(VIII)
Extraído del libro Luz o
Tinieblas
Índice del Tema
- El Cisma de Occidente
- 1. Urbano VI y el Cisma de Occidente
- 2. Las “dos obediencias”
- Clemente VII, el de Aviñón, el pro-simoníaco
- Los cardenales de Aviñón contra Urbano VI
- El Cisma de Occidente: todos de uno u otro lado, todos excomulgados
- Clemente y Urbano, ¡A muerte entre ellos dos!
- Urbano VI se vuelve nepotista: el “Butillo”
- Urbano VI, “il condottiere”
- Urbano VI, abandonado…
- Clemente VII el papa de Aviñón, se crece…pero no por mucho tiempo
- El “papa mudo”: Bonifacio IX
- El Papa Luna
- Tres papas a la vez, ¡tres!
- El papa Luna y el concilio de Pisa
- Juan XXIII, el diablo encarnado
- El Concilio de Constanza y la tabla rasa
- Juan Huss y Jerónimo de Praga
- Acaba el Cisma de Occidente
- Apéndice sobre el concilio de Constanza
- Eugenio IV y su Concilio de Florencia
- De nuevo dos papas al mismo tiempo (¿sucesión apostólica”?)
El Cisma de Occidente
A la muerte de Gregorio XI, la situación era poco
favorable a que la elección del nuevo papa recayera sobre alguien que deseara
mantener la sede pontificia en Roma a causa de que eran pocos los cardenales
italianos del colegio cardenalicio en cuestión.
Por otra parte, las familias patricias romanas se
aprestaron a dejar bien claro que como ese papa no fuera romano, o al menos
italiano, los cardenales sufrirían represalias; no estaban dispuestos a que una
fuente de ingresos tan caudalosa como el papado volviera a escarpárseles de las
manos. Sus palabras eran: “Dadnos un papa romano...o haremos que vuestras
cabezas sean más rojas que vuestros sombreros”.
Ese es el por qué, al final, los cardenales, de
los cuáles la mayoría eran franceses, encontrándose sólo un español entre
ellos, Pedro de Luna, y cuatro italianos, eligieron al arzobispo de Bari,
Bartolomeo Prignani, italiano, como siguiente papa.
1. Urbano VI y el Cisma de Occidente
En el año 1378, cambiando su nombre, como
era y es costumbre, fue elegido URBANO VI (1378-1389). Este tampoco era
cardenal, pero poco importó ese hecho. Además, se intentó, como siempre,
contentar a todos, así que este papa electo, aunque no era francés, sí era
súbdito de los angevinos, familia francesa que dominaba Nápoles (Italia), y
además era muy conocido por el clero francés. Se le conocía por el apodo
burlón: “el pequeño obispo”.
El cardenal Orsini (de la familia de los tales),
presentó al nuevo papa como un papa provisional, nombrado a la espera de poder
elegir a otro como definitivo (¿sucesión apostólica?). No obstante,
corrió el rumor de que los cardenales, bajo presión, habían elegido un papa
francés.
Francesco Tebaldeschi, el actor papal
Las familias patricias y el pueblo bajo ellas,
exaltados todos, y armados, asaltaron el Vaticano. Para evitar que el desengaño
de la muchedumbre produjera violencia contra las personas de los cardenales, y
no estando el papa electo todavía presente allí, los purpurados hicieron que un
anciano cardenal romano, Francesco Tebaldeschi, se vistiera con las ropas
pontificales, se sentara en el trono y representara la comedia, lo que hizo a
regañadientes y maldiciendo sin parar.
Reconoce la enciclopedia católica que la elección
como papa de Urbano VI se llevó a cabo bajo presiones y amenazas... (¿sucesión
apostólica?). Sin embargo, su nombramiento fue declarado por los doctores
de la iglesia de Roma como canónico al final.
Urbano VI, conocedor de la realidad financiera de la “iglesia”
El puesto que Bartolomeo Prignani (Urbano VI),
tuvo anteriormente, fue clave para que pudiera entender los entresijos de la
organización vaticana. Al respecto, dice Chamberlain:
“La maquinaria fiscal de la Iglesia , cuyos engranajes
iban desde los monarcas más poderosos hasta los más humildes párrocos de aldea,
era quizás el sistema más eficaz ideado nunca para extraer oro a escala
continental”.
Urbano conocía perfectamente todo lo relacionado
con la administración financiera del papado, y estaba al tanto de los fabulosos
ingresos y de los fabulosos derroches de los purpurados.
La corte papal de Aviñón, pagaba con el dinero de
los fieles sus fantásticos banquetes servidos en utensilios de oro
macizo; los regalos suntuosos, desde joyas hasta caballos pura sangre, vestidos
de sedas recamadas, y todos los bienes que se pueda imaginar (Ap. 18: 11-13).
Urbano decidió acabar con todo ello, el problema es que junto con ese afán de
justicia, se escondía un rencor y una gran amargura hacia los cardenales (los
mismos que en definitiva le habían colocado en el trono).
Ya hacía años que les odiaba, cuando estaba bajo
su autoridad, y ahora vio el momento de desquitarse. Así pues, se comportó como
un tirano colérico. Dice Chamberlain:
“La alocución inaugural que
les dedicó, no sólo fue violenta, sino personalmente insultante. Derramó sobre
ellos toda la bilis acumulada durante años y años de inferioridad. Cada
cardenal recibió una andanada dedicada especialmente a él, y todas ellas en un
lenguaje propio de un arrabal. La mayoría de las acusaciones estaban justificadas,
pero la forma en que fueron formuladas, hubiera sublevado al más paciente de
los hombres: Le gritó a uno que cerrara la boca, llamó a otro embustero, loco a
un tercero, y, con bastante precisión, calificó de bandido al cardenal-soldado
de Ginebra. Al final del consistorio, mientras los taciturnos cardenales iban
saliendo de la cámara, el de Ginebra se plantó ante Urbano y le dijo: “No has
tratado hoy a los cardenales con el respeto que recibieron de tus predecesores.
Te digo en verdad que si tú rebajas nuestro honor, nosotros rebajaremos el
tuyo”.
“El iracundo y déspota Urbano
VI”
Insistir aquí que, a pesar de las formas de
Urbano, totalmente equivocadas, su mensaje en cuanto a contenido, no desmerecía
a la verdad. El “sacro colegio” era un grupo reducido de unos veinte
orgullosos cardenales, la mayoría franceses que se repartían la mitad de los
fabulosos ingresos de la “santa sede”. Además todos contaban
con otros beneficios, iglesias, canonjías, obispados, que daban buenas rentas.
El propio Petrarca, que además de ser el célebre
poeta que conocemos, fue también un clérigo, conociéndolos bien, decía de
ellos: “En lugar de los apóstoles que iban descalzos, vemos ahora sátrapas
montados en caballos revestidos de oro, con bridas de oro y hasta cuyos cascos
irán pronto enfundados de oro, si Dios no limita su arrogante riqueza. Podrían
pasar por reyes de los persas o de los partos, que exigen ser adorados y ante
cuya presencia ningún hombre puede acudir con las manos vacías”.
Volviendo al papa Urbano, éste no sólo se portó
despóticamente con los cardenales, a un consejero que se atrevió a hacer un comentario
sobre la inconveniencia de lanzar una excomunión por un delito insignificante,
le gritó: “¡Yo puedo hacer cualquier cosa,
cualquier cosa!”. La menor oposición provocaba en él ataques de
ira, en los que repartía vociferante una rica variedad de insultos napolitanos,
incluso ante dignatarios de otros reinos.
A los tres meses de iniciar su pontificado, los
cardenales estaban hartos, buscando el convencerse de que estaba loco, y por lo
tanto incapacitado para ser papa (¿sucesión apostólica?). Su mejor
salida legal era la impugnación de la elección; así lo hicieron, según su
propia versión, recordando en qué condiciones de amenaza y violencia la habían
ellos mismosllevado a efecto. Declarando canónicamente nula la
elección, los cardenales se reunieron en cónclave. Respecto a Urbano
VI y la actuación posterior de los cardenales, dice la enciclopedia católica:
“La despiadada reforma que
introdujo, hizo que un grupo de cardenales disgustados se reunieran en Anagni y
eligieran un antipapa, Clemente VII, que instaló su sede en Aviñón dando así
lugar al Cisma de Occidente”.
2. Las “dos obediencias”
Clemente VII, el de Aviñón, el pro-simoníaco
Así pues, este fue Roberto de Ginebra, de treinta
y cinco años, que se hizo llamar CLEMENTE VII. Es curioso el anterior
comentario de la enciclopedia católica, calificando de “despiadada” la
actuación del papa hacia los cardenales. Urbano VI pretendía acabar con la
simonía de esos cardenales, por los cuales él alcanzó el papado. Ciertamente,
desde lo político era disparatado. Dollinger comenta al respecto:
“La simonía había sido por mucho tiempo el
pan cotidiano de la Curia
romana y el aliento de su vida; sin la simonía es inevitable que la máquina se
detenga e instantáneamente se caiga a pedazos. Los cardenales, según su punto
de vista, tenían amplio fundamento para insistir en la imposibilidad de
subsistir sin ella. Por consiguiente, se sublevaron contra Urbano y eligieron a
Clemente VII, un hombre del completo agrado de ellos”(J.H. Ignaz von Dollinger,
The Pope and the Council (Londres, 1869). Esa es la razón por la cual el
Catolicismo Occidental se dividió en dos Obediencias.
Entre los muchos que pensaban que había que
destituir a Urbano VI, estaba san Vicente Ferrer; no obstante, para
otros muchos como santa Catalina de Siena, era todo lo contrario. El
propio anciano cardenal romano Tebaldeschi, el que vistieran con las ropas
pontificales y representara aquella comedia ante el pueblo romano, en su lecho
de muerte juró, en diciembre de 1378, que la elección había sido completamente
libre, y por lo tanto, válida. El atrevimiento de destituir a un papa nunca
hubiera ocurrido si mientras tanto los purpurados no hubieran asumido tanto
poder y prerrogativas para ellos mismos.
“El simoníaco Clemente II de
Aviñón”
Los cardenales de Aviñón contra Urbano VI
Durante el papado de Aviñón, los cardenales
habían trabajado en grupo para reducir el poder del papa e incrementar el suyo
propio. Por eso, ahora se atrevían a ir en contra del papa que ellos mismos
habían elegido, pero que no les había salido a su gusto y complacencia. Esos
cardenales secesionistas, escribieron cartas a reyes, príncipes y señores
feudales justificando su actuación, y comunicaron a Urbano VI por medio de
carta fechada el 9 de agosto, que consideraban vacante la santa sede. Poco más
tarde publicaron decretos contra el papa, declarándole intruso y apóstata.
Hoy en día, a pesar de la postura oficial de
Roma, históricamente y legalmente hablando, definir la legitimidad del papado
de Urbano VI no es fácil. El propio Gelmi, católico, dice: “Hasta ahora se había tenido por papa legítimo a Urbano
VI, pero habida cuenta de los nuevos estudios realizados, hoy como entonces no
cabe resolver de modo tajante quién fue el verdadero papa”. (¿Infabilidad
de la Iglesia
de Roma? ¿Sucesión apostólica?).
Así pues, durante un buen tiempo no había papa
reconocido, sino dos antipapas, Urbano VI y Clemente VII, reinando al mismo
tiempo. Clemente VII, el que llegara a ser antipapa, fue reconocido
inmediatamente por los cardenales de Aviñón y por Carlos V, rey de Francia.
Este Roberto, era conde de Ginebra, hombre de armas, ambicioso y poderoso por
su vasto parentesco con príncipes y magnates. Era grande el odio que se tenía
contra él en Italia por sus desmanes militares.
El Cisma de Occidente: todos de uno u otro lado, todos excomulgados
A pesar de que muchos intentaron convencer a los
cardenales de uno y otro bando de que depusieran su actitud belicista, la
realidad histórica es que no lo consiguieron, y así empezó el que ya llevaba
años siendo un caldo de cultivo pero que al final salió a la luz: El llamado Cisma
de Occidente.
El Cisma de Occidente es la escisión de
la unidad de la iglesia católico-romana, que fue del 1378 al 1418, y que se
caracterizó por la coexistencia de dos papas con sede, simultáneamente, en Roma
y Aviñón.
El Cisma de Occidente fue una
estratagema del diablo para que no se cumpliese lo profetizado en la Biblia en Apocalipsis
capítulos 17 y 18, cuando allí nos habla de Roma, la ciudad sobre los siete
montes. No obstante, ese Cisma tuvo su final. La iglesia romana
fue dividida y rota su “unidad” hasta que en el Concilio de Constanza
(1414-18), se consiguió que hubiera un solo papa. Pero vayamos por partes.
Inmediatamente, como era de esperar, Urbano VI
excomulgó a Clemente VII y a sus seguidores, y Clemente hizo lo propio con
Urbano y los suyos. ¡Así pues, todos los católico-romanos se encontraron bajo
excomunión!, los de un bando y otro del Mediterráneo.
Fieles a Urbano VI, se mantuvieron el imperio de
Alemania, Hungría, Polonia, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Bretaña, Flandes e
Italia, excepto el reino de Nápoles. Por el contrario, se adhirieron a Clemente
VII, Escocia, Saboya, Francia y todas las cortes que de ella dependían. Los
reyes de Castilla, Aragón, y Portugal oscilaron, a veces con uno, a veces con
el otro.
Las naciones se situaron a uno u otro lado más o
menos según su relación con Francia. Las órdenes religiosas, e incluso los
“santos” repartieron su obediencia de una forma aproximadamente por un igual. Santa
Catalina de Siena, se decantó por Urbano, y tildó a los cardenales de “diablos
en figura humana” o “demonios
visibles” que habían depuesto al papa por el “amor
desordenado que tenéis al estercolero de vuestro cuerpo”. No obstante, y
hablando de “santos”, tenemos el caso contrario, el de san Vicente
Ferrer que llegó a afirmar la aberración de que: “la
fe en la legitimidad de Clemente VII es necesaria para la salvación eterna”.
En ciertos obispados, el obispo estaba de un lado
y el cabildo catedralicio en el opuesto. De todo ello no tenemos por menos que
volver a meditar y argumentar: ¿Infabilidad papal?, ¿infabilidad de
la Iglesia Romana ?,
pretender eso es pretender comulgar con ruedas de molino.
“sta. Catalina de Siena. El
patético misticismo siempre ha sido una constante en los llamados “santos” del
romanismo. Esos estigmas de la “santa”, no son sino obra directa de demonios”
Clemente y Urbano, ¡A muerte entre ellos dos!
Clemente VII, antes de ir a instalarse en Aviñón,
intentó, como hombre de armas que era, expulsar por la fuerza a Urbano VI de
Roma. Ambos bandos, que ya se habían preocupado de reclutar buen número de
mercenarios, se enfrentaron en Marino, en los Montes Albanos, el 28 de abril de
1379. Viendo Clemente que no podía vencer, decidió dejarlo. A partir de ese
momento, no sólo había dos papas, sino dos cortes papales, dos ciudades sede
del papado, dos “santas” sedes. ¡Dos, por si con una no hubiera suficiente!
Urbano VI se vuelve nepotista: el “Butillo”
Urbano VI siguió adelante al verse apoyado por
más de la mitad de la “cristiandad” de Europa. En ese momento,
olvidando su antiguo odio al nepotismo que tanto criticó a sus
cardenales, decidió hacer lo mismo que aquéllos, y así, después de declararla
hereje y cismática, desposeer de su reino a Juana I de Nápoles en beneficio de
su propio sobrino (el de Urbano), Francesco Prignano.
Para ello, el papa romano se valió de Carlos de
Durazzo, pariente de la reina destronada, al cual el pontífice coronó como rey
con el nombre de Carlos III. El papa le hizo rey, a cambio de que cediera las
ciudades más ricas a su sobrino. Después de mandar estrangular a Juana, Carlos
III no tuvo ninguna intención de ceder sus territorios al sobrino de Urbano.
Despechado el “Butillo”, el sobrino del papa al que así llamaban, tomó
la decisión de ir personalmente a Nápoles con un pequeño ejército de
mercenarios. Antes de eso, el papa había tomado la resolución de eliminar a
todos los religiosos partidarios de Clemente VII que hubiera en Nápoles. Para
ello envió a un legado cardenalicio para deshacerse de ellos con refinada
crueldad.
Una vez llegada la curia romana a Nápoles con el
papa Urbano a la cabeza, fue recibida por Carlos que le trató fríamente y le
dejó bien claro que no pensaba atender sus peticiones. Carlos podía permitirse
ese comportamiento porque su ejército era mayor. Mientras tanto el “Butillo”,
que significa gordo, el sobrino del papa, en su arrogancia y
maldad, protagonizó diferentes escándalos. Escribe Chamberlain:
“Conquistó un nuevo
record de bajeza cuando raptó a una joven noble de un convento, se encerró con
ella en una casa y la violó protegido por las espadas papales. Los furiosos
parientes de la joven se presentaron en masa a Urbano VI para protestar,
exigiendo el castigo de “Butillo”. “No es más que un muchacho”, replicó Urbano,
rechazando sus protestas. Su sobrino tenía entonces cuarenta años”.Ese
era el sentido de justicia de ese papa “representante” de Cristo.
Urbano VI, “il condottiere”
Indispuesto con Carlos III y con medio mundo,
seguía tratando mal, incluso a los cardenales, por número veintinueve, que él
mismo había nombrado. Exasperados por el trato áspero y altanero del papa,
algunos de estos cardenales se plantearon si era posible deponerle
canónicamente por inepto, e incluso si se le debía quemar por hereje.
Poniéndose de acuerdo con Carlos III de Nápoles, conspiraron en ese sentido.
Nadie sabe cómo, el caso es que Urbano se enteró
del complot, excomulgó a Carlos, y mandó apresar a los seis cabecillas
purpurados y arrojarlos a una cisterna. Ordenó que fueran interrogados, y como
no confesaron a su gusto, mandó que les torturaran. Con su ejército de
mercenarios, el papa Urbano VI, marchó contra Nápoles y contra Carlos. Según
Dacio “se comportó como un “condottiere” cualquiera, atemorizando a la
población civil y usando de la mayor crueldad”.
Carlos prevaleció, y el papa huyó. Fue libertado
gracias al auxilio de una flota genovesa y del conde Raimundo de Nola, que
paradójicamente mandaba milicias francesas (téngase en cuenta que la corte
francesa protegía a Clemente VII). No obstante, Urbano VI quedó prisionero de
sus auxiliadores, quienes le exigieron grandes sumas de dinero, so pena de ser
enviado a Aviñón, a la corte de su peor enemigo: Clemente VII, el otro papa.
“Los cardenales reunidos para
escoger al papa, que sería el napolitano Urbano VI”
Urbano VI, abandonado…
Urbano pagó las cantidades exigidas por su
rescate, y tras penosa navegación, arribó a Génova el 23 de septiembre de 1385.
Allí permaneció un año y medio obsesionado con la idea de reunir un ejército y
vengarse de él y de Nápoles. En Génova provocó el recelo de los genoveses por
su autoritarismo y sus desvaríos. Los genoveses le exigieron que liberara a sus
cardenales (los del último motín, los cuales había traído con él), pero,
contrariamente, lo que hizo, por venganza, fue asesinarles. Enterrados vivos
según unas versiones, envenenados o arrojados en sacos al mar, en otras. Esta
crueldad impropia de cualquier ser humano, no hablemos de alguien que se dice
representante de Dios en la tierra, perjudicó a su autor. Muchos de sus
cardenales le abandonaron para postrarse a la obediencia al otro papa, el de
Aviñón.
El 24 de diciembre de 1384, partió para ir a
residir a Perusa, allí donde murió envenenado su antecesor, Benedicto XI. Dos
años más tarde, tras una disputa con un noble, Otto de Brunswick, monta de
nuevo en cólera, e intenta formar de nuevo un ejército de mercenarios para
luchar contra Otto, lo peor de la profesión, porque el papa tenía fama de patrono
despótico y mal pagador. Al poco tiempo, la mayoría le abandonó, alegando
retraso en los pagos. A mediados de 1389, se debilitó anormalmente y se
trasladó a Roma, donde murió el 15 de octubre de 1389. Nadie le lloró.
Clemente VII el papa de Aviñón, se crece…pero no por mucho tiempo
Mientras tanto, Clemente VII el papa de Aviñón,
se procuraba amigos y contactos beneficiosos en las más altas esferas
nobiliarias y sociales a base de concesiones eclesiásticas inventadas por él.
He aquí un dato: El príncipe de Luxemburgo, que falleció a los dieciocho años,
había sido regente de la importantísima diócesis de Metz a los quince años, y
cardenal a los dieciséis. Apoyado por el rey de Francia y otros, la sede de
Aviñón y su papa al frente vivía tranquilamente. Al morir súbitamente Urbano
VI, Clemente VII llegó a pensar que se convertiría en el único papa de la
catolicidad.
Sin embargo, no fue así. Aquellos cardenales
romanos todavía recordaban que fueron excomulgados en su día por el de Aviñón,
y no estaban dispuestos a resignarse a tenerle por su jefe, así que se
reunieron en cónclave para elegir nuevo papa romano.
El “papa mudo”: Bonifacio IX
Salió elegido Pietro Tomacelli. Este fue,
BONIFACIO IX (1389-1404). Este era también napolitano, como su antecesor.
Practicó descaradamente el nepotismo y la simonía sin freno
ni vergüenza. Bajo su gobierno, se introdujo la costumbre de vender simple y
llanamente los cargos curiales. No mostró ningún interés especial en solucionar
el Cisma, tanto es así, que se le llamó el “Papa Mudo”. De
hecho, los papas romanos no refutaban la legalidad de los de Aviñón,
sencillamente les ignoraban.
El Papa Luna
Moría Clemente VII, el papa de Aviñón, como
resultado de un ataque de apoplejía. Este era el momento ideal para terminar
con el cisma, pero los cardenales de Aviñón eligieron al cardenal
español Pedro de Luna, como BENEDICTO XIII (1394-1423). Nacido en Illueca
(Zaragoza), y llamado el “Papa Luna”. Dice la enciclopedia católica
que fue un “eminente canonista, hecho cardenal por
Gregorio XI (1375). Actuó acertadamente de legado en España con Clemente VII, a
quien sucedió en el solio pontificio en 1394”. Hábil, aunque arrogante,
no se ganó las simpatías del monarca francés, más aun por el hecho de ser
extranjero.
“Estatua del papa Luna”
Como todos los demás purpurados, había suscrito
un documento comprometiéndose a renunciar si el “Sacro Colegio” lo
consideraba necesario para la terminación del cisma. Carlos VI, rey de Francia
se opuso a la elección de ese papa español (no iba con sus intereses
nacionales), también dadas las presiones políticas provenientes de, entre
otras, la universidad de Oxford que entendía que los verdaderos papas eran los
romanos.
Por fin, tras enormes esfuerzos se logró que
durante los meses de mayo y junio de 1398 se celebrara en París una gran
asamblea de clero y doctores franceses, y representantes de las universidades.
Tras prolongados debates, la asamblea decidió deponer a Benedicto XIII,
acusándole de perjuro por no haber cumplido lo estipulado en el documento
suscrito por los cardenales antes de su elección. Cabe decir que los reinos de
Castilla y Navarra se adhirieron a la firma de tal declaración.
Eso no quería decir en absoluto que la sustracción
a la obediencia de Benedicto XIII, implicaba el reconocimiento del papa
romano Bonifacio IX; todo lo contrario; haciendo así, Francia reconocería su
error desde el principio, y eso era políticamente inaceptable. No obstante,
Benedicto XIII se negó a renunciar a la tiara pontificia, y fue sitiado en su
sede.
Después de huir de su encierro en Aviñón donde
estuvo cuatro años preso, fue perseguido, refugiándose brevemente en la Provenza , y luego marchó
y se instaló definitivamente en Peñíscola (Castellón), una bella localidad
peninsular en el mar Mediterráneo, para seguir manteniendo su solio, a pesar de
haber sido depuesto, hasta el año 1423.
“Peñíscola”
Mientras tanto, haciendo honor a su nombre,
Bonifacio IX, el papa mudo, vivía plácidamente en Roma sin inmutarse
en cuanto a todo esto. Tranquilamente pudo celebrar el año santo de 1400, y
observar como 120.000 peregrinos se amontonaban en Roma, descalzos, cubiertos
de llagas, lacerándose y martirizándose (costumbres totalmente paganas) para
que sus sacrificios influyesen en la “Providencia”.
Lejos de que Dios respondiese de esta manera
contraria a Su voluntad, lo que ocurrió es que dadas las inexistentes
condiciones sanitarias de la ciudad, se declaró una epidemia de peste. Esta es
la crónica de la época: “Sabed, que la mortandad
en todo este país es tan enorme que en las aldeas, ciudades y castillos no
queda alma viviente; las personas caen rígidas en tierra; se han cerrado las
casas y las tiendas; allí quedan los muertos y los enfermos sin que nadie les
asista, pues todo el mundo huye acá y allá...”.
A los cuarenta y cinco años de edad murió el papa
romano Bonifacio IX, y le sucedió INOCENCIO VII (1404-1406). En ese tiempo, el
incombustible papa Benedicto XIII, había afirmado que iría a Italia para entrevistarse
con su adversario romano. En la pascua de 1405, pasó a Génova vía Niza, pero no
lo hizo solo, sino con una buena escolta de gente bien armada.
Inocencio VII, que previamente había firmado un
documento comprometiéndose a trabajar por la finalización del cisma, debía
haberse presentado a la cita. No obstante, por su edad, era octogenario, y por
entender que todas esas gentes armadas no presagiaban nada bueno, desistió de
ir al encuentro de Benedicto. Desde luego, todo apuntaba a que las intenciones
finales de Benedicto eran las de quedarse en Roma, sobre todo si se producía
súbitamente la muerte del papa romano, la cual hubiera sido muy oportuna.
Chasqueado el papa Luna, regresó a Francia.
Tres papas a la vez, ¡tres!
Muerto Inocencio, le sigue GREGORIO XII
(1406-1415). Fue elegido por unanimidad siendo cardenal, de nombre
común Angelo Corrario. Este también era un octogenario, y también juró como
cardenal que si salía elegido papa estaría dispuesto a renunciar si Benedicto
XIII hacía lo mismo.
En 1407 se llegó a un acuerdo en Marsella, donde
a la sazón estaba el papa Luna, para que los dos pontífices se encontraran en
Savona. Todo el mundo esperaba que de este encuentro se fraguara una solución
que volviera a unificar la iglesia romana. Pero esta vez tampoco se consolidó
el encuentro, ya que Gregorio no acudió a la cita.
A los cardenales romanos no gustó la no actuación
de su papa romano, y los cardenales de Benedicto también estaban defraudados ya
que éste tampoco hizo grandes esfuerzos para verse con su adversario.
Por todo ello, todos los cardenales, excomulgados
a su vez por parte de cada papa de cada bando, convocaron un concilio general
en Pisa, en el año 1409. El resultado de este concilio es que se declaró
cismáticos y perjuros a ambos papas reinantes (¿sucesión apostólica?).
Esta es la sentencia canónica que se leyó
públicamente: “Pedro de Luna (Benedicto XIII) y
Angelo Corrario (Gregorio XII), herejes y cismáticos, quedan despojados de
todas sus dignidades y excluidos de la comunión de la Iglesia y los fieles
exonerados de su obediencia”.
Tras deponerles, se colocó en su lugar a un
cardenal milanés que tomó el nombre de Alejandro V. En la práctica lo que
sucedió es que después del concilio no había ya dos papas, sino tres a la vez (¿sucesión
apostólica?): Gregorio XII en Roma; Benedicto XIII en Aviñón y ALEJANDRO
V, el recién coronado, que fijó su residencia en Bolonia. Europa entera se
ponía de parte de alguno de los tres.
Un año más tarde, Alejandro V murió, se cree,
envenenado por su sucesor, el cardenal Cossa, que sería papa con el nombre de
Juan XXIII.
Gregorio XII, murió ya nonagenario, después de,
en un sínodo convocado por él mismo, declarar que los papas legítimos eran
aquellos que fueron elegidos en Roma, es decir, Urbano VI, Bonifacio IX y él
mismo, y reprobados como antipapas los de Aviñón.
El papa Luna y el concilio de Pisa
Sin embargo, Benedicto XIII, el papa Luna, nunca
se dio por vencido y nunca reconoció ser un antipapa sino un papa
legítimo. Sus razones parecen ser muy lógicas: Sostenía que si el Concilio (de
Pisa) había condenado sin distinción a todos los papas elegidos desde el origen
del cisma, entonces, había anulado todos sus actos y decretos, entre ellos, el
nombramiento de cardenales, por lo que el único cardenal legítimo y con derecho
a elegir papa era él, pues no había más supervivientes entre los cardenales
anteriores a Urbano VI.
Aunque el concilio en cuestión le destituyera en
el 1417, hasta su muerte en 1423, él mismo se consideró (no sin cierto derecho
por lo ya aducido) el único papa legal, allí, en su fortaleza de Peñíscola. Así
se defendió cuando fue instado a renunciar al solio papal en el momento en que
había dos pontífices más:
“Renunciaré si lo deseáis.
Mas en tal caso, renunciad ambos conmigo y, reunidos en cónclave, votemos nuevo
papa. Mas sucede que yo soy el pontífice más antiguo y que soy el único
cardenal vivo elevado a tal dignidad por el único papa cuya legalidad no es
discutida: nuestro antecesor. Por tanto, siendo como soy el único cardenal
ajeno a nuestros pontificados, sólo yo puedo salir elegido nuevo papa”.
Ajustada a la “legalidad”, a pesar de ello, no
fue aceptada su propuesta, y para la historia eclesiástica romana,
sencillamente fue un antipapa. En sus veintisiete años de pontificado,
¡había visto pasar siete rivales por la silla pontificia! La prueba de su
ilegitimidad nunca estuvo muy clara ya que el siguiente papa que eligió el
nombre de Benedicto, y fue en el 1724, optó por el número XIV, y sólo por la
presión de los romanos, que nunca quisieron reconocer al papa Luna, entre otros
motivos por ser extranjero, viose forzado a tomar el nombre de Benedicto XIII.
Juan XXIII, el diablo encarnado
El cardenal Cossa, sucesor del tercer papa,
Alejandro V, tomó el nombre de Juan XXIII. Dice Castiglioni de él:
“Hijo de una familia noble
napolitana, poseía cualidades más propias de un hombre de armas que de un
eclesiástico. Era experto en cosas del mundo y hábil en las intrigas políticas.
Creado cardenal en 1402 por el pontífice Bonifacio IX, había conspirado contra
Gregorio XII quien el 14 de diciembre de 1409 hubo de llamarle “hijo de
perdición y alumno de impiedad”.
“El diablo encarnado, Juan
XXIII"
JUAN XXIII (1410-1415), en el Concilio de
Constanza compareció para dar cuenta de su depravada conducta. Fue acusado por
treinta y siete testigos (obispos y sacerdotes en su mayoría) de fornicación,
adulterio, pederastia, incesto, sodomía, hurto y homicidio.
Se probó con una legión de testigos que había
seducido y violado a trescientas monjas. Su propia secretaria, Niem, dijo que
en Bolonia mantenía un harén donde no menos de doscientas muchachas habían sido
víctimas de su lujuria. Por todo ello el Concilio lo halló culpable de
cincuenta y cuatro crímenes de la peor categoría, y por todo ello le depuso.
Logró huir.
El registro oficial del Vaticano, ofrece de este
hombre esta información: “Su señoría, el papa Juan, cometió perversidad con
la esposa de su hermano, incesto con santas monjas, tuvo relaciones sexuales
con vírgenes, adulterio con casadas y toda clase de crímenes
sexuales...entregado completamente a dormir y a otros deseos carnales,
totalmente adverso a la vida y enseñanzas de Cristo...Fue llamado públicamente
el Diablo encarnado” (Sacrorum Conciliorum, Vol.27, p. 663). ¡Este
es otro buen ejemplo de romana “sucesión apostólica”: El ¡“Diablo
encarnado”!
El Concilio de Constanza y la tabla rasa
En cuanto al Concilio de Constanza, convocado no
por ningún papa sino por el emperador Segismundo, el uno de noviembre de 1414,
tuvo tres objetivos: 1. El fin del Cisma; 2. La extirpación de las herejías; 3.
La reforma de la Iglesia
romana.
En cuanto a la legitimidad de los papas en
litigio, se optó por hacer “tabla rasa”, para empezar desde el principio. El
nuevo papa que sale del concilio de Constanza no sucede a ninguno de los
anteriores, lo cual significa a todos los efectos, que la cadena papal, si se
había roto por tantos lugares, definitivamente esta era una vez más. En
realidad de lo que se está hablando aquí no es de “cadenas” sino de “sucesión
papal” o como gusta decir Roma, de “sucesión apostólica”.
Esta es una de las veces en que oficialmente
se reconoce que la “sucesión apostólica” se rompió: Un papa es elegido sin
saberse quien fue el papa anterior. A causa de todo esto, lógicamente todos los
demás papas romanos hasta la fecha jamás han sido escogidos según la pretendida
y nunca hallada “Sucesión Papal o Apostólica”.
En el Concilio de Constanza se nombró como único
papa a Martín V (1417-1431), del cual hablaremos.
Juan Huss y Jerónimo de Praga
En cuanto al punto número dos, que hablaba de “extirpar
las herejías”. En realidad lo que determinó dicho Concilio de
Constanza fue el llevar a la hoguera a dos verdaderos cristianos
Juan Huss, y a Jerónimo de Praga ¿Quizás pensaron aquellos eclesiásticos que
eso ayudaría a reencontrar su unidad de nuevo buscando un punto de común
acuerdo?
Les quemaron por sus doctrinas bíblicas, las
mismas que creía y enseñaba John Wycliffe, el cual fue también condenado. Estos
varones de Dios creían que los eclesiásticos debían dar buen ejemplo al pueblo
sobre sus vidas en general y en concreto sobre sus economías; creían que en la Cena del Señor, el pan y el
vino simbolizaban la carne y la sangre de Cristo, y nada más; creían que los
fieles no requerían confesar auricularmente sus pecados ante un sacerdote romano
sino que los podían confesar directamente a Dios; creían algo de tanto sentido
común como que si una autoridad eclesiástica estaba en pecado, necesariamente
debía dejar su cargo. Por estas cosas fueron quemados vivos como si fueran
ratas despreciables. ¡Estos crímenes no sólo fueron manchas oscuras sobre la
iglesia de Roma sino sobre la humanidad entera!
“El concilio de Constanza, donde se
acusó y condenó a muerte a Juan Huss”
Acaba el Cisma de Occidente
De ese Concilio salió, como dijimos el siguiente
papa de la nada, ya que se partió de cero al no reconocerse ninguno de
los tres papas que reinaban entonces. Martín V. Este era un Colonna, familia
patricia romana, y fiel al malvado Juan XXIII.
Éste reestableció la sede en Roma en el año 1420.
Con Martín V, acabó el Cisma de Occidente y sus consecuentes papas de Aviñón.
Martín V fue famoso por su nepotismo, se
apoyó preferentemente en sus parientes a los que hizo todavía más ricos y
poderosos de lo que ya eran.Este papa mandó al rey de Polonia en 1429 que
exterminara a los Husitas de Bohemia, los simpatizantes de Juan Huss.
Lo que se va a transcribir seguidamente es la
carta de ese papa dirigida al rey polaco, la cual refuerza lo que ya sabemos
acerca de la maldad y el absoluto despotismo de los papas, y sabremos por qué
éstos odiaban tanto a los Husitas y a otros grupos de cristianos y querían que
fuesen destruidos. La carta de Martín V, elegido en el Concilio de Constanza,
al rey de Polonia sobre los Husitas:
“Sabe y conoce que
por los intereses de la
Santa Sede , y los de tu corona, debes hacer de tu deber el
exterminar a los Husitas. Recuerda que esas personas impías se atreven a
proclamar los principios de igualdad; ellos no cesan en decir que todos los
cristianos son hermanos, y que Dios no ha dado a hombres privilegiados el
derecho de regir las naciones; ellos persisten en decir que Cristo vino a la
tierra a abolir la esclavitud; ellos llaman a las gentes a la libertad, esto
es, a la aniquilación de los reyes y los sacerdotes. Mientras haya tiempo,
vuélvete tus ejércitos contra Bohemia; quema, masacra, vuelve todo en desiertos
por todas partes, porque nada podrá ser más agradable para Dios, o más útil
para la causa de los reyes, que la exterminación de los Husitas” (Cormenin,
op. cit., pp. 116-117).
¿Qué concepto tenía Martín V de Dios al decir sin
ningún paliativo:”... quema, masacra, vuelve todo
en desiertos por todas partes, porque nada podrá ser más agradable para Dios?”.
Pues, ese era el sentir general de todos los papas de todas las épocas.
¿Ha cambiado la ley canónica romana? No; lo que
ocurre es que ya no puede abiertamente - hasta la fecha - mostrar su verdadera
cara, así como lo hacía en aquellos tiempos cuando disfrutaba de total
impunidad y poder absoluto sobre todos. Los papas por sí mismos eran la
autoridad detrás de la
Inquisición. Ellos tenían el poder sobre la vida y la muerte
incluso, sobre los mismos reyes y emperadores. ¡Los magistrados civiles
obedecían a los papas por miedo a perder sus almas!
No obstante, como podemos ver, estos hombres de
la iglesia romana eran extremadamente inmorales y malvados, y alejados de todo
temor y conocimiento del verdadero Dios.
“Otra estampa de ese maquiavélico
concilio, el de Constanza: acusando a Huss”
Apéndice sobre el concilio de Constanza
Volviendo por un momento al Concilio de
Constanza, el cual como decimos, determinó el fin de la “santa sede” de Aviñón,
fue hasta entonces el mayor de los concilios en el Occidente, con 300 obispos
presentes, 300 doctores, y los diputados de 15 universidades.
Muy a pesar de que ahora se le tiene como un antipapa,
fue el papa Juan XXIII, Baldassare Cossa (el “diablo encarnado”), quien abrió,
por decreto del emperador Segismundo el Concilio en cuestión el día de Todos
los Santos de 1414. Relata Hunt: “La intriga en torno a esta reunión de
líderes de la Iglesia
fue tal que unos 500 cadáveres fueron a parar al lago Constanza, cerca del
lugar de celebración del Concilio, en el curso de cuatro años de esa alegada
“santa” convocación. También se informó que tuvieron que traer 1.200
prostitutas para mantener el buen humor de los obispos y cardenales y de sus
asistentes” (Hunt, A Woman Rides the Beast, p. 520).
Cuando Martín V fue elegido nuevo papa, pusieron
en libertad al depuesto y condenado ex papa Juan XXIII que fuera apresado
después de huir y encerrado por todos sus innumerables crímenes sólo por tres
años. Martín V, volvió a investir a ese criminal “ex pirata, asesino en
masa, fornicario, adúltero, simoníaco...” (de Rosa) como obispo de
Frascati y cardenal de Túsculo; ordenando sacerdotes, solemnemente celebrando
misa etc.
Eugenio IV y su Concilio de Florencia
Muerto Martín V, le sucede un sobrino de aquel
Gregorio XII (todo quedaba en familia), con el nombre de EUGENIO IV
(1431-1447). No tuvo más remedio que convocar un nuevo concilio, tal y como su
predecesor; Martín V, había previamente establecido en Constanza. En ese nuevo
concilio de Basilea se debía avanzar en organizar la Iglesia romana, pero el
papa no quería cambios, así que ordenó que se disolviera dicho concilio.
De nuevo dos papas al mismo tiempo (¿sucesión apostólica”?)
La asamblea rehusó hacerlo, y se inició una
contienda contra el papa. Al tener problemas con los cardenales de Basilea y
declararlos heréticos, éstos se sublevaron y levantaron a un nuevo papa, FÉLIX
V (1439-1449) mientras Eugenio seguía siendo papa; así que aquí teníamos de
nuevo dos papas al mismo tiempo.
Había sedes en las que había dos obispos, uno de
cada papa. Eugenio, al final, claudicó frente a los cardenales
concediendo plena sanción al concilio en cuestión. Mientras tanto, la asamblea
conciliar llamó al papa Eugenio: “un notorio perturbador de la paz y la
unidad de la Iglesia
de Dios, un simoníaco, un perjuro, un hombre incorregible, un cismático, un
apóstata de la fe, un hereje obstinado, un despilfarrador de los derechos y
propiedades de la Iglesia ,
un incapaz y perjudicial a la administración del Pontificado Romano...” (Sidney Z. Ehler, John B. Morrall,
trad. y eds. Church and State Through the Centuries (Londres, 1954), pp.
122-124).
Entre otras cosas, ese concilio de Basilea
dictaminó: “Todas las designaciones eclesiásticas
deberán hacerse conforme a los cánones de la Iglesia ; debe cesar toda la simonía...todos los
sacerdotes, ya sean del más alto o más bajo rango deberán abandonar a sus
concubinas, y cualquiera que en el término de dos meses a partir de este
decreto no cumpla con estas demandas será privado de su oficio, aunque sea el
Obispo de Roma...los papas no exigirán ni recibirán honorario alguno por
oficios eclesiásticos. Desde ahora en adelante, un papa no deberá pensar en los
tesoros de este mundo sino sólo en los del mundo venidero” (Dollinger,
op. Cit. p. 275).
Demasiado fuerte para ser digerida esa medicina.
El papa Eugenio, entonces, convocó su propio concilio, el de Florencia,
deponiendo y declarando anatema a los miembros de Basilea. Dice Reynald: “puso
a Basilea bajo interdicto, excomulgó al concilio municipal, y exigió que todos
saquearan a los mercaderes que estaban trayendo sus mercancías a la ciudad,
porque está escrito: “Los justos saquearon a los impíos” (Reynald, Annal. 1438,
5).
En dicho Concilio de Florencia (1439), el papa
Eugenio, opuestamente a Basilea, estableció el papado por encima de los demás
poderes en la tierra, es decir, la primacía papal, que los griegos
rechazaron de plano, constituyéndose a sí mismo como Vicario de Cristo
en la tierra, es decir, como substituto de Cristo en la Tierra.
En ese momento, el papa romano sobornó al rey
Federico con 100.000 florines, “junto con la corona imperial, le asignó
diezmos de todos los beneficios alemanes y...otorgó poder total a su confesor
para darle dos veces una absolución plenaria de todos sus pecados” (Ibid).
¿Cómo pudieron llegar a estar tan ciegos esos
hombres al llegar a creer que un hombre como Eugenio podía perdonar pecados
como si fuera Dios?, porque realmente creían que el papa es Dios en la
tierra. Sin embargo, ese papa Eugenio, el que dispusiera perdonar a quien
quisiera y como quisiera, no pudo recibir perdón para él mismo.
Al ir a morir, Eugenio gritó en agonía de
conciencia: “¡Cuánto mejor hubiera sido para la
salvación de tu alma si jamás hubieras sido cardenal ni papa!”(Dollinger,
op. cit. p. 269).
Sepamos que este papa réprobo es el que elevó la
doctrina del purgatorio como dogma obligatorio, también declaró los siete
sacramentos en ese Concilio de Florencia en el año 1439, que anulara las
disposiciones de el de Basilea. Este mismo papa es el que condenó a santa Juana
de Arco a morir en la hoguera.
NICOLÁS V (1447-1455) le sucedió en el solio.
Este, siguiendo el ejemplo del anterior, logró imponerse, y confirmó la
victoria del papado monárquico frente al conciliarismo. En otras palabras,
nadie estaba por encima del papa de Roma. Por estos años el canonista
Panormitanus, llegaba a decir: “Lo que Dios puede
hacer, el papa lo puede hacer”. Tal blasfemia sólo puede surgir
de unos labios que no tienen conocimiento ni temor de Dios, y aceptarla otros
que tampoco lo tienen.
El papa Nicolás designó santo el año
1450, por lo tanto numerosísimos peregrinos se agolparon en Roma, y la habitual
epidemia llegó de nuevo. ¿Qué hizo ese papa que gustaba llamarse y que le
llamaran “Vicario” de Cristo? ¿Ayudar en lo que pudiera? ¿Orar por los
enfermos?, no, se apresuró a abandonar la ciudad ante el peligro, aunque ese
año lo declarase santo. Esto no pasó desapercibido por nadie. Dice el
católico Beynon: “Nicolás V, cometiendo un error
que la historia difícilmente le perdonará, abandonó la capital el 18 de junio,
no regresando a ella hasta el 25 de octubre”.
Durante su pontificado, los turcos asediaron y
conquistaron Constantinopla. No obstante, el pueblo de la capital del antiguo
imperio bizantino, lejos de buscar la ayuda del Occidente, llegó a decir: “preferimos
el turbante turco a la tiara papal”. Tal era la animadversión que
esas gentes tenían contra Roma; ese fue el fruto que los papas habían ido
sembrando desde los tiempos del emperador Constantino. Desgraciadamente, los
bizantinos con esa actitud se causaron más daño a sí mismos. Ningún libertador
apareció, y los turcos, con crueldad, conquistaron la ciudad el año 1453.
(Continuará)
© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey,
Madrid, España. 2009
www.centrorey.org
www.centrorey.org
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