos dedos de la mano izquierda en un corte limpio. El muchacho le consultó con la mirada.

-Está cerrando bien –dijo Agona.

Adarguma se acercó hasta una de las hogueras en que se preparaba la comida y regresó con un pequeño cuenco de manteca hervida. La aplicó sobre la carne sanguinolenta que había quedado de los dedos seccionados y la recubrió con un emplasto de musgo, ceniza y hojas secas.

-¿Hasta cuándo tendremos que estar aquí? –preguntó el improvisado curandero, dirigiéndose a Agona.

El veterano guerrero llenó sus pulmones de aire y lo expulsó ruidosamente, sin mirar a su amigo.

-Hasta que nos lo manden o hasta que los españoles decidan marchar de una vez.
-¿Crees que están esperando a que su jefe mejore o a que lleguen más soldados?
Agona respondió con una mueca de ignorancia. Volvió la vista hacia la playa y, achicando los ojos para protegerlos del sol, contempló las naves que, ancladas lejos de la orilla, se mecían sobre las olas mansas. Luego, con idéntico mutismo, observó el campamento. Jamás había visto espectáculo tan desolador. Del arrogante ejército de más de dos mil soldados que había arribado a aquellas playas, apenas quedaban trescientos. Trescientos hombres abatidos, nerviosos, muchos de ellos heridos, que deambulaban de un lado para otro con el temor constante de que en cualquier momento apareciesen los guerreros del menkey Benchomo. Sabían que, de ser así, nada ni nadie podría salvarlos. Desde el día de la masacre, no habían vuelto a entonar ni una sola vez aquellas canciones que acompañaban de grandes risotadas, y cuando, en los atardeceres, se reunían para jugar a aquel extraño juego que llamaban naipes, no lo hacían con la alegría y vitalidad de antes. Por el contrario, hablaban sin energía y, cuando sus miradas se cruzaban, no se veía en ellas la emoción del juego, sino una zozobra que les quemaba por dentro y para la que no encontraban consuelo. Sin duda, continuaban sin explicarse cómo habían podido caer en tan terrible emboscada, y al mirarse unos a otros revivían las angustiosas horas de desesperada lucha en aquel desfiladero que, golpe a golpe, se iba llenando de muertos. En sus pupilas estallaban todavía los gritos de los capitanes; el sufrimiento de los caballos, enloquecidos, atrapados en un terreno en el que no podían maniobrar; los ladridos roncos de los feroces mastines al ser ensartados, golpeados… Agona fijó la atención en un puñado de soldados barbudos, sucios, que comían sentados junto al torreón levantado con piedras. Luego la llevó hasta los que trabajaban en la cerca. Por último, la posó en sus propios compañeros, sentados en grupos reducidos, silenciosos, expectantes, mezclados con los guerreros de los vecinos menkeyatos de Adeje y de Abona. Un acceso de llanto oprimió su corazón. No estaban ni la mitad de los que habían abandonado sus poblados para sumarse a los españoles. Cientos de valerosos guerreros habían dejado la vida en los barrancos de Farfan. Y se preguntó, sin hallar respuesta, si había merecido la pena.

-Se rumorea que van a invitarnos a ir con ellos –dijo el joven Taganaje.

Los otros dos le miraron con sorpresa.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Adarguma.

-Guillén Angulo me lo ha dicho esta mañana.

-¿Qué te ha dicho? –quiso saber Agona.

-Que cree que en un día, o dos como mucho, volverán a la isla de Tamarant. Y que el Adelantado quiere que los guerreros que les hemos ayudado vayamos con ellos.
La mirada de Agona se ensombreció. Miró en la distancia los perfiles difuminados de la isla de Tamarant. Siempre la había visto como un mundo cercano, vecino, al que el mar convertía en tan lejano como la línea del horizonte. Ahora, de pronto, la veía como una amenaza.

-No iremos –dijo.

-¿Por qué? –protestó Taganaje.

-Porque no hay motivo para hacerlo. Nuestra tierra es ésta.

-Pero hay más tierras, y es bueno conocerlas –dijo el muchacho-. Guillén me ha dicho que en Tamarant, y en Benahuare y las demás islas, la gente ya no vive en poblados o en cuevas, como nosotros, sino en casas de piedra, de paredes rectas y ventanas grandes…
-¿Vives mal en tu casa? –inquirió Agona con dureza.

El joven no respondió. Bajó la cabeza y se pasó los dedos de la mano derecha por el emplasto de sus heridas.

-No –contestó-. Pero no es malo conocer cómo viven otros, sobre todo si son más avanzados que nosotros.

Agona pasó una ojeada veloz por el campamento.

-¿A esto llamas ser más avanzados? –preguntó irónico.

-Sabes que es así, Agona –replicó con humildad-, pero no quieres reconocerlo. No sé por qué, pero los españoles no te agradan. No acabas de ver que son amigos.
Agona mordió la respuesta que ardió en su boca como un tizón al rojo. Sacudió la cabeza y resopló.

-Quieren llevarnos a que conozcamos la vida de las islas en las que dominan, para que aprendamos a manejarnos mejor –musitó el muchacho.

-Islas que han conquistado por la fuerza, como quieren conquistar la nuestra.
-Si Benchomo y los demás menkeys hubiesen aceptado su trato, no habría fuerza que emplear. Ellos son los que han provocado esta guerra y serán los únicos que paguen por ello. A los demás nos premiarán por nuestra lealtad.
En aquel momento, de la torre salió Fernando Guanarteme en compañía de dos oficiales. Agona había oído que aquel nativo de alta estatura y tez oscura, que vestía y actuaba como un español más, había sido menkey de Gáldar, en la isla de Tamarant, hasta que fue capturado por el Adelantado. Había oído que fue obligado a adorar a su dios y que ahora era un vasallo fiel, que renegaba incluso del nombre que le habían dado sus padres. Él no quería aquel tipo de progresos. En Tamarant, en Benahuare, en Erbania y en las demás islas conquistadas, habría casas de paredes rectas y grandes ventanas, como decía Taganaje, pero él no deseaba perder su nombre, ni sus creencias, ni dejar de ser dueño de su tierra. Ni deseaba, y la idea le agitó en un escalofrío, que sus ojos adoptasen jamás una mirada tan vacía de vida como la que mostraba Fernando Guanarteme.
La figura menuda y corpulenta de Guillén Angulo surgió de una de las cabañas de piedra. Los tres guerreros le vieron acercarse. Él, y los que le acompañaban el fatídico día de Farfan, habían salvado la vida gracias a Agona. Fueron apresados en la cueva y llevados ante la presencia de Benchomo. El gran menkey escuchó las circunstancias de su captura y, tras conocer que habían sido prendidos en lugar sagrado, resolvió que se reuniesen con los suyos. Guerreros de Tahoro los guiaron hasta las mismas playas de Añaza.
-Enseguida os llamarán para comer –dijo por todo saludo.
-Gracias –contestó Adarguma.
Guillén Angulo admiró de reojo los ropajes de los tres nativos. Desde el día en que descubrió el primor con que aquellas pieles eran trabajadas, su máxima ambición por conquistar las islas había sido el poder llevarse a España un equipo de artesanos que confeccionasen con aquella maestría trajes y vestidos. No se explicaba cómo con unas simples espinas de pescado o de palma, podían conseguir un cosido digno de la mejor aguja.
-¿Qué sabes del viaje a Tamarant? –preguntó Adarguma a bocajarro.
-Que os conviene –respondió Guillén con su sonrisa estrecha-. Y más que a Tamarant, a tierra firme. A Córdoba, a Granada, a Sevilla… pero eso conlleva un riesgo –apuntó en tono misterioso.
-¿Cuál? –preguntó Taganaje con zozobra.
-Que nunca querríais volver –rió en una risa convulsa, casi infantil-. No podéis imaginaros cómo son esas ciudades. Pero bueno, primero está marchar de aquí para regresar con más refuerzos y acabar para siempre con ese maldito Benchomo, o como el demonio quiera que se llame.
-Él te dio la libertad –repuso con sequedad Agona.
-Ese salvaje con sombrero de plumas y barbas hasta los huevos no me dio la libertad, amigo –respondió el español con desprecio-. Me la diste tú –puso una mano en su brazo-, que supiste buscarnos una buena coartada. Ese diablo se ha librado por ahora, pero pronto su cabeza colgará de una pica. Esta isla es la última que queda por civilizar, y ni ese salvaje ni ningún otro impedirán que así sea.

-Su cabeza… -murmuró Taganaje-. ¿En una pica? ¿Por qué? -Para que cualquier otro rebelde con ánimos de molestar sepa lo que le espera.
La noticia adelantada por Guillén Angulo se dio a conocer al resto de nativos por la tarde. Aquella misma noche, alrededor de una hoguera, los guerreros de Güímar, Adeje y Abona, discutieron sobre la conveniencia de aceptar la invitación de los españoles. Tan solo las voces de Agona y media docena más se mostraron discordantes. Al amanecer, todos estaban preparados para montar en los esquifes y alcanzar aquellas gigantescas naves panzudas que la mayoría ansiaban ver de cerca.
Agona había dudado hasta el último momento. Tan sólo el cuidar de Taganaje había hecho que no tomase el camino de regreso a su poblado. Dentro de pocas semanas llegaría el mes del Sol Joven, y con él el comienzo de un nuevo año. Se abría la época de la recolección, de las celebraciones, de la fiesta en honor de la Diosa Chaxiraxi, y él deseaba vivirlo con su familia. Él era un guerrero, no un viajero, y menos un navegante. Su lugar estaba en su pueblo. Si el menkey Benchomo atacaba a su gente, debía estar allí para defenderla. Si, por el contrario, los dos menkeyatos sellaban la paz, quería estar allí para festejarlo.
-¡Nunca había estado tan lejos de la costa! –gritó alborozado Taganaje hundiendo su mano sana en las aguas.
Agona, a su lado, le miró con ternura, con triste ternura. Ni siquiera la ingenuidad del joven podía alejar su pesadumbre. En la barcaza de delante viajaba el Adelantado Fernández de Lugo. Lo hacía en silencio, encogido sobre sí mismo, ausente. El día de la matanza había salvado la vida gracias a desprenderse de la capa roja que lo identificaba como jefe y al caballo que un soldado le cedió antes de morir. Había huido, abandonando a sus propios hombres, dejándolos en la encerrona mortal que no había sabido predecir. Su único castigo fue la pedrada que le destrozó la boca y que dejó en el campo de batalla un puñado de dientes partidos. Llegó al campamento de Santa Cruz con el rostro y las ropas bañados en sangre, anegado en mareos y la mirada desorbitada. Hasta aquella misma mañana, nadie, salvo el médico y sus capitanes, le había visto desde entonces. Su faz seca se mostraba escondida bajo un abultado vendaje que, sin embargo, no podía ocultar el tono violáceo que le subía hasta las sienes y la frente.
Los remeros buscaron el costado de las naos. Tras los soldados, los guerreros guanches treparon, emocionados como niños, por las escalas de cuerda, y emocionados como niños caminaron sin rumbo sobre la cubierta de las naves. Boquiabiertos, siguieron atentamente la tarea de izar los esquifes a bordo y estibarlos en sus respectivas ubicaciones.
-¡Preparados para zarpar! –ordenó el contramaestre, y el eco de su voz voló sobre las aguas en compañía del de los contramaestres de las otras veintinueve embarcaciones.
En la nao en cuyo palo mayor ondeaba un gallardete diferente al de las demás, detonó un disparo de culebrina. Los guerreros se sobresaltaron. Con rictus serios se acercaron a la borda y, a gritos, consultaron con sus compañeros de las otras naves la razón del trueno.

-No os alarméis –dijo Guillén Angulo acercándose al grupo de Agona-. No hay peligro alguno. Nadie nos ataca. Es sólo la orden de zarpar.

-¡Izar las anclas! –gritó el contramaestre.
-¡Gente a dar la vela! –ordenó una vez que las pesadas anclas estuvieron izadas y afirmadas en las amuras.
Los marinos bracearon las vergas en búsqueda del viento. Al encontrarlo, las velas produjeron un chasquido de látigo. Poco a poco, las naves fueron girando a sotavento y, al comenzar a avanzar abriendo el mar, los guerreros guanches creyeron estar asistiendo a un acto sobrenatural. Algunos se quitaban la piel de cabrito que llevaban en la cabeza a modo de gorro y la ondeaban, saludando a los de los otros barcos, entre silbidos y alborozados gritos.
Las costas de Chinech, o de Tenerife, como llamaban los españoles a su isla, se iban alejando al tiempo que la cumbre del Teyda, la Boca del Infierno en donde habitaba el maléfico genio Guayota, se erigía y perdía en la distancia.
De la nao capitana, que viajaba en cabeza, llegó una nueva detonación, pero esta vez nadie se extrañó. Entonces, los maestres al mando de cada una de las naves reclamaron la atención de los guerreros y los reunieron a popa. No hubo una sola palabra. Tan solo cañones de arcabuces apuntándoles y afiladas picas dispuestas a traspasarlos de parte a parte en caso de no obedecer. Agona, Taganaje y los demás que ocupaban aquella embarcación, intercambiaron una mirada interrogante y luego buscaron explicación en los hombres que les rodeaban.
Un nativo de la isla de Benahuare levantó una trampilla enrejada y, con un claro gesto, les conminó a bajar los escalones. Obedecieron sin comprender. La primera bienvenida se la dio el tufo pestilente que emanaba de las sentinas. La trampilla cayó de golpe y, por primera vez en su vida, los guerreros guanches de la isla de Chinet vieron el cielo cuarteado por barrotes. Un rumor de angustia recorrió sus pechos tras la sorpresa inicial. Las argollas y grilletes sujetos en las paredes de aquel antro hediondo les gritaron a la cara la realidad de su nueva situación. En aquella sombra desconocida para ellos, los ojos ambarinos de Agona y de Taganaje se buscaron. Los labios del joven guerrero temblequearon en una súplica que no encontró voz. El guerrero veterano alzó la cabeza hacia el retazo azul del techo, apretó los puños y se encomendó a Achaman, rogándole que protegiera a su pueblo de la amistad de los invasores.
NOTA FINAL
El Adelantado Alonso Fernández de Lugo regresó aquel mismo año de 1494 a Tenerife, con un ejército inferior en número pero mejor preparado militarmente. A mediados de noviembre derrotó a las tropas del menkey Benchomo en la denominada Batalla de Aguere, donde se dice que también murió el propio Benchomo, aunque su cuerpo jamás fue encontrado. Al año siguiente, las tropas de Fernández de Lugo derrotaron nuevamente a los guanches, en la que ha venido a llamarse Batalla de la Victoria de Acentejo.
Las crónicas recogen que, en estas dos últimas batallas, los guanches no ofrecieron la resistencia esperada, debido a una epidemia causada por los miles de muertos amontonados en los desfiladeros de Farfan primero, y en Aguere después, conocida como “la gran modorra” y que los dejó debilitados y enfermos. Otras versiones afirman que su enfermedad se debió al envenenamiento de los manantiales por parte de los españoles, procedimiento que más tarde emplearon en la conquista de América.
La isla de Tenerife fue incorporada a la Corona de Castilla en el verano de 1496. Con ella se culminaba la total ocupación del archipiélago canario, tras casi un siglo de continuas invasiones.


La batalla en los barrancos de Farfan ha pasado a la historia con el nombre de La Matanza de Acentejo.
De los más de 600 guerreros guanches que en dicha batalla lucharon al lado de los españoles, y que salvaron la vida a muchos de ellos, sólo sobrevivieron poco más de la mitad, los cuales fueron hechos prisioneros mediante engaños y trasladados a España, en donde fueron vendidos como esclavos.

GLOSARIO
Achaman: “Dios de los cielos” en la religión de los guanches de Tenerife. Dios de la buena suerte y de lo benévolo.
Añaza: Antiguo achimenkeyato del menkeyato de Anaga. Hoy, Santa Cruz de Tenerife.
Banot: Lanza de madera endurecida al fuego.
Benahuare: Isla de La Palma.
Bimba: Pequeño canto que cabe en una mano, muy afilado, que los guanches empleaban como arma arrojadiza con asombrosa precisión.

Chaxiraxi: Diosa universal en la teogonía del mundo canario.
Chinet: Isla de Tenerife.
Cichiciquitzo: Guerrero plebeyo.
Eguerew: Nombre que los guanches daban a la actual comarca de La Laguna.
Erbania: Isla de Fuerteventura.

Farfan: Nombre con el que los guanches denominaban a un barranco ubicado en el término de Acentejo.
Guadameñe: Sumo sacerdote.
Guanche: Pueblo de origen bereber, que habitaba las islas Canarias antes de la conquista castellana.
Guayota: Dios de lo malo entre los guanches de Tenerife. Demonio que habitaba en el interior del Teide (Infierno).
Menkey: Rey, entre los guanches de Tenerife.
Menkeyato: Término o Reino.
Sigoñe: Capitán, jefe militar, consejero.
Tamarant: Isla de Gran Canaria.
Tamarco: Vestido de finas pieles gamuzadas.
Tenique: Piedra de tamaño regular envuelta en piel y sujeta con correas, que empleaban los guerreros guanches a modo de mazas.
Teyda: Teide.
Número de ediciones:   1


sábado, 3 de diciembre de 2011

MISCELANEA DE HISTORIA DE CANARIAS (XVII)



 
NOTAS AL DIARIO DE LAS HERMANAS CASALON (IX)
 
 
Eduardo Pedro García Rodríguez

 

8, ATAQUE DE UNA ESCUADRA INGLESA A SANTA CRUZ DE TENERIFE EN 1797 (I)


En los hechos de armas que han tenido lugar tanto en nuestra isla como en las restantes del Archipiélago Canario, los cronistas e historiadores se extienden ampliamente narrándonos la situación de las tropas la disposición de la artillería y sobre todo, las acciones supuestamente heroicas de determinados  protagonistas que han intervenido en algún enfrentamiento o combate. Los comportamientos digamos heroicos  reales o fraguados en las mentes de los actores, cuando no, fruto de la cohorte de aduladores que suelen pulular alrededor de quienes ostentan algún poder por mediocre que éste sea. Este planteamiento, naturalmente no es aplicable a un buen número de personas que haciendo honor a su condición de hombres de bien y de patriotas canarios que, al margen  de su situación social o económica  actuaron con el valor y valentía que las circunstancias demandaban. Estos historiadores y cronistas suelen olvidar con  frecuencia a los verdaderos protagonistas, que  por no gozar en la época de la consideración de vecino – como contribuyentes- o ocupar empleos artesanales o de servicios, son despreciados cuando no despojados de los méritos que hubiesen contraído en determinadas circunstancias al producirse  peligros ciertos para la comunidad, tales como incendios, inundaciones, epidemias o ataques de algún enemigo del exterior, a pesar de que, sin la intervención de éstos, los hechos hubiesen podido tener otros derroteros.

La situación que hemos reseñado  anteriormente, se da entre los atalayeros de nuestras islas, hombres  que realizaban una función vital para la seguridad de los pueblos y que, con sacrificios sin cuento velaban mientras que el resto de los ciudadanos descansaban tranquilamente. Fue una ocupación poco apetecible por la precariedad de medios con que se veían obligados a desarrollar su cometido de vigías. Siendo los ojos que velaban mientras que el resto de la población dormía, carecían de abrigos adecuados y agua potable, pobremente alimentados y con un salario ínfimo. Estaban continuamente expuestos al sol, a la lluvia y a los continuos vientos inclementes que azotaban los lugares donde tenían que desarrollar su labor de vigías. Un ejemplo de lo que venimos diciendo nos lo aporta las atalayas de Anaga, las cuales jugaron un destacado papel en los hechos (no reconocidos debidamente) el 25 de Julio de 1779, ya que de no haber contado la plaza de Santa Cruz con la eficaz alerta de los vigías de las atalayas de Anaga, los resultados de la invasión inglesa  hubiesen podido ser muy diferentes a los que conocemos.

El lector puede hacerse una idea del secular aislamiento a que ha estado sometida la comarca de Anaga, y dentro de ella, de manera muy especial el pago de Igueste o Egueste, hasta fechas muy recientes, mediante algunos de los pasajes que sobre este antiguo menceyato a finales del siglo XIX nos ha legado el viajero y  escritor Belga Jules Leclercq: ...”A las ocho de la mañana, me despedí de mis huéspedes, para regresar a Santa Cruz por la vertiente meridional de la cordillera de Anaga. Los caminos en esta vertiente so “...A las tres, llegamos ante una pobre choza, que era la vivienda del buen canario. Me invitó a entrar, e izo que su mujer me sirviese dos huevos y un vaso de agua, excusándose por no tener vino. El canario no vende su hospitalidad: por suerte, me quedaban unos cigarros, y esto fue todo lo que logré que aceptara a cambio de sus buenos servicios”. ...“¡Qué diferentes estas afectuosas costumbres de las de algunas partes de España, de donde el extranjero es expulsado como un malhechor! En Noruega, y en otros países primitivos, he encontrado pueblos afectuosos y hospitalarios, pero dudo que ninguno de ellos pueda rivalizar, en este sentido con los buenos isleños. ¡Dichosos país en el que no es posible dar un paso sin encontrar por el camino un guía, un amigo, un hermano! Estos encantadores hábitos se encuentran, generalmente, en las islas fértiles que gozan de temperatura constante” “ aún peores que las del lado norte. Al consultar el mapa, se podría creer en la posibilidad de llegar en media hora al pueblecito de Igueste, primero que se encuentra a partir del faro. Pues bien, yo no tardé menos de cinco horas en cubrir dicho trayecto, porque este terreno volcánico está tan sembrado de piedras afiladas como hojas de cuchillo y formado por tantas rocas cortadas a pico, barrancos y precipicios, que el camino se duplica”.

“esta es la excursión a caballo más peligrosa que he hecho desde que recorro montañas...”. En estos agrestes parajes tan bien descritos por Jules Lecclercq, René Verneau y otros científicos y aventureros, desarrollaban su labor los sufridos atalayeros de Anaga.

En un interesante libro elaborado por el colectivo “Atalaya” de Igueste de San Andrés y titulado precisamente Igueste rincón de Anaga, los autores nos dan una de las pocas referencias escritas que existen sobre las atalayas que existían en Anaga, en él nos van desgranando las diferentes funciones que realizaban los atalayeros conforme a las necesidades de las épocas, en unas ocasiones las causas de las vigías estaban motivadas por las epidemias con que con bastante frecuencia Europa o América acostumbraban a “obsequiarnos”, y en otras, por las alertas motivadas por las frecuentes guerras europeas o por las visitas de piratas y corsarios.

             El Cabildo colonial de Tenerife, ante los avisos recibidos de epidemias en Europa, dispone como medidas de protección sanitaria el que las atalayas den aviso de la presencia de barcos sospechosos de ser portadores de la infección (anunciando el rumbo que traían las naves.) Alguna de las medidas preventivas tomadas, consistía en la vigilancia de los puertos y caletas por los guardas o rondas de salud quienes sometían a cuarentena a los navíos sospechosos de estar infectados. Una de las primeras epidemias sufridas en la islas después de la conquista, tubo lugar en 1505-1507, en  Anaga, cuyo foco principal fue localizado en el valle de Abicore o Abikur, (hoy San Andrés) posiblemente debido a los contactos que los Ibautes, familia de notables de Anaga, acostumbraban a mantener con piratas y esclavistas, desde  tiempos anteriores a la conquista, en  que el negrero Salazar, al servicio del bandolero Alonso Fernández de Lugo, frecuentaba las costas de Anaga para llevar a cabo las razias contra los menceyatos de Tegueste, Tacoronte y Taoro.

              Precisamente en el Valle de San Andrés, tuvo lugar el primer confinamiento sanitario de que tenemos noticias en la isla.

            En el Cabildo colonial del 26 de Mayo de 1505, el segundo asunto tratado fue referente a la epidemia que azotaba a la familia Ibaute, por lo que, “Ovieron plática en cabildo que hay cierta noticia e información que en Anaga, en las moradas de Diego de Ibaute e Guaniacas e Fernando de Ibaute e sus hermanos a avido e ay mal pestilencial de manera que en pocos días an fallecido muchos dellos e por remediar el daño que del comunicar con ellos se podría recrecer mandaron dar un mandamiento contra los susodichos para que estén en sus moradas e sitio donde moran e se entiende en todo el valle donde moran y no vengan a comunicar con las otras personas desta isla, ni salgan de dicho valle, ni se junten con ninguna persona otra y si alguna persona inorantemente fuere a hablar con ellos, que le avisen y se aparten dellos.”
El 10 de Septiembre de 1508, el Cabildo colonial hace pregonar las precauciones a tomar  ante la posible arribada de navíos procedentes de las tierras que no están sanas y mueren de pestilencia en especial de las islas de La Madera, Cabo Verde y Las Azores.

              Las de 1513-1514 y las de 1520 y 1530 por pestilencia en Gran Canaria, Lanzarote y La Gomera. Esta situación, motivó que el Cabildo colonial de Tenerife acordara pagar seis doblas a los dos guardas de la salud (atalayeros) que vigilaban las Punta de Daute y la de Anaga. Como consecuencia de las epidemias de Sevilla, Madeira y Gran Canaria, en 1524 el Cabildo colonial acuerda que se vigile “El Valle de Salazar hasta la punta de Anaga...”La situación se renueva con nuevos casos de calenturas y modorra en los años 1568 y 1579. Las atalayas de Anaga desde su emplazamiento en el siglo XVI hasta el  XVIII, empleaban como sistema de comunicación de señales el fuego y el humo en horas determinadas y según los barcos avistados. En 1793, se crea un plan de vigías dividiendo la isla en cinco zonas, correspondientes a los cinco regimientos de Milicias, a cuyo cargo quedaba su cumplimiento y vigilancia. Al cargo del regimiento de Abona quedaban tres centinela o atalayas en Arico, en Guía de Isora dos, en Granadilla, Chasna y Valle Santiago, una en cada jurisdicción. Las de Buena Vista, Los Silos y El Tanque y Punta de Teno. Estaban al cargo del regimiento de Garachico.  Al regimiento de La Laguna le correspondía organizar y mantener las de Taganana, Tejina, Valle de Guerra y Tacoronte, quedando excluidos regimientos de La Orotava y Güímar, por las amplias zonas costeras que debían cubrir con sus fuerzas.

Desde la Atalaya de “La Robada” o “Atalaya Vieja” en Igueste de San Andrés, Don Domingo Izquierdo, también conocido como Domingo Palmas (que había sido agregado a la atalaya de Igueste con motivo del estado de alerta, y por ser entendido en el uso de las señales con banderas) cumplía sus funciones de atalayero, con sueldo de 20 pesos mensuales, concediéndosele además las tierras que pudiera cultivar en aquellas ingratas laderas y licencia para construir una casa, suponemos que a su costa.
   
            Mientras sus compañeros José Matías, Luis Rodríguez y Salvador García descansaban. Esa noche, le correspondía hacer guardia, decidió  con su habitual resignación a pasar otra noche de tedio, se arropó en su manta pues a pesar de estar en pleno verano, aquella madrugada del 22 de Julio estaba resultando bastante fresca debido a los fríos vientos del Norte que por aquellas alturas se hacen notar. Sentado en el pollo del mirador de la atalaya Don Domingo compaginaba sus pensamientos con un continuo escudriñar en la oscuridad  tratando de descubrir  las velas cualquier navío que se aproximase a las costas de la isla, misión en la que ponía el máximo empeño pues le habían ordenado poner gran cuidado en su labor ya que el Rey de España estaba en guerra con el de Inglaterra, y  era de esperar alguna tentativa de ataque a la isla por corsarios o escuadra inglesa.

            Sobre las cuatro y media de la madrugada, Don Domingo, oteando  a través de la oscuridad vislumbró una serie de siluetas de navíos, inmediatamente dio aviso a sus compañeros, uno de los cuales se desplazó al pueblo de Igueste y despertando al barquero, aparejaron el bote, (que en la época era el medio de transporte más rápido entre Igueste y Santa Cruz) e iniciaron de inmediato la travesía hacía la plaza y puerto en el bote de éste,  a las siete y media de la mañana entregaban el aviso en la fortaleza de San Cristóbal.

             El General Gutiérrez ordenó al comandante del batallón de infantería – segundo jefe de la plaza- Don Juan Creagh, oficiar al vigía Don Domingo Izquierdo acusándole recibo del parte  al tiempo que le encargaba la mayor vigilancia, “notificando por escrito con claridad cuando ocurra novedad de alguna atención, y que al anochecer le despache “Vm. Una exacta relación de cuanto haya ocurrido y observado durante el día con expresión de las embarcaciones que quedaren a la vista y sus rumbos, no omitiendo hacer las señales establecidas”. A  partir del momento en que el General Gutiérrez recibió el parte de la atalaya de Anaga, comenzó a impartir las ordenes oportunas para poner la plaza en estado de defensa, como posteriormente veremos.

            Al amanecer del día 22 de Julio de 1797, se avistó frente a la plaza de Santa Cruz Tenerife, una escuadra inglesa compuesta de cuatro navíos de línea, tres Fragatas, un cúter y una obusera; el Teseus, de 74 cañones en que enarbolaba su insignia de comandante de la flota, el vicealmirante Horatio Nelson, siendo capitán R. Willett Miller: El Colluden, también de 74 cañones, al mando del capitán Tomás Troubridge, El Celoso de 74 cañones, su capitán Samuel Hood; El Leandro, de 50 cañones mandado por el capitán Tomás Thompson; y las fragatas, el Caballo Marino, de 38 cañones, capitán Fremantle; la Esmeralda, 36 cañones, su capitán Waller, y la Tercipsicore, 32 cañones, mandaba ésta el memorable capitán Bowen (quien como se recordará apresó la fragata española Príncipe Fernando), además acompañaba a la formación el cúter Fox, al mando del cual venía el teniente Gibson, y la obusera rayo, que había sido capturada a los españoles en las operaciones del bloqueo de Cádiz.

Esta potente escuadra con escuadra contaba con una potencia de fuego compuesta de 393 cañones, frente a los 84 de que se disponía en litoral santacrucero.

Afortunadamente, los ingleses no hicieron uso de su potencial de fuego por las razones que veremos más adelante, pues no entraba en los propósitos de Nelson el destruir la ciudad y mucho menos ocupar la isla. La flota  se mantuvo al pairo en formación frente a Santa Cruz fuera del alcance de los cañones de los fuertes y baterías de la plaza.

            Ya desde el 20 de Julio, el contralmirante Nelson, tenía elaborado la primera fase del plan de ataque, el cual sería ejecutado bajo las ordenes del comandante Thomas Troubridge, quien tendría bajo su mando a los oficiales  Hood, Freemanle, Bowen, Miller y Waller, el capitán de tropas marinas Tomás Olfiel, y el subteniente de artillería Baynes.

Las fuerzas compuestas de 995 hombres, entre oficiales, soldados de marina, artilleros, marinos y criados, embarcados todos en las fragatas “caballo Marino”, Tersipcore y Esmeralda. Con estas fuerzas debían tomar la altura de Paso Alto poniendo el máximo cuidado en no ser descubiertos, y embarcando en los botes todos los hombres posibles, además de las piezas de artillería, escalas, plataformas para la misma, y todos los pertrechos necesarios para la expedición.

             El plan en esta primera fase consistía en desembarcar en las proximidades de fuerte de Paso Alto, lejos del alcance de sus baterías, tomar la altura del “Risco” y desde esta posición batir al fuerte hasta rendirlo y tomarlo,  posteriormente el comandante Troubridge debía hacer llegar al comandante de la plaza general Gutiérrez, una carta ultimátum escrita de puño y letra del contralmirante Horacio Nelson conminándole a la rendición (ver documento nº 2), al tiempo que le hacía partícipe de sus verdaderas intenciones, y de lo que realmente pretendía con el ataque. Dicha carta permaneció en el bolsillo del portador en espera de que la suerte de los invasores cambiara de signo, pues en esta ocasión les fue negativo como veremos a continuación.

             A las doce de la noche las fragatas siguiendo las instrucciones del comandante, se acercaron a la rada para situarse a unas millas de la costa fuera del alcance de los cañones, pero se encontraron según testimonio del propio Nelson, “con una fuerte ráfaga de viento, que soplaba de afuera y una corriente contraria”, que impidió el que las fragatas pudiesen aproximarse hasta el lugar previsto para anclar, obligándolas a maniobrar durante toda la noche para mantener la formación.

             Viendo la imposibilidad de que las fragatas pudiesen llevar a cabo el plan de desembarco, a la una de la madrugada Nelson dio orden al Theseus para que se acercara a la línea de batalla y ordenó a los capitanes Troubridge, Bowen y Oldfield, que se reuniesen con él en su cámara. Comentando las incidencias de la acción, ante unas copas de buen vino de oporto, los oficiales propusieron a su jefe algunas variaciones en el plan inicial, sin dudas provocadas por la escasa fe que les inspiraban los soldados puestos a sus órdenes, pocos prácticos en operaciones en tierra. Los cambios propuestos consistían en no expugnar la fortaleza de Paso Alto, sino saltar a tierra con la mayor rapidez posible y tomar posesión inmediata de las alturas que la rodea  y para desde allí dominarla y rendirla, sin pérdidas de hombres ni comprometer el éxito del ataque. La única modificación entre este plan y el primero consistía en no tratar de tomar la fortaleza al asalto. Nelson aprobó sin discusión la propuesta de sus capitanes.

             Una ves embarcadas las tropas en los botes, éstos se encontraron con las mismas dificultades que los navíos, en una bahía abierta y expuesta a los vientos que soplan del nordeste, del este y del sudeste: (y que cíclicamente suelen soplar con tal violencia, que han estrellado a más de una flota contra la rivera) El fuerte viento contrario, unido a la oscuridad de la noche deshizo varias veces la formación, les impidió avanzar hacía la playa. Tuvieron que esperar a que amaneciera para intentar de nuevo el desembarco, perdiéndose así el factor sorpresa, basa en la que los ingleses fiaban la garantía del éxito de la operación.

Al alba los centinelas de Santa Cruz dieron la voz de alarma, las campanas tocaron a rrebato tardaron poco tiempo en ocupar sus puestos las milicias del lugar. Desde Santa Cruz se divisaba el grueso de la flota inglesa y algo separadas y en disposición de avanzar 30 botes de desembarco formados en dos divisiones: una, de 18 lanchas enfilando la playa del Bufadero, y otra, de 12 frente a Paso Alto posiblemente con el propósito de desembarcar a sus hombres  por la playa de Valle Seco.

            Sobre las seis de la mañana, las lanchas remaban fuertemente hacía la playa. Sin embargo los disparos de las baterías de la plaza, especialmente los efectuados desde la fortaleza de Paso Alto, contuvieron a los ingleses, obligándoles a virar en redondo y buscar la protección de las Fragatas.
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             Los observadores que desde tierra seguían las maniobras de los buques, vieron como los navíos de la escuadra intercambiaron diversas señales, y a las nueve y media de la mañana la flota de botes de asalto, inició de nuevo el desembarco por la playa del Bufadero, acompañándoles en esta ocasión el éxito.
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             El desembarco se hizo tranquilamente, sin que los ingleses encontrasen resistencia alguna en aquellos parajes, pero, indudablemente, cometieron un error de apreciación, debido al desconocimiento de la zona, o quizás confiados en la experiencia de los 250 hombres que mandaba el capitán Oldfiel componían las fuerzas veteranas de marina, por una causa u otra, la cuestión es que, dejaban entre el cerro de La Altura,  y la posición ocupada, el barranco de Valle Seco, obstáculo éste prácticamente insalvable por lo agreste y escarpado de las vertientes del valle, además era zona fácilmente defendible con muy pocos hombres desde las alturas,  el desembarco fue lento debido a lo agreste de la playa  y lo embarazoso del  material que tenían que transportar a brazos, la artillería y las plataformas para la misma, más los pertrechos de campaña, los asaltantes dieron inequívocas muestras de desorientación y desconocimiento del terreno a pesar del concurso prestado por un práctico malayo que meses antes había apresado el capitán Bowen, y que había sido marinero de la fragata Príncipe Fernando. Una ves tomada la cabeza de playa, Troubridge, ordena a sus tropas tomar las alturas de La Jurada, creyendo que desde esta posición le sería fácil ocupar el risco vecino, pero no tuvo en cuenta la existencia del valle seco con ambas márgenes cortadas a pico en medio de ambos enclaves, como hemos apuntado anteriormente. Troubridge, pudo ordenar el avance de sus tropas por el camino de San Andrés,  libre en aquellos momentos, e iniciar la ascensión del risco por la vertiente sur de Valle Seco, inexplicablemente, no lo hizo, quizás por temor a que la altura estuviese ya ocupada por las milicias Canarias, - como así era - en todo caso, se limitó a ordenar la ocupación de la altura de La Jurada. Las tropas inglesas se dividieron en tres secciones, la primera inició el ascenso hacía la cima de La Jurada, la que alcanzó sobre las doce de la mañana, las otras dos, quedaron apostadas en la falda de la montaña en espera de las órdenes de sus jefes. En esta fase de la operación las milicias Tinerfeñas ya  habían tomado posiciones en el risco de la altura y en las inmediaciones de la fortaleza de Paso Alto, haciendo prácticamente imposible, cualquier avance de las tropas inglesas. En el bolsillo de jefe de la expedición inglesa, quedó el ultimátum dirigido por  Nelson al general Gutiérrez sin que en esta ocasión,  tuviese utilidad.

             Mientras estos tenían lugar en el Bufadero, veamos las medidas  que se tomaban en la plaza para contrarrestar la acción de las tropas inglesas. Aleccionado por sus colaboradores, el General Don Antonio Gutiérrez, previendo que el enemigo pretendía adueñase de las alturas que dominan el castillo  de Paso Alto, o bien el proteger un desembarco de otras tropas durante la noche, para tomar las alturas y caminos que conducen al interior de la plaza, y combinar un ataque por el frente y espalda.

En previsión de ambas posibilidades, los defensores decidieron dividir sus fuerzas, y así, mientras el teniente coronel del batallón de infantería de Canarias, Don Juan Creagh, “quien se ofreció voluntario”, pasaba inmediatamente a La Laguna en unión del teniente del regimiento fijo de Cuba  Don Vicente Siera y de 30 soldados del batallón de Canarias, y con una partida de prácticos de La Laguna, dirigirse por los valles para vigilar los movimientos del enemigo, por otra parte se dispuso que partidas sueltas se apoderasen del risco de la Altura y lugares inmediatos
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            Para conseguir el objetivo señalado se organizaron las partidas de la manera siguientes: Una de cuarenta soldados  del batallón de Canarias, bajo las órdenes del subteniente Don Juan Sánchez, otra compuesta de veinticinco de la división de granaderos con la que iban los capitanes Don Luis Román y don Felipe Viña; los tenientes Don Mateo Calzadilla, Don Antonio Carta, don Antonio  Monteverde y Don Laureano Arauz; los subtenientes  Don Tomás Velazco, don Carlos Buitrago y Don Vicente Espou, y el ayudante Don Pascual de Castro.  Otra de sesenta hombres de las banderas de Cuba y La Habana, mandada por el segundo teniente Don Pedro de Castilla. Otra de cuarenta hombres de la tripulación de la fragata francesa “La Mutine”,  a las órdenes de su capitán Pomiés y del teniente de navío Faust
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   Estas cuatro partidas estaban bajo las órdenes directas del VI marqués de la Fuente de las Palmas Don Domingo Chirino, quien se había ofrecido voluntario para dirigir dicha partida. Fue tal la ligereza y destreza mostrada por las tropas Canarias que cuando estas fuerzas ocuparon la cima del risco de la Altura, los ingleses aún no habían coronado la de la Jurada conseguido el objetivo, don Domingo Chirino, a la vista de las fuerzas enemigas pidió refuerzos y avituallamiento al General Gutiérrez en un parte redactado en los siguientes términos: “Mi Gral: nos hallamos en la altura mas bentajosa que es la de por detrás de Pasoalto: de esta hemos visto situarse los ingleses en las del Valle Seco: Mr. Fontel (*) dice sería muy util qe. V.E. haga traer a este sitio una pieza de a cuatro que a fuerza de brazos se subirá pues nos recelamos que ellos tamn suben Artll.ª se necesita mas gente y los Artill.s necesarios p.ª  el manejo del cañon y pan y Queso o lo que V.E. guste.

El Marqués de la Fuente de las Palmas”.
Exmo. S.or Dn Antonio Gutierrez.
(*) Se debe referir al teniente Faust.

 La petición del Marqués, no fue atendida con la premura que las circunstancias demandaban  pues en otro parte posterior el Marqués acusaba recibo de la munición de boca, y siete franceses que se unieron al destacamento,  y se quejaba de no haber recibido los refuerzos solicitados

             Poco tiempo después son destacados para reforzar las posiciones mantenidas por las milicias, una compañía de cazadores compuesta de 16 artilleros y cuatro piezas de campo, al mando del capitán del batallón de infantería de Canarias don Miguel Caraveo, siendo el teniente Don José Feo y subteniente Don Francisco Dugi. Causó especial admiración entre los oficiales españoles, la intrepidez, ligereza y arrojo, mostrado por veinte milicianos del batallón de La Laguna, quienes bajo las órdenes directas del cabo Don Florencio González, subieron a hombros las cuatro piezas de artillería con sus montajes, juegos de arnés y municiones.

             Para tener una idea del desmesurado esfuerzo que supuso esta hazaña debemos tener en cuenta que las laderas del risco de la altura son prácticamente verticales y su cima está a 229 metros sobre el nivel del mar. Montada la artillería, se inició un intercambio de fuego de fusiles, de un cerro a otro, sin que este ni el de los cañones pudiesen causar daño alguno entre los dos bandos debido a la distancia que les separaba y el corto alcance de las piezas empleadas.

 Las únicas bajas producidas en esta acción, fueron las de tres ingleses, cuando un destacamento de los mismos se desplazó a una fuente existente en el barranco de Valle Seco, dos fueron abatidos y un tercero murió al escalar a toda prisa la vertiente del valle posiblemente a causa de un sofoco producido por lo áspero del terreno y por las altas temperaturas que en el mes de Julio suele reinar en la zona.

            Al tener conocimiento  el general Gutiérrez, por medio de un parte remitido por el marqués de la Fuente de las Palmas, de la sospecha de que los ingleses tenían intención de internarse  hacía La Laguna, por la zona denominada  Sardina (¿Jardina?), Ordenó al teniente coronel Don Juan Creagh, capitán del batallón de infantería, subiese a La Laguna con una partida de 30 hombres de su cuerpo, y reforzándose con milicianos y prácticos del país rodeando por las cumbres viniese a posesionarse de la montaña a cuyo píe permanecía el enemigo; Creagh auxiliado por el teniente Siera, del batallón de Cuba, y al mando de 30 milicianos más 50 rozadores recogidos a su paso por La Laguna, y asistido de los tenientes Don Nicolás Hernández y Don Nicolás Quintín García, a estas fuerzas se les unió un contingente de más de 500 paisanos al frente de los cuales venía el alcalde de Taganana.

A llegar Don Juan Creagh y sus tropas a las posiciones indicadas por el mando, descubrió que los ingleses estaban formados en 5 divisiones, no decidiéndose a atacarles pues según expone en el parte  enviado al general Gutiérrez, “solo dispongo de 30 soldados y 50 Cazadores (que) guardan los Desfiladeros ...)”. Los ingleses aprovecharon la noche del 22 al 23 para reembarcar las tropas, con tal orden y sigilo que, los defensores del risco creyeron que se trataba de una añagaza del enemigo, y así lo manifiesta el teniente coronel Chirino en un parte enviado al general Gutiérrez en la mañana del día 23 redactado en los siguientes términos: “A estas horas que son las cinco y 30 minutos no advierto novedad alguna, ni menos la han notado las Partidas de descubierta que he enviado a reconocer las avenidas: Anoche a las oraciones vinieron las Lanchas en busca de la jente y luego se bolvieron a bordo: creo ha sido apariencia dho dicho embarco pues a mas de haber  notado el pronto regreso de las Lanchas a bordo se advirtio q.e otras Lanchas conducían  poca tropa: hoy solo existen fondeadas las tres fragatas Balandra y Bombarda en el mismo parage que ayer y las Lanchas a su lado: hasta ahora no ocurre mas novedad: Expreso que S.E. se sirva remitirme una lona o bela para precavernos del Sol que en este sitio se deja caer muy bien”
Julio 23 de 1.797.

            A la vista de este parte y otro similar remitido por teniente coronel de milicias Creagh, el general Comandante de la plaza ordenó a ambos jefes que regresaran a las líneas del centro con sus tropas, dejando una partida de 30 hombres de retén y para que llevaran a cabo algunas descubiertas en busca de una supuesta partida de 20 ingleses que se habían quedado rezagados. Esta partida quedó al mando de Don Felix Uriondo, que poco después fue reforzada por una partida de 120 rozadores que mandaba el capitán del mismo batallón Don Santiago Madan
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             En el transcurso de los acontecimientos narrados, las milicias Canarias no sufrieron bajas excepto la del jefe Don Domingo Chirino quien sufrió una caída del caballo que le tuvo incapacitado para el servicio durante varios días.
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              En este primer encuentro con los ingleses, quedo bien patente la descoordinación existente entre las diferentes partidas que tomaron parte en el mismo, por una parte los jefes de cada compañía, partida o pelotón, comunicaban las incidencias ocurridas en el lugar donde estaban apostados, directamente al capitán general despreciando olímpicamente la escala de mandos, en un claro afán de protagonismo personal, donde cada jefe o oficial actuaba como en reinos de taifas. Esta actitud era tolerada cuando no fomentada por el propio general Gutiérrez, pues teniendo en cuenta la desmedida afición de éste a emitir continuamente órdenes y partes, hasta nosotros no ha llegado escrito alguno, en el que este jefe conmine a los oficiales a seguir los causes reglamentarios en los comunicados de incidencias, esta permisividad, pudo haber costado la pérdida de la plaza de Santa Cruz como veremos durante el desarrollo del ataque llevado a cabo por los ingleses durante la madrugada del 24 al 25.

             Reembarcadas las tropas inglesas, la escuadra inicio una maniobra de distracción poniendo rumbo hacía el Sur, sin alejarse demasiado de la costa, con la intención de hacer creer a los defensores que intentaban desembarcar por las costas de Güímar o Abona, ante esta posibilidad se tomaron las medidas oportunas destacando a los lugares amenazados Guadamojete, (Barranco Hondo) Candelaria,  Güímar, Adeje y Granadilla, tropas del batallón de Canarias y de las milicias, poniéndose en estado de alerta los surgideros, desembarcaderos y puertos del resto de la isla en que fuese factible un intento de desembarco. Mientras tanto no se descuidaba la defensa de la plaza y se daba ordenes al comandante accidental del batallón de infantería de Canarias Don Juan Guinther, para que concentradas estas fuerzas estuviesen dispuestas, como principal fuerza de choque, allí donde la línea flaquease para entrar inmediatamente en fuego

            Con la primera claridad de la mañana del día 24 que los buques maniobraban para ganar barlovento mostrando así las verdaderas intenciones del contralmirante Nelson.

              El vigía de Anaga dio aviso del avistamiento de tres navíos por el norte y dos de guerra por el sur pero debió haber error en la comunicación ya que sólo apareció por el norte el navío inglés Leander de 50 cañones, el cual se unió al resto de la flota. A las seis de la tarde anclaron todos los buques de la armada en el mismo lugar en   que lo habían hecho las fragatas el día 22 dando la impresión de que intentaban atacar la fortaleza de Paso Alto, al anochecer se aproximaron a este castillo una fragata y la obusera, ésta abrió fuego disparando 43 bombas, de las cuales solamente una dio en el blanco destruyendo una reserva de paja, sin causar daños mayores en el recinto, éste respondió poniendo en acción sus cañones, dirigidos por el capitán de artillería don Vicente Rosique; al tiempo que el subteniente don Juan del Castillo al mando de 16 hombres llevaba a cabo una descubierta por la playa próxima de Valle Seco donde apresaron a un  marino irlandés del cúter. Fox  quien había abandonado el barco con animo de desertar.
La noche se preveía que sería larga y tensa, del movimiento de los navíos se desprendía que el asalto a la plaza sería inmediato. En la bahía se mecían inquietas y agitadas por las olas dos naves, una era la fragata de la compañía de Filipinas “San José” más conocida como la Princesa, y el correo español Reina María Luisa, que en viaje a América había hecho escala en Santa Cruz para dejar correspondencia y repostar, viéndose sorprendida por los sucesos de  Julio de 1797.

Imagen: Amanecer del día 22 de julio de 1797 en la Plaza de  Santa Cruz de Tenerife, en primer plano, la boca del muelle y castillo de San Cristóbal, al fondo de la imagen la flota británica.

Noviembre de 2011.