LEYENDA CANARIA
(Granadilla de Abona)
(Trabajo dedicado
al notable músico «Rodressky», leído en la noche de su
beneficio por su autor don Romualdo García de Paredes.)
Sobre Granadilla, ascendiendo
suavemente desde la playa, con el mar como base, se eleva en figura de cono
truncado por un cráter volcánico la extraña Montaña Roja, de curiosa leyenda.
De la mitad superior hasta el
cráter, la tierra de aquel cono de lava es roja, muy roja. Un carmín vivísimo
tiñe su superfície, una extraña púrpura entinta sus rápidas vertientes.
Cuando el sol de la mañana la
alumbra dijérase que un influjo volcánico la enrojeció de fuego; cuando el sol
del medio día la ilumina, creyérase que un gigante rubí
muestra sus reflejos
purpúreos; cuando, al
atardecer, se tiende cansado
sobro la montaña, pensárase que un coágulo de sangre se eleva sobre la mar
inmensa.
Y dice la leyenda guanche... !
Vaguá era el guanche más valiente
que habitaba en Tinerfe. Nausú era el más sentimental: un poeta que no sabía de
estrofas, ni de versos. Un adivino del amor. Ivna era la hembra grosera, sin
delicadezas ni dulzuras. La mujer sin belleza espiritual ni física, incapaz de
inspirar pasiones a los hombres.
Vivían juntos, eran hermanos.
Y fue una tarde de otoño, cuando
el viento comenzó a zumbar lúgubremente, cuando la lluvia cayó a torrentes y
los profundos barrancos de Nivaria corrieron copiosos y arrastraron con sus
aguas el ganado, las plantas y los hombres...
El mar se encrespó. Sobre las
escarpadas costas batieron las olas con violencia y sobre el negro roquedal de
la playa el agua produjo un ruido seco, como una explosión satánica.
Los guanches refugiáronse en sus
cuevas y postrados de hinojos, besaron la tierra, implorando la protección del
cielo, la misericordia de Dios...
Ivna, Nausú y Vaguá, abrazados en
la miserable covacha, musitaban sur
salvajes oraciones,
trémulos de terror
ante la hecatombe
que se avecinaba. Pedían clemencia al viejo Echeide,
al coloso volcán, que era su Dios.
Toda la noche vibró la voz
siniestra del huracán, que arrancaba de cuajo los grandes árboles seculares y
estremecía el suelo con sacudidas de titán.
Cuando las nubes se corrieron, dejando un cielo azul,
hermoso e inmaculado; cuando las
aguas de los
barrancos decrecieron, cuando
el mar aplacó sus furias y como
rendido de sus esfuerzos por destruir la tierra, quedó en calma, casi sin mover
la superficie de sus aguas, transparente y limpio, como el cielo; cuando la
naturaleza brindaba vida a los mortales y el sol lo calentaba todo, comenzó
otra tormenta, una tormenta trágica y sombría, entre dos almas salvajes, entre
dos espíritus rudos,
ciegos de superstición
y de bárbaras creencias.
Una atrevida carabela cruzó frente a Tinerfe, cuando el
violento huracán arrasaba la tierra. La débil nave se defendió de las
inclemencias del temporal, pero el viento quebró sus palos, el agua inundó su
seno y un rayo quemó sus
maderas y sumergióla en el fondo del Atlántico...
Era la carabela Texis, a bordo de la cual navegaba una
princesa india y su enamorado señor, muy viejo, pero más celoso que anciano;
rico, pero más cruel que adinerado y poderoso.
Cuando la
Texis se incendió el viejo príncipe indio, que bien sujeto
por dos de sus criados, contemplaba desde la cubierta del buque el encrespado
mar, mandó que lo soltaran y se internó en el interior de la carabela,
desapareciendo
en la cámara donde la princesita de cabellos rubios y de
ojos verdes yacía sin sentido por efectos del horror y el miedo a la muerte...
El príncipe volvió a cubierta, Llevaba entre sus brazos un
precioso cofre de ébano, en cuya rica madera se incrustaban variadas piedras
preciosas de mil colores. Cerrólo fuertemente y se arrojó al agua, siempre
abrazado a él.
Poco después de hundirse en el mar, se hundía, también, la Texis , dejando
tras de si, tan sólo una espesa nube de humo...
* * *
Vaguá, Nausú o Ivna, trepados sobre una roca de la playa,
contemplaban los restos del naufragio.
Ivna fué la primera que habló.
—Hermanos, mirad al fondo del mar. ¿No veis que cosa más
hermosa, cómo brilla?
—Es verdad— asintieron Nausú y Vaguá mirando atentamente.
La superficie tranquila del mar lo hacía transparente, y
como a través de un fino cristal podían distinguirse todos los objetos que se
hallaban en el fondo.
Nausú se decidió.
—Yo iré— dijo.
—Detente, iré ye— objetó su hermano.
Y Vaguá, él más diestro, se lanzó al agua, sumergióse
rápidamente y reapareció pronto trayendo
entre sus brazos
un precioso cofre
de ébano incrustado de oro, plata
y pedrerías...
Ya en la playa, se sentó en la arena e intentó abrirlo con
sus manazas de hierro; pero la tapa no cedía.
—Vaguá... espera—
gritaban sus hermanos,
mientras se acercaban
al tesoro hallado.
Cuando Nausú o Ivna llegaron
cerca de Vaguá; ésta interrogó ceñudo.
—¿Qué queréis?
—Eso, que es mío— respondió Ivna.
—Lo he visto yo antes que nadie, me pertenece.
—Es mío— objetó Vaguá. —He sido
yo quien lo sacó del fondo.
—Es de todos— replicó el poeta.
—Por que nadie nos lo ha dado y los tres somos hermanos.
—Pues será mío siempre.
—Será mío.
—Será de quien le toque en
suerte— propuso Nausú. —Acordaos de la tormenta pasada. Acordaos que llamasteis
mucho a Dios y que si Echeide quisiera, otra mayor arrasaría la tierra. Hay que
temerle, no seáis malos. Sortead ese tesoro, para que tenga un amo, pero que
sea de todos, que todos podamos recrearnos en él....
Tres piedras de igual tamaño
tomaron del suelo de la playa. Con otra piedra afilada hicieron a cada una un
signo diferente y después de agitarlas un
instante, dejaron caer al suelo
una de ellas.
Cayó la de Vaguá, suyo era e1
preciado tesoro.
La hermana no pudo contener su
envidia, pero se resignó.
El poeta despreció el tesoro y se
sonrió franca y alegremente. Alrededor del afortunado agrupáronse ambos.
Con un trozo de palo hicieron
palanca en la tapa de la artística caja y esta
se abrió súbitamente.
Muchos amarillosos pergaminos
cubrían su parte superior. Los guanches posaron cuellos sus ojos e ignorantes
de lo que dirían aquellos signos, aquellas letras que en los papiros estaban
escritas, los arrojaron al viento. De pronto, un grito de sorpresa se escapó de
todas las bocas.
La diestra de Vaguá aprisionaba
entre sus dedos unos hermosos cabellos rubios que nacían de una preciosa cabeza
de mujer.
Era de la princesa india.
Estaba muy pálida, muy pálida,
pero sonreía, parecía vivir. Sus ojos estaban entornados y su cuello, tronchado
por salvaje cuchillo, era como el marfil, de una blancura deslumbrante.
Al percatarse Vaguá de lo que
había tomado en su mano, hizo ademán de arrojarlo al mar...
—Espera— le detuvo Nausú. —Esa
cabeza debe ser enterrada en el ataud que la trajo a estas playas, en su
ataud... Dámelo, hermano.
El salvaje poeta, que nada sabía
de estrofas, ni de versos, había —¡extraña aberración!— experimentado
en su alma la sacudida
de una absurda
e inverosímil pasión.
Pidió el cofre con la cabeza: el
cofre no lo apetecía; no quería la riqueza de la vida, aspiraba a la belleza de
la muerta, mas temía confesar su loco amor.
Pero cuando sus hermanos se lo
negaron, entonces olvidó sus temores y suplicó con ahínco la hermosa cabeza de
la princesa india.
Ya no le importaba rebelarlo
todo... ya no temía decirlo... Lo diría.
—Dádmela, hermanos, Esa cabeza es
mía, mía sola. Yo la amo...
La hembra horrible, que no sabía
de amores, sintió la envidia nacer en su
alma. loco...
—No, Vaguá no se la des. Arrójala
al mar... Está loco, ¿No ves?... Está
—Dádmela, dádmela, por ese viejo
Echeide... Mirad que os amenaza.
Acordaos de la tormenta...
—No, loco. ¿No ves que es de una
muerta? Teme a Dios, Eres tú quien debes de temer al viejo Echeide...
Una nube cegó los ojos y la
conciencia del poeta cuando vió que su hermano, asiendo la cabeza de la
princesa india por los cabellos, la volteó en el aire, con idea de lanzarla al
mar... La locura se apoderó de él y saltando sobre Vaguá, con una enorme piedra
en la mano, lo golpeó bárbaramente. Vaguá cayó al suelo desplomado mientras
Ivna huía horrorizada.
Nausú se inclinó a su hermano, le
arrancó de las manos la cabeza de la muerta princesa y encerrándola nuevamente
en el cofre, corrió hacia una cónica montaña que se elevaba desde la playa
aquella.
En la misma cumbre depositó el
preciado tesoro. Bajó después jadeante a la playa, cargó a sus hombros el
cuerpo de Vaguá y volvió a la cumbre. Pero cuando el cuerpo de Vaguá descansó
en tierra, un chorro cálido de sangre salió de su cabeza destrozada, rodando,
como si fuera lava, por la cónica montaña. El cuerpo de Vaguá desapareció y un
cráter enorme se abrió en la cumbre por cuyo hueco brotaba sin cesar sangre que
teñía de rojo la tierra.
Nausú huyó despavorido,
siempre cargando su
tesoro. Llegó hasta
la playa. Pero la sangre, tenaz, le perseguía.
Abrió el cofre, y asiendo entre sus manos la cabeza de la
princesa, la besó ansiosamente en la boca que sonreía, mientras la ola
encendida lo sepultaba lentamente.
Cuentan los magos del Sur que cuando el mar está tranquilo y
las aguas cristalinas, se distingue desde la cumbre de la Montaña Roja , un
precioso cofre de ébano y
piedras preciosas en
cuyo seno descansa
una pálida cabeza
de mujer...
Santa Cruz de Tenerife 26 10 1919.
Romualdo G.ª de Paredes.
UNA LEYENDA BASADA EN UN
SÍMBOLO NATURAL DE LA
COMARCA DE ABONA
Como ya señalamos en una ocasión
anterior, en el primer tercio del siglo XX eran frecuentes las narraciones
trágicas situadas en parajes emblemáticos de la geografía tinerfeña, con un
paisaje poco alterado que podía trasladarnos fácilmente a la lejana época en la
que la isla estaba habitada por el pueblo guanche, como ocurrió con el Barranco
de Herques, la Montaña
Roja y el Barranco del Infierno.
La trama de la leyenda canaria “La Montaña Roja ”,
publicada en 1919, discurre en la época guanche y en el conocido paraje de El Médano. De tintes dramáticos, en ella se
combinan temas atemporales como los celos, la ambición, la pasión incontrolada,
la envidia y la locura momentánea, con el impresionante paisaje de ese bello
enclave costero de Granadilla de Abona, con su espectacular cono volcánico de
picón, enrojecido por la oxidación y el paso del tiempo, un auténtico símbolo
natural de la Comarca
de Abona. De este modo, apoyándose en la leyenda que le contaron los “magos del
Sur”, el autor trata de explicar el curioso color de la montaña que se eleva
sobre la playa, al borde del mar, mezclando su origen volcánico con una
motivación fantástica, asociada a un doble asesinato.
Don Romualdo se inventa los
nombres de los tres hermanos protagonistas: el valiente Vaguá, el sentimental
Nausú y la grosera Ivna, tan poco agraciada. La trama se inicia con una
tormenta de agua y viento, que provoca el temor supersticioso de los guanches y
el naufragio de un barco; con motivo de éste, se produce un asesinato en la
propia embarcación que a la postre afectaría a los tres hermanos guanches que
contemplaban su hundimiento, pues la aparición de un cofre procedente de éste,
con una triste sorpresa en su interior, haría aflorar en dichos hermanos una
serie de sentimientos intensos e incontrolables, que desembocarían en el
asesinato de Vaguá a manos se Nausú, su propio hermano.
Esta leyenda fue leída por su
autor en el “Parque Recreativo” de la capital tinerfeña, en un espectáculo
cinematográfico, musical y poético celebrado el lunes 27 de octubre de 1919, en
el que se proyectó la película “Fuego de cenizas” e intervinieron el afamado
músico Rodressky (a quien se dedicó la leyenda que nos ocupa) y el concertista
de guitarra don Carmelo Cabral; en el mismo, “El distinguido joven don Romualdo
García de Paredes leerá un trabajo literario del que es autor”, aclarándose más
adelante, que la primera parte del espectáculo finalizaría con “«La Montaña roja», leyenda
canaria, leída por su autor don Romualdo García de Paredes”2. Ese mismo día, la
celebración de dicho festival también fue anunciada en El Progreso.
Tres días después, el 30 de
octubre, esta leyenda fue publicada en Gaceta de Tenerife; y el 26 de noviembre
inmediato fue reproducida en el prestigioso periódico Las Canarias de Madrid,
de lo que se hizo eco El Progreso el 23 de diciembre de dicho año, bajo el
titular “Distinción merecida”: “El importante periódico ‘Las Canarias’, de
Madrid, en su edición del día 26 de Noviembre último, reproduce, en lugar preferente,
la preciosa leyenda guanche, original de nuestro ilustrado colaborador y
querido amigo don Romualdo García de Paredes, titulada ‘La Montaña Roja ’, ya
publicada en un periódico local. / Felicitamos a su autor por tan merecida
distinción”3.
EL AUTOR: DON ROMUALDO GARCÍA
DE PAREDES Y MANDILLO (1896-1930), PERIODISTA, ESCRITOR Y CINEASTA
El autor del cuento nació en
Santa Cruz de Tenerife el 17 de marzo de 1896, siendo hijo de
don Ginés (García)
de Paredes y
Chacón, capitán de
Navío de la Armada y comandante militar de Marina de la
provincia, natural de El Ferrol (La
Coruña ), y de doña María del Rosario Mandillo y Tejera
(1875-1957), que lo era de la capital tinerfeña; se le puso por nombre
“Romualdo Modesto”.
Su padre era viudo de doña Leonor
Muñoz y Rossi (fallecida en La
Habana ) e hijo de don Calixto de Paredes y Lardín, natural de
Cartagena, y de doña María de las Mercedes Chacón y Maldonado, que lo era de
Cádiz. En cuanto a su madre, era hija de don Romualdo Mandillo y Benvenuty
(1842-1890), natural de Santa Cruz de Tenerife4, y de doña Josefa Tejera y
Delgado-Trinidad (1847-1917), nacida en el caserío de Aguerche, en el pago de
El Escobonal (Güímar)5; ésta
era hermana de
don Esteban Mandillo
Tejera (1877-1923), Bachiller,
presidente del Casino y alcalde de Santa Cruz de Tenerife, y de don Juan
Vicente Mandillo Tejera (1879-1951), procurador de Tribunales, consejero del
Cabildo y destacado masón.
Romualdo firmaba inicialmente con
el apellido “de Paredes”, pero a partir de 1919 y hasta su muerte usó el
“García de Paredes”. Estudió en la Escuela Superior de Comercio de la capital
tinerfeña, entre 1908 y 1910. En 1912 salvó de morir ahogado en el mar al joven
don José Clavijo Torres, hijo del Dr. don Rafael Clavijo. No obstante, siempre
estuvo delicado de salud, pues estuvo enfermo en numerosas ocasiones (en 1913,
1914, 1916, 1917, 1918 y 1920), pero en todas ellas se recuperó
satisfactoriamente. En ese mismo año participó como remero en las regatas de
canoas que celebró el Real Club Tinerfeño. Luego trabajó en la prensa, siendo
muy apreciado por su jovialidad.
En su juventud tuvo una activa
vida social, pues en 1914 fue elegido vice-bibliotecario del Ateneo Tinerfeño
de Santa Cruz de Tenerife. Luego ocupó diversos cargos en su junta directiva
del Real Club Tinerfeño: vocal en 1919, vicesecretario en 1921 y secretario en
1922- 1923. Además, en 1922 fue secretario de la Comisión organizadora de
las Fiestas de Mayo de Santa Cruz de Tenerife y en 1924 ejerció como secretario
del Automóvil Club de Tenerife.
Dedicado al periodismo, en 1917
formaba parte de la redacción de El Imparcial, donde se firmaba como “R.
Walls”. En 1918 fue incluido en un álbum de caricaturas del dibujante Manuel de
la Barrera. En
1919 leyó un cuento en la velada artística celebrada en el “Salón Frégoli”, una
leyenda en la que tuvo lugar en el “Parque Recreativo” y un trabajo literario
en la celebrada en la sociedad “Fomento del Cabo”. Desde ese mismo año formó
parte de la redacción del diario católico Gaceta de Tenerife, en el que publicó
numerosos cuentos y artículos literarios. Por entonces ya colaboraba en El
Progreso.
Desde muy joven poseía aficiones
literarias, que le llevaron a publicar en 1911, en el periódico La Opinión , un soneto
dedicado “A Cristo”, y más adelante vieron la luz en los periódicos locales
diversos trabajos literarios suyos. Así, frutos de su pluma, ágil y amena,
fueron también varios cuentos y leyendas, que vieron la luz en 1919 en el
diario Gaceta de Tenerife, la mayoría en la sección “Cuento del domingo”, como
las leyendas guanches“El Barranco de Herques” y “La Montaña Roja ”, y los
cuentos “El dueño y señor de muchas tierras”, “Amor de idiota” y “La maldición
de Lucrecia. También publicó en el mismo periódico varios artículos literarios,
como “La Religión
y la Mujer ”, “La Reliquia ”, “El Valor y el
Miedo” e “Hipocresía”. Por entonces mantuvo una estrecha amistad con los
escritores don José Oliva Blardony y don Atilano Santos, quienes le dedicaron
en ese mismo año 1919 sus cuentos “El
amor de Alfonso
Cid” y “El
triunfo de la
modestia”, respectivamente, publicados también en el citado periódico.
En 1923, su novela corta de costumbres canarias “En la cumbre”, fue premiada en
un concurso convocado por La
Prensa , periódico que la publicó en capítulos, aunque al año
siguiente fue editada en la imprenta del Sr. Romero: “La obra ha sido impresa
esmeradamente, ilustrándola varios dibujos de Guezala y prologándola
don Aurelio Ballester y Pérez”6.
El domingo 31 de octubre de 1921,
a los 25 años de edad, don Romualdo contrajo matrimonio en la parroquia de
Ntra. Sra. de la Concepción
de Santa Cruz de Tenerife con doña Hortensia Ferrer Piñeiro, siendo apadrinados
por la madre del novio, ya viuda, y el tío de la novia, don Jesús Ferrer,
teniente coronel de Estado Mayor y ayudante de campo del capitán general del
Distrito; pasaron la luna de miel en La Orotava.
En cuanto a su actividad
comercial, de 1921 a 1923 fue representante exclusivo para Canarias de pianolas
de marcas europeas y rollos de música para toda clase de pianos, sobre todo de
casas inglesas y alemanas; además, vendía automóviles baratos de marcas
alemanas y diversos artículos americanos; tenía su domicilio comercial en la Rambla de Pulido nº 32 de
la capital tinerfeña. En 1924 figuraba como agente exclusivo para la venta de
champagne y sidra en las Fiestas de Mayo. Como curiosidad, en 1923 resultó
herido leve en un accidente de tráfico y en 1927 era propietario-conductor de
un auto, con matrícula TF-1.134.
También fue un entusiasta del
arte cinematográfico, por lo que en 1925 creó, junto al cineasta cubano don
José González Rivero, la primera empresa productora de cine de las islas,
“Rivero Film”. Al año siguiente tuvo un protagonismo fundamental, como director
artístico y escénico, así como primer actor (encarnando al detective canario
Tom Carter), en el primer largometraje realizado en Tenerife, “El ladrón de los
guantes blancos”, película rodada en 1926 por el citado operador González
Rivero, director técnico de la misma, y en el que también tuvo un corto papel
doña Hortensia Ferrer. En ese mismo año, García de Paredes y don Eduardo Díez
del Corral comenzaron a dirigir una nueva película, “El negro”, con guión del
segundo, pero González Rivero sólo consiguió rodar un fragmento de la misma,
quedando inacabada.
Don Romualdo García de Paredes. A
la derecha dirigiendo la película “El ladrón de los guantes blancos”, mientras
rodaba don José González Rivero [Foto de la Filmoteca Canaria ].
Víctima de una penosa enfermedad,
don Romualdo García de Paredes y Mandillo marchó a Madrid para atender su
salud, pero nada se pudo hacer; falleció en Ciempozuelos (Madrid) en abril de
1930, en plena juventud, pues contaba solamente 34 años de edad. Le
sobrevivieron su madre, su esposa y su hija.
Su esposa, doña Hortensia Ferrer
Piñeiro, fue una conocida actriz de teatro en los años treinta; en los años
cincuenta y sesenta colaboró con la revista literaria femenina Mujeres en la Isla y con la sección de
teatro de Radio Juventud de Canarias; y en 1987 se le concedió el diploma de
Socio de Mérito del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, como
colaboradora de la sección de teatro. Murió en la capital tinerfeña el 26 de
febrero de 1992, a los 93 años de edad.
En el momento de su muerte, doña
Hortensia continuaba viuda de Romualdo García de Paredes, con quien había
procreado una única hija, doña María Soledad García de Paredes y Ferrer (1922-)
que también se inició en el teatro y contrajo matrimonio en 1938 con el alférez
de Infantería don Rafael Claverie Santos-Ecay (que falleció en Venezuela en
1951, a los 34 años de edad, en accidente de automóvil), con quien procreó a
don Rafael Claverie y García de Paredes (que ha sido director territorial de
Salud en Santa Cruz de Tenerife); una vez viuda, celebró segundas nupcias con
don Miguel Duarte Olivares, teniente coronel de Aviación, con quien no tuvo
sucesión.
Romualdo García de Paredes y Mandillo.
Edición, transcripción y reseña biográfica: Octavio
Rodríguez Delgado. blog.octaviordelgado.es
Notas:
1 Romualdo Garcia de Paredes.
“Leyenda canaria. La
Montaña Roja ”. Gaceta de Tenerife, jueves 30 de octubre de
1919, pág. 1. [Buscador “Jable” de la Universidad de Las Palmas y buscador de “Prensa
histórica” de la
Universidad de La
Laguna ].
2 “Espectáculos. Parque
Recreativo”. La Prensa ,
lunes 27 de octubre de 1919, pág. 2.
3 “Noticias. Distinción
merecida”. El Progreso, martes 23 de diciembre de 1919, pág. 2.
4
Don Romualdo Mandillo y Benvenuty (1842-1890) era hijo de don Esteban
Mandillo y Martinón, cónsul general de España en Méjico, caballero de las
Órdenes de Carlos III e Isabel la
Católica y oficial de la Imperial de Ntra. Sra. de Guadalupe, y de doña
Catalina Benvenuty y Pówer, ambos naturales de dicha villa, aunque ella oriunda
por su padre de Cádiz.
5
Doña Josefa Tejera y Delgado-Trinidad (1847-1917), nacida como hemos
dicho en Aguerche (El Escobonal), junto al Barranco de Herques, era hija de don
Vicente Tejera Castro (1816-1876), natural de Santa Cruz de Tenerife, capitán
de la Milicia
Nacional local, perito repartidor de contribuciones, alcalde
pedáneo de El Escobonal y juez de paz suplente de Güímar, y de doña Juana
Delgado Trinidad (1814-1887), miembro de una ilustre familia de Güímar,
descendiente de los menceyes de Adeje. Tuvo cuatro hermanos, nacidos todos en
Aguerche (El Escobonal): doña María Antonia Luisa del Sacramento (1848-?), que
casó con el teniente coronel de Infantería don Federico Úcar y Reverón, con
descendencia; doña Efigenia Teresa (1851-1934), que casó con don Rogelio Ojeda Bethencourt,
Bachiller, sargento de Infantería, rematador de carreteras, presidente de la Sociedad Cultural
“El Porvenir” de El Escobonal, juez municipal suplente y teniente de alcalde de
Güímar, sin sucesión; don Luis (1852-?), que murió en América; y don Domingo
Tejera y Delgado (1855-?), que emigró a Cuba, donde fue comerciante y cajero de
la “Nueva Fábrica de Hielo”, así como propietario de un molino de gofio, con
descendencia. Era nieta paterna de don Luis Francisco Tejera Rodríguez
(1781-?), natural de Güímar y cabo 2º de Granaderos Provinciales, y de doña
Josefa de Castro Perdigón, natural de la capital y oriunda de la Villa de La Orotava. Nieta
materna de don Francisco Delgado Trinidad y de la Rosa (1774-1817), capellán,
mayordomo y hermano mayor del Carmen, capitán de Milicias, gobernador de armas,
alcalde y apoderado de Güímar, colonizador del caserío de Aguerche y fundador
de El Tablado, y de su sobrina doña María Antonia Delgado Trinidad y Lugo –ésta
hija de don José Delgado Trinidad y de la Rosa (1753-1814), subteniente de Cazadores y
alcalde de Güímar, y hermana de don José Domingo Delgado Trinidad y Lugo
(1791-1863), capitán de Milicias, alcalde de Güímar y diputado provincial–.
Bisnieta de don José Delgado Trinidad y Díaz (1717- 1789), capitán de Milicias,
alcalde de Güímar, primer mayordomo de la ermita de San José de El Escobonal y
fundador de la de Ntra. Sra. de Belén, y doña Antonia María de la Encarnación y Arrosa.
Tataranieta de don Juan Delgado Trinidad (1668-1739), alférez de Milicias y mayordomo
de la fábrica parroquial de San Pedro de Güímar, y doña Anastasia Díaz; etc.
Sobrina-prima de don Juan Moriarty y Delgado (1800-1881), brigadier de
Caballería, jefe del Regente Espartero y diputado a Cortes; y prima hermana de
don Fabio Hernández y Delgado
(1836-1913), coronel de la Guardia Civil , héroe de la Guerra de Cuba y
subinspector de varios Tercios. La familia Delgado-Trinidad tenía varias casas
y extensas propiedades en Güímar, El Escobonal (Aguerche y Cano) y Fasnia.
6 “Noticias”. El Progreso, sábado 27 de septiembre de 1924,
pág. 2; “Pubicaciones. En la cumbre”. La Prensa , 30 de septiembre de 1924, pág. 2.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
RODRÍGUEZ HAGE, T.
(2005). José González Rivero. En: González Jerez, A. (dir.), Perfiles de
Canarias 7, págs: 34-38. Ediciones Idea.
PERIÓDICOS: ABC, Aire
Libre, Amanecer, Diario de Avisos, El Día, El Imparcial, El Progreso, Falange,
Gaceta de Tenerife, La Opinión
de Tenerife. Buscador “Jable”, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
[Buscador “Jable” de Universidad de Las Palmas de Gran
Canaria]. [Buscador “Prensa histórica” de la Universidad de La Laguna ].
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